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A inicios del siglo XXI, no hay duda de
que características de la obra de José
Martí como riqueza temática, peculiar
estilo y, sobre todo, profundidad
conceptual ética y política, se hacen
más rotundas al mantener su vigencia a
pesar de la distancia temporal. Es
decir, que para la Cuba de hoy, la obra
de Martí se agiganta y es asumida como
la asumiera el grupo de vanguardia de la
Generación del Centenario (con mucha
mayor claridad y comprensión de su
alcance ideopolítico).
Las circunstancias históricas en que se
desarrolló la vida de nuestro héroe
nacional determinaron en gran medida las
temáticas proyectadas en su labor de
hombre de letras y las causas a las que
consagró su vida. Y he ahí uno de los
muchos aspectos de la grandeza martiana:
fusionar armónicamente al hombre
político, al luchador incansable, al
periodista sagaz, al poeta, al
ensayista, al escritor para niños, en un
saldo único, en una integralidad nada
común. El intelectual no desterró al
político. El periodista no desmembró al
poeta, el delegado no olvidó al hombre
de La Edad de Oro.
“¡Todas las ideas del movimiento
democrático del siglo XIX pasaron por el
tamiz de su extraordinario talento y de
su exquisita sensibilidad humana y de su
decisión irrevocable de ponerse al lado
de los pobres!”1
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Ilustración:
Erick Ginard |
La adhesión de Martí a los humildes está
presente en sus ensayos, sus artículos,
sus poemas, en su obra toda. De ahí que
en versos muy conocidos expresara: “Con
los pobres de la tierra quiero yo mi
suerte echar”. ¿Y quiénes éramos los
pobres de la tierra en América sino el
indio, el negro y el asiático, hombres
explotados y preteridos por los
poderosos?
De todo este quehacer de José Martí en
relación con los humildes va madurando,
como dijera brillantemente Juan
Marinello:
“su juicio sobre la cuestión racial… va
abriendo sus ramas en una comprensión
donde se trenzan hechos y
circunstancias… La discriminación por el
color de la piel ofrece matices
distintos: desde el cerco implacable al
piel roja de Alaska a la condición
mísera del emigrante chino y la agresión
brutal al negro de Nueva York y Nueva
Orleáns, pero al final de un proceso de
claridad creciente, descubre Martí cómo
el poder económico, cada día más
concentrado y agresivo, organiza el
ataque a los hombres oscuros dentro y
fuera de Estados Unidos. La opresión por
la raza, lo entiende y proclama Martí,
es un hecho inhumano, pero, también, un
instrumento imperialista.”2
La bibliografía martiana sobre los
problemas de la discriminación es
numerosa, sobre todo en sus escritos en
los EE.UU., donde pudo apreciar la
situación de subestimación y
superexplotación en que vivían las
minorías étnicas. Hay notas constantes
en trabajos periodísticos en las que se
alude a un amplio número de sucesos y en
los que el tono de la información no es
simplemente expositivo, sino que analiza
y toma partido. Vale la pena ofrecer
algunos ejemplos:
“…cómo no se habían de sublevar los
cheyenes, si los agentes del gobierno en
las reservas de indios les robaban, los
esquilmaban, los sometían a trabajos
inicuos, les negaban la medicina y el
alimento… al año se huyeron saqueando a
su paso. ¿Cómo no, si morían uno sobre
otro de malaria y semanas enteras había
en que no se les daba un medicamento…”3
Y dirá también del indio americano que
no se le mira como una “raza… estancada
en flor por el choque súbito con la
acumulada civilización de los europeos
de América: sino que los tienen como a
las bestias; y los odian: y se gozan en
envilecerlos para alegar después que son
viles”.4 Y
no es posible otra inferencia que la
condena, cuando José Martí lanza
rotundo la interrogante siguiente:
“¿Cómo ha de acallar el indio el odio
natural al que le robó su tierra socapa
de contrato y lo embrutece y denigra?”5
En Charleston
─dice─
[fue] “el muerto un caimán insolente que
hacía de amo y señor de todo el mundo y
miraba a los negros como presa natural,
tanto que una vez escribió en su diario
que no era igual el delito cuando se le
quitaba la virtud a una negra que cuando
se le quitaba a la blanca”.6
Pero a la pupila martiana no escapa otra
minoría étnica que por ser emigrada era
sometida, prácticamente, a la condición
de esclava: se trata de los chinos que
vivían en los EE.UU., los cuales, “por
encima de las leyes que prohíben o punto
menos la entrada [al país], se deslizan
por los puertos mal vigilados a raudales
y se convierten en elementos manejados
por los intereses del capital”.7
Martí y “El problema negro”
La centuria en que vivió José Martí fue
para América y Cuba de pleno ejercicio y
crisis de la esclavitud del negro, así
como también del proceso de la abolición
de esta institución socioeconómica. Y en
ese sentido, toda la obra y la vida de
Martí están lógicamente influidas por la
realidad dramática de vivir en una
sociedad en que las diferencias entre
explotadores y explotados, la sujeción
de unos hombres a otros, los
antagonismos y la subordinación
clasista, se expresaban en
procedimientos de coerción
extraeconómica que llegaban a brutales
castigos físicos.
