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Empezaré por hablarles del cuarto en el
que permanezco la mayor parte del
tiempo. Está más allá de este lugar
donde me hallo ahora. Realmente no puedo
quejarme de él: es limpio y agradable.
La cama es blanda, y puedo acomodar el
cuerpo a mi gusto. A mi derecha divisó
la ventana, amplia, iluminada durante la
tarde por el sol, en la que se posan los
gorriones a picotear los granos de arroz
que furtivamente sustraigo durante el
almuerzo. Tengo un baño para mí solo, no
hay que compartirlo con nadie. Y lo
mejor es esta pared situada a la
cabecera de mi lecho, por medio de ella
me escapo durante la noche y a veces
durante el día cuando ellos no me
vigilan para hacer lo que me da la gana
de mi persona.
Pues bien, continuando el relato, todo
ocurrió de esta manera.
De pronto siento unos pasos que se
aproximan por el corredor. Debo regresar
al cuarto –me digo-, y atravieso la
pared.
Me acuesto, la nuca descansando en la
almohada. Cambio de idea y me reclino de
medio lado, con una actitud lánguida: el
brazo derecho recibe el peso de mi
cuerpo; el otro, lo sitúo encima de la
cadera izquierda, la cual describe en el
aire una imaginaria curva; dejo caer
como al descuido la mano libre sobre el
muslo correspondiente, y palpo la tela
fina del pijama bajo la yema de los
dedos. Es mi pose favorita para estas
ocasiones.
Ella entra –puedo verla- a la hora
exacta, protegida por su impoluta bata
profesional. El negro cabello recogido
en un moño, los pies sumergidos en
modernos botines. Sus oscuros ojos
intentan disimular una mirada
inquisidora bajo un falso aire de
dulzura. Se dirige a mí con una voz
melosa, de niña buena, casi tímida, y no
obstante, yo sé muy bien lo que se trae
entre manos.
-Hola, ¿cómo se siente hoy? –indaga con
tono interesado mientras arrastra una
silla y la sitúa junto a mi cama.
De momento no le respondo –me molesta
tanta deferencia suya-, después, me oigo
decir un “bien” casi imperceptible,
anémico, surgido del desgano.
Quisiera abandonarme a una grata
somnolencia, al roce de la brisa que
entra por la ventana, pero ella está ahí
estropeándolo todo.
Coloca sobre sus muslos –ocultos por el
anonimato de su impecable bata blanca-
una carpeta, la abre, saca una hoja de
papel y se dispone a escribir con una
estilográfica dorada que distrae mi
atención.
-¿Qué fecha es hoy? –me pregunta.
Claro que la sé, es veintiuno de
septiembre, pero le respondo
distraídamente:
-Treinta de febrero.
Ella parece no haberlo notado y
continúa.
-¿Día de la semana?
No está de más adelantar un poco el
tiempo.
-Es sábado –le digo, omitiendo que es
lunes.
-Su edad y nombre.
-Seis años. Me llamo Quique –le contesto
con un tono infantil, dejándola sin
saber que friso en los setenta y que me
llamo Ignacio Pérez Rivas.
¡Cómo disfruto en ese instante el reto
de ver su imperturbable rostro!
-¿Tiene hijos?
-Varios.
En realidad ninguno, que yo sepa.
-¿Cómo se llaman?
-Tendré que averiguarlo con sus madres.
Golpea la hoja con la estilográfica como
si quisiera recuperar la tinta. Continúa
sin dar su brazo a torcer.
-Enfermedades que padece.
-Estoy loco de remate.
-¿Usted siente o ve cosas extrañas?
-La estoy viendo a usted.
Ella parece incomodarse, hace una breve
pausa y sigue.
-¿Se siente irritable, de mal humor?
-Galleticas de chocolate.
-Las galleticas se las dan en el
desayuno, ahora es por la tarde. Fíjese
bien, contésteme.
Su voz se ha alterado un poco. Una
vibración imperceptible, pero que yo
conozco muy bien.
-¿Está usted triste?
¡Qué desconsideración ésa de meterse en
mi vida íntima!
-Galleticas de chocolate.
Impertérrita, anota y continúa.
-¿Ha pensado en la muerte? ¿En quitarse
la vida?
-Galleticas de chocolate.
-Se levanta y camina por la habitación.
Se detiene y apoya la carpeta sobre la
baranda a los pies de la cama. Hay un
largo silencio que finalmente rompe su
voz.
