Año VI
La Habana

21 al 27 de JUNIO
de 2008

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Entrevista con Nancy Morejón

Una mujer de letras

Yinett Polanco • La Habana

 

Poetisa, crítica, ensayista, Premio Nacional de Literatura 2001 y elegida recientemente, en el VII Congreso de la UNEAC, como presidenta de la Asociación de Escritores de Cuba, Nancy Morejón es una de las voces más sólidas de las letras cubanas.

Desde que en 1962 publicara su primer poemario, Mutismos, esta escritora ha desarrollado una larga carrera literaria expresada en libros como Amor, ciudad atribuida; Richard trajo su flauta y otros argumentos, Lengua de pájaro, Parajes de una época, Elogio de la danza, Octubre imprescindible, Nación y mestizaje en Nicolás Guillén, Cuaderno de Granada, Where the Island Sleeps Like a Wing, Piedra pulida, Fundación de la imagen, Baladas para un sueño, Paisaje célebre. Poemas 1987-1992, El río de Martín Pérez y otros poemas, Botella al mar y La quinta de Los Molinos. Reconocida en varias ocasiones con el Premio de la Crítica, ha recibido además el Premio Nacional de Ensayo Enrique José Varona de la UNEAC, Mención en el Premio Internacional de Poesía Pérez Bonalde, de Venezuela y recientemente el Premio Escritora Galega Universal 2008, otorgado por la Asociación de Escritores en Lingua Galega (AELG). Este último reconocimiento sirvió como pretexto a una conversación que se extendió luego al carácter de su propia obra y a sus valoraciones sobre la literatura cubana.

El premio que obtuve en Galicia se dio a conocer en el marco de la XVII Feria Internacional del Libro de La Habana, la cual estuvo dedicada precisamente a la huella de esa cultura en la Isla. Allí, en la Sala José Antonio Portuondo de la Fortaleza de La Cabaña, al terminar un panel literario sobre la actualidad de las letras en Galicia, los miembros de la Asociación de Escritores en Lengua Gallega que preside el poeta Cesáreo Sánchez Iglesias, idearon una suerte de ceremonia donde se anunció el otorgamiento del premio. Cesáreo explicó en qué consistía y me entregó, como símbolo del Premio, una pluma fuente muy hermosa con una inscripción grabada alusiva al Premio. Allí dije unas palabras de agradecimiento donde mencioné a los gallegos que vi y traté en mi infancia, como por ejemplo, el carbonero que halaba su carretón por la plazoleta de Antón Recio; o Divina; o Serafín Rodríguez y su esposa Hilda Menchaca, quien vive todavía. Los mencioné a ellos con mucha intención, puesto que hay un estereotipo de que los españoles, y particularmente los gallegos, llegaron aquí para enriquecerse y eso ocurrió parcialmente así, pero no en todos los casos. Hay una novela reimpresa recientemente, La Gallega, de Jesús Masdeu, con una muy hermosa edición, que se ha publicado gracias a un cotejo realizado por los colegas del Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias. La historia de la protagonista no es otra que la de todo el proceso histórico cubano, un contexto desfavorecido, muy similar a como se veían entonces los gallegos residentes en La Habana, que es como se ven hoy ciertos inmigrantes en España y en buena parte de Europa. Mencioné también el fenómeno de Rosalía de Castro, un fenómeno que va más allá de la literatura. Para cualquier habanero es un fenómeno de La Habana, ella es conocida en toda Cuba, pero concretamente hay una fuerza tremenda de la figura de Rosalía de Castro en La Habana, hasta el punto de que hay un restaurante con su nombre en La Habana Vieja. En todas las sociedades gallegas, su espíritu comunitario siempre estuvo marcado por esa figura; allí se enseñaban bailes para niñas, se enseñaba a tocar gaita, etc. Naturalmente la Cuba de esa época, la Cuba de mi infancia, era una Cuba muy dividida —concretamente la capital que yo no conocí nunca como una ciudad segregada. Aquella sociedad estaba marcada por el origen de clase; las diferencias de razas y clases eran verdaderamente fuertes, al punto de que yo nunca entré, porque no podía entrar, a ningunas de las sociedades que ensalzaban a Rosalía de Castro, porque las sociedades ostentaban un carácter exclusivo no casual. Más o menos esa es la esencia de mis palabras en aquella ceremonia. Ellos anunciaron también allí que el reconocimiento tenía una segunda parte que sería otorgada en Galicia y así ocurrió. 