La fina sensibilidad de conductor de
pueblos que en él se observa, de
aglutinador de voluntades, que capta lo
esencial y desarrolla lo que une para
lograr el fin estratégico, que impulsa y
anima, tiene en su enfoque y tratamiento
del problema racial en Cuba el reflejo
de la estatura humana y política del
guía intelectual del Moncada.
Las condiciones histórico-concretas en
que transcurren su vida y su quehacer
político, condicionan la óptica con que
aborda la integración humana en Cuba. Es
decir, se enfrenta a una realidad
multirracial, donde se argüían elementos
heredados de diferenciación por el color
de la piel para justificar la
explotación por una minoría de la
abrumadora mayoría de la masa de fuerza
de trabajo del país. Y a partir de ahí,
la conciencia social de toda una clase
asumía posiciones de supremacía
genética.
Es bien sabido que la ideología de la
clase dominante cubana, en el siglo XIX,
estaba profundamente marcada por el
terror y el desprecio al hombre negro;
de ahí que entre sus más destacados
pensadores, aun los más avanzados e
incluso los que en lo político fueron
antianexionistas, aparecen aspiraciones
como la que proyecta José Antonio Saco
cuando expresa: “Deseo ardientemente, no
por medios violentos ni revolucionarios,
sino templados y pacíficos, la
disminución, la extinción si posible
fuera de la raza negra”.8
En el difícil enfrentamiento al mundo
circundante, la posición que Martí asume
ante su realidad lo sitúa muy por encima
de la media intelectual de su época y lo
hace arribar a concepciones y enfoques
sociales que desbordan los límites de la
mayor parte de sus contemporáneos.
José Martí fue un precursor en todo.
Desde el mismo sentir que refleja en sus
trabajos periodísticos, en sus cartas,
en su diario… barruntaba el hombre
nuevo, fruto preciso del sentimiento,
pero también de la ejecutoria de
vanguardia que tempranamente lo lleva al
compromiso con la patria; pero más
tempranamente aún le conduce a apreciar
la desigualdad social dada en la
explotación brutal e inhumana al
esclavo, al hombre humilde.
La trayectoria del pensamiento social
antirracial martiano comienza en el
Hanábana, donde sus nueve años se vieron
conmovidos por la injusticia y el
maltrato. Allí, como hombre en ciernes,
José Martí sintió en mejilla propia la
vergüenza del escarnio al hermano —que
era un hombre negro. Y hubo un
compromiso de entrañable amor, en el que
se conjugaron su dolor y su rabia. Ya en
plena madurez de su hombría política y
revolucionaria nos dice de ese hecho:
“¿Y los negros? ¿Quién que ha visto
azotar a un negro no se considera para
siempre su deudor? Yo lo vi, lo vi
cuando era niño, y todavía no se me ha
apagado en las mejillas la vergüenza… Yo
lo vi, y me juré desde entonces su
defensa”.9
Tiempo después del episodio del
Hanábana, la dignidad del adolescente
habanero se conmueve ante la atroz
deformación del régimen colonial, al que
en la cárcel le ve las entrañas. Los
horrores de la prisión reafirman su
compromiso con los humildes, y avanza un
tranco de gigante el proceso de su
maduración. De la cárcel, Martí sale a
denunciar, y con qué pena siente a Lino
Figueredo y sus otros compañeros de
infortunio, pero en todo aquel infierno,
cuando profundiza —amalgamados estaban
hombres de todas las edades y colores—
no vaciló en subrayar que a los 11 años
un niño africano estaba preso en Cuba.
España condenaba por un delito político
a un esclavo de 11 años que no sabía
siquiera hablar español. Ese hecho
Martí, en medio de tanto crimen y
miseria del presidio, lo ve como la
magna injusticia.
