|

Tate
Gallery,2005 |
Casi 50 años de trayectoria
artística no han agotado las
fuentes creativas del pintor
valenciano Antoni Miró. El largo
camino que lo ha llevado al
reconocimiento universal
recorre, entre gran variedad de
técnicas y estilos, la pintura,
la escultura, el grabado, la
cerámica y el dibujo; el
fotocollage, el pop-art y lo
figurativo. Pero Antoni Miró es,
ante todo, un artista plástico
que analiza y cuestiona la
realidad humana, y este empeño
fundamental es un hilo conductor
en toda su obra artística.
En
el Museo Nacional de Bellas
Artes, en La Habana,
se inauguró su exposición
Transeúntes de silencios, en
cuya ceremonia se le otorgó la
Distinción por la Cultura
Nacional cubana. Las obras expuestas
para el público cubano, que
podrá disfrutarlas hasta el 15
de septiembre, son una
muestra más del compromiso que
siente el artista con su tiempo,
y de la importancia que concede
a la reflexión sobre los valores
y los comportamientos de la
sociedad contemporánea.
Su amistad con Cuba data de
muchos años, y su visión de la
cultura como un derecho de los
pueblos, más allá de intenciones
mercantiles, ha hecho posible
que los cubanos conozcan su obra
de primera mano en varias
ocasiones, y que haya quedado en
las instituciones culturales de
nuestro país un buen número de
ella, donada generosamente junto
a una amplia muestra de otros
pintores españoles
contemporáneos.
¿Qué encontrará el público
cubano en Transeúntes de
silencios?
La obra que se presenta en el
Museo Nacional de Bellas Artes
pertenece a mi última serie, que
se llama Sin título. Es
una serie dedicada
principalmente a los viajes.
Casi todos mis viajes son
dedicados al trabajo, porque en
la vida lo que más me gusta es
trabajar, y viajar es una
consecuencia. Normalmente no
necesito más viajes que los que
hago por la profesión. La serie
se refiere a estos viajes, el
paso por todas las culturas que
voy conociendo, y uno de los
temas que más predomina en el
conjunto de la serie es el de la
gente en las calles, que me
llama mucho la atención, sobre
todo en el mal llamado Primer
Mundo donde hay tanta riqueza y
al mismo tiempo tanta miseria;
esa exageración de gente que se
encuentra fuera de los circuitos
normales, que no forma parte del
reparto y queda totalmente
excluida de la sociedad.
Como contraste, en el mundo de
la cultura están esos grandes
museos actuales que han ido
creando una cantidad de
circuitos nuevos que muchas
veces obedecen más al
espectáculo y a otras razones
que a la propia cultura. Hay
museos que son excesivamente
espectaculares como conjunto,
como edificio, pero sus
contenidos son a veces un poco
extraños, o tienen muy poco
contenido. Esto también obedece
a una moda según la cual cada
provincia y cada región quiere
tener su propio museo. Estaría
muy bien si se hiciera con una
ambición cultural y no como una
forma de atraer turistas, como
si fuera un circo.
|

Admirant Velázquez, 2006 |
Ha expuesto en Cuba dos veces,
en 1997 y en 1999, he incluso
donó una importante colección a
nuestras instituciones
culturales en esta última
exposición. ¿Cómo surge su
relación con la Isla y por qué
decide realizar aquí estas
muestras?
La primera exposición que hice
fue en 1997, en el Centro 23 y
12 y en el Museo Guayasamín al
mismo tiempo. Al año siguiente
volví para empezar a preparar
una exposición en el Centro
Wilfredo Lam, que sería
itinerante y que al final se
convirtió en una donación de 129
obras para el pueblo cubano
—100 grabados y 29 piezas
grandes, una mezcla de gráfica
con pintura, piezas únicas. La
exposición itinerante se fue
prolongando y ha durado
prácticamente hasta hoy, después
de pasar por las ciudades más
grandes de todas las provincias
cubanas.