“El premio data de algunos años y en el listado de autores que lo han obtenido hay un autor angolano, Pepetela, que conocí a finales de los años 80 en Luanda, donde ya tenía muchísimo éxito editorial y de crítica. Si no comprendemos el mundo de la lusofonía, es decir, de los países de habla portuguesa o galaico-portuguesa, no entenderíamos la razón de este premio. Por ejemplo, muchos saben que hay un castellano que se habla en España, con determinadas características del sur de ese país. Fernando Lázaro Carreter —gran académico a quien hace poco le rindiera homenaje Javier Marías, un novelista español que acaba de ingresar a la Real Academia de la Lengua Española— fue el hombre que creó conciencia en el mundo peninsular de que el castellano tenía más hispanoparlantes en América que en la propia España. Este hecho puede parecer sencillo, pero condiciona muchas leyes, estudios y acercamientos a ese fenómeno lingüístico. Algo parecido se da en la lusofonía; el galaico-portugués se habla en zonas de Portugal, en Galicia por supuesto (porque son casi colindantes) y se habla en colonias portuguesas de África. Es un mundo interesantísimo donde hay escritores de primera magnitud como el propio Luandino Vieira, quien próximamente va a visitar Galicia para ofrecer lecturas de su obra.

“Para mí es un honor extraordinario haber recibido este galardón. Allí visité no solo Santiago de Compostela, La Coruña y Padrón —que es la tierra natal de Rosalía de Castro—, sino que mi visita se extendió porque la Asociación de Escritores de Cataluña me invitó a Barcelona y en el Espacio Mallorca de esa ciudad, en el espacio Poesía y copas, efectué una lectura con comentarios e introducción de la profesora y crítica catalana Neus Aguado. Estoy muy contenta y con mucha ilusión con una antología de mis poemas que está traduciendo al gallego el gran traductor y editor del mundo de la lusofonía, Xosé Lois García Fernández, que vino a la Feria del Libro y es traductor también de Rogelio Martínez Furé. También hay una preciosa edición del poemario Las altas horas, de la poetisa santiaguera Teresa Melo, que tradujo el poeta gallego Miguel Anxo Fernán Vello, lo cual revela que se ha iniciado un fructífero intercambio cultural.

Con el traductor gallego Xosé Lois García Fernández

“Estar en Galicia y Barcelona fue una experiencia maravillosa, el acto de premiación fue muy cálido. El trofeo, una escultura de cristal hermosísima, de la gran artista Julia Ares, me lo entregó el poeta Cesáreo Sánchez Iglesias en presencia del narrador Manuel Rivas, quien nos acompañó toda la noche mientras se entregaban los premios anuales de la literatura gallega. Es interesante el encuentro con otros mundos españoles pero no hispanos, eso fue un descubrimiento extraordinario, yo nunca había estado en zonas donde no se hablara el idioma castellano, porque nosotros desde América vemos a España como un todo y es un todo pero muy fragmentado. Creo que hay una cultura española y aunque muchos españoles son bilingües, el problema es la relación un poco opresiva que quizá ha tenido el castellano como lengua oficial, en relación con los escritores que defienden el derecho de tener una lengua como es el caso de los gallegos, los catalanes y los vascos. En Cataluña me reencontré con el poeta Ramón García Mateos y con Vicente Llorente, un joven músico y poeta también, muy admirador de Mario Benedetti. Tanto García Mateos como Llorente participaron en una suerte de festival de poesía, títeres y teatro, que hace diez años organizamos en Cienfuegos Miguel Cañellas, Fernando Jacomino, Gerardo Fulleda León, entre otros. Llorente está trabajando para una editorial que se llama Huaicanamo, tiene mucha ilusión de publicar un libro mío que estoy preparando; no una antología, sino un libro de poemas inéditos sobre el que estoy trabajando también en el poquito tiempo que me dejan las tareas de esta nueva fase de mi vida al frente de la Asociación de Escritores de la UNEAC.” 

