Año VI
La Habana

10 al 16 de MAYO
de 2008

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La Escuela que fue para mí
la sección En Cuba, de Bohemia

Marta Rojas • La Habana
Fotos: Archivo

 

Bohemia cumple 100 años. La revista constituyó un acontecimiento periodístico desde su fundación, entre otras razones a causa de sus “irreverentes” portadas e ilustraciones, además de buena factura, muy acorde a la época en que nació, pero yo no voy a hablar de ello sino de la sección que creó el periodista Enrique de la Osa, junto a Carlos Lechuga dentro del semanario y que en breve tiempo dirigiría, definitivamente, Enriquito, como todos los colegas le llamaban al director de la sