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Los movimientos suaves y lentos
de sus pies descalzos sobre el
piso de madera, el modo en que
acomodó los vestidos sobre la
cama, para luego doblarlos y
guardarlos en su pequeña valija,
en tanto yo, apoyado en el
barandal cilíndrico del balcón,
fumaba de espaldas a la calle,
atento al interior del ropero,
fijos los ojos en el saco de
hilo color arena de mi padre,
como si en ese saco estuviera la
explicación de lo que estaba
sucediendo o su justificación, o
sencillamente era nada más verlo
para no seguir viendo a Cecilia,
al menos tan nítida, mientras se
estaba yendo.
Me concentraba en el saco de
hilo, rehuía esa visión
dolorosa, a Cecilia en el límite
de esa visión, apenas una línea
cuando comenzó a sonar el piano
abajo, y miré mi reloj y me
sorprendí de que fueran las doce
y media ―el músico del segundo
piso llegaba habitualmente a las
diez y tocaba hasta medianoche;
me intrigó que hubiera comenzado
más tarde. Lo cierto es que a
los primeros acordes y notas
sueltas le siguió la limpia
ejecución de aquella melodía que
le escuchaba componer desde los
primeros días de enero y que
progresaba noche tras noche. El
músico era para mí únicamente
esa melodía: no lo había visto
nunca, ni siquiera me esforzaba
en imaginarlo.
-Necesito un buen sastre ―dije
al tiempo que lo pensaba,
alzando apenas la voz por sobre
la música.
Ella entonces entornó la puerta
del ropero ―el saco de mi padre
desapareció con ese simple gesto
y ya no tuve más remedio que
observarla plenamente. En un
principio, sin tener la certeza
de que Cecilia me hubiera oído
decir que necesitaba un buen
sastre. Aunque se sentó en la
cama, se calzó y ajustó las
sandalias, y enseguida supe que
prolongaba esa pose
deliberadamente.
-Un sastre ―preguntó, poniéndose
de pie.
-Quiero arreglar el saco de hilo
―dije, sabiendo que ella
entendería.
-¿Ah, sí? ―dijo, y abrió la
puerta del ropero y acarició el
saco (tal vez para luego
recordarlo ) ―. Hay un sastre
acá cerca ―agregó―. En Humberto
Primo. Siempre que paso veo el
cartel.
Yo seguía pulsando mentalmente
la melodía con el cuerpo. La
música parecía entrarme por la
espalda, a través del barandal
cilíndrico, y, como siempre, me
adelantaba impaciente al músico,
ideando las próximas notas, a
veces hasta una frase completa.
En ocasiones, mágicamente,
coincidíamos.
Ella cerró la valija y dijo:
"Bueno. Me voy".
-Una noche de estas podríamos ir
al cine ―arriesgué―. O a cenar.
-Cuando pase el calor. Y este
viento ―fue su respuesta. Quedó
como pensativa, y luego dijo:-
La noche después de la tormenta
―como si se tratara de un enigma
a ser descifrado, como si la
amenaza de tormenta fuera a
durar más que horas, días,
meses.
A continuación salió del
dormitorio y se acercó a mí;
guardó distancia. Miramos el
cielo desde el balcón (ella se
recogió el cabello en la nuca,
lo sujetó con una hebilla). La
ciudad parecía suspendida: nada,
ahora ni siquiera la música. El
silencio se prolongó hasta que
el músico entró con una frase
sincopada.
-La lluvia va a ser un alivio
―concluyó ella, aludiendo
tácitamente a la incierta noche
después de la tormenta,
retornando de ese modo la
cuestión de la cita Y tras una
incómoda pausa, dijo en voz
baja:- En todo caso, te aviso.
-Sí, claro -repliqué,
volviéndome hacia la calle.