El Premio Escritora Galega Universal le fue otorgado por su actividad como promotora cultural, estudiosa de la literatura afrocubana y defensora infatigable de los derechos de la mujer. ¿Qué significa para usted ese reconocimiento por haber defendido durante tantos años la voz de esas dos grandes minorías?
   
Para mí fue una realización, la culminación de un sueño. Como ya dije fui invitada a Padrón, el pueblo natal de Rosalía de Castro, donde también murió, aunque sus restos los pasaron tiempo después a un museo de la cultura gallega que hay en Santiago de Compostela, pero muere en Padrón, que está a unos kilómetros de Santiago; como decir de La Habana a Matanzas. Escribí como una especie de evocación de Rosalía de Castro, porque creo que una de las grandes contribuciones de Rosalía a la cultura gallega es su cosmovisión, su condición femenina. Fue madre, esposa, pero defendió su derecho a escribir, y hablé en mi evocación de coordenadas similares entre Rosalía y Emilia Pardo Bazán, otra escritora gallega, fundamentalmente narradora, que se adelantó a todos estos temas de género. La Pardo Bazán escribió grandes novelas, un poco desconocidas si las comparamos con todo lo que conocemos de Rosalía.

Querría rendir tributo ahora a la memoria de una gran profesora mía y de muchos escritores cubanos de mi generación: Mirta Aguirre; porque fue Mirta quien me dio a conocer la importancia de su obra. Ahora bien, toda la obra de Rosalía de Castro es extraordinaria porque se adelanta a su tiempo, de la misma manera que Kafka, por ejemplo, nos enseñó a sus lectores del siglo XX el principio de la enajenación, como hecho primordial que ha penetrado a toda la humanidad, a todas las culturas, a todos los idiomas en que se expresan esas culturas; Kafka avizoró el mundo de la enajenación, incluso este fenómeno de la globalización está de alguna manera contado en las mejores páginas de La metamorfosis, en El Castillo, en sus cartas. Rosalía, más allá de expresar el alma gallega, expresó un fenómeno contemporáneo que es el drama de los inmigrantes, y cómo una cultura se hace y se rehace cuando se derrama hacia otros territorios, y sigue siendo la misma y es otra, y nos prueba cómo nadie puede borrar su lugar de origen, los valores con los que se crió. Todo eso está en esa imagen suya en donde se reconoce como viuda de muertos y viuda de vivos.

La Galicia fue un territorio diezmado. Los gallegos salían por el puerto de La Coruña y se iban a toda América, no solo a Cuba, sino a Argentina por ejemplo, en pleno cono sur. Los argentinos están muy marcados también en su zona hispana por esa enorme presencia gallega. Entonces la obra de Rosalía ejemplifica esa vivencia que fijó en sus Cantares gallegos, o en su primer libro, que prologó su esposo Manuel Murguía, llamado La flor. En ese sentido es esto lo que garantiza la permanencia, la vigencia de esa obra y de ese nombre del que todo gallego se agarra, esté en Argentina o esté en Cuba. Me gustaría que nuestros estudiantes de letras de hoy encontraran y estudiaran los lazos entre Rosalía de Castro y la cultura gallega en Cuba. 

Cuando usted escribe, ¿lo hace siempre a partir de su experiencia de vida o le pide ayuda a la imaginación?

