Año VI
La Habana
2008

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Verano

Gabriel Bellomo (Buenos Aires, 1956)

 

Los movimientos suaves y lentos de sus pies descalzos sobre el piso de madera, el modo en que acomodó los vestidos sobre la cama, para luego doblarlos y guardarlos en su pequeña valija, en tanto yo, apoyado en el barandal cilíndrico del balcón, fumaba de espaldas a la calle, atento al interior del ropero, fijos los ojos en el saco de hilo color arena de mi padre, como si en ese saco estuviera la explicación de lo que estaba sucediendo o su justificación, o sencillamente era nada más verlo para no seguir viendo a Cecilia, al menos tan nítida, mientras se estaba yendo.

Me concentraba en el saco de hilo, rehuía esa visión dolorosa, a Cecilia en el límite de esa visión, apenas una línea cuando comenzó a sonar el piano abajo, y miré mi reloj y me sorprendí de que fueran las doce y media ―el músico del segundo piso llegaba habitualmente a las diez y tocaba hasta medianoche; me intrigó que hubiera comenzado más tarde. Lo cierto es que a los primeros acordes y notas sueltas le siguió la limpia ejecución de aquella melodía que le escuchaba componer desde los primeros días de enero y que progresaba noche tras noche. El músico era para mí únicamente esa melodía: no lo había visto nunca, ni siquiera me esforzaba en imaginarlo.

-Necesito un buen sastre ―dije al tiempo que lo pensaba, alzando apenas la voz por sobre la música.

Ella entonces entornó la puerta del ropero ―el saco de mi padre desapareció con ese simple gesto y ya no tuve más remedio que observarla plenamente. En un principio, sin tener la certeza de que Cecilia me hubiera oído decir que necesitaba un buen sastre. Aunque se sentó en la cama, se calzó y ajustó las sandalias, y enseguida supe que prolongaba esa pose deliberadamente.

-Un sastre ―preguntó, poniéndose de pie.

-Quiero arreglar el saco de hilo ―dije, sabiendo que ella entendería.

-¿Ah, sí? ―dijo, y abrió la puerta del ropero y acarició el saco (tal vez para luego recordarlo ) ―. Hay un sastre acá cerca ―agregó―. En Humberto Primo. Siempre que paso veo el cartel.

Yo seguía pulsando mentalmente la melodía con el cuerpo. La música parecía entrarme por la espalda, a través del barandal cilíndrico, y, como siempre, me adelantaba impaciente al músico, ideando las próximas notas, a veces hasta una frase completa. En ocasiones, mágicamente, coincidíamos.

Ella cerró la valija y dijo: "Bueno. Me voy".

-Una noche de estas podríamos ir al cine ―arriesgué―. O a cenar.

-Cuando pase el calor. Y este viento ―fue su respuesta. Quedó como pensativa, y luego dijo:- La noche después de la tormenta ―como si se tratara de un enigma a ser descifrado, como si la amenaza de tormenta fuera a durar más que horas, días, meses.

A continuación salió del dormitorio y se acercó a mí; guardó distancia. Miramos el cielo desde el balcón (ella se recogió el cabello en la nuca,  lo sujetó con una hebilla). La ciudad parecía suspendida: nada, ahora ni siquiera la música. El silencio se prolongó hasta que el músico entró con una frase sincopada.

-La lluvia va a ser un alivio ―concluyó ella, aludiendo tácitamente a la incierta noche después de la tormenta, retornando de ese modo la cuestión de la cita Y tras una incómoda pausa, dijo en voz baja:- En todo caso, te aviso.

-Sí, claro -repliqué, volviéndome hacia la calle.