Tiré la colilla lo más alto y lo
más lejos que pude. La vi dar
vueltas, describir tirabuzones,
y fue como si la hubiera lanzado
por sobre la borda de un buque
en plena travesía oceánica. Me
acodé en el barandal y traté de
concentrarme en aquella luz
amarilla que titilaba en el
último piso del edificio de
enfrente (¿un juego entre
amantes: él cubriendo y
descubriendo con un pañuelo, la
tulipa de la lámpara?, ¿La
pantalla de un velador
intermitente, en la mesita de
luz de un chico?). Oí a Cecilia
atravesar el dormitorio, el
living, dejar caer sus llaves
sobre la repisa y abrir la
puerta del departamento. Me
contuve de preguntarle qué
íbamos a hacer cuando nos
cruzáramos en los pasillos del
diario, o en el Berenson, o en
cualquier otro sitio. El clic
del picaporte coincidió con la
última nota del piano, y los
próximos segundos, hubo un vacío
casi absoluto: el viento parecía
formar un túnel acústico en el
que todo quedaba suspendido. El
cielo se despejó y vi las
primeras estrellas; era evidente
que la tormenta seguiría pasando
de largo, que tal vez tardara
demasiado en llegar la noche
perfecta en que nos
reencontraríamos con Cecilia. Me
quedé en el balcón hasta que
aquella luz amarilla titilante,
se apagó definitivamente.
El calor venía rompiendo marcas
históricas. En los diarios, los
meteorólogos ganaban las páginas
centrales, con extensos
artículos especulativos sobre el
viento, al que únicamente le
faltaba arena para transformarse
en un siroco. El agobio, sobre
todo, era producto del calor:
hasta las seis de la mañana,
entre veinticinco y veintisiete
grados; una flecha de fuego en
ascenso que, al mediodía,
trepaba a treinta y cinco,
treinta y siete grados, y hacia
las cuatro de la tarde,
alcanzaba picos increíbles de
cuarenta y dos y cuarenta y tres
grados. El viento no hacía más
que mover de un lado a otro el
aire incandescente, mientras la
ciudad se preparaba para la
tormenta que no terminaba de
formarse, y que ―se temía―
podría hacer desbordar todos los
ríos entubados, saltar las bocas
de tormenta, inundar los
negocios y las casas, dejar a
Buenos Aires sin luz, sin
teléfonos: una catástrofe sin
precedentes. En algunos puntos
críticos de la ciudad, los
vecinos tenían preparadas bolsas
con arena con las que tratarían
de contener el avance del agua.
Cada dos o tres días se cernía a
baja altura, sobre las terrazas
de los edificios, una masa
compacta de cúmulos grises,
negros, acres ―por lo general a
media tarde. Ese Ejército del
Apocalipsis (así escribían ahora
los meteorólogos: Fahrenheit y
las profecías bíblicas; las
corrientes marinas y
Nostradamus; los centros
anticiclónicos y los rollos del
Mar Muerto) marchaba en bloque
hacia el río, y se diluía en la
línea del horizonte. Entretanto,
el sol tenazmente reaparecía: el
último sol de la tarde en un
descenso suave, una pendiente en
la escala térmica que al menos
permitía respirar sin temer la
muerte por combustión
espontánea. Un alivio, sin
embargo, parcial: a partir de
las nueve y media, las diez de
la noche, la temperatura quedaba
clavada invariablemente en
veinticinco, veintiséis grados,
y se hacía difícil el descanso
nocturno.
No lograba dormirme sino hacia
las tres, tres y media ―después
de haberlo intentado en el piso
de baldosas de la cocina, en el
balcón, entre ducha y ducha,
para volver finalmente a la
cama. A lo sumo eran tres horas
en una especie de letargo, y, a
partir de que Cecilia se fue, en
ese lapso tan escaso hasta que
amanecía (una zona sin imágenes:
ni sueño, ni alucinación, ni
vigilia), volvíamos a discutir
una y otra vez acerca de mi
deseo de tener un hijo, y ella
―su voz ubicua―, seguía negando
esa posibilidad. El despertador
sonaba a las seis menos cuarto,
y yo bajaba de la cama agotado,
medio inconsciente, como
emergido de una borrachera feroz
(ese efecto que llaman black out
alcohólico). Me metía bajo la
ducha por cuarta o quinta vez en
el curso de la noche y, aún
mojado, me paraba frente al
ventilador, preguntándome cuándo
reventaría la maldita tormenta.
Comencé a pensar en una escena
para ser filmada, una escena de
verano en una ciudad de la
India: Benarés o Madrás. No
estaría mal, especulé, escribir
un guión de cine.
