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Bohemia
cumple 100 años. La revista constituyó
un acontecimiento periodístico desde su
fundación, entre otras razones a causa
de sus “irreverentes” portadas e
ilustraciones, además de buena factura,
muy acorde a la época en que nació, pero
yo no voy a hablar de ello sino de la
sección que creó el periodista Enrique
de la Osa, junto a Carlos Lechuga dentro
del semanario y que en breve tiempo
dirigiría, definitivamente, Enriquito,
como todos los colegas le llamaban al
director de la sección En Cuba,
segmento cada vez más amplio en páginas,
y de más impactante contenido que ha
tenido Bohemia, ya centenaria. En este
espacio se realizó uno de los más
revolucionarios ejercicios de periodismo
de investigación, que antecedió a normas
de órganos de Estados Unidos que lo
asumieron como propio.
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Enrique de la
Osa, director de la sección
En Cuba de la centenaria
Bohemia,
también lo fue del diario
Revolución. En la foto con
Nicolás Guillén y Pablo Neruda,
dos de sus grandes amigos. |
Integré la última hornada de periodistas
que formó parte de esa sísmica, y
abarcadora sección por la cual la
revista Bohemia se convirtió –de
ello no hay duda—en el órgano
imprescindible del país y de muchas
ciudades latinoamericanas. Contó incluso
con una corresponsalía especial en un
céntrica calle de Nueva York que estuvo
a cargo mucho tiempo del gran periodista
Vicente Cubillas, y de fotógrafo Osvaldo
Salas. Por ella pasábamos en breves
entrenamientos algunos de los nuevos
incorporados.
Para mí, en particular, Enriquito de la
Osa con su sección En Cuba, fue
el gran maestro que tuve en mis
comienzos como periodista, y hasta hoy.
También lo fue en ese aspecto —según él
mismo lo declaró en una tertulia de Ciro
Bianchi en la Sala Villena de la UNEAC—
para Lisandro Otero, quien formó parte
de la sección En Cuba, junto a
otros igualmente muy jóvenes que hoy
residen en Estados Unidos o Puerto Rico.
Recientemente la reducida nómina de la
sección fue publicada en Granma, ahí
estaban —entre los de la última hornada,
antes de la Revolución— Agustín Alles,
Carlos Castañeda, Luis Rucardo Alonso y
Bernardo Viera (Vierita). Aunque había
hecho dos o tres colaboraciones en
Bohemia, fue julio de 1953 la fecha
de mi ingreso formal en la sección En
Cuba, de la revista que dirigía su
dueño, Miguel Angel Quevedo. Ocurrió
luego de los sucesos del Moncada, cuando
llevé a la revista mi reportaje de los
hechos y posteriormente del juicio del
Moncada, los cuales fueron recibidos con
beneplácito por el Director y por
Enrique de la Osa, pero fueron
censurados por la dictadura de Batista.
Recuerdo que Quevedo me preguntó qué yo
hacía y le respondí: “Nada, acabo de
graduarme”, me hizo esa y una segunda
pregunta delante de Enriquito: “¿Quieres
trabajar con él en la Sección En Cuba?”:
Por supuesto que le respondí
afirmativamente y así empecé a formar
parte de esa escuela de reporteros
investigadores.
La sección En Cuba no se
redactaba en el local de Bohemia,
ni cuando la revista estuvo en la calle
Trocadero, ni tampoco al trasladarse al
edificio nuevo, construido especialmente
para la publicación, incluidos los
talleres y rotativa. El apartamento de
Enrique en la calle H, frente al
Hospital de Maternidad, en el Vedado,
era la verdadera redacción de En Cuba
al igual, que —posteriormente— también
el hogar de Enrique, Elena y su hija
Samara, en la calle La Torre, en Nuevo
Vedado.
Dos cosas me dijo Enriquito cuando
comencé a trabajar en el equipo.
“Redacta en sustantivo, en mínimo de
adjetivo y si ninguno mejor, los que
hagan falta yo los pongo cuando haga la
edición definitiva de la Nota. Me pones
el color de los automóviles, de los
trajes, la actitud de las personas; la
descripción del lugar pero nunca si era
“muy bello” o “muy feo”. Si es feo, di
por qué era feo, si es bonito por qué
era bonito, si era bonito porque se
veían las palmas desde las ventanas, el
mar o feo y maloliente si tenía un
basurero al lado”.
En muchos casos, cuando se trataba de
cosas importantes donde había que
“levantar la información” o el inside
del hecho —aunque no tuvieras acceso
directo al interior del lugar o a una
persona determinada—, él nos daba la
misión periodística a dos y hasta a tres
compañeros, quienes por distintas vías e
informantes teníamos que hacer la nota.
Por lo regular esas notas se
complementaban y la redacción final las
escribía o las dictaba el propio
Enrique. Curiosamente, a él le gustaba
dictar y lo hacía con maestría. Apenas
corregía el texto que le dictaba a la
mecanógrafa, una mecanógrafa tan rápida
como callada cuando trabajaba: era
Elena, su esposa y miembro, de hecho, de
la sección En Cuba, una especie
de héroe anónimo que se crecía como
profesional el día del cierre de aquel
segmento de Bohemia, o sea cuando
faltaban quizás minutos para que él
llevara a la revista el último material
elaborado.
Ocasionalmente, por disposición de
Quevedo y con la anuencia de Enriquito,
los integrantes de la sección En Cuba
hacíamos reportajes o entrevistas a
políticos, deportistas, artistas y esos
materiales sí aparecían firmados, pues
En Cuba nadie firmaba. Era una
norma.