Fundamentalmente una escribe de su vida, sobre todo en el caso de un poeta, pero entre las cosas que siempre me han fascinado cuando escribo es la posibilidad que te da la poesía moderna de incorporar corrientes que existen fuera de tu biografía personal; por ejemplo, en un poeta de este mundo lusófono como es Fernando Pessoa, al crear sus heterónimos, los incluye en su propia voz, lo cual brinda una riqueza enorme porque prueba que la poesía se ha alimentado en el último siglo de otros géneros literarios como la narrativa y el habla popular, caracteres marcados en el llamado conversacionalismo latinoamericano, expuesto, como se sabe, en obras como las de Roberto Fernández Retamar en Cuba, o Juan Gelman en Argentina. 

Usted ha dedicado también una parte importante de su labor a la traducción de textos poéticos, ¿por qué ha invertido tantos esfuerzos en ello a pesar de ser un actividad tan poco reconocida? 

Para un escritor es muy importante traducir. El poeta italiano Cesare Pavese decía que traducir es como un laboratorio. Aprender un idioma y traducir de ese idioma al tuyo es el mejor taller literario. Por otra parte te ganas la vida de la forma más honrada y noble: estás aprendiendo, estás aceitando tus herramientas y al mismo tiempo estás dando un servicio retribuido. Para mí es vital, porque como todo el mundo sabe soy devota de la civilización caribeña, la cual no se explica si no reconocemos las diferencias lingüísticas que hay. Estas son el referente de un mundo colonial puesto de manifiesto en las culturas europeas que vinieron a asentarse aquí de forma violenta. Entonces ese fenómeno lingüístico del Caribe, que es una Torre de Babel, nos atañe a todos y lo más interesante es que nosotros, más allá de tener un montón de cosas similares, nos diferenciamos en ese plano. Hay experiencias históricas comunes, pero hay experiencias que marcan diferencias y esas están marcadas también por el idioma. Traducir para nosotros es vital. No ya porque debemos conocer las antiguas civilizaciones, las medievales, sino porque en nuestro vecindario convivimos con muchos otros idiomas. 

Usted abrió el coloquio sobre diversidad cultural en el Caribe con una invocación a Aimé Césaire. ¿Qué importancia tiene la defensa de la diversidad cultural en el mundo de hoy?
 
Primero hay que atenderla y después contribuir a su defensa, porque es la mejor manera de convivir y de que, por consiguiente, podamos sobrevivir. Hay un apotegma de la UNESCO que ha descubierto esa gran realidad y se ha aplicado a difundirla de muchas maneras. El Caribe es un ejemplo típico. Este evento dio continuidad a una serie de conferencias y coloquios que se han llevado a cabo en la Casa de las Américas a través de los años. Tuve el honor y la alegría de que Yolanda Wood, quien dirige el Centro de Estudios del Caribe, me invitase a inaugurar este coloquio con un gran tributo a la memoria de Aimé Césaire, escritor martiniqueño, recientemente fallecido, sobre el que escribí mi tesis de grado cuya tutora fue Graziella Pogolotti. Concebimos el tributo de forma dinámica, abierta, para que la evocación a su memoria diera paso a las jornadas del XIII Festival Internacional de Poesía de La Habana, y quién mejor que Aimé Césaire para dar paso a todo los poetas que leerían sus obras a lo largo de una semana. Césaire fue un autor al que quise mucho en el plano personal. Lo descubrí en Cuba leyendo a Frantz Fanon, cuyas obras tienen largas citas de Aimé Césaire. Gracias a la gestión editorial del Che fue que Los condenados de la tierra se publicó en La Habana en una editorial pequeña que se llamaba Venceremos y así descubrimos al llamado Tercer Mundo qué nos revelaba Césaire. En el mundo de hoy, ya casi terminando la primera década del siglo XXI, uno se da cuenta de la vigencia y la importancia de ese pensamiento y de esa conducta anticolonial que está presente en hombres como él. 