La redacción era un rectángulo
vidriado, en el que trabajábamos
y fumábamos ocho personas.
Resultaba difícil respirar; los
ventanales del edificio
―obsoleto, mal mantenido―
parecían a punto de fundirse a
causa del calor, y a eso se
sumaban los cables Reuter de
último momento y el malhumor
constante del jefe. A mediados
de enero comenzaron los cortes
de luz. Cada tarde se producía
el mismo desconcierto, una
representación que (decidí)
podría incluir en el proyectado
guión: el viejo equipo de aire
acondicionado dejaba de
funcionar tras una serie de
estertores; dos o tres
compañeros imitaban esos ruidos,
apartaban las butacas de los
escritorios, se dispersaban:
unos al pasillo, otros al baño,
otros a las restantes oficinas.
En ocasiones me quedaba solo y
disfrutaba de eso; iba hacia los
ventanales para ver caer las
últimas gotas de la manguerita
transparente del viejo equipo de
aire; caían sobre un saliente de
mampostería donde el sol daba de
lleno desde la mañana: el agua
sobre la piedra formaba pequeñas
fumarolas.
Un compañero de redacción me
venía hablando sobre el Buenos
Aires Rowing Club. El tema, me
informaba él, era que ahora
dejaban entrar mujeres (yo
conocía algunas particularidades
de ese club inglés por el relato
consecuente, deslumbrador de mi
padre), y me rondaba ya la idea
de que sería interesante, dadas
las circunstancias climáticas,
poder escapar los fines de
semana de la ciudad. Me seducía
la hipótesis de un lugar fresco
y apartado cerca del río para
escribir, silencioso, donde
además sirvieran buena comida y
buenos tragos (mi padre hablaba
del ron seco con jugo de lima;
decía que nunca lo había
probado, pero que en el Rowing
lo preparaban bien). Firmemente
decidí presentar mi solicitud de
ingreso al Buenos Aires Rowing
Club; hacer el intento, como
muchos años antes lo había hecho
mi padre. Ya me veía franqueando
la puerta de entrada vistiendo
el saco de hilo, lino tramado en
hilanderías de la India, piezas
simétricas color arena, sacos
palm-beachs confeccionados en
Londres y remesados de Londres a
la administración central de
ferrocarriles en Buenos Aires. Y
el Rowing era una mezcla de todo
eso. Por lo pronto, debía
conformarme con mirar a través
de la ventana de la redacción
las fumarolas del aire
acondicionado, y más allá, el
río, buscando en mi memoria la
voz distante de mi padre cuando
describía el Rowing. Hice un
plan: llegaría los sábados a la
mañana. Estacionaría el auto al
costado, en la media calle que
llegaba al mercado de frutos,
atravesaría el vestíbulo
cargando la máquina de escribir
portátil, oliendo a agua de
colonia ―que se sumaría a los
perfumes de la madera de nogal
de las paredes, al Half & Half
de las pipas, al ron con lima.
Saludaría abstractamente.
Subiría a la habitación y luego
bajaría llevando camisa y
pantalón claros y mocasines
color suela. Almorzaría y vería
algún partido de tenis,
conversaría con la gente del
galpón de botes, y por la noche,
la gala del saco de hilo, el
whisky con soda, atento a las
presencias femeninas.
No estaba seguro sobre si
Cecilia había dicho Humberto
Primo o Defensa. Doblé en
Humberto Primo. Subí y bajé las
mismas tres cuadras paralelas a
la de mi edificio, hasta que por
fin vi el cartel en el balcón
del primer piso. Era un edificio
bajo, idéntico al que yo
ocupaba, de esos que se
construyeron en Buenos Aires en
los años treinta: dos pisos, dos
departamentos por piso. Pude
haber tocado en el 1 "A" o en el
1 "B"; la vacilación me llevó a
tocar en portería. El vidrio
sucio entre las volutas de
hierro del portón, la oscuridad
creciente, no me permitían ver
con claridad hacia el otro lado.
De todos modos, noté que lo que
se acercaba desde el final del
largo pasillo era una mujer,
mayor, obesa. Antes de abrir, me
preguntó qué quería. Le dije que
buscaba al sastre del primer
piso, que no sabía cuál de los
dos era su departamento.