Quedan los hermosos y patéticos
fragmentos de El presidio
político en Cuba como muestra de la
estatura del joven de 18 años que supo
enfrentar con su verdad todo un régimen
colonial en sus propias entrañas, y
desde ellas gritarles miserables. Y
mientras otros se horrorizaban con la
presencia del africano en Cuba,
justificando su cobardía ante la patria
por el “peligro negro”, José Martí se
dolía ante el absurdo maltrato a un
hombre de 100 años en quien veía… “esa
risa bondadosa, franca, llena, peculiar
del negro de nación”.10 No
había envenenado resquemor racista en el
criterio del joven estudiante, como no
la hubo en el gladiador caído en Dos
Ríos. Y es que José Martí es un ejemplo
de absoluta convicción en cuanto a la
falsedad del antagonismo entre los
hombres por el color de la piel.
Incluye y plantea que la supremacía de
una raza sobre otra es una mentira. Y su
gran compromiso con la “dignidad plena
del hombre” se concreta en acciones
prácticas. A Rafael Serra, amigo al cual
reconoció una alta estatura moral y
patriótica, lo apoya sin titubeos
aberrantes en su gestión de crear La
Liga, conocida asociación de
trabajadores cubanos y puertorriqueños
—porque “… La Liga tiene que prosperar.
Todos los que tengan voluntad han de
ponerse juntos. Ya cansa y hace daño, el
trabajo de serpientes de tanta gente
mala”.11 Francamente
Martí trabaja por esa asociación, sin
menospreciarla porque fuera iniciativa
de un cubano negro; al contrario, habla
de los miembros de La Liga como gente
franca que va allí a reunirse porque
buscan la verdad sin ambiciones: ellos
son… “unos cuantos obreros cubanos,
obreros de color, de esos obreros
nuestros, que, aunque parezca burla a
algún inútil, tienen abierta en su mesa
de trabajo, de ganarse el pan fiero o
independiente, la Educación de Spencer,
o el Bonaparte de Lung, o la Vida de
Plutarco”.12 Es
un observador desprejuiciado que valora
positivamente la conducta y la actitud
de hombres que otros discriminaban.
Pero además, para rubricar con la
práctica lo que expone, se ofrece a
contribuir en la tarea formadora,
sencilla y modestamente: “Yo que nada
solicito tendría a honor solicitar
serles útil, útil de verdad en su
sociedad La Liga, o cualquier otra, de
hombres o mujeres, donde no les venga
mal un amigo sincero que les ayude a
buscar la verdad o un compañero que
contribuya a propagarla”.13
A lo largo de la obra martiana, el
“leitmotiv” del culto a la dignidad
persiste y se expone en todo lo que
expresó nuestro Héroe Nacional. Ejemplo
hermoso es el siguiente pensamiento que
fuera subrayado por nuestro Comandante
en Jefe, Fidel Castro, cuando estaba en
la prisión política en el Presidio
Modelo: “Debe andar triste por dentro
el corazón de quien ayude a oprimir a
los hombres”.14 Y
esta idea aparece también en sus
criterios antirracistas cuando dice:
“Suele la imprevisión humana tener a mal
que el hombre bueno propague la
justicia, y salude el talento y la
virtud, sin subir o bajar el sombrero
porque el padre virtuoso haya nacido en
África o en Europa, pues si nació en
África esclavo, y de su esclavitud sacó
al hijo que se hombrea con el hijo de
los libres, mayor es su dificultad
vencida, y más bajo debe ir el
sombrero.”15
A Serra le confiesa íntimamente que:
“…un hombre que se cultiva y se levanta
por sí propio es el más alto de los
reyes, y puede mirar como inferior a
todo esos vanos encopetados que no han
vencido tanto como él. Ese es mi
evangelio”.16 Con
ello alienta al obrero negro que por su
condición clasista y racial es uno de
los entes más discriminados y hostigados
por la sociedad cubana y norteamericana
de fines del siglo XIX.
El antirracismo tiene en José Martí un
paladín que no conoce tregua. La lucha
en Cuba para lograr la victoria tenía
que ser multirracial, y esta realidad
objetiva estaba por encima de todo lo
abominable del prejuicio contra el
negro.
