El recuerdo más grato que tengo de aquel
verano de 1976 es que, había un
compromiso muy grande con el Comandante
en Jefe de enviarle la primera medalla
de oro de aquella Olimpiada antes del 26
de Julio, porque prácticamente los
Juegos se iniciaron durante la segunda
quincena de aquel mes.
Los atletas que tenían la mayor
responsabilidad eran Silvio Leonard, que
se lesionó y Emilio Correa, que había
perdido en las eliminatorias con Clinton
Jackson, y me tocó a mí la honra de ser
el que enviaba esa primera medalla de
oro a Fidel, como saludo a la fecha del
26 y en homenaje a los Héroes y Mártires
del Moncada.
Recuerdo que la noche anterior al evento
de los 800 metros, estaban reunidos los
dirigentes de la delegación, Jorge
García Bango, Fabio Ruiz y otros, cuando
llamó Belarmino Castilla hablé con él y
les dije a todos: mañana va a brillar el
oro aquí.
Estaba conmigo un compañero que siempre
me acompañaba a los entrenamientos
―Ramoncito―, pues mi entrenador no
acostumbraba a ir al estadio y le dije:
¿Tú has jugado pelota? ¿Tú sabes fildear?,
pues prepárate, porque mañana cuando
gane la medalla, te la voy a lanzar a
las gradas en el lugar donde tú estés, y
no la dejes caer porque será de oro y se
puede dañar.
La carrera de los 800 metros fue muy
estratégica. El polaco Zabierzowsky ―mi
entrenador― estaba muy seguro de que la
ganaríamos. Él me dijo: vamos a hacer un
cambio desde el punto de vista
técnico-táctico. Vamos a pasar en los
400 metros más rápido que los demás. En
aquella época, normalmente se pasaba en
esa primera vuelta, a los 51 ó 52
segundos, pero mi velocidad básica en
esa distancia, era de 50,86, lo que
obligaría al resto de los competidores a
esforzarse al máximo. Por eso se cambió
la estrategia de los 800 metros.
Se dice que a partir de 1976 este evento
se convirtió en una carrera de
velocidad. Antes se corrían los primeros
300 metros por carrilera. Hoy se corren
solo los primeros 100 metros. Por esa
razón, con aquellas zancadas tan grandes
yo pude pasar por los 400 metros en
50,86 segundos. Delante me pasó el indio
Sriran Singh, que fue uno de los que
lideró la carrera. El polaco me había
dicho que empezara a moverme desde los
500 metros. Y así fue.
La carrera fue muy táctica y muy
emocionante. Wolhuter mordió el anzuelo.
Prácticamente corrió paralelo a mí. Si
un corredor va paralelo con el del
carril número uno, de hecho tiene que
recorrer una mayor distancia, porque se
está alejando del círculo de los 400
metros.
Ya en los metros finales cuando nos
disponíamos al ataque final, mis rivales
no pudieron darme alcance. Entré con
tiempo de 1:43.44, que luego fue
rectificado como Récord Mundial y
Olímpico de 1:43.50.
Esa carrera nos demostró las reales
posibilidades que uno tiene cuando se
aplica la técnica y se elabora una buena
estrategia. Fue el 25 de julio de 1976,
a las 5:15 de la tarde. Yo le dediqué la
medalla al Comandante en Jefe, a los
Héroes y Mártires del Moncada y al
pueblo de Cuba.
No se me olvida que Wolhuter, cuando fui
a saludarlo no me quiso dar la mano.
Estaba molesto. No así, Ivo Vandamme,
que me dio la mano y me felicitó por el
triunfo y por el Récord del Mundo.
Fue la primera vez que un corredor ganó
los 400 y 800 metros en una misma
Olimpiada. Aún hoy, para poder hacerlo,
habría que derrotar a dos consagrados a
dos corredores estelares, uno de cada
distancia.
Después vino el triunfo en los 400
metros. Claro, ya estábamos más seguros,
porque esa era mi especialidad y
contábamos con la alegría del triunfo
anterior. Fue también una carrera muy
táctica tratando de clasificar tercero o
cuarto para no cansarme mucho. En la
final, los norteamericanos usaron la
estrategia de desprenderse, como decimos
nosotros, desde el inicio de la prueba,
es decir, poner tierra de por medio
desde temprano, pero no pudieron
resistir el empuje de los 50 metros
finales y los derroté con tiempo de
44.26, por 44.40 que hizo el segundo
corredor.
Para mí, aquellos Juegos Olímpicos
fueron días de intenso trabajo. Recuerdo
que había un oficial que me puso "Every
Day", porque yo fui al estadio a
competir todos los días que duró el
atletismo: eliminatorias, semifinales y
finales de 800 metros; eliminatorias,
semifinales y finales de 400 metros,
eliminatorias y semifinales del relevo 4
x 400 metros. Empecé el día 23 y terminé
el 30, es decir, competí durante todos
los días que duró el atletismo. Bajé más
de tres kilogramos.
Fue una victoria no esperada por muchos.
Algunos decían que no era posible. Hubo
que convencerme a mí mismo, de que sí se
podía. Recuerdo que durante el
entrenamiento de altura, en México,
hablábamos, Zabierzowsky, Figuerola,
Lázaro Betancourt y yo y les manifestaba
mi preocupación porque los 800 metros,
que no eran mi especialidad, se
correrían primero. Tanto me insistieron,
hasta que les dije: está bien, yo voy a
correr las dos.
Nunca olvidaré que al regreso de
Montreal nos recibió el Comandante en
Jefe y habló mucho conmigo sobre la
carrera. Me dijo: "cuando yo gané los
800 metros en el año 45 ó 46, yo hacía 2
minutos y tantos segundos". Tiempo
después, un señor que había sido
conserje del Colegio de Belén, donde
estudió Fidel, me regaló una foto con el
siguiente pie: "Fidel, cuando ganó los
800 metros en la Universidad". El
Comandante en Jefe un día me la firmó y
me puso: "En la época en que Juantorena
pudo competir conmigo, pero no había
nacido todavía".
Son recuerdos muy agradables de una
victoria que pertenece a la Revolución,
al pueblo de Cuba y a la inteligencia de
un hombre como Zabierzowsky que no era
solo un entrenador, era un formador.
Y algo más que quiero añadir. Si estelar
fue la carrera, estelar fue también la
narración que hizo Héctor Rodríguez, que
le puso alma, corazón y vida a aquella
descripción cuando decía:
"Ahí viene Juantorena, Juantorena con el
corazón."
Hay algo que me quedó por lograr en mi
época de deportista activo y es que, a
pesar de haber sido campeón y recordista
mundial y olímpico, nunca pude ganar una
medalla de oro en los Juegos
Panamericanos. En los del 75, 79 Y 83,
las lesiones me persiguieron. Álvarez
Cambras me operó tres veces.
Lamentablemente, siendo en aquella época
el mejor del mundo, y perdónenme la
inmodestia, nunca pude ser campeón
panamericano.
Por último, un consejo a los jóvenes
atletas: sean muy disciplinados,
mantengan una estrecha relación con su
entrenador y no olviden que compiten, no
por comercialización, sino por su país,
por un pueblo que hace muchos esfuerzos
para desarrollar el deporte, la cultura,
la educación y la salud.
*
Tomado del libro Memorias a los
setenta y...
del
destacado narrador deportivo
Eddy Martin.
Editorial Deportes, 2006. |