Respondió que el sastre vivía en
el 1 "A" ―la voz aguda atravesó
limpiamente el vidrio―, pero que
él no estaba en ese momento, que
había salido a hacer mandados y
que lo encontraría más tarde; o
si no, más fácil, el sábado por
la mañana. Ella me hablaba y yo
pensaba cómo haría ese cuerpo
para soportar las altísimas
temperaturas; en el esfuerzo del
corazón y de los pulmones para
sostenerlo con vida.
-Para qué lo busca ―chilló.
Me causaba desasosiego el modo
en que se bamboleaba, tratando
quizá de captar mi aspecto en
aquella forma imprecisa al otro
lado de la puerta, que ella
apenas vislumbraría.
-Quiero que me arregle un saco
de hilo.
-Entonces va a tener que venir
con el saco ―volvió a chillar,
como si desconfiara de lo que yo
le estaba diciendo.
-Sí ―dije―. Por supuesto.
No me dio tiempo siquiera a
reflexionar. Se tomó del
picaporte como si ese fuera el
apoyo suficiente para toda su
envergadura, dio pesadamente la
vuelta y emprendió el regreso.
Después de todo ―pensé mientras
me alejaba―, aquella mujer tenía
razón. Yo era un extraño que se
presentaba casi de noche
buscando a un sastre al que no
conocía. El argumento de
arreglar un saco de hilo sonaba
débil, y razonablemente
despertaba sospechas.
Al llegar al departamento fui
hasta el ropero y descolgué el
saco. Sería la primera vez que
me lo probara. Me quedaba
holgado, y me agradó que fuera
así; marcaba una necesaria
distancia entre mi cuerpo y el
cuerpo ausente de mi padre, me
dejaba en mi lugar de hijo. Al
verme en el espejo quedé
conforme, y resolví prescindir
del sastre. El saco solo
precisaba tintorería. La
limpieza y el planchado le
devolverían el tono original,
las formas. Lo tendí con esmero
sobre la cama, y durante tres o
cuatro minutos permanecí allí,
observándolo. Revisar los
bolsillos fue una reacción
tardía ―tantos años ahí, en el
ropero, y nunca antes se me
había ocurrido.
Encontré un pañuelo con sus
iniciales, J. W., que eran
también las mías, y un boleto
del Ferrocarril Central,
intacto, sin marcar. Salí del
dormitorio (eran las diez y
cinco: el músico arrancaba con
los primeros acordes), dejé el
boleto y el pañuelo sobre la
mesa, encendí un cigarrillo que
fumé en el balcón, y luego,
mientras preparaba un sándwich
de pan negro y queso y abría una
botella de cerveza, me puse a
pensar en esos objetos que
habían pertenecido a mi padre.
Me concentré en los detalles: el
boleto de ferrocarril cubría el
trayecto Retiro-Tigre; las
iniciales estaban bordadas en
hilo color miel. Examinaba el
pañuelo y el boleto, y trataba
de recordar el rostro escaldado
de mi padre, su voz, sobre qué
temas hablábamos tantas noches
solos, después de que mi madre
se marchara; o si él habrá
procurado explicarme, alguna
vez, por qué una madre abandona
a su hijo, y esa forma lenta
suya de beber, interminable,
suicida, sentado en su sillón de
lectura, media botella de whisky
por noche hasta quedar dormido,
taciturno siempre, fumando sus
cigarrillos negros, abstraído,
más bien reconcentrado. Había
una última escena en mi memoria:
un sábado por la mañana, muy
temprano, mi padre se arrodilló
junto a mi cama, me habló en voz
baja, olía fuerte a alcohol, me
avisaba que iba a visitar a un
amigo al Tigre, y yo sentí el
beso de él en mi cabeza, o tal
vez, simplemente se trató del
roce de su mano. El resto fue
terrible y absurdo: a mitad de
mañana me despertaron los
timbrazos y salí enojado al
balcón, medio dormido, para
gritar quién era. Los dos
compañeros de mi padre, vestidos
con uniforme del ferrocarril, me
venían a avisar que él había
sufrido un ataque al corazón,
que de Retiro lo habían llevado
al hospital, y cuando logré
entender y me vestí a las
apuradas y bajé a abrirles la
puerta de calle, con gestos
severos y voces apagadas (uno me
apretó el brazo con rudeza), me
dijeron que era una pena, pobre
Juan, que los médicos no
hubieran podido hacer nada.