En este período, en 2003,
también en colaboración con el
Consejo Nacional de Artes
Plásticas, pensamos en hacer una
exposición colectiva de pintores
españoles de varias procedencias
—vascos, andaluces, castellanos,
catalanes y valencianos
principalmente— y algunos
extranjeros residentes en
España. Este conjunto también lo
planteamos de forma que quedara
como una colección de donación
para Cuba, y todos los artistas
aceptaron. Esa exposición
también ha tenido carácter
itinerante, tengo entendido que
casi ha recorrido toda Cuba y
está previsto que vaya a
finalizar en La Habana. Se ha
aplazado un poco, pero creo que
será para el próximo año.
Tuvo una estrecha relación con
otro gran amigo de Cuba, también
un gran artista español, Antonio
Gades, que quizá lo contagiara
del afecto que sentía por Cuba…
Sí me contagió. Me contagió
bastante. En los años 70 vivía
en Altea, un pueblo marinero del
Mediterráneo, en Alicante, y
Gades se retiró unos años y
estuvo viviendo en el mismo
pueblo. Teníamos mucha relación.
Esto no lo sabe mucha gente,
pero Gades también pintaba y lo
hacía muy bien, y casi todas las
tardes venía a pintar un rato y
a charlar. Teníamos muchas cosas
en común. Como él estaba en
continuo contacto con la
embajada cubana y con cubanos
que venían a verlo y a pasar
unos días en Altea, pues empecé
también a tener mucha relación
con ellos.
Sin embargo, cuando vine la
primera vez fue de una forma
totalmente curiosa y espontánea.
Me invitaron a una exposición
colectiva en el Centro 23 y 12 y
dije que sí. De repente llegó la
fecha de la exposición, me
decidí a venir y no le dije a
nada a nadie, ni siquiera a los
amigos cubanos. Me presenté aquí
y a los tres días se enteraron
de que había llegado, porque
empezaba la exposición. Tuve la
oportunidad de conocer al pueblo
cubano directamente, sin ningún
tipo de intermediarios, lo cual
me interesó mucho y creo que fue
lo que me hizo pro-cubano
absolutamente. Venía cargado de
un afecto ya de años, pero
quería conocer Cuba sin
amistades que me guiaran, y eso
fue lo que realmente me
convirtió en un defensor de Cuba
y en un enamorado del pueblo
cubano.
|

Pompidou respira, 2007 |
Su exposición coincide con la
conmemoración del aniversario
80 del nacimiento del Che, el 14
de junio. ¿Qué significa para
usted el Che, que ha devenido
icono en el mundo contemporáneo?
Es una feliz coincidencia, y
también lo es el 95 aniversario
del Museo de Bellas Artes. Hay
muchas celebraciones, lo cual me
encanta.
El Che es el héroe de nuestra
juventud, si no de los
revolucionarios por lo menos de
los progresistas europeos. Hoy
es una imagen que está
reproducida mundialmente. Es uno
de los más grandes iconos que
existen. Personalmente, en el
año 70 pinté un cuadro con la
imagen del Che, y después ha
aparecido en distintas series
mías como un personaje al cual
hay que imitar en muchas cosas,
y sobre todo querer y respetar,
porque lo dio todo por los
demás, como otros tantos
compañeros. Estos son los
ejemplos que muchas veces hacen
falta para tener una guía en las
vidas de las personas, para
saber por donde enfocarse.
Su arte ha sido calificado como
político. ¿Es fundamental para
su impulso creativo el
cuestionar, denunciar, analizar,
hacer un arte comprometido?
Siempre he pensado que el arte,
como cualquier otra cosa en la
vida, forma parte de la
política. Puedes saberlo y
expresarlo explícitamente o
intentar decir que no tienes
nada que ver con la política, lo
cual, al fin y al cabo, es de
otro signo político. La pintura
que se hace solo para decorar,
la kitsch, de mal gusto, también
tiene su política: en el mundo
capitalista es una obra para
explotar a la gente, para
engañarla, para contarle una
historia falsa y una felicidad
que no existe.