La estrecha relación de compromiso
político y de confianza de Enrique con
sus subalternos —para mí siempre
alumnos— era muy sólida. Una vez que él
entregaba la En Cuba a Quevedo se
reunía con nosotros en algún restaurante
o en la trastienda de un bodegón para
almorzar: era allí, durante el almuerzo
y sobremesa que se hacía el balance de
trabajo, atendíamos sus críticas que no
eran ríspidas pero sí muy sinceras, como
se diría “sin paños tibios” y también
ese día de proyectaban la mayoría de
las tareas de la semana siguiente. Era
un aula singular. Solamente a partir de
ese momento Enriquito bebía, aunque no
perdía su compostura ni agilidad mental.
Como me he referido a esa “escuela”, “la
escuelita” le decíamos los más jóvenes.
Repasaba a todos el autoestudio. Cada
semana, entre las cosas concretas del
trabajo él introducía un elemento
cultural, así también solía invitar a
almorzar a intelectuales importantes.
Recuerdo haber conocido a Juan Bosh en
una de esas tertulias de trabajo. Y no
pasaba una semana en que comentara o
recomendara un libro; podía ser una
novela, o un ensayo, o recitaba versos
de Guillén, de Regino Pedroso o de Pablo
Neruda. A él le oí uno de los
comentarios más interesantes sobre Doña
Bárbara porque, además, era amigo de
Rómulo Gallegos, y de Víctor Raúl Haya
de la Torre, y simpatizante de los
apristas peruanos; oí hablar de Alejo
Carpentier por primera vez en uno de
esos encuentros de trabajo y formación,
así como del Grupo Minorista y de cómo
le entregó a Alejo el documento del
grupo en cuestión, invitándolo a que lo
firmara, siendo él —Enriquito— cuatro
años menor que Alejo. Cuando nos
recomendaba libros dejaba pasar un
tiempo y de pronto hacía referencia a
algún tópico, si alguno no lo había
leído decía “sin leer nunca van a ser
verdaderos periodistas porque no van a
andar con el diccionario a cuestas”, y
pasaba a otro tema. También llegaban
allí, si él los invitaba, personalidades
políticas y estudiantiles que en
realidad eran informantes anónimos de la
sección En Cuba. Muchas
personalidades tributaban a En Cuba,
o eran colaboradores. Uno de los
reporteros de la sección fue Ángel
Augier, e incluso “Angelito”, quien
trabajaba con extraordinario sigilo por
su clara filiación comunista (del
Partido Socialista Popular). Ángel
Augier, precisamente, fue quien hizo la
corrección de edición a mi Nota sobre el
asalto al Moncada que se publicó en
cierto un momento en que suspendieron la
censura. No fue el reportaje completo
que tenía más de doscientas páginas,
incluido el juicio y Enrique me pidió
que hiciera un resumen. La concisión en
los textos era otras de las premisas que
se exigía en la sección.
Como parte de la formación de la
disciplina estaba el pago. En Cuba
se remuneraba muy bien a los que
trabajaban fijos, y también a los
colaboradores. Creo que ninguno ganaba
menos de 50 pesos semanales. Entonces el
salario en los diarios u otras
publicaciones era mucho menos y muchos
periodistas recibían prebendas que En
Cuba estaba prohibido. Sin embargo
cuando alguno de nosotros —sigo
refiriéndome a los más jóvenes— no
cumplía con su tarea de forma eficiente
se daba el caso —a mi me pasó dos veces—
que al llegar a cobrar no aparecía el
sobre con el salario. En Cuba
tenía una nominilla aparte del resto de
la revista y el Director ponía un O.K.
al lado de cada nombre. Si el O.K. no
estaba, el pagador decía que “al
parecer” se le olvidó poner el O.K. Esa
era una forma, a mi juicio de exigir
disciplina y eficiencia. Pero
determinada semana, cuando cualquiera de
los colaboradores realizaba un trabajo
bueno o muy bueno, se le doblaba o
triplicaba el salario, como lo que hoy
diríamos un estímulo salarial.
A partir del 26 de julio de 1953,
inmediatamente después del asalto al
Moncada, comandado por el joven abogado
Fidel Castro, se estableció la censura
de prensa, como enuncio al principio, y
durante casi toda la etapa
insurreccional, salvo espacios de tiempo
muy cortos, continuó la censura pero la
sección En Cuba continuó
trabajando. Los que laborábamos en ella
y los colaboradores seguimos haciendo
notas que eran archivadas por Enrique, y
en muchos casos las indagaciones de los
integrantes de la Sección, que pudieran
resultar de importancia para la lucha
revolucionaria, incluso con Fidel ya al
frente del Ejército Rebelde en la Sierra
Maestra, llegaban a las personas que
debían conocer las informaciones
recogidas. De manera que, de cierta
forma, En Cuba trabajó
clandestinamente. Esta búsqueda
imparable, aunque no saliera publicada
la Sección, le permitiría después a
Enrique de la Osa, escribir toda la
etapa política y social que se vivió
después del Moncada, y son los tomos que
conforman la obra que está entregando la
Editorial Ciencias Sociales, del
Instituto Cubano del Libro. Los últimos
años están por salir, según se anunció
el Sábado del Libro en la tercera
entrega, de En Cuba.
Nota:
La Sección En Cuba fue fundada
por Enrique de la Osa y Carlos Lechuga
en 1943. En la nómina de los años 50
aparecen los periodistas: Antonio (Tony)
de la Osa, Mario García del Cueto,
Juanito González Martínez, Benito Novas
Calvo, Ángel Augier, Jacinto Torras,
Diego González Martín, Fulvio Fuentes,
Carlos M. Rubiera, Luis Ricardo Alonso,
Manuel de Jesús Zamora, Carlos M.
Castañeda, Agustín Alles Soberón,
Bernardo Viera (Vierita), Marta Rojas
Rodríguez, Lisandro Otero González, Juan
David y Juan Prohías. |