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"El tema de la
envidia es muy
español.
Los españoles siempre están
pensando en la envidia.
Para decir que algo es bueno
dicen: 'Es envidiable'".
Con los
conquistadores no solo llegó la
muerte al grito de Santiago, la
culpa, la palabra del
extranjero, la impostura. Llegó
y echó raíces profundas un bajo
instinto, una turbia pasión, un
pecado capital: la envidia.
Pienso en los ojos salvajes de
Francisco Pizarro, Hernán
Cortés, del tirano Aguirre. Veo
su león de fuego, su cruz, su
armadura y su poderoso caballo.
Los veo haciéndose de la sangre
de los nativos de estas tierras,
de estos mares. Haciendo de los
pueblos indígenas, de su
identidad otra, de su ser otro,
una condena, una vergüenza, un
silencio y a veces, un olvido.
"¡La envidia! Ésta, ésta es la
terrible plaga de nuestras
sociedades; ésta es la íntima
gangrena del alma española",
dijo Unamuno. "La envidia está
amarilla y flaca porque muerde y
no come”, afirmó Quevedo. La
lealtad, por su parte, es el
único antídoto efectivo contra
la envidia, pero últimamente, su
aspecto no es muy fuerte y
tampoco, o mucho menos, parece
poderosa.
La envidia es una tendencia que
nos condena, nos consume. Entre
nosotros es muy común el
desconocimiento del talento
ajeno y mucho más si se trata
del genio particularísimo de
cada creador. El artista, el
poeta no es identificable, no
nos vemos a nosotros mismos, no
sabemos si no celebrar, con
menos envidia de las que nos
impide vernos, a los que
triunfan afuera, y son benditos
por sellos editoriales que
fluyen poderosamente en el
mercado del libro —al que no
debemos renunciar sino penetrar,
transformar, elevar.
El dilema de las palabras es uno
de los síntomas del cambio
civilizatorio que acontece en
estos tiempos. No es solo la
escasez de alimentos, de
criterios propios, de la palabra
cambio como efecto, como un
suitche para volver al
pasado, que es imposible. El
dilema de las palabras es la
grave concentración de
discursos, divergencias, meros
argumentos. Y pocas verdades,
sentido. Poco contenido en lo
humano desvaneciéndose en los
estereotipos de humanidad, que
utiliza el mercado para
perpetuar su inmensa influencia
global.
El escritor en su empeño por
hacer de la palabra la vida, nos
señala que acaso en el mundo de
los libros, en la literatura,
tan puesta de lado, como mera
ficción, se encuentre latente el
vínculo secreto que recupere lo
real en la representación del
mundo.
Un millón doscientas mil
entradas en Internet prueban y
corroboran que, en efecto, la
envidia es de origen español,
parte del alma española, una
enfermedad. La envidia antes que
femenina es históricamente
española.
Esa misma envidia corroe aún hoy
a la oposición en Venezuela. Por
más que lo niegue, no logra
hacer invisibles a los dos
millones y tantos de militantes
del Partido Socialista Unido de
Venezuela que, en elecciones
directas y arbitradas por el
CNE, el pasado domingo,
eligieron a sus candidatos. Cómo
se traga la victoria o el
fracaso, con la unidad, con el
reconocimiento de la democracia
como forma de participación. Si
ya todos sabían que Aristóbulo
sería el candidato a Alcalde
Mayor más votado, como lo
supieran si la elección no
hubiese contado con el arbitrio
que también desde un principio
han pretendido inutilizar con el
oprobio. La cochina envidia
cualquiera que sea su origen,
nos impide crecer como sociedad
ante esta experiencia. |