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Macarena nació por segunda vez
cuando tenía 23 años. La plácida
y apolítica vida que llevaba en
su Montevideo natal se trastrocó
por completo cuando su madre le
confesó que no era hija suya y
ella descubrió que era una niña
robada. Había sido arrancada de
los brazos de sus padres
secuestrados, torturados y
asesinados por la dictadura
argentina, y entregada a quien
ella creía que era su padre, un
policía uruguayo. A Macarena
aquella noticia le cambió la
conciencia y la vida. Supo de
tormentos y de desapariciones,
de horrores y complots
represores, y supo también que
ella era un producto de todo
eso. Descubrió que su abuelo
llevaba años buscándola y que se
llamaba Juan Gelman. Corrió a
Internet y así fue como aprendió
que era un poeta, un poeta muy
importante, argentino también,
como sus verdaderos padres, que
vivía y sigue viviendo
autoexiliado en México y que
desde allí reclamaba el derecho
a recuperar a esa nieta de cuya
infancia nunca pudo disfrutar.
Macarena hizo juicio para
cambiarse el apellido. Ahora
lleva los apellidos Gelman
García, como su auténtico padre,
como su auténtica madre, aunque
mantuvo su nombre de pila, el
que le impuso su devota madre
adoptiva, porque los Gelman
tienen ascendencia sevillana.
Ahora busca los restos de su
madre y apoya públicamente en su
país la lucha por la derogación
de la Ley de Caducidad por
considerar que da cobertura
legal a la impunidad. Contar su
historia se ha convertido para
ella en una herramienta para
abrirse paso en la espesura de
los silencios cómplices.
La entrevista es una cena en un
céntrico hotel de Montevideo, al
que llega con vaqueros, camisa y
pulóver, un atuendo parco y
sencillo, difícil de recordar,
como si reclamara para sí una
vulgaridad de la que
definitivamente carece. De los
jovencísimos padres que nunca
conoció habla con ternura y, a
veces, en presente.
¿Cómo le dieron la noticia de
que usted era hija de otros?
Me lo dijo mi mamá. Mi papá
había muerto cuatro meses atrás
y mi madre me dijo que mi abuelo
estaba buscándome. En realidad,
toda mi familia biológica me
estaba buscando. Mis papás
biológicos tenían 19 y 20 años.
Eran argentinos. Vivían en
Buenos Aires. Los secuestran el
24 de agosto de 1976.
Su madre tendría ahora 51 años.
No sé si llegó a cumplir los 20.
La última vez que la vieron con
vida es el 22 de diciembre, y a
mí me dejaron en la casa de los
papás que me criaron el 14 de
enero de 1977. Ella cumplía los
20 años el 6 de enero. Bueno,
los secuestraron, los llevaron a
un centro clandestino de
detención que se llamaba
Automotores Orletti. Allí
permanecieron. A mi papá lo
mataron en el año 1976 mismo, a
finales de septiembre u octubre.
Y a mi mamá la trasladaron a
Uruguay dentro de la operación
que se llamaba Plan Cóndor.
Estaba embarazada de siete meses
y medio cuando la secuestraron.
¿Sabía usted qué fue el Plan
Cóndor?
En aquel momento no, pero fue de
lo primero que me enteré. Porque
cuando mi mamá me cuenta que no
soy hija biológica de ellos, me
dice que si quiero saber algo
más tengo que hablar con el
obispo Pablo Galimberti, que era
la persona que mi abuelo había
contactado para hablar con
nosotros. Según supe después, mi
abuelo sabía que mis padres eran
muy devotos y que era la mejor
manera de acercarse a mi familia
adoptiva. Mi mamá le había dicho
a monseñor Galimberti que yo no
sabía nada y que, de hecho, ella
y mi papá habían planeado
contarme la verdad ese mismo
año, en 2000. Pero nunca
llegaron a hacerlo. Mi padre
murió de cáncer cuatro meses
antes del encuentro con el
obispo.
¿Nunca sospechó usted nada,
ningún indicio de que sus padres
no fueran realmente sus padres?
No, absolutamente nada.
¿Le molestó la noticia? ¿Se
enfadó con su madre?
Tanto en ese momento como
después, siempre pensé que la
verdad era mejor que cualquier
otra cosa. Como le decía, a mi
mamá la trasladaron acá a
Montevideo. Era noviembre de
1976, según he podido saber. Nos
tuvieron un tiempo juntas, al
menos hasta el 22 de diciembre.
