Año VI
La Habana

9 al 15 de AGOSTO
de 2008

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Del Cerro Pelado a Beijing

Validez de una concepción revolucionaria del deporte

Juan Marrero • La Habana

 


La actitud de dignidad y los éxitos de los atletas cubanos que hoy se registran en las Olimpiadas de Beijing tienen antecedentes que no pueden desconocerse, entre ellos el episodio del barco mercante Cerro Pelado que llevó en 1966 a Puerto Rico, sede de los X Juegos Centroamericanos y del Caribe, a más de 400 integrantes de la delegación deportiva cubana. 

El gobierno de los EE.UU., en violación de los reglamentos olímpicos, intentó impedir mediante arbitrarias y sucias maniobras que la Cuba revolucionaria, donde el deporte había dejado de ser privilegio de minorías ricas y explotadoras y empezaba a ser derecho de todo el pueblo, donde se sepultó el profesionalismo y sus prácticas mercantilistas, estuviese presente en esos Juegos regionales. Con ello pretendían reforzar más el cerco de aislamiento contra Cuba en aquellos años iniciales de la Revolución. 

EE.UU. creó, primero, un estado de inseguridad sobre el otorgamiento de visas a los atletas, entrenadores y directivos deportivos de Cuba. Ante las exigencias de Cuba ante el Comité Olímpico Internacional, Washington no tuvo otra opción que autorizar las visas para que la comitiva entrase a Puerto Rico, territorio colonial ocupado militarmente por EE.UU., y que de Estado Libre y Asociado solo tenía el nombre. 

Luego, en otra maniobra, intentó exigir cuando solo faltaban horas para el inicio de los Juegos, que Cuba trasladase sus más de 400 atletas a Puerto Rico en medios de transporte comerciales, y amenazó con confiscar aviones y barcos cubanos que aterrizaran o tocasen puertos de esa isla caribeña. 

Al igual que lo había hecho cinco años antes en Playa Girón, donde derrotó en menos de 72 horas la invasión mercenaria organizada, financiada y armada por EE.UU., Fidel Castro, utilizando las armas que menos sospecharon los enemigos de la Revolución Cubana, dirigió la batalla legal y moral para lograr el respeto al derecho irrenunciable de los atletas cubanos de participar en los Juegos de Puerto Rico. 

De Santiago de Cuba salió el barco mercante Cerro Pelado, no cargado en sus bodegas de sacos de azúcar o de otras mercancías, sino de peloteros, esgrimistas, boxeadores, basketbolistas, luchadores, levantadores de pesas, jabalinistas, lanzadores de discos, volibolistas, corredores, saltadores, etcétera. Tuve el privilegio de formar parte del grupo de la prensa cubana que dio cobertura a ese acontecimiento, sobre el cual el cineasta Santiago Álvarez, ya desaparecido, dejó constancia en uno de sus excelentes documentales. Entonces, yo reporté para el diario Granma las incidencias de lo que aconteció en el barco en el trayecto hasta Puerto Rico, la manera en que logramos desembarcar en San Juan, todo lo que ocurrió en la Villa Olímpica, el hostigamiento, amenazas y agresiones a los atletas cubanos que, no obstante, lograron un triunfo arrollador en los escenarios deportivos. Las crónicas y anécdotas recogidas que publiqué entonces en Granma se recogieron en el libro Nos vimos en Puerto Rico. 

La presencia del barco Cerro Pelado y su carga, navegando al pairo a cinco millas de las costas de San Juan, se convirtió en el centro de la atención del pueblo puertorriqueño. Lanchas alquiladas por el movimiento independentista, solidario con Cuba, se acercaron al barco cubano con la intención de llevar a los atletas cubanos a tierra. Suficientes botes existían en el Cerro Pelado para hacer el traslado a tierra de los deportistas cubanos, lo que era totalmente legal pues tenían visas. Otros estaban dispuestos a cubrir a nado la distancia del barco a tierra. Al Comité Olímpico Internacional no le quedó más remedio que demandar se enviasen embarcaciones a recoger a los atletas cubanos. Los estadounidenses intentaron hacerlo en barcos de guerra, pero la respuesta de los cubanos fue: “en barco yanqui, no”, “de los yanquis, ni agua”.

En fin, perdieron la partida. Ningún avión ni barco fue confiscado. Toda la delegación deportiva cubana entró legalmente a Puerto Rico, e impresionó por su disciplina, coraje, dignidad y calidad. Alcanzó ganar en 11 de las 21 disciplinas deportivas en que se compitió, es decir más del 50 %. 

Pero su mayor éxito fue que se convirtió en un símbolo de una concepción nueva y revolucionaria de Fidel: los principios sanos del deporte. Del deporte como instrumento de la educación, la cultura, la salud, la alegría y la felicidad del pueblo. En Puerto Rico se obtuvo, sin duda, la primera medalla de oro a favor de esa concepción. 

Cuando Fidel recibió a finales de junio de 1966 a los 400 atletas cubanos, calificó lo acontecido en Puerto Rico como un Girón deportivo, y les agradeció lo alto que pusieron el concepto revolucionario del deporte. Ustedes, les dijo, han hecho posible con su ejemplo y su dignidad, con su triunfo, la apertura de una nueva era, de auge y crecimiento de todos los deportes. Algún día tendremos no solo campeones centroamericanos, sino campeones panamericanos… Nuestros atletas demostrarán que no hay pueblo superior a otro, pero sí ideas y concepciones superiores a otras.

En Beijing, hoy, nuestros atletas, los de una isla pequeña, de poco más de once millones de habitantes, bloqueada y asediada desde hace casi medio siglo por el imperialismo norteamericano, demuestran que, efectivamente, hay ideas y concepciones superiores a otras.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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