De las intenciones de Martí, de su
claridad política en relación con el
llamado “problema negro” hay muestras
interesantes en las cartas de
invitación a la actividad por el 10 de
Octubre de 1888, y en los
pronunciamientos de su discurso de aquel
día. A un revolucionario negro, al cual
cursa invitación para la velada
patriótica, le dirá:
“…allí no habrá orgullos, ni pasión de
grupo, ni gente alta o baja, ni ningunas
de las odiosas divisiones y punibles
desdenes que suelen deslucir la obra
sublime de los grandes del DIEZ, de los
que cambiaron en un día el bastón del
abogado por el machete redentor y la
blusa del esclavo por la chamarreta del
insurrecto libre.”17
En la invitación a un patriota blanco
expresó:
“…ya se ve cómo asoman también aquí las
malas pasiones, y se les dice a los
negros poco menos que bestias. Contra
todo eso, con la majestad y discreción
propias del día podemos levantarnos y
marcar política de previsión y amor en
este diez de Octubre.”18
Y culmina su laboreo antidiscriminatorio
y de unidad por la causa de Cuba Libre,
en aquel 10 de Octubre, con una ardiente
intervención donde subraya:
“…Y al negro le diremos —porque no hay
injuria en decir negro como no la hay en
decir blanco— que no está en el ánimo de
los que mantenemos el espíritu de la
revolución, permitir que con odios
nuevos y desdenes inconvenientes e
indignos de nobles corazones, se pierdan
los beneficios de aquella convulsión
gloriosa y necesaria…”19
Las razones que inspiran la causa
antidiscriminatoria de nuestro Héroe
Nacional no son exclusivamente un canto
de amor a la naturaleza humana, sino que
se fundamentan en criterios que
trasuntan una base científica; ello se
demuestra en fragmentos tales como:
“…estudiando se aprende… que el hombre
es el mismo en todas partes, y aparece y
crece de la misma manera y hace y piensa
las mismas cosas sin más diferencia que
la de la tierra en que vive”, o cuando
discrepa del científico superficial que
opina que “medio animal y medio hombre
es en el corazón de África el ser
humano”;20 a
lo cual Martí riposta lo injusto de
“negar que en el desierto tostado como
en la cátedra escocesa son iguales las
virtudes y las maldades del hombre”.21 Y
agrega que el científico en cuestión
“…juzga perversión de la inteligencia lo
que, por lo que él mismo dice, se nota
que es diversidad local…22”.
Y en giro fulminante, el maestro de
generaciones deja dicho —con precisa
ironía— que: “…Estos místicos con la
mirada vuelta adentro, quieren conformar
locamente el mundo al concepto que en sí
tienen de él”
23.
La lógica martiana muestra fuerza de
ciencia social cuando hace el siguiente
paralelo histórico: “…el negro de África
hace hoy su casa con paredes de tierra y
techo de ramas, lo mismo que el germano
antes, y deja alto el quicio como el
germano lo dejaba, para que no entrasen
las serpientes…
24”
Es también de evidente exactitud
sociopolítica el siguiente criterio
expresado por Martí:
“La superstición y la ignorancia hacen
bárbaros a los hombres de todos los
pueblos. Y de los indios han dicho más
de lo justo en estas cosas los españoles
vencedores, que exageraban los defectos
de la raza vencida, para que la crueldad
con que la trataron pareciese justa y
convincente al mundo.”25
La firmeza de convicciones al respecto
de lo justo de su antirracismo queda
planteada por nuestro Héroe Nacional con
las palabras siguientes:
“Si se dice que en el negro no hay culpa
aborigen, ni virus que lo inhabilite
para desenvolver toda su alma de hombre,
se dice la verdad, y ha de decirse y
demostrarse, porque la injusticia de
este mundo es mucha, y la ignorancia de
los mismos que pasa por sabiduría, y aún
hay quien crea de buena fe al negro
incapaz de la inteligencia y corazón del
blanco; y si a esa defensa de la
naturaleza se le llama racismo, no
importa que se le llame así, porque no
es más que decoro natural, y voz que
clama del pecho del hombre por la paz y
la vida del país.”26
A manera de conclusiones: vigencia y
práctica
del pensamiento antirracista martiano
en la Revolución Cubana
Apenas transcurridos tres meses del
triunfo de la Revolución Cubana, nuestro
líder Fidel Castro, el martiano más
consecuente de su tiempo, enfrentaba la
problemática de la discriminación racial
y planteaba, como siempre sin ambages,
que “… hay gente que se llama
revolucionaria y es racista, hay gente
que se llama culta y es racista”27;
“…pero cuando se les eduque, cuando
estudien juntos, vayan a los centros de
recreos juntos, entonces se
acostumbrarán a trabajar y a vivir aquí
como hermanos, que es como deben vivir.