Tiré la colilla lo más alto y lo más lejos que pude. La vi dar vueltas, describir tirabuzones, y fue como si la hubiera lanzado por sobre la borda de un buque en plena travesía oceánica. Me acodé en el barandal y traté de concentrarme en aquella luz amarilla que titilaba en el último piso del edificio de enfrente (¿un juego entre amantes: él cubriendo y descubriendo con un pañuelo, la tulipa de la lámpara?, ¿La pantalla de un velador intermitente, en la mesita de luz de un chico?). Oí a Cecilia atravesar el dormitorio, el living, dejar caer sus llaves sobre la repisa y abrir la puerta del departamento. Me contuve de preguntarle qué íbamos a hacer cuando nos cruzáramos en los pasillos del diario, o en el Berenson, o en cualquier otro sitio. El clic del picaporte coincidió con la última nota del piano, y los próximos segundos, hubo un vacío casi absoluto: el viento parecía formar un túnel acústico en el que todo quedaba suspendido. El cielo se despejó y vi las primeras estrellas; era evidente que la tormenta seguiría pasando de largo, que tal vez tardara demasiado en llegar la noche perfecta en que nos reencontraríamos con Cecilia. Me quedé en el balcón hasta que aquella luz amarilla titilante, se apagó definitivamente.

El calor venía rompiendo marcas históricas. En los diarios, los meteorólogos ganaban las páginas centrales, con extensos artículos especulativos sobre el viento, al que únicamente le faltaba arena para transformarse en un siroco. El agobio, sobre todo, era producto del calor: hasta las seis de la mañana, entre veinticinco y veintisiete grados; una flecha de fuego en ascenso que, al mediodía, trepaba a treinta y cinco, treinta y siete grados, y hacia las cuatro de la tarde, alcanzaba picos increíbles de cuarenta y dos y cuarenta y tres grados. El viento no hacía más que mover de un lado a otro el aire incandescente, mientras la ciudad se preparaba para la tormenta que no terminaba de formarse, y que ―se temía― podría hacer desbordar todos los ríos entubados, saltar las bocas de tormenta, inundar los negocios y las casas, dejar a Buenos Aires sin luz, sin teléfonos: una catástrofe sin precedentes. En algunos puntos críticos de la ciudad, los vecinos tenían preparadas bolsas con arena con las que tratarían de contener el avance del agua. Cada dos o tres días se cernía a baja altura, sobre las terrazas de los edificios, una masa compacta de cúmulos grises, negros, acres ―por lo general a media tarde. Ese Ejército del Apocalipsis (así escribían ahora los meteorólogos: Fahrenheit y las profecías bíblicas; las corrientes marinas y Nostradamus; los centros anticiclónicos y los rollos del Mar Muerto) marchaba en bloque hacia el río, y se diluía en la línea del horizonte. Entretanto, el sol tenazmente reaparecía: el último sol de la tarde en un descenso suave, una pendiente en la escala térmica que al menos permitía respirar sin temer la muerte por combustión espontánea. Un alivio, sin embargo, parcial: a partir de las nueve y media, las diez de la noche, la temperatura quedaba clavada invariablemente en veinticinco, veintiséis grados, y se hacía difícil el descanso nocturno.

No lograba dormirme sino hacia las tres, tres y media ―después de haberlo intentado en el piso de baldosas de la cocina, en el balcón, entre ducha y ducha, para volver finalmente a la cama. A lo sumo eran tres horas en una especie de letargo, y, a partir de que Cecilia se fue, en ese lapso tan escaso hasta que amanecía (una zona sin imágenes: ni sueño, ni alucinación, ni vigilia), volvíamos a discutir una y otra vez acerca de mi deseo de tener un hijo, y ella ―su voz ubicua―, seguía negando esa posibilidad. El despertador sonaba a las seis menos cuarto, y yo bajaba de la cama agotado, medio inconsciente, como emergido de una borrachera feroz (ese efecto que llaman black out alcohólico). Me metía bajo la ducha por cuarta o quinta vez en el curso de la noche y, aún mojado, me paraba frente al ventilador, preguntándome cuándo reventaría la maldita tormenta. Comencé a pensar en una escena para ser filmada, una escena de verano en una ciudad de la India: Benarés o Madrás. No estaría mal, especulé, escribir un guión de cine.