La música de piano volvía a
entrar por el balcón, y yo
nuevamente velaba a mi padre. Él
y yo en el comedor desierto; él
y yo, nada más. Y ahora el
boleto en mi mano era el último
objeto que Juan Wesley había
tocado, y traía inscripta ―desde
el pasado― la fecha de su
muerte.
Estacioné a un costado del
Buenos Aires Rowing Club.
Traspuse la puerta principal,
atravesé la sala donde se
exhibían los trofeos de los
equipos de remo, y un hall
inmenso, sorprendido de que
nadie me detuviera para pedirme
la identificación de socio. Un
empleado me indicó gentilmente
que la administración estaba en
el primer piso. Era una
habitación inmensa con paredes
revestidas en madera; a la
izquierda se disponían sillones
tapizados en cuero verde y
macetas con helechos. A la
derecha, un mostrador abarcaba
el larguísimo trayecto hasta el
fondo. Detrás del mostrador,
había despachos con vidrios
esmerilados. Se me acercó uno de
los empleados. Le expliqué mi
propósito y me dijo que me iba a
atender directamente el
administrador. Este no demoró.
Vi aparecer a un hombre de unos
sesenta y cinco años, canoso,
ojos grises, gestos pausados,
marcado acento inglés (ocupaba
un despacho vidriado, al fondo
del salón, adornado con réplicas
de Turner). El ventilador de
techo giraba suavemente. El
administrador respondió, atento,
cortés, a cada una de mis
preguntas. Por último me invitó
a pasar a su oficina. Levantó un
segmento de mostrador que
funcionaba como puerta trampa, y
caminamos hacia ese despacho
central. Una vez allí (el ámbito
era luminoso, pulcro,
victoriano), me pidió disculpas
y dijo que en un instante
regresaba. En ese lapso quise
imaginar cómo se habría
presentado mi padre; qué error
habría cometido para que
rechazaran su solicitud. No oí
regresar al administrador; ni
siquiera advertí su presencia
hasta que se acomodó en el
sillón giratorio, abrió uno de
los cajones del escritorio y
sacando una ficha dijo que ese
era el primer paso: un sencillo
cuestionario. Se dispuso a
escribir con un lápiz color
azul.
-¿Nombre y Apellido?
-Juan Wesley ―dije, y me quedé
esperando la siguiente pregunta,
con la convicción de que
lograría lo que mi padre no
había podido conseguir, y que
entonces ese sería un triunfo de
los dos. El administrador
apretaba el mentón contra su
cuello, pero tuve la sensación
de una media sonrisa disimulada,
de que el apellido inglés era
tal vez, como había calculado,
una especie de pasaporte.
-¿Ocupación?
-Periodista.
Recién en ese punto, el
administrador se quitó los
lentes y quiso saber por qué
aspiraba a ser socio del club.
Había algo de orgullo en la
forma de preguntar, pero no me
tomó desprevenido. Respondí que,
entre otros motivos, porque
sabía que los socios disponían
del alquiler de habitaciones, y
necesitaba un sitio tranquilo y
confortable como el Rowing para
escribir; que había comenzado a
escribir ficción y además tenía
en marcha un proyecto de guión
para cine. Mis respuestas fueron
honestas, serenas, claras. El
administrador se caló los lentes
y agachó la cabeza.
-¿Nombre y apellido de su padre?
-John Wesley.
-¿Vive?
-Murió.
-¿Y su madre?
-Katherine Porter ―dije con
naturalidad, sin haberlo
premeditado, dueño de una
lucidez y una velocidad
inconscientes, dándome cuenta de
que en todos esos años, ni
siquiera me había permitido
nombrarla. Ni un solo
pensamiento sobre ella, y ahora
era yo quien espontáneamente
definía su destino, y su nombre
pasaba a ser entonces el de una
escritora que admiraba. Por el
gesto indefinido del
administrador, temí que
conociera a Porter, que tomara
esa declaración como un
sarcasmo, y que la entrevista
terminara ahí, con esa única y
última chance.