Usted ha colaborado con Sexología y Sociedad, la revista del CENESEX, y días atrás fue noticia la jornada organizada por ese centro para celebrar el día mundial contra la homofobia, ¿cómo valora estos cambios en favor del reconocimiento de la diversidad sexual dentro de la sociedad cubana?
   
Hay dos razas de escritores: el escritor que solo es escritor y el otro que es un hombre o una mujer de letras. Yo, gracias a la vida cultural de mi país, he tenido la oportunidad de ser una mujer de letras, no solo una escritora. En esa medida siempre me fueron muy cercanos estos conflictos y estos asuntos que ya desde la publicación de El segundo sexo, de Simone de Beauvoir —la compañera de Jean Paul Sartre— fueron un tópico importantísimo. En Cuba desde hace unos años, a partir de la creación del CENESEX, dirigido por Mariela Castro Espín, esto ha alcanzado un punto de giro, ha tenido cambios cualitativos y cuantitativos muy profundos y muy serios, de mucha sistematicidad, que para mí es lo más importante. El día 17 de mayo en el Pabellón Cuba, en pleno corazón de La Habana, en plena Rampa, se llevó a cabo un acto extraordinario contra la homofobia. Creo que es fundamental todo lo que pasó allí. Nosotros pusimos nuestro granito de arena porque se auspiciaron seminarios, talleres, conferencias. Había un temario muy amplio. Digo que pusimos nuestro granito de arena porque diseñamos una lectura muy sencilla de escritores cubanos en relación con los temas de la intolerancia frente a las preferencias sexuales. Fue una lectura interesante que presenté leyendo un célebre poema de Roberto Fernández Retamar titulado “Felices, los normales” que para mi generación, como dije allí, abrió muchas puertas, muchas entendederas, porque era sobre todo un poema contra la intolerancia, que llamaba a aceptar a los artistas como tales, a aquellos que aparentemente eran débiles por estas cuestiones. Entonces el poema de Retamar —en su momento no se hablaba como hablamos hoy— es un gran poema de apertura, de clarividencia, de percepción de fenómenos que comprendemos hoy de una mejor manera. Lo leí y luego leyeron Nancy Alonso, Víctor Fowler, Laidi Fernández de Juan, y después cerró la lectura Antón Arrufat. Para terminar leí “Birds in the night”, un poema de Luis Cernuda, famosísimo y representativo poeta de la generación del 27 que se estableció en México después del asesinato de Lorca, luego de todo el desastre de la Guerra Civil Española. El poema evoca a las figuras de los poetas franceses Paul Verlaine y Arthur Rimbaud, víctimas de la homofobia en su época. Ya terminando la lectura a nuestra audiencia, se sumó la directora del CENESEX, a quien recibimos con gran simpatía y beneplácito. Fue una jornada muy hermosa. Esa misma noche la televisión cubana exhibió la película Brokeback Mountain. 

Durante el reciente Congreso de la UNEAC usted resultó elegida presidenta de la Asociación de Escritores, ¿qué desafíos enfrenta esa organización en torno a temas como la defensa de la diversidad?

Enfrenta casi todos los desafíos, en particular el de existir. Esta es una tarea nueva, novísima para decirlo con palabras de mi época, y la asumí porque mis colegas demostraron que ellos piensan que soy la persona que debe estar al frente de su gremio. No sé si maldecir o agradecer; lo que sí sé es que he asumido el reto que me han puesto entre las manos. No quiere decir que la Asociación de Escritores no hubiera existido antes, pero en mi opinión deberíamos ser más visibles, más tangibles, más presentes, con nuestras obras además de algún que otro trabajo no exactamente literario pero que contribuya a abrir caminos a la cultura, en favor de esa diversidad de la que hablamos. Hago un llamado a todos los escritores cubanos de cualquier generación y edad con un sentido de pertenencia de nuestra cultura, de nuestro país sin apellidos, Cuba, que es lo que nos importa y en la medida en que cada cual pueda poner su granito de arena en esta tarea para mí será bienvenido. Estamos abiertos para que la gente se acerque, y no vean esto como un club —porque nunca lo fue—, no debe ser más que un lugar de animados encuentros en su justa proporción. 