La redacción era un rectángulo vidriado, en el que trabajábamos y fumábamos ocho personas. Resultaba difícil respirar; los ventanales del edificio ―obsoleto, mal mantenido― parecían a punto de fundirse a causa del calor, y a eso se sumaban los cables Reuter de último momento y el malhumor constante del jefe. A mediados de enero comenzaron los cortes de luz. Cada tarde se producía el mismo desconcierto, una representación que (decidí) podría incluir en el proyectado guión: el viejo equipo de aire acondicionado dejaba de funcionar tras una serie de estertores; dos o tres compañeros imitaban esos ruidos, apartaban las butacas de los escritorios, se dispersaban: unos al pasillo, otros al baño, otros a las restantes oficinas. En ocasiones me quedaba solo y disfrutaba de eso; iba hacia los ventanales para ver caer las últimas gotas de la manguerita transparente del viejo equipo de aire; caían sobre un saliente de mampostería donde el sol daba de lleno desde la mañana: el agua sobre la piedra formaba pequeñas fumarolas.

Un compañero de redacción me venía hablando sobre el Buenos Aires Rowing Club. El tema, me informaba él, era que ahora dejaban entrar mujeres (yo conocía algunas particularidades de ese club inglés por el relato consecuente, deslumbrador de mi padre), y me rondaba ya la idea de que sería interesante, dadas las circunstancias climáticas, poder escapar los fines de semana de la ciudad. Me seducía la hipótesis de un lugar fresco y apartado cerca del río para escribir, silencioso, donde además sirvieran buena comida y buenos tragos (mi padre hablaba del ron seco con jugo de lima; decía que nunca lo había probado, pero que en el Rowing lo preparaban bien). Firmemente decidí presentar mi solicitud de ingreso al Buenos Aires Rowing Club; hacer el intento, como muchos años antes lo había hecho mi padre. Ya me veía franqueando la puerta de entrada vistiendo el saco de hilo, lino tramado en hilanderías de la India, piezas simétricas color arena, sacos palm-beachs confeccionados en Londres y remesados de Londres a la administración central de ferrocarriles en Buenos Aires. Y el Rowing era una mezcla de todo eso. Por lo pronto, debía conformarme con mirar a través de la ventana de la redacción las fumarolas del aire acondicionado, y más allá, el río, buscando en mi memoria la voz distante de mi padre cuando describía el Rowing. Hice un plan: llegaría los sábados a la mañana. Estacionaría el auto al costado, en la media calle que llegaba al mercado de frutos, atravesaría el vestíbulo cargando la máquina de escribir portátil, oliendo a agua de colonia ―que se sumaría a los perfumes de la madera de nogal de las paredes, al Half & Half de las pipas, al ron con lima. Saludaría abstractamente. Subiría a la habitación y luego bajaría llevando camisa y pantalón claros y mocasines color suela. Almorzaría y vería algún partido de tenis, conversaría con la gente del galpón de botes, y por la noche, la gala del saco de hilo, el whisky con soda, atento a las presencias femeninas.

No estaba seguro sobre si Cecilia había dicho Humberto Primo o Defensa. Doblé en Humberto Primo. Subí y bajé las mismas tres cuadras paralelas a la de mi edificio, hasta que por fin vi el cartel en el balcón del primer piso. Era un edificio bajo, idéntico al que yo ocupaba, de esos que se construyeron en Buenos Aires en los años treinta: dos pisos, dos departamentos por piso. Pude haber tocado en el 1 "A" o en el 1 "B"; la vacilación me llevó a tocar en portería. El vidrio sucio entre las volutas de hierro del portón, la oscuridad creciente, no me permitían ver con claridad hacia el otro lado. De todos modos, noté que lo que se acercaba desde el final del largo pasillo era una mujer, mayor, obesa. Antes de abrir, me preguntó qué quería. Le dije que buscaba al sastre del primer piso, que no sabía cuál de los dos era su departamento. Respondió que el sastre vivía en el 1 "A" ―la voz aguda atravesó limpiamente el vidrio―, pero que él no estaba en ese momento, que había salido a hacer mandados y que lo encontraría más tarde; o si no, más fácil, el sábado por la mañana. Ella me hablaba y yo pensaba cómo haría ese cuerpo para soportar las altísimas temperaturas; en el esfuerzo del corazón y de los pulmones para sostenerlo con vida.