El parto fue acá. Se presume que
en el hospital militar, aunque
nadie lo confirmó. Me dijeron
que el parto fue el 1o
de noviembre. Es la fecha más
probable. Además, cuando me
dejaron en la puerta de mis
papás, lo hicieron con un
cartelito dando esa fecha de
nacimiento. Presumo que no es
mentira, aunque tampoco tengo
toda la certeza del mundo en
eso. Después del 22 de
diciembre, última fecha en la
que nos vieron juntas y viva a
mi mamá, ya no se supo nada
hasta el 14 de enero, día en que
me dejaron en la puerta de la
casa de mis papás. Según ellos,
una noche tocaron el timbre,
abrieron la puerta y había una
canastita con un bebé y un
cartelito. Era yo.
Un regalito, vaya.
Sí, un regalito (se ríe). Un
regalito que habían robado de
algún lado. De mi mamá no se
supo nunca más nada. Se ha
confirmado que sí, que la
trajeron a Uruguay, y parece que
la asesinaron también, pero no
hay ni datos de dónde pueda
estar enterrada. Se manejó que
la habían enterrado en el
Batallón 14, pero la búsqueda no
ha dado ningún resultado.
¿Se resistió en algún momento a
conocer la verdad?
No, nunca. Enseguida llamé a
monseñor Garimbaldi y, cuando me
senté a hablar con él, lo
primero que me contó fue la
historia de la Operación Cóndor,
que había consistido en la
coordinación de las fuerzas
represivas de América Latina. Y
ahí empezó toda la historia. Me
contó todo lo que mi abuelo
había podido averiguar. Lo que
él sabía. Que a efectos de
confirmar mi identidad había que
hacer una prueba de ADN, cosa
que yo manejaba perfectamente
(estudia Bioquímica y trabaja en
la administración de un
hospital). Sabía en qué
consistía y sabía que era
necesario. Y, bueno, me dijo que
lo mejor era ir aproximándome a
mi abuelo, al principio, no de
forma directa sino con cierta
prudencia, durante un tiempo.
Siempre a través del obispo. Me
consiguió una carpeta con fotos
de mi abuelo. Enseguida me
enteré de que había habido una
gran campaña pública
internacional para buscarme que
contó con el apoyo de muchísima
gente, pero yo no me había
enterado de nada.
¿Cómo es posible?
No sé, porque la campaña en esos
días era tremenda. Claro, fue la
época en la que falleció papá y
yo estaba totalmente en otra
cosa, pero aparecían incluso
cartas públicas de mi abuelo con
el entonces presidente de la
República, Julio María
Sanguinetti. Afiches. Se le
había dado mucha publicidad al
tema.
¿Y nunca se había fijado?
No, nunca. Debí de ser la única
que no se enteró. Porque todos
mis amigos habían oído algo de
la campaña menos yo (se ríe).
¡Cómo se dan a veces las cosas!
Es que era casi como ridículo
que yo no me hubiera enterado de
nada. Además, no sabía quién era
mi abuelo. Era la primera vez
que oía su nombre. Y, desde
luego, tuve la inquietud de
entrar en contacto con él
inmediatamente, así que mi
abuelo y su mujer viajaron a
Montevideo y ahí nos conocimos.
Fue por esas fechas, febrero de
2000, que se supo oficialmente
mi paradero.
¿Tuvo miedo de toda esta nueva
situación en su vida?
Sí, bastante. Mucho. Conocí a mi
abuelo y quedamos en hacerme la
prueba del ADN. No tenía sentido
quedarme con la duda. Los
análisis despejaron todas las
dudas: al 99,99 % de
probabilidades era yo. Durante
el tiempo de espera del
resultado me relacioné mucho con
mi abuelo.
Supongo que a raíz de todo esto
conoció a un montón de nuevos
familiares.
Sí. Ahora tengo también una
abuela paterna que vive en
Buenos Aires. Tengo un primo y
una tía en Buenos Aires, también
por parte de mi papá. Y tengo un
abuelo y un tío en España, en
Barcelona, por parte de mi mamá.
También hay primos de mis
padres, amigos... He tratado de
conocer a toda la gente que he
podido. La verdad es que ha sido
muy rico como experiencia y
también en aporte de datos para
reconstruir la historia. La edad
que tenían mis padres es una
edad en la que pasas más tiempo
con los amigos que con la
familia. Así que la mejor fuente
eran los amigos. Fue muy lindo
en ese sentido. Me han apoyado
mucho porque han hecho de mi
familia en muchos casos.
Usted visitó a parte de su
familia en Barcelona.