-Como la escritora
norteamericana ―observó,
mirándome por encima de sus
lentes, con un acento levemente
exaltado.
-Sí, casi ―dije reticente―. Sin
el Anne. Solamente Katherine ―y
la misma brusca intuición de
antes, me llevó a completar la
obra. Maté a mi madre en tercera
persona. Dije:- Murió.
El administrador se quitó los
lentes ―ya no le bastaba mirarme
por encima de ellos. Me
interrogó con los ojos.
-No ―titubeó―. Tengo entendido
que ella aún vive.
-Katherine Anne Porter, sí ―dije
con parsimonia, midiendo la
tensión del diálogo―. La
escritora sí. Me refería a mi
madre.
Sonreí y eso autorizó al
administrador a sonreír; una
sonrisa de alivio, aprobatoria.
-Es increíble, ¿no? ―meneó la
cabeza―. Ella fue siempre mi
escritora favorita, y mire
usted: el mismo nombre.
Asentí.
-Bueno ―terminó, después de
hacerme firmar la solicitud, los
ojos claros, brillosos―. Lo
único que queda es la
recomendación; pero eso se
arregla fácilmente ―su mano
descansó sobre la solicitud;
supuse que sería una mano suave,
caliente, efusiva―. Podría ser
yo mismo el que lo recomendara;
si usted está de acuerdo.
Ante ese gesto fraternal, me
animé a preguntarle si llevaban
el registro de las solicitudes
rechazadas.
-Sí ―dijo frunciendo el ceño―.
Es una información que se
mantiene en reserva. ¿Por qué me
lo pregunta?
-Mi padre intentó ingresar al
Rowing ―dije―. No pudo, claro.
-¿Y usted quiere saber? ―dijo
con suavidad―. Eso es
complicado.
-Sí ―dije―. Imagino que no se
puede.
Miró hacia la puerta de su
despacho que permanecía cerrada,
como si temiera una intromisión.
-¿En qué año fue? ―dijo.
-En el cincuenta y seis.
El administrador se dirigió
hacia uno de los tres ficheros
de madera, abrió la gaveta
superior (el lápiz entre los
dientes).
-¿Qué año me dijo?
-Cincuenta y seis.
-Cincuenta y seis, cincuenta y
seis... ―pasaba las fichas, una
a una―. John Wesley, año
cincuenta y seis...
Al cabo, guardó el lápiz en el
bolsillo de su camisa y se
sentó.
-No ―dijo apretando los labios―.
No me sonaba. Hace cuarenta años
que estoy acá y no recuerdo a un
John Wesley.
-Era Inspector del Ferrocarril
Central Argentino ―dije, como si
eso fuera una pista para revisar
en otra gaveta, o encontrar la
causa del rechazo, o como si la
jerarquía de inspector de mi
padre, habilitara al
administrador para una pesquisa
adicional.
-Ahá ―dijo él, indiferente.
Yo no me resignaba. Estuve a
punto de agregar: "también era
alcohólico", ya que me resultaba
inverosímil que mi padre me
hubiera engañado. Hubiera sido
fatal: ser alcohólico, para los
ingleses, era la regla, y el
administrador tenía aspecto de
serlo. Se puso de pie ―quizá
molesto por mi desconcierto.
Dijo con voz estentórea:
-Ningún John Wesley Inspector
del Ferrocarril Central: habría
sido un orgullo tenerlo como
socio.
-Claro ―dije.
Me hizo saber, que en diez o
quince días, el Comité haría su
primer dictamen y que, en mi
caso, él era optimista.
En el primer descanso de las
escaleras encendí un cigarrillo.
Iba a seguir, cuando sentí los
pasos y la alegre exclamación a
mis espaldas:
-¡Eh! ¡Wesley!
Me detuve. El administrador me
alcanzó. Antes no me había
percatado de su leve renguera.
-Todo va a andar bien ―dijo en
el tono de las confidencias―. Mi
opinión es decisiva. Vaya
preparando el certificado de
aptitud médica.
Antes de irme pasé por el galpón
de botes. El encargado me
atendió amablemente. Le comenté
que estaba tramitando mi
solicitud de ingreso. Algo en él
(su porte erguido, la delgadez,
la mandíbula recta) me hizo
evocar a mi padre. Recorrimos
las hileras de botes estibados,
acaricié las maderas lustrosas.