28” “Porque la virtud, y
los méritos personales, el heroísmo, la
bondad es lo que debe ser la medida del
aprecio que se les tenga a los hombres,
y no el pigmento de la piel.”29
Así comienza una nueva etapa en la
historia de las relaciones humanas en
Cuba, que trascendería los marcos y la
geografía de la Isla. Se conjugarían los
preceptos martianos, su ideario
político, y el internacionalismo, dando
lugar a un fenómeno histórico en América
y en el mundo, hasta ese momento, y del
que Fidel Castro dejaría testimonio
cuando afirma: “…Los que un día
esclavizaron al hombre y lo enviaron a
América, tal vez no imaginaron jamás que
uno de esos pueblos que recibió esclavos
enviaría combatientes a luchar por la
libertad en África”
30. “…Somos un pueblo
latinoafricano enemigo del colonialismo,
el neocolonialismo, el racismo y el
apartheid, a los que protege y acompaña
el imperialismo yanqui.”31
La Revolución
Cubana desde sus vivas raíces
históricas y políticas se acerca a
José Martí para mirarlo “…no como la
figura a la cual se honra para continuar
el curso de la historia, sino como a
un batallador de nuestra propia pelea…,
con el que compartimos su ideario...
porque es un hombre situado en el centro
mismo de la angustia de su patria y de
las esperanzas contemporáneas de su
pueblo”
32.
Notas:
1-Armando Hart: “Discurso
en Dos Ríos” en Siete enfoques
marxistas sobre José Martí, Editora
Política, La Habana, 1978, pp. 117-137.
2-Juan Marinello:
Dieciocho ensayos martianos, Editora
Política, La Habana, 1981, p. 364.
3-José Martí: Obras
completas, Editorial de Ciencias
Sociales, La Habana, 1975, t. X, p. 272.
4-José Martí: Ibid., p.
287.
5-Id.
6-Ibid, t. XII, p. 272.
7-José Martí: Obras
completas, Editora Nacional de Cuba,
1963, t. X, p. 305.
8-Raúl Cepero Bonilla:
Azúcar y abolición, Editorial de
Ciencias Sociales, La Habana, 1971, p.
127.
9-Gonzalo de Quesada y
Miranda: Martí, maestro de hombres,
Imprenta Universidad de La Habana, La
Habana, 1961, p. 127.
10-José Martí: “El
presidio político en Cuba” en
Primeros y últimos días, Instituto
del Libro, La Habana, 1968, p. 151.
11-Pedro Deschamps
Chapeaux: Rafael Serra y Montalvo,
obrero incansable de nuestra
independencia, Instituto del Libro,
La Habana, 1975, p. 189.
12-Ibid., p. 56.
13-Ibid., p. 50.
14-Mario Mencia: “José
Martí en la prisión fecunda de Fidel”,
en Anuario del Centro de Estudios
Martianos, no. 4, p. 23.
15-José Martí: Obras
completas…, 1975, t. IV, p. 417.
16-Pedro Deschamps
Chapeaux: op. cit, p. 63.
17-Ibid., pp. 44-45.
18-Ibid., p. 46.
19-Ibid., p. 49.
20-José Martí: Obras
completas…, 1975, t. XI, p. 277.
21-Id.
22-Ibid., p. 278.
23-Id.
24-José Martí: La Edad
de Oro, Instituto del Libro, La
Habana, 1972, p. 235.
25-Ibid., p. 97.
26-José Martí: Obras
completas…, 1975, t. II, p. 298.
Citado en Blas Roca: “José Martí,
revolucionario radical de su tiempo” en
Siete enfoques marxistas…, pp.
37-69.
27-Antonio Núñez Jiménez:
En marcha con Fidel 1959,
Editorial Letras Cubanas, La Habana,
1982, p. 473.
28-Ibid., p. 110.
29-Ibid., p. 112.
30-Fidel Castro:
Angola, Girón africano (discurso
pronunciado en el acto central por el
decimoquinto aniversario de la victoria
de Playa Girón), Editorial de Ciencias
Sociales, La Habana, 1976, p. 31.
31-Ibid., p. 25.
32-Carlos Rafael
Rodríguez: Martí, guía y compañero,
Centro de Estudios Martianos/Editora
Política, La Habana, 1979, p. 118. |