Sí, aunque ya los conocía desde
2002. En esta ocasión también
pensé: qué hago yo acá. Cuando
fui a México a ver a mi abuelo
me preguntaba lo mismo: ¿qué
hago yo viajando para ver a
gente que no conozco? A España
fui totalmente sola a
encontrarme con ellos. Habíamos
tenido contacto mediante el
chat. Al principio de la
historia nos comunicábamos por
Internet. También conocía así a
dos amigas de mi padre en
España. También tengo primas por
parte de mi familia adoptiva en
Sitges. Esta vez vi a toda mi
familia reunida por España.
¿Y cómo ha vivido todo esto su
familia adoptiva? ¿Cambiaron las
relaciones entre ustedes?
La verdad es que es una familia
pequeña, porque en sí los más
cercanos eran mi mamá y mi papá.
No estaban muy unidos a sus
respectivos parientes, así que
no había vínculos estrechos. Así
que cuando hablo de mi familia
adoptiva, hablo solo de mi mamá,
con la que vivo el día de hoy.
Además de aceptar el hecho de
que no era su hija, mostró toda
su colaboración en mi
investigación, en el sentido de
no ocasionarme dolor. Al
contrario. Siempre me apoyó en
todo lo que quise hacer. Lo hizo
incluso en el juicio de
filiación, que se llevó a cabo
en 2004 y que fue lo más
difícil.
Para ella tuvo que ser muy
doloroso.
Por supuesto. Pero siempre tuvo
una actitud de acompañarme más
que de cuestionarme. Ella
incluso siente un gran aprecio
por mi abuelo Juan Gelman. Es
mayor. Ahora tiene 76 años y
está muy delicada de salud.
Supongo que todo esto le ha
influido mucho.
¿Ayudó la forma en la que ella
le dio la noticia? ¿Cómo fue
exactamente?
Un día volvía a casa y me la
encontré llorando. Le pregunté
qué le pasaba. Me dijo que tenía
que hablar conmigo, pero que no
podía hacerlo mientras yo
entraba y salía (siempre andaba
de acá para allá). Me dijo que
mejor hablábamos cuando volviera
de trabajar. Lloraba tanto que
decidí quedarme. Le preguntaba y
le preguntaba y ella solo
lloraba. Casi no podía hablar.
Le pregunté si tenía que ver con
papá, con ella. Me dijo que con
los tres. Y entonces, no me
pregunte por qué, yo nunca
sospeché, lo cierto es que, ante
su silencio y su llanto, le
pregunté, ¿es que no soy hija de
ustedes? Y ella me dijo: ¿quién
te lo dijo? Ahí fue cuando me di
cuenta de lo que había dicho.
De modo que de alguna forma,
aunque fuera de forma
inconsciente, usted lo sabía.
Parece que voy a tener que
terminar aceptando que sí.
Entonces, ahí ella ya me contó
cómo llegué a la casa de ellos,
y me dijo que desconocía de
dónde provenía yo hasta que este
señor que era mi abuelo se puso
en contacto con ella.
Obviamente, me puse a llorar. No
entendía lo que me pasaba en la
cabeza.
Antes dijo que a raíz de todo
esto se relacionó mucho con su
abuelo. ¿Le gustó?
Sí. Yo iba con un miedo terrible
la primera vez, y él me imagino
que tendría un montón de dudas.
Pero a partir de ahí todo fue
una avalancha. Había decisiones
que tomar en un momento
histórico y político en el que
todavía se negaba la existencia
de niños robados en Uruguay. El
tema de los desaparecidos
siempre se dejaba de lado. Aquí
se negaba la mayoría de las
cosas.
¿Y hasta entonces nunca se había
preocupado usted por estos
asuntos?
No. Tampoco tenía afiliación
política alguna. No me
interesaba la política
partidaria, aunque militaba en
un sindicato estudiantil. La Ley
de Caducidad no permite que los
responsables de crímenes de la
dictadura sean investigados. En
cierta manera no permite ni la
investigación, si bien este
gobierno ha hecho mucho por
permitir todas las
investigaciones abiertas. El
problema es que es una ley
aprobada por referéndum. El
gobierno consideró que el caso
de mi mamá no debía estar
incluido en la ley. Pero, a
pesar de eso, la causa judicial,
ya archivada, que presentó mi
abuelo en el año 2002 y que yo
pedí reabrir en febrero de este
año, fue de nuevo archivada
sobre la base de esa ley. Eso ha
cerrado las puertas a la
investigación a nivel judicial.
Por todo ello empieza usted a
darle publicidad a toda su
historia.