Él me hablaba pero yo no lograba
concentrarme en lo que me decía
―intentaba descifrar si el
sábado de su muerte, mi padre,
iba al Tigre a ver a un amigo, o
iba al Rowing. En medio del
enigma estaba el boleto de tren,
ese itinerario que mi padre no
había logrado cumplir. Me
preguntaba si mi padre había
presentado realmente su
solicitud de ingreso al club, si
ese amigo existía, o a quién
visitaría en el Tigre; si John
Wesley solía recorrer la
costanera del Tigre, y miraba de
lejos las torres del Rowing,
extrañando a su Katherine Porter
―porque la amaba, porque en las
cartas inconclusas,
indescifrables, borrachas,
escritas después de la partida
de mi madre, él decía que la
amaba. John Wesley construyendo
su silencio y su soledad, como
si se tratara de una obra de
arte, o de su única posible
justificación. ¿Y si iba al
Tigre para recorrer prostíbulos
en busca de unas manos parecidas
a las de mi madre, unos ojos
parecidos, o (por qué no) a mi
madre? Sentía el último pulso
caliente de John Wesley en el
boleto en mi bolsillo, en verdad
lo sentía.
El encargado, apoyó su mano
pesada y nudosa sobre mi hombro.
Supongo que yo acababa de
formularle (mecánica,
burocráticamente) alguna
pregunta, porque dijo:
-Sí. Es peligroso. Mucha madera,
resina, barnices.
-Y encima estamos fumando
―señalé, aplastando la colilla
contra el piso.
-Fumo todo el tiempo ―rió. Una
risa, cargada de intención―. Una
vuelta ―dijo― se nos metió en el
club un irlandés loco. Entró al
galpón con una especie de bomba
molotov. Gritaba que llevaba
nafta en la botella, que iba a
incendiar el galpón, juraba que
iba a incendiar todo. "Ingleses
de mierda", gritaba.
-Pobre tipo ―dije.
-El irlandés tenía razón ―dijo
en tono áspero―. Habría que
incendiar todo. Lástima que no
era nafta. El irlandés había
orinado en la botella. Lástima
¿no?
Miró al piso, me tocó el brazo,
se fue callado hacia el fondo.
La tormenta comenzó un martes.
Tres días antes de recibir la
carta firmada por el
administrador del Rowing (se me
notificaba la resolución
favorable del Comité), y uno
después de que el médico me
auscultara, me hiciera respirar
hondo, volviera a auscultarme,
para terminar aconsejándome que
dejara el cigarrillo, decidí que
no sería jamás socio del club.
Hice un bollo con el certificado
médico, bajé a la calle, compré
un atado, me metí en el primer
bar que encontré, y pedí el
whisky preferido por mi padre.
La sudestada había hecho bajar
la temperatura: lluvia, viento.
De todos modos, eso no iba a
durar demasiado. Volvería el
calor extremo, los fines de
semana luminosos, y yo no
estacionaría el auto sobre la
calle que llevaba al puerto de
frutos. No atravesaría el hall
del Rowing, no tomaría ron con
lima, ni fumaría con el cuidador
del galpón de botes, ni con los
obreros que calafateaban y
barnizaban, y menos aún con los
socios. En cambio, comenzaría a
escribir el guión de mi
película. Cuatro días de
sudestada. La tarde del quinto,
las nubes se abrieron. Esa noche
―un viernes― decidí celebrar en
el Berenson. Entré y fui derecho
a la barra. Le pregunté al dueño
qué hacía ese piano negro de
media cola en el escenario. Me
respondió que la semana pasada
había contratado a un músico.
-La tercera noche que toca
―dijo―. Tiene un repertorio de
temas propios. Abre con uno
excelente.
Seguí con mi segundo Black &
White, acostumbrando los ojos a
la media luz del local. De
golpe, la vi. Al fondo,
conversando con una amiga.
Llevaba un impermeable color
café, el cabello suelto. Parecía
una artista de cine de
posguerra. Ella también me vio y
levantó el brazo. Me acerqué a
saludarla. La amiga se
incorporó, pretextó que se le
hacía tarde, se clavó torpemente
la cartera bajo el brazo.
