Año VI
La Habana
2008

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TE PONGA EL PLATO?

 
La pintura de Portocarrero
Josefina Ortega • La Habana
 

Conozco a una cubana en España que exhibe en la sala de su casa como uno de sus más valiosos tesoros una gastada lámina cromada, extraída de una revista y que muestra La Habana en resonante estallido, según el pincel de René Portocarrero, barroco en la elaboración de sus catedrales y azoteas.

Tal costumbre a mí no me parece extraña, ni siquiera porque la imagen, con tantos vaivenes, ha perdido  las tonalidades originales de su autor que fue un colorista por excelencia y concibió a la ciudad bajo la urgente y espectacular luz del Trópico.

La joven en cuestión alega que con este conjuro alimenta sus raíces más allá del tiempo y la distancia.

Con tal propósito se la había regalado hace más de una década, entre lágrimas que anunciaban la nostalgia de quienes no pueden olvidar lo cubano en latitudes ajenas.

Porque como dice Miguel Barnet: “Cuando Víctor Manuel pintó sus parques mitológicos, cuando Amelia Peláez trazó sus primeros medios puntos, no pensaron, como no pensó nunca Portocarrero, que con sus imágenes de La Habana, con sus Floras, con sus carnavales, con sus paisajes vegetales, iba a marcar una huella profunda en la sensibilidad cubana y aún más, iba a darnos una imagen única e irreversible de la Isla.”

En todas sus obras este grande artista luchó por apoderarse de una imagen de nosotros mismos que pudiera vincularse con la identidad cubana, con un lenguaje medularmente pictórico, de indagación de lo más puro de la tradición insular.

Nacido en La Habana, en 1912, ―donde también murió, en 1985―, desde muy temprana edad, René Portocarrero descubrió su vocación por la pintura.

Acaso influyó en este suceso el haber tenido como primer escenario de su vida una casona colonial en el Cerro, en la esquina de la Calzada y Consejero Arango, y un padre que exclamaba admirado que su hijo René era el genio de la familia.

 “Me decían El Callado porque lo único que hacía era pintar. Mis padres tenían una buena colección de cuadros y yo los miraba todo el día. Pintaba y jugaba ajedrez, todo muy quieto, muy contemplativo. Yo era un niño tartamudo en un ambiente de alegría.”

“Me influye el mobiliario colonial, los lagrimones de las lámparas, los esquineros, las cornisas.”

Sus biógrafos afirman que fue autodidacta y asimiló un conjunto de enseñanzas del arte clásico y del moderno, aunque en verdad se identificó por asumir una visión múltiple.

Estudió por breve tiempo, en las academias de Villate y San Alejandro, pero su naturaleza no se ajusta a esta práctica y persiste en pintar por su cuenta.

Ya en 1934 organiza su primera exposición personal en el Lyceum. Es profesor del Estudio Libre de Pintura y Escultura, que dirige Eduardo Abela en 1939, y hacia 1943, enseña dibujo en la Cárcel de La Habana. Sus obras se publican en las revistas Verbum, Espuela de Plata y Orígenes. Viaja por Europa, EE.UU. y Haití. En 1945 expone por vez primera fuera de Cuba, en la Julian Levy Gallery, de Nueva York.

En reconocimiento a su obra, es incluido por el crítico Rodman Selden entre los diez artistas que salvarían la pintura moderna. No obstante, el propio maestro recordó sobre aquellos días:

“Fue la época más dura de mi vida; yo vivía en el edificio Carreño. Allí dibujé mucho y pinté más. Hice pasteles, murales, figuras de la mitología imaginaria. Esos cuadros iban para Edgard G. Robinson, Henry Fonda, James Stewart, José Ferrer. Sin embargo, qué época de penurias. El cuarto costaba nueve pesos y a veces no se podía pagar”. (…)

“Un piloto venía a mi casa y se llevaba los dibujos, luego regresaba con lo que le daba la gana, no hablábamos nada, él solo me decía: tú, pintor; yo, piloto.”

El tema más general de su creación fue, sin duda, la cubanía, entendida en una magnitud universal que  dejaba ver en sus piezas la abigarrada trama de la Isla y también las aportaciones del lenguaje derivado del desarrollo del arte del mundo.

Realizó importantes murales al fresco, temple y cerámica. Hoy sus obras forman parte de las colecciones permanentes en importantes instituciones, como el  Museo de Arte Moderno de Nueva York, París, y Río de Janeiro; la Galería Nacional del Canadá, Ottawa; y el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires y Montevideo, entre muchas otras.

Pintó hasta sus últimos días.

Acaso en este momento, la cubana de mi historia se encuentre en la sala de su casa, en España, recordando a la ciudad que la vio nacer motivada por el mágico embrujo de una sencilla reproducción de La Habana vista por René Portocarrero.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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