No, esto es muy reciente. No he
empezado a hablar con la prensa
hasta este mismo año. Porque es
ahora cuando está ampliamente
probado que lo que me pasó a mí
le pasó a muchísima gente en lo
que tiene que ver con Argentina
y Uruguay. Esto pasó. Fue muy
cruel. Ocurrió durante una
dictadura, y para mí esto del
robo de niños no tiene
explicación. Ahora he sabido que
fue muy habitual robar niños en
Argentina y también en Uruguay.
La colaboración de la dictadura
uruguaya con la argentina fue
muy estrecha.
Sí, y hay que luchar por la
verdad y para que esto no vuelva
a pasar. Es la causa de mucha
gente.
¿Ha contactado gente con
historias similares?
Sí, por supuesto. Llega un
momento en que tu entorno no te
satisface. Es muy difícil hablar
de algunas cosas. Mis amigos me
han manifestado muchas veces que
les cuesta mucho tratar esta
parte de mi historia. Que no
saben si hablarme, si no
hablarme, si preguntarme. Y, de
hecho, de muchas cosas se van
enterando por la prensa, porque,
obviamente, uno no llega a una
reunión y dice, bueno, a ver,
cuéntame.
¿Es más fácil hablar con otros
niños robados?
Sí, entre nosotros hay una
empatía. Es algo bastante
especial, una comunicación más
allá del conocimiento personal.
Al menos a mí me ha pasado.
Espontáneamente surge el tema,
las experiencias. Y uno se
siente entendido.
¿Hay asociaciones de niños
robados en las que usted se haya
implicado?
Sí, y organizan actividades para
reconstruir sus historias. En
Argentina es mucho más común,
así que allí me siento más
cómoda, menos rara.
En todo caso, usted está ahora
totalmente movilizada.
Sí. Es verdad que hay cosas muy
íntimas que no cuento
públicamente, pero, aunque
emocionalmente es un gran
esfuerzo, no me incomoda contar
mi historia. Lo que me pasó a mí
le pasó a mucha gente, y creo
que vale la pena que se sepa que
estas cosas sucedieron. En mi
grupo de amigos había mucha
gente que no había reparado en
esto. Yo tampoco.
Usted ha tenido la suerte de
contar con un abuelo que no se
rindió.
Sí. La verdad es que en lo
personal estoy superagradecida
porque colaboró muchísima gente
tanto en la búsqueda, como
después en las distintas etapas,
si bien naturalmente uno se
llega a sentir muy solo porque
resulta que la que es mi familia
no lo es, y la que es, no lo
fue. Y no está acá. La distancia
es algo positivo y negativo a la
vez. Compartir las cosas en la
distancia es complicado. Ahora
viajo bastante a Argentina a ver
a mis nuevos parientes. A veces
voy cuando los extraño y a veces
quiero irme corriendo.
¿Se siente ahora más argentina
que uruguaya?
Bueno, el corazón está dividido.
¿Sigue interesada en saber algo
más de su madre?
Cada vez tengo más interés.
Quiero saber qué pasó con ella y
dónde está. Y, bueno, todo es
muy difícil. Te dicen, mira, tus
papás son estos. Tienes que
conocerlos a través de otra
gente. Cuando me enteré de su
existencia yo ya había vivido
más de lo que ellos vivieron.
Las circunstancias tan trágicas
y tan injustas...
Me imagino tus ansias de ver sus
fotos.
Sí, sí. Aparte es que yo era de
chiquita, hasta los 13 años, muy
parecida a mi mamá. Muy
parecida. Ahora me dicen que
tengo una mezcla de los dos. Que
incluso me parezco más a mi
papá. Eso impresiona mucho.
¿Qué idea se ha hecho usted de
cómo eran?
Sé que eran muy buenas personas.
Mi papá era introvertido, un
chico muy maduro para la edad
que tenía, pensativo, preocupado
por lo que pasaba. Dulce. No muy
deportista. Y mi mamá... Me la
describen como alegre e
inquieta, graciosa. Los amigos
los querían muchísimo.
Me imagino que exprime usted
ahora a la familia y a los
amigos para que le cuenten.
Sí, me encanta que me cuenten
cosas. A veces me cuesta
pedírselo, la verdad. Espero que
lean esta entrevista y así se
animen a contarme más cosas cada
vez que nos veamos.
¿Avanza la investigación para
encontrar a su madre?
Eso está ahora un poco
estancado. Y con el tiempo la
angustia crece. Los militares
tienen un pacto de silencio y no
hablan. Yo siempre tengo la
expectativa de que se rompa ese
pacto. Pero por lo que he visto
es muy difícil. Algunas veces se
han manejado lugares de
enterramiento que no resultaron.