Presentí que Cecilia había
estado conjurando con la amiga,
que aquella maniobra no era
inocente. Me habría visto entrar
y, entre ambas, diseñaron la
estrategia. Me tentaba la silla
vacía, pero no accedí a
sentarme. De pie, a prudente
distancia de la mesa, hablamos
del mal tiempo, del frío
salvador de esa noche.
-De todos modos ―dije―, el calor
y el viento van a seguir.
-Sí ―respondió ella. Noté su
esfuerzo por elegir las
palabras―. Pero al menos hoy es
una noche fresca.
Me convidó un cigarrillo.
Insistió en que me sentara, y
yo, en excusarme por no hacerlo.
El diálogo se cortaba cada tres
frases. Al final, me preguntó si
seguía en pie la invitación de
ir a cenar o al cine. Fue una
respuesta, a un tiempo, suave y
violenta la mía. Dije que no.
Dos veces. Y pasado ese instante
de confusión para los dos, mis
palabras siguientes ―más calmas
y razonables―, armaron un
compromiso en pocos minutos,
allí, en el Berenson, con otra
persona. Cecilia, como si
intuyera que estaba mintiendo,
dijo "qué bien", y en el mismo
tono comentó que pensaba
renunciar al diario, que quería
dedicarse a la docencia. Yo le
hablé sobre mi experiencia
fallida en el Buenos Aires
Rowing Club, y le conté, a
grandes trazos, el argumento de
mi guión de cine: en tercera
persona, el protagonista
registra en su diario, el agobio
de hombre y mujeres solitarios
que se entrecruzan en una ciudad
sitiada por el calor, asolada
por un viento extraño, una
tormenta que se anuncia y no
llega. El protagonista tiene un
padre alcohólico y una madre
desaparecida. El padre, una
mañana se despide y jamás llega
al punto de destino. Hay un
boleto de ida, un viaje fallido
al Tigre. La esposa trabaja en
prostíbulos costeros, lleva el
falso nombre de una escritora
norteamericana, y ante el
administrador rengo de un club
náutico que la frecuenta
asiduamente, simula ser también
escritora.
-Mientras escribo eso, extraño a
mi padre ―dije. Y, de pronto,
necesité desconcertarla, y le
pregunté si creía en los
meteorólogos, si creía que podía
haber alguna relación entre el
clima y las explosiones en el
atolón de Muroroa. Y, sin darle
tiempo a responder, dije:- Qué
linda que estás así, con el
cabello suelto.
-Yo no sé cómo estoy ―sonrió―,
pero vos estás loco.
Me agaché, la besé en la
mejilla. El resto pude
escribirlo esa madrugada, con la
misma precisión con que sucedió:
una delicada y curiosa
sincronía: nos despedimos.
Cecilia fue al baño y luego pasó
a centímetros de mi taburete,
sentí su perfume y el roce de su
gabardina contra la mía, su mano
acariciándola como había hecho
un mes atrás con el saco de hilo
de mi padre, el susurro: "llamame".
Ella empuñaba el barral de
bronce de la puerta y el
pianista apoyaba su vaso de
whisky sobre el piano. Ella
bajaba a la calle y el pianista
se preparaba, y fue entonces,
cuando silbé espontáneamente las
primeras notas de la melodía del
balcón, que se dio ese increíble
y azaroso reconocimiento. El
músico me miró complacido, se
sentó al piano, y yo me preparé
para escucharlo, fumando, con
los ojos cerrados.
*Tomado del libro
Formas transitorias.
Gabriel Bellomo (Buenos Aires,
1956) ha publicado tres libros
de cuento, Historias con
nombre propio (1994),
Olvidar a Marina (1995),
ambos en la colección “ Los
oficios terrestres” de la
editorial Libros de Tierra
Firme, y Marea Negra (Simurg,
2001). Permanecen inéditas sus
novelas Línea de fuga,
La draga y El informe de
Egan. Publicó reportajes y
ensayos en la revista cultural
Diógenes. Relatos de su
serie inédita Seres de
entreguerra integran la
antología En frasco chico
(Ediciones Colihue, 2004). |