Pensando en los fundadores de la UNEAC, usted fue alumna de Graziella Pogolotti y trabajó con Nicolás Guillén y Eliseo Diego, ¿qué importancia tiene esa generación de intelectuales dentro de la cultura cubana?         

Nosotros tuvimos el privilegio de coexistir con grandes humanistas, quienes a la vez se insertaban por su voluntad y obra en el proceso social implantado por la Revolución; logramos formarnos en medio de una diversidad intelectual muy respetable, entre nombres como los que mencionaste, como los que he mencionado yo, como Nicolás Guillén, Pablo Armando Fernández, Lisandro Otero, Félix Pita Rodríguez, Raúl Aparicio, como Retamar, Fayad Jamís, José Rodríguez Feo, César López, Onelio Jorge Cardoso, como Graziella Pogoloti, entre otros. Nos formamos en una gran tradición humanista en donde nos inculcaban no tener prejuicios de ningún tipo, que era en el fondo un gran valor martiano. Martí clamaba por el reconocimiento de nuestras raíces pero también pedía que se injertara a ese cuerpo lo mejor de las culturas del mundo. Nos educamos en el concepto de la coexistencia generacional; medíamos el pulso de la calle y la cultura popular formaba parte también de nuestros intereses; nos dedicábamos a difundir lo aprendido y a saberlo devolver. Ahora está toda esa discusión sobre las provincias, ¿de dónde eran Boti y Poveda, dos príncipes adorados por todos los círculos literarios, en especial los de La Habana? Eran dos guantanameros. En Matanzas estaban los nombres de Agustín Acosta, Carilda Oliver Labra... Creo que tenemos mucho que estudiar todavía, mucho que revisar en relación con ciertos valores y no dejarnos arrastrar por un mimetismo subdesarrollado y hueco que piensa que todo lo bueno viene de fuera mientras que muchos valores nacionales no son contemplados, no son atendidos.

Nosotros bailábamos con lo mejor de la música popular cubana de los 60: la orquesta Aragón, Roberto Faz, con el Pello y disfrutábamos tanto de la música barroca, como del rock and roll. Ninguna expresión estaba por encima de la otra, lo que importaba era su auténtica calidad. Por eso digo que si acepté realmente esta tarea, es porque me formé en esa tradición y quizá este es un gesto de gratitud hacia todos esos que también se forjaron aquí.

Este año se cumplen los 400 años de Espejo de paciencia, poema con el cual usted considera que “comenzó nuestra expresión”. ¿Cómo ve esa literatura que nació entonces y vive hasta hoy?

Cuatrocientos años significa que ha dado fe de vida y goza de buena salud. Es importantísimo que nos volquemos a meditar acerca de ese poema por el que una vez hubo mucha polémica, en función de precisar, de definir su origen; si era realmente Silvestre de Balboa su autor o si era un texto apócrifo; que si lo habían escrito como un documento de ficción, etc. La literatura es ficción, así que si lo fuera, bienvenida sea, porque en sus páginas se han expresado los elementos constitutivos de la nación cubana. Se debe señalar que varias instituciones, entre ellas el Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba —en donde por cierto radica el más amplio fondo de literatura gallega fuera de España— están muy comprometidas con esta celebración.

¿Cómo ve proyectarse esa literatura cubana hacia el futuro?

No soy amiga de las predicciones ni me gusta pontificar. El futuro es mañana mismo; creo que hay que sedimentar mejor tanto el perfil de las editoriales, como el de las publicaciones periódicas, como se sabe esenciales para el desarrollo de la creación literaria. Habrá, si lo forjamos, un futuro participativo. No sé cómo será la producción literaria dentro de diez años, pero sí sé que están sentadas las bases de una literatura cubana a la altura de la creada en la antigüedad.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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