-Para qué lo busca ―chilló.

Me causaba desasosiego el modo en que se bamboleaba, tratando quizá de captar mi aspecto en aquella forma imprecisa al otro lado de la puerta, que ella apenas vislumbraría.

-Quiero que me arregle un saco de hilo.

-Entonces va a tener que venir con el saco ―volvió a chillar, como si desconfiara de lo que yo le estaba diciendo.

-Sí ―dije―. Por supuesto.

No me dio tiempo siquiera a reflexionar. Se tomó del picaporte como si ese fuera el apoyo suficiente para toda su envergadura, dio pesadamente la vuelta y emprendió el regreso. Después de todo ―pensé mientras me alejaba―, aquella mujer tenía razón. Yo era un extraño que se presentaba casi de noche buscando a un sastre al que no conocía. El argumento de arreglar un saco de hilo sonaba débil, y razonablemente despertaba sospechas.

Al llegar al departamento fui hasta el ropero y descolgué el saco. Sería la primera vez que me lo probara. Me quedaba holgado, y me agradó que fuera así; marcaba una necesaria distancia entre mi cuerpo y el cuerpo ausente de mi padre, me dejaba en mi lugar de hijo. Al verme en el espejo quedé conforme, y resolví prescindir del sastre. El saco solo precisaba tintorería. La limpieza y el planchado le devolverían el tono original, las formas. Lo tendí con esmero sobre la cama, y durante tres o cuatro minutos permanecí allí, observándolo. Revisar los bolsillos fue una reacción tardía ―tantos años ahí, en el ropero, y nunca antes se me había ocurrido.

Encontré un pañuelo con sus iniciales, J. W., que eran también las mías, y un boleto del Ferrocarril Central, intacto, sin marcar. Salí del dormitorio (eran las diez y cinco: el músico arrancaba con los primeros acordes), dejé el boleto y el pañuelo sobre la mesa, encendí un cigarrillo que fumé en el balcón, y luego, mientras preparaba un sándwich de pan negro y queso y abría una botella de cerveza, me puse a pensar en esos objetos que habían pertenecido a mi padre. Me concentré en los detalles: el boleto de ferrocarril cubría el trayecto Retiro-Tigre; las iniciales estaban bordadas en hilo color miel. Examinaba el pañuelo y el boleto, y trataba de recordar el rostro escaldado de mi padre, su voz, sobre qué temas hablábamos tantas noches solos, después de que mi madre se marchara; o si él habrá procurado explicarme, alguna vez, por qué una madre abandona a su hijo, y esa forma lenta suya de beber, interminable, suicida, sentado en su sillón de lectura, media botella de whisky por noche hasta quedar dormido, taciturno siempre, fumando sus cigarrillos negros, abstraído, más bien reconcentrado. Había una última escena en mi memoria: un sábado por la mañana, muy temprano, mi padre se arrodilló junto a mi cama, me habló en voz baja, olía fuerte a alcohol, me avisaba que iba a visitar a un amigo al Tigre, y yo sentí el beso de él en mi cabeza, o tal vez, simplemente se trató del roce de su mano. El resto fue terrible y absurdo: a mitad de mañana me despertaron los timbrazos y salí enojado al balcón, medio dormido, para gritar quién era. Los dos compañeros de mi padre, vestidos con uniforme del ferrocarril, me venían a avisar que él había sufrido un ataque al corazón, que de Retiro lo habían llevado al hospital, y cuando logré entender y me vestí a las apuradas y bajé a abrirles la puerta de calle, con gestos severos y voces apagadas (uno me apretó el brazo con rudeza), me dijeron que era una pena, pobre Juan, que los médicos no hubieran podido hacer nada.