Por lo tanto, como la pintura es
un medio de comunicación
importante, que por demás tiene
un lenguaje que se entiende en
casi todo el mundo y en culturas
muy diversas, tenemos la
obligación —o por lo menos yo la
tengo— de intentar comunicar lo
más claramente posible las cosas
que pensamos. Para mí lo más
importante es la gente, la
humanidad, y también poder
colaborar con mi pequeña
aportación por ese mundo ideal
que pensamos que algún día
existirá, aunque parece que cada
vez vamos más para atrás que
para adelante. Pero la intención
es que algún día pueda haber un
mundo con más justicia social y
que toda la gente sea respetada
y pueda vivir tranquilamente.
Sus obras se caracterizan por su
diversidad de temas y de
técnicas, por la manera en que
maneja diferentes códigos en su
creación. ¿Existe un concepto,
una idea central, que haya
guiado y que cohesione su larga
carrera artística?
Soy un pintor autodidacta,
porque nací en la posguerra
española. La situación era muy
difícil y casi nadie podía
estudiar, solamente los hijos de
los ricos. El hijo de un
trabajador lo tenía muy difícil,
a no ser que fuera con alguna
beca, pero normalmente era
conducido a trabajar
directamente y no había muchas
oportunidades. Empecé a pintar
de noche —una costumbre que sigo
manteniendo— porque todavía
estaba trabajando y aprovechaba
las horas de sueño para la
pintura. Al día siguiente estaba
muy cansado y era un sacrificio
muy grande. Mi padre era herrero
y tenía un pequeño taller de
carrocerías, así que aprendí con
los materiales industriales más
que con los de bellas artes.
Poco después empecé a intentar
aprender académicamente. Eso fue
en los años 60, y a partir de
ahí me decidí a probar
materiales diversos y todas las
técnicas posibles. Eso duró unos
diez años hasta que en los 70
decidí continuar con la pintura
acrílica dentro de la
abstracción, que fui dejando
hasta que me decidí por el
realismo social crítico.
Al fin y al cabo pienso que
cualquier expresión tiene un
contenido, y este no es muy
distinto. Siempre me ha
preocupado la investigación
aunque en la actualidad sea un
pintor muy realista, casi
fotográfico, porque a veces se
puede confundir una obra mía con
una fotografía. Pero una
fotografía no se puede
seleccionar, sale todo lo que
está ante la cámara, y un
artista no puede pintar así
porque no quedaría como un
cuadro, sino como una
fotografía. Hay una elaboración
que te hace desechar muchas
cosas para conseguir una obra en
la que el protagonismo esté
asentado en una imagen, en unas
figuras, pero no en la
inmensidad de pequeños detalles
que aparecen en cualquier
fotografía. Lo explico porque en
mi obra la realidad que se ha
ido acentuando más y más hasta
llegar a un modismo casi
fotográfico.
Es recurrente en sus pinturas la
apropiación contemporánea de las
grandes obras del pasado, como
hizo con el arte pictórico
griego en la serie Suite
erótica. ¿Cuál es el
propósito de estas
apropiaciones?
Desde el año 80 hasta el 90 hice
una serie pictórica llamada
Pintar la pintura. Era como
una propuesta para los demás
pintores, porque era una etapa
de mucha confusión y pensé que
era un momento bueno para
reflexionar sobre la pintura del
pasado. Al fin y al cabo, un
pintor pinta porque ha visto los
museos, porque reconoce y conoce
la obra de los grandes maestros.
Trabajando me di cuenta de que
convivían perfectamente obras
contemporáneas o de las
vanguardias del siglo XX con
obras del 1500 y del 1600, con
el barroco español, y en general
con las grandes obras de la
pintura. Muchas veces una misma
obra integraba cuadros de
Picasso o de Dalí o de Joan
Miró, en los que, estando en la
absoluta vanguardia, podían
convivir perfectamente en
armonía con pequeños fragmentos
de obras clásicas. Me llevó
mucho tiempo y me hizo
profundizar en el mundo de la
pintura. Creo que es un trabajo
importante para cualquier pintor
sentarse a conocer, a aprender y
a estudiar un poco a los
maestros.
