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Conozco a una cubana en España que
exhibe en la sala de su casa como uno de
sus más valiosos tesoros una gastada
lámina cromada, extraída de una revista
y que muestra La Habana en resonante
estallido, según el pincel de René
Portocarrero, barroco en la elaboración
de sus catedrales y azoteas.
Tal costumbre a mí no me parece extraña,
ni siquiera porque la imagen, con tantos
vaivenes, ha perdido las tonalidades
originales de su autor que fue un
colorista por excelencia y concibió a la
ciudad bajo la urgente y espectacular
luz del Trópico.
La joven en cuestión alega que con este
conjuro alimenta sus raíces más allá del
tiempo y la distancia.
Con tal propósito se la había regalado
hace más de una década, entre lágrimas
que anunciaban la nostalgia de quienes
no pueden olvidar lo cubano en latitudes
ajenas.
Porque como dice Miguel Barnet: “Cuando
Víctor Manuel pintó sus parques
mitológicos, cuando Amelia Peláez trazó
sus primeros medios puntos, no pensaron,
como no pensó nunca Portocarrero, que
con sus imágenes de La Habana, con sus
Floras, con sus carnavales, con sus
paisajes vegetales, iba a marcar una
huella profunda en la sensibilidad
cubana y aún más, iba a darnos una
imagen única e irreversible de la Isla.”
En todas sus obras este grande artista
luchó por apoderarse de una imagen de
nosotros mismos que pudiera vincularse
con la identidad cubana, con un lenguaje
medularmente pictórico, de indagación de
lo más puro de la tradición insular.
Nacido en La Habana, en 1912, ―donde
también murió, en 1985―, desde muy
temprana edad, René Portocarrero
descubrió su vocación por la pintura.
Acaso influyó en este suceso el haber
tenido como primer escenario de su vida
una casona colonial en el Cerro, en la
esquina de la Calzada y Consejero
Arango, y un padre que exclamaba
admirado que su hijo René era el genio
de la familia.
“Me decían El Callado porque lo único
que hacía era pintar. Mis padres tenían
una buena colección de cuadros y yo los
miraba todo el día. Pintaba y jugaba
ajedrez, todo muy quieto, muy
contemplativo. Yo era un niño tartamudo
en un ambiente de alegría.”
“Me influye el mobiliario colonial, los
lagrimones de las lámparas, los
esquineros, las cornisas.”
Sus biógrafos afirman que fue
autodidacta y asimiló un conjunto de
enseñanzas del arte clásico y del
moderno, aunque en verdad se identificó
por asumir una visión múltiple.
Estudió por breve tiempo, en las
academias de Villate y San Alejandro,
pero su naturaleza no se ajusta a esta
práctica y persiste en pintar por su
cuenta.
Ya en 1934 organiza su primera
exposición personal en el Lyceum. Es
profesor del Estudio Libre de Pintura y
Escultura, que dirige Eduardo Abela en
1939, y hacia 1943, enseña dibujo en la
Cárcel de La Habana. Sus obras se
publican en las revistas Verbum,
Espuela de Plata y Orígenes.
Viaja por Europa, EE.UU. y Haití. En
1945 expone por vez primera fuera de
Cuba, en la Julian Levy Gallery, de
Nueva York.
En reconocimiento a su obra, es incluido
por el crítico Rodman Selden entre los
diez artistas que salvarían la pintura
moderna. No obstante, el propio maestro
recordó sobre aquellos días:
“Fue la época más dura de mi vida; yo
vivía en el edificio Carreño. Allí
dibujé mucho y pinté más. Hice pasteles,
murales, figuras de la mitología
imaginaria. Esos cuadros iban para
Edgard G. Robinson, Henry Fonda, James
Stewart, José Ferrer. Sin embargo, qué
época de penurias. El cuarto costaba
nueve pesos y a veces no se podía
pagar”. (…)
“Un piloto venía a mi casa y se llevaba
los dibujos, luego regresaba con lo que
le daba la gana, no hablábamos nada, él
solo me decía: tú, pintor; yo, piloto.”
El tema más general de su creación fue,
sin duda, la cubanía, entendida en una
magnitud universal que dejaba ver en
sus piezas la abigarrada trama de la
Isla y también las aportaciones del
lenguaje derivado del desarrollo del
arte del mundo.
Realizó importantes murales al fresco,
temple y cerámica. Hoy sus obras forman
parte de las colecciones permanentes en
importantes instituciones, como el
Museo de Arte Moderno de Nueva York,
París, y Río de Janeiro; la Galería
Nacional del Canadá, Ottawa; y el Museo
de Bellas Artes de Buenos Aires y
Montevideo, entre muchas otras.
Pintó hasta sus últimos días.
Acaso en este momento, la cubana de mi
historia se encuentre en la sala de su
casa, en España, recordando a la ciudad
que la vio nacer motivada por el mágico
embrujo de una sencilla reproducción de
La Habana vista por René Portocarrero. |