-¿Cómo duerme?
-Boca arriba. Quiero mis galleticas de
chocolate –digo en un tono lastimero.
Ella continúa sin hacerme caso.
-¿Tiene pesadillas que lo despiertan en
la noche?
Me preocupa la idea de que ella sospeche
mis escapadas nocturnas a través de la
pared.
-Galleticas de chocolate.
-¿Se siente inseguro? ¿Ha perdido la
confianza en sí mismo?
-Galleticas de chocolate.
Con un gesto enérgico introduce la hoja
en la carpeta, me da la espalda, y sale
precipitadamente, dejando el eco de un
portazo tras de sí.
¡Qué alivio! No me gusta que indaguen en
mi vida privada y menos en el desempeño
de mi razón.
Me levanto sigilosamente, para que no me
oigan, atravieso la pared. Entro en este
lugar donde me espera mi escritorio. Me
siento, tomo un papel y me dispongo a
escribir para ustedes –que nada me
preguntan-, en tinta oscura y legible,
este relato con las respuestas que
faltan a las indagaciones más íntimas,
las de las galleticas de chocolate.
Como ya habrán comprendido, no estoy
loco, estoy más cuerdo que nunca. Mi
único padecimiento (aparte de la
artritis) es la pasión por la creación
literaria: soy un escritor. Por eso
tengo visiones, las incorpóreas y
borrosas de mis personajes que me acosan
en las noches y no me dejan dormir,
hasta que atravieso la pared y me siento
aquí a darles vida en mis obras.
No hay nada que me contraríe más –les
confieso- que interrumpan el proceso
mental de intuir a mis caracteres cuando
estoy en el cuarto. Al clavar la vista
fijamente en el techo aislándome del
mundo exterior, todos saben que algo
extraño me ocurre, y si alguien se
atreve a hablarme, recibe a cambio, como
castigo, el látigo de mi furibunda
mirada.
Es verdad que a veces estoy triste, y
hasta me asalta la idea de la muerte
cuando la pared se vuelve sólida y no
puedo cruzar. En esos instantes mis
personajes me acosan en medio de las
sombras nocturnas y no me dejan dormir,
sin que yo sepa cómo explicarles que no
logro darles vida, que casi no sé cómo
ellos son. Momentos terribles en que
pierdo la confianza en mí mismo, hasta
que la pared un día vuelve a abrirse y
me permite pasar.
A veces me asalta esta angustia: ¿Y si
ella se cerrara para siempre...? ¿Si yo
permaneciera atrapado en el cuarto sin
nunca más poderla atravesar?
Por otra parte, en secreto les digo que,
en algunas ocasiones, cuando me hallo
aquí, entre mis papeles, me tienta la
idea de quedarme definitivamente, sin
que nadie sepa a dónde he ido a parar.
En fin, como ustedes ven, todo depende
de la pared.
Ahora me despido, pues escucho que
alguien se acerca por el corredor.
Seguramente es ella que vuelve de nuevo
a importunarme con sus preguntas. Sé que
me vigila, pero no me cogerá in
fraganti. Así que debo atravesar la
pared. Les escribiré más tarde.
Ya estoy aquí. Me acuesto. Adopto mi
pose favorita. Dejo caer el brazo sobre
el muslo izquierdo con cierta languidez.
Miro distraídamente hacia la ventana.
Oigo el sonido de la puerta al abrirse y
pasos que se aproximan. Alzo la vista.
Ella está ahí, observándome con un aire
triunfal. Lleva en una mano la carpeta y
en la otra -¡oh sobresalto!-, un paquete
repleto de galleticas de chocolate.
Arrastra con decisión una silla hacia
mí. Se sienta. Abre la carpeta. Saca una
hoja en blanco, una estilográfica dorada
y me empieza a preguntar.
Esther Elisa Díaz
Llanillo. Nació en 1934 en Ciudad de La
Habana. Narradora y ensayista. Graduada
de Bibliotecaria y Doctora en Filosofía
y Letras. Entre sus libros: El castigo
(Ediciones R, 1966), Cuentos antes y
después del sueño (Letras Cubanas,
1999), Cambio de vida (Letras Cubanas,
2002) y Entre latidos (Ediciones Unión,
2005). Obtuvo mención en el Premio Alejo
Carpentier de cuento en 1999 y en el
2000. En el año 2004 recibió la
Distinción por la Cultura Nacional. |