Esto dio paso a la siguiente
serie, que fue sobre la
ecología, llamada Vivace,
que también es una preocupación
constante en mi obra. El mundo
globalizado en el que estamos
viviendo se está destruyendo
paulatinamente, cada vez se ve
que las consecuencias son más
graves de lo que parecería y que
si no se echa freno el mundo no
aguanta esta presión. Ya
sabemos, los artistas poco
podemos hacer para cambiar las
cosas; pero podemos señalarlo,
denunciarlo, condenarlo y ser
conscientes, para que los
poderosos que pueden cambiarlas
lo sepan, que no somos tan
tontos ni nos creemos todo lo
que nos cuentan. Tendrán que
contar algún día con nuestra
opinión, y la mayoría de la
gente quiere vivir en paz. La
cultura es la que más puede
aportar para este fin.
Su obra ha alcanzado fama
universal, sus temas se ha
universalizado y, como ha dicho,
ha viajado todo el mundo. ¿Sigue
siendo Valencia, su tierra de
origen, importante para su
desarrollo artístico?
Valencia para mí es vital por
ser mi tierra de origen pero
también porque hay una cultura
importante que no es reconocida
internacionalmente. Formamos
parte de la misma lengua,
literaria y cultural, de
Cataluña y las Islas Baleares,
somos los mismos, y aunque aquí
nos identifiquen a todos como
españoles, en España hay cuatro
naciones distintas y otras
posibles. Lo que está claro es
que nuestra cultura es distinta,
tanto como lo pueden ser la
italiana o la francesa, o
cualquier otra lengua y cultura
latina, es decir, que son
diferencias notables, pero al
mismo tiempo somos casi iguales.
Me importa mucho Valencia porque
es una cultura totalmente
desconocida, creo que gracias al
Barça se conoce más que por
cualquier otra cosa. La gente
habla de pintores españoles como
Tapias o Miró, y son todos
catalanes. Se desconoce mucho,
no se divulga lo suficiente, no
se respeta lo suficiente. Somos
una cultura hermana de la
castellana, pero un poco
distinta, y se merece respeto y
reconocimiento como cualquier
pueblo del mundo. Las culturas y
las lenguas no se miden por
kilos, se tiene que sopesar por
las delicadezas, por los
matices, por las pequeñas cosas
que aportan y por los
conocimientos. Cuando una
lengua, aunque sea de una
pequeña tribu, desaparece, todos
hemos perdido un gran
patrimonio, aunque no lo sepamos
nunca. Debemos que ser
conscientes de que aunque seamos
pocos, la importancia es la
misma que si fuéramos 200
millones.
Es una batalla más que va
conmigo, porque somos una
cultura poco reconocida,
machacada, y que de alguna
manera tenemos derecho a
sobrevivir, y lo conseguiremos.
Pienso que es solo cuestión de
tiempo. Un día u otro seremos
reconocidos como una nación
española y europea, que da lo
mismo, y seremos uno más en el
conjunto de estos pueblos.
Lógicamente ya no sería
necesario pasar por Madrid para
representar los intereses de
nuestro pueblo. Esperemos que
sea todo siempre pacíficamente y
de la mejor forma posible.
Con casi 50 años de carrera
artística, innumerables
exposiciones personales y
premios, ¿qué le queda por
hacer?
Creo que me queda todo por
hacer. Vengo, no a enseñar, sino
a aprender. Quiero seguir
trabajando muchos años, porque
la pintura es un oficio de
viejos. Hoy ha cambiado un poco
la cosa, porque la verdad es que
cuando tenía 20 años —ahora
tengo 63—, me decían en las
galerías y en los centros de
arte: ¡Vuelve cuando tengas 40
que ya sabrás pintar! Ahora
tengo 60 y sigo siendo un
desubicado, sin saber dónde
estoy, pero creo que me ha
venido bien porque siempre he
estado al margen de directrices,
de galerías, de intereses, y he
tenido la suerte de poder
hacerlo por mi cuenta y con
plena libertad. Eso lo valoro
como algo muy preciado, el que
haya podido vivir, sobrevivir y
hacer mis cosas sin
interrupciones ni
interferencias. Pienso que me
queda mucho por hacer, espero
tener tiempo para hacerlo, y si
no lo hago yo, ya lo harán los
que vengan porque al fin y al
cabo todo tiene continuación.
|