La música de piano volvía a entrar por el balcón, y yo nuevamente velaba a mi padre. Él y yo en el comedor desierto; él y yo, nada más. Y ahora el boleto en mi mano era el último objeto que Juan Wesley había tocado, y traía inscripta ―desde el pasado― la fecha de su muerte.

Estacioné a un costado del Buenos Aires Rowing Club. Traspuse la puerta principal, atravesé la sala donde se exhibían los trofeos de los equipos de remo, y un hall inmenso, sorprendido de que nadie me detuviera para pedirme la identificación de socio. Un empleado me indicó gentilmente que la administración estaba en el primer piso. Era una habitación inmensa con paredes revestidas en madera; a la izquierda se disponían sillones tapizados en cuero verde y macetas con helechos. A la derecha, un mostrador abarcaba el larguísimo trayecto hasta el fondo. Detrás del mostrador, había despachos con vidrios esmerilados. Se me acercó uno de los empleados. Le expliqué mi propósito y me dijo que me iba a atender directamente el administrador. Este no demoró. Vi aparecer a un hombre de unos sesenta y cinco años, canoso, ojos grises, gestos pausados, marcado acento inglés (ocupaba un despacho vidriado, al fondo del salón, adornado con réplicas de Turner). El ventilador de techo giraba suavemente. El administrador respondió, atento, cortés, a cada una de mis preguntas. Por último me invitó a pasar a su oficina. Levantó un segmento de mostrador que funcionaba como puerta trampa, y caminamos hacia ese despacho central. Una vez allí (el ámbito era luminoso, pulcro, victoriano), me pidió disculpas y dijo que en un instante regresaba. En ese lapso quise imaginar cómo se habría presentado mi padre; qué error habría cometido para que rechazaran su solicitud. No oí regresar al administrador; ni siquiera advertí su presencia hasta que se acomodó en el sillón giratorio, abrió uno de los cajones del escritorio y sacando una ficha dijo que ese era el primer paso: un sencillo cuestionario. Se dispuso a escribir con un lápiz color azul.

-¿Nombre y Apellido?

-Juan Wesley ―dije, y me quedé esperando la siguiente pregunta, con la convicción de que lograría lo que mi padre no había podido conseguir, y que entonces ese sería un triunfo de los dos. El administrador apretaba el mentón contra su cuello, pero tuve la sensación de una media sonrisa disimulada, de que el apellido inglés era tal vez, como había calculado, una especie de pasaporte.

-¿Ocupación?

-Periodista.

Recién en ese punto, el administrador se quitó los lentes y quiso saber por qué aspiraba a ser socio del club. Había algo de orgullo en la forma de preguntar, pero no me tomó desprevenido. Respondí que, entre otros motivos, porque sabía que los socios disponían del alquiler de habitaciones, y necesitaba un sitio tranquilo y confortable como el Rowing para escribir; que había comenzado a escribir ficción y además tenía en marcha un proyecto de guión para cine. Mis respuestas fueron honestas, serenas, claras. El administrador se caló los lentes y agachó la cabeza.

-¿Nombre y apellido de su padre?

-John Wesley.

-¿Vive?

-Murió.

-¿Y su madre?

-Katherine Porter ―dije con naturalidad, sin haberlo premeditado, dueño de una lucidez y una velocidad inconscientes, dándome cuenta de que en todos esos años, ni siquiera me había permitido nombrarla. Ni un solo pensamiento sobre ella, y ahora era yo quien espontáneamente definía su destino, y su nombre pasaba a ser entonces el de una escritora que admiraba. Por el gesto indefinido del administrador, temí que conociera a Porter, que tomara esa declaración como un sarcasmo, y que la entrevista terminara ahí, con esa única y última chance.

