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Dos días es muy poco tiempo para
hilvanar una historia. En ocasiones dejo
de teclear, me asomo a la noche;
disfruto contemplar las estrellas, estar
a solas con las ideas y esa fuerza de la
costumbre hacedora de milagros.
Mi máquina es como una mujer, necesito
acariciarla, concentrarme en ella,
imaginar que cada página es un orgasmo,
que puedo sentir la textura de su piel
en mis dedos, que el golpe de las teclas
llega al oído como un gemido placentero,
o una incitación a vivir, a caer en el
éxtasis de imaginarla debajo de las
sábanas, erotizada por el deseo.
Mis persianas están entrecerradas. Una
música se filtra como un lamento en la
oscuridad. De repente la casa contigua
se ilumina. Las cortinas del ventanal
están descorridas. Una muchacha pasa
hacia el fondo de la habitación, al
regreso queda frente al cristal que la
separa del exterior, se quita la blusa,
busca el enganche del ajustador y da
media vuelta. Involuntariamente cambio
la vista hacia mi vieja Underwood, trato
de alejarme de donde estoy, pero como un
autómata voy tanteando en la pared, a la
caza del interruptor. Ella zafa los
tirantes y los deja correr por sus
pezones. Un extraño calor me invade.
Quizás todo sea un juego, una
insinuación peligrosa. A esa joven la he
seguido varias veces, algunas de ellas
por pura coincidencia. He visto la
cadencia de sus nalgas, la esbeltez de
su cuerpo y no es juego dejarla pasar
inadvertida. ¡Diablos, qué mujer!
No atino a nada, salvo a mirar por la
ventana. Siento que la sangre me quema,
que la música del exterior se ha
silenciado como si presintiera la
inmediatez del peso de una mirada.
Abandono mi asiento, escucho voces. No
la dejes así, ve y hazla tuya, me gritan
los demonios. La calle está en
penumbras. Camino de lado a otro poseído
por las ansias de devorarla, de hacerla
mía de cualquier forma. “Debe ser la
soledad, ese maldito aguijón que siembra
la lascivia en la carne y nos hace
temblar. Me gustaría llamar a su puerta,
echarla sobre la cama, recorrer su
cuerpo desde los pies y saciar la sed de
mi lengua hasta hacerla llorar”.
Voy a la cocina para calmar la sed pero
regreso pronto, absorbido por los
influjos seductores de mi observatorio.
Ella va corriendo la cremallera de la
saya, la prenda cae por sus muslos
mientras pone al descubierto una
vellosidad dibujada por encima de las
rodillas, al sur del Monte de Venus, esa
diosa a quien se le antoja llevarme a
los cielos o al mismo infierno.
De nuevo miro a mi máquina, necesito
encontrar el motivo de la historia que
debo escribir. La brisa sopla levemente.
La mujer se ha perdido detrás de la
pared. Aprovecho para levantarme. “Solo
deseo dar un portazo y lanzarme de cara
a la noche y ser abrazado por la lívida
luna que asoma”. Sin pérdida de tiempo
termino de ponerme los zapatos. Decidido
salgo a la calle, ya nada me importa.
Cruzo el tramo de acera entre ambas
casas. El chirrido de la portezuela, la
frialdad, el silencio que aparece de
súbito, los latidos de mi corazón y el
calor sofocante que me hace sudar; todo
se confabula contra mis nervios. La
claridad fluorescente revela una puerta
y el brillo metálico de un aldabón.
Vacilo por un instante. “No sé si sea
correcto llamar a estas horas”. De
pronto me descubro como un ser
irracional, llevado por la traición de
los ojos porque pocas veces se escapa a
la tentación de mirar lo prohibido, de
querer adueñarse de las cosas hermosas
que pasan a nuestro lado.
En mi habitación retorno al acecho. La
casa sitiada se ha quedado a oscuras.
Imagino que todo ha sido un sueño, una
visión fugaz que jamás existió. Intento
recomenzar mi trabajo pero desisto, mi
mente sólo guarda la última impresión,
imaginaciones en las que solo alcanzo a
sentir los gemidos de la muchacha en mis
oídos, y su piel erizada sobre mi
cuerpo. Quiero ir al baño.
Me miro en el espejo, hago una mueca
indescifrable. La soledad es mi cómplice
y me incita. La hora es avanzada.
Acomodo el zíper para que no me moleste.
El silencio se hace denso. Me represento
a la muchacha enmarcada por la ventana,
apretándose los senos, mientras las
poderosas nalgas a gritos piden que las
miren.”No quiero ser sacado de este
mundo sensual”. Pero advierto que ella
sigue provocando a la noche. Aprieto mis
muslos en un arranque por salvarme de la
insinuación mental que me ha poseído. Se
escapan los sonidos. “Imagino el roce de
mi piel con la suya, el calor de su
cuerpo y la humedad entre las piernas.
Me pregunto si estará sola, quizás
necesite de alguna compañía para sofocar
esa hoguera que traspasa las paredes”.
Involuntariamente la calidez de mi mano
aprieta otro fuego latente. La muchacha,
el silencio, todos son unos traidores.
La mujer se despoja del blúmer en
desafío a la tenaz lucha por mi
compostura. A través del cristal entorna
los ojos hacia mí y esboza una sonrisa
maligna. “Todo es un complot para
hacerme estallar de locura”. Ella se
vuelve de espaldas, se inclina como si
tratara de recoger algo en el suelo y se
pasa un dedo por el pubis. El sudor me
corre por las sienes. El destello de una
cámara fotográfica describe a la
muchacha. Un joven corre desnudo hacia
ella, se abrazan y besan. Las campanadas
del reloj, mi aliento entrecortado y un
goteo pulsante que cae al piso y los
carros que pitan.
Este cuento pertenece
al libro El vuelo de la Muerte
publicado por la Editorial
Hermanos Loynaz de Pinar del Río en el
año 2001.
Javier Cruz Roque: narrador cubano.
Pinar del Río, 1969.
Ha obtenidos varios
premios y reconocimientos en Encuentros
Debates del Taller Literario tanto
municipales como zonales. Ha publicado
aparecido cuentos y poemas en
publicaciones provinciales. Es miembro
ejecutivo del Consejo Editorial
Municipal en el cual desempeña el cargo
de Editor. |