Pero no, no ha habido avances.
Por eso en febrero hice
declaraciones públicas pidiendo
que realmente se investigue y se
sepa qué pasó. El caso ha sido
archivado dos veces. El
expediente es enorme. Hay algo
que los militares siempre
invocan y que es la Operación
Zanahoria, la operación de
remoción de los cuerpos
enterrados. Obviamente, no fue
completa. Se espera que
aparezcan más.
En la prensa se publican
hallazgos de vez en cuando.
El problema es que la búsqueda,
con la escasez de datos que hay,
es muy complicada. Pero el
gobierno actual de Tabaré
Vázquez tiene una gran
disposición para seguir
investigando.
¿Realmente se siente amparada
por el gobierno?
Sí. El gobierno anterior, de
Julio María Sanguinetti, a su
manera, también colaboró. Nunca
me han puesto dificultades.
Todos me han dado su apoyo. Se
hizo una Comisión para la Paz,
que investigó en 2000 con
potestades muy limitadas, pero
fue un primer paso
importantísimo que dio el
gobierno del presidente Jorge
Batlle. Y a partir de entonces
el tema se ha mantenido. La
Comisión para la Paz terminó y
no se logró mucho respecto a mi
mamá, pero esa comisión fue
valiosa. Con el gobierno de
izquierda de Tabaré Vázquez,
obviamente, las cosas tomaron
otra fuerza.
Sin embargo, su abuelo mantuvo
un duro encontronazo con
Sanguinetti por su falta de
colaboración para desvelar los
atropellos de la dictadura.
Sí. Y también se habló de la
vinculación que pudo haber
tenido mi papá adoptivo con la
gente que me robó y me dejó en
la puerta de su casa. Incluso se
manejó que era amigo de
Sanguinetti o de alguno de los
asesinos de mi mamá. No hay nada
probado. Amistad personal con
Sanguinetti yo puedo decir que
no la hubo, porque viví con mi
papá 23 años. La realidad
indiscutible es que mi papá era
el jefe de Policía del Gobierno
de Sanguinetti en el
departamento de San José. Sin
duda, tuvieron una relación
política. Militaba en el Partido
Colorado y había llegado a ese
cargo por el partido. Mi papá
era inspector de policía. Pero
para mí todo esto es una
incógnita.
¿Y qué dice su madre? ¿No sabe
nada?
Mi madre desconocía realmente...
creo. No estoy segura,
obviamente. Y no sé lo que pudo
llegar a saber mi papá. Sé que
supo antes de morir que mi
abuelo me andaba buscando. La
primera vez que mi abuelo vino a
Uruguay buscándome era en 1998,
así que supongo que mi padre
llegó a enterarse de todo. No me
lo dijo. No es una cosa fácil de
decir.
No parece que haya anidado
rencor hacia su familia
adoptiva.
Mis sentimientos respecto de mi
familia adoptiva no han
cambiado. Me dieron una muy
buena educación y una muy buena
infancia. No tengo nada negativo
contra ellos. Todo lo que vino
después es una conjunción de
historias de tanta gente... Sé
que mi papá no tuvo nada que ver
con la muerte de mi mamá.
¿Ha leído a Juan Gelman?
He leído todo lo que he podido.
La poesía siempre me ha gustado.
Mi papá también escribía. De
hecho, me hicieron llegar unos
cuadernos suyos. Era una poesía
también muy fuerte para la edad
que tenía. Dura. Negro, muerte,
sangre. Algo premonitorio. Había
un poema incluso en el que se
despedía de los amigos ¡a los 15
años! Supongo que eso tiene que
ver también con una generación
que yo no termino de conocer.
Quizá eso no estaba tan fuera de
lugar en ese momento. Para mí
fue fuerte. Que mi papá tuviera
esa visión...
Usted tiene ya 31 años y todavía
no ha acabado la carrera.
Quizá deba
replantearme mis estudios. Es
que estoy en una especie de
crisis, en un momento en el que
no sé qué va a ser de mi vida el
mes que viene. Estoy muy
confundida y, aunque suene un
poco cursi, busco mi lugar en el
mundo (se ríe). Porque todo esto
te mueve los marcos de
referencia. El sentido de
pertenencia se ve bastante
vulnerado. No sos de acá. No sos
de allá. Nací y crecí en el
Uruguay y me siento tan uruguaya
como siempre, pero, en sí, mi
historia tiene más que ver con
Argentina, y en Argentina soy
uruguaya... Te quedás sin
referentes. Ahora en todos lados
soy un poco extranjera.
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