-Como la escritora norteamericana ―observó, mirándome por encima de sus lentes, con un acento levemente exaltado.

-Sí, casi ―dije reticente―. Sin el Anne. Solamente Katherine ―y la misma brusca intuición de antes, me llevó a completar la obra. Maté a mi madre en tercera persona. Dije:- Murió.

El administrador se quitó los lentes ―ya no le bastaba mirarme por encima de ellos. Me interrogó con los ojos.

-No ―titubeó―. Tengo entendido que ella aún vive.

-Katherine Anne Porter, sí ―dije con parsimonia, midiendo la tensión del diálogo―. La escritora sí. Me refería a mi madre.

Sonreí y eso autorizó al administrador a sonreír; una sonrisa de alivio, aprobatoria.

-Es increíble, ¿no? ―meneó la cabeza―. Ella fue siempre mi escritora favorita, y mire usted: el mismo nombre.

Asentí.

-Bueno ―terminó, después de hacerme firmar la solicitud, los ojos claros, brillosos―. Lo único que queda es la recomendación; pero eso se arregla fácilmente ―su mano descansó sobre la solicitud; supuse que sería una mano suave, caliente, efusiva―. Podría ser yo mismo el que lo recomendara; si usted está de acuerdo.

Ante ese gesto fraternal, me animé a preguntarle si llevaban el registro de las solicitudes rechazadas.

-Sí ―dijo frunciendo el ceño―. Es una información que se mantiene en reserva. ¿Por qué me lo pregunta?

-Mi padre intentó ingresar al Rowing ―dije―. No pudo, claro.

-¿Y usted quiere saber? ―dijo con suavidad―. Eso es complicado.

-Sí ―dije―. Imagino que no se puede.

Miró hacia la puerta de su despacho que permanecía cerrada, como si temiera una intromisión.

-¿En qué año fue? ―dijo.

-En el cincuenta y seis.

El administrador se dirigió hacia uno de los tres ficheros de madera, abrió la gaveta superior (el lápiz entre los dientes).

-¿Qué año me dijo?

-Cincuenta y seis.

-Cincuenta y seis, cincuenta y seis... ―pasaba las fichas, una a una―. John Wesley, año cincuenta y seis...

Al cabo, guardó el lápiz en el bolsillo de su camisa y se sentó. 

-No ―dijo apretando los labios―. No me sonaba. Hace cuarenta años que estoy acá y no recuerdo a un John Wesley.

-Era Inspector del Ferrocarril Central Argentino ―dije, como si eso fuera una pista para revisar en otra gaveta, o encontrar la causa del rechazo, o como si la jerarquía de inspector de mi padre, habilitara al administrador para una pesquisa adicional.

-Ahá ―dijo él, indiferente.

Yo no me resignaba. Estuve a punto de agregar: "también era alcohólico", ya que me resultaba inverosímil que mi padre me hubiera engañado. Hubiera sido fatal: ser alcohólico, para los ingleses, era la regla, y el administrador tenía aspecto de serlo. Se puso de pie ―quizá molesto por mi desconcierto. Dijo con voz estentórea:

-Ningún John Wesley Inspector del Ferrocarril Central: habría sido un orgullo tenerlo como socio.

-Claro ―dije.

Me hizo saber, que en diez o quince días, el Comité haría su primer dictamen y que, en mi caso, él era optimista.

En el primer descanso de las escaleras encendí un cigarrillo. Iba a seguir, cuando sentí los pasos y la alegre exclamación a mis espaldas:

-¡Eh! ¡Wesley!

Me detuve. El administrador me alcanzó. Antes no me había percatado de su leve renguera.

-Todo va a andar bien ―dijo en el tono de las confidencias―. Mi opinión es decisiva. Vaya preparando el certificado de aptitud médica. 

Antes de irme pasé por el galpón de botes. El encargado me atendió amablemente. Le comenté que estaba tramitando mi solicitud de ingreso. Algo en él (su porte erguido, la delgadez, la mandíbula recta) me hizo evocar a mi padre. Recorrimos las hileras de botes estibados, acaricié las maderas lustrosas. Él me hablaba pero yo no lograba concentrarme en lo que me decía ―intentaba descifrar si el sábado de su muerte, mi padre, iba al Tigre a ver a un amigo, o iba al Rowing. En medio del enigma estaba el boleto de tren, ese itinerario que mi padre no había logrado cumplir. Me preguntaba si mi padre había presentado realmente su solicitud de ingreso al club, si ese amigo existía, o a quién visitaría en el Tigre; si John Wesley solía recorrer la costanera del Tigre, y miraba de lejos las torres del Rowing, extrañando a su Katherine Porter ―porque la amaba, porque en las cartas inconclusas, indescifrables, borrachas, escritas después de la partida de mi madre, él decía que la amaba. John Wesley construyendo su silencio y su soledad, como si se tratara de una obra de arte, o de su única posible justificación. ¿Y si iba al Tigre para recorrer prostíbulos en busca de unas manos parecidas a las de mi madre, unos ojos parecidos, o (por qué no) a mi madre? Sentía el último pulso caliente de John Wesley en el boleto en mi bolsillo, en verdad lo sentía.

El encargado, apoyó su mano pesada y nudosa sobre mi hombro. Supongo que yo acababa de formularle (mecánica, burocráticamente) alguna pregunta, porque dijo:  

-Sí. Es peligroso. Mucha madera, resina, barnices.

-Y encima estamos fumando ―señalé, aplastando la colilla contra el piso.

-Fumo todo el tiempo ―rió. Una risa, cargada de intención―. Una vuelta ―dijo― se nos metió en el club un irlandés loco. Entró al galpón con una especie de bomba molotov. Gritaba que llevaba nafta en la botella, que iba a incendiar el galpón, juraba que iba a incendiar todo. "Ingleses de mierda", gritaba.

-Pobre tipo ―dije.

-El irlandés tenía razón ―dijo en tono áspero―. Habría que incendiar todo. Lástima que no era nafta. El irlandés había orinado en la botella. Lástima ¿no?

Miró al piso, me tocó el brazo, se fue callado hacia el fondo.

La tormenta comenzó un martes. Tres días antes de recibir la carta firmada por el administrador del Rowing (se me notificaba la resolución favorable del Comité), y uno después de que el médico me auscultara, me hiciera respirar hondo, volviera a auscultarme, para terminar aconsejándome que dejara el cigarrillo, decidí que no sería jamás socio del club. Hice un bollo con el certificado médico, bajé a la calle, compré un atado, me metí en el primer bar que encontré, y pedí el whisky preferido por mi padre.

La sudestada había hecho bajar la temperatura: lluvia, viento. De todos modos, eso no iba a durar demasiado. Volvería el calor extremo, los fines de semana luminosos, y yo no estacionaría el auto sobre la calle que llevaba al puerto de frutos. No atravesaría el hall del Rowing, no tomaría ron con lima, ni fumaría con el cuidador del galpón de botes, ni con los obreros que calafateaban y barnizaban, y menos aún con los socios. En cambio, comenzaría a escribir el guión de mi película. Cuatro días de sudestada. La tarde del quinto, las nubes se abrieron. Esa noche ―un viernes― decidí celebrar en el Berenson. Entré y fui derecho a la barra. Le pregunté al dueño qué hacía ese piano negro de media cola en el escenario. Me respondió que la semana pasada había contratado a un músico.

-La tercera noche que toca ―dijo―. Tiene un repertorio de temas propios. Abre con uno excelente.

Seguí con mi segundo Black & White, acostumbrando los ojos a la media luz del local. De golpe, la vi. Al fondo, conversando con una amiga. Llevaba un impermeable color café, el cabello suelto. Parecía una artista de cine de posguerra. Ella también me vio y levantó el brazo. Me acerqué a saludarla. La amiga se incorporó, pretextó que se le hacía tarde, se clavó torpemente la cartera bajo el brazo.

Presentí que Cecilia había estado conjurando con la amiga, que aquella maniobra no era inocente. Me habría visto entrar y, entre ambas, diseñaron la estrategia. Me tentaba la silla vacía, pero no accedí a sentarme. De pie, a prudente distancia de la mesa, hablamos del mal tiempo, del frío salvador de esa noche.

-De todos modos ―dije―, el calor y el viento van a seguir.

-Sí ―respondió ella. Noté su esfuerzo por elegir las palabras―. Pero al menos hoy es una noche fresca.

Me convidó un cigarrillo. Insistió en que me sentara, y yo, en excusarme por no hacerlo. El diálogo se cortaba cada tres frases. Al final, me preguntó si seguía en pie la invitación de ir a cenar o al cine. Fue una respuesta, a un tiempo, suave y violenta la mía. Dije que no. Dos veces. Y pasado ese instante de confusión para los dos, mis palabras siguientes ―más calmas y razonables―, armaron un compromiso en pocos minutos, allí, en el Berenson, con otra persona. Cecilia, como si intuyera que estaba mintiendo, dijo "qué bien", y en el mismo tono comentó que pensaba renunciar al diario, que quería dedicarse a la docencia. Yo le hablé sobre mi experiencia fallida en el Buenos Aires Rowing Club, y le conté, a grandes trazos, el argumento de mi guión de cine: en tercera persona, el protagonista registra en su diario, el agobio de hombre y mujeres solitarios que se entrecruzan en una ciudad sitiada por el calor, asolada por un viento extraño, una tormenta que se anuncia y no llega. El protagonista tiene un padre alcohólico y una madre desaparecida. El padre, una mañana se despide y jamás llega al punto de destino. Hay un boleto de ida, un viaje fallido al Tigre. La esposa trabaja en prostíbulos costeros, lleva el falso nombre de una escritora norteamericana, y ante el administrador rengo de un club náutico que la frecuenta asiduamente, simula ser también escritora.

-Mientras escribo eso, extraño a mi padre ―dije. Y, de pronto, necesité desconcertarla, y le pregunté si creía en los meteorólogos, si creía que podía haber alguna relación entre el clima y las explosiones en el atolón de Muroroa. Y, sin darle tiempo a responder, dije:- Qué linda que estás así, con el cabello suelto.

-Yo no sé cómo estoy ―sonrió―, pero vos estás loco.

Me agaché, la besé en la mejilla. El resto pude escribirlo esa madrugada, con la misma precisión con que sucedió: una delicada y curiosa sincronía: nos despedimos. Cecilia fue al baño y luego pasó a centímetros de mi taburete, sentí su perfume y el roce de su gabardina contra la mía, su mano acariciándola como había hecho un mes atrás con el saco de hilo de mi padre, el susurro: "llamame". Ella empuñaba el barral de bronce de la puerta y el pianista apoyaba su vaso de whisky sobre el piano. Ella bajaba a la calle y el pianista se preparaba, y fue entonces, cuando silbé espontáneamente las primeras notas de la melodía del balcón, que se dio ese increíble y azaroso reconocimiento. El músico me miró complacido, se sentó al piano, y yo me preparé para escucharlo, fumando, con los ojos cerrados.

*Tomado del libro Formas transitorias.

Gabriel Bellomo (Buenos Aires, 1956) ha publicado tres libros de cuento, Historias con nombre propio (1994), Olvidar a Marina (1995), ambos en la colección “ Los oficios terrestres” de la editorial Libros de Tierra Firme, y Marea Negra (Simurg, 2001). Permanecen inéditas sus novelas Línea de fuga, La draga y El informe de Egan. Publicó reportajes y ensayos en la revista cultural Diógenes. Relatos de su serie inédita Seres de entreguerra integran la antología En frasco chico (Ediciones Colihue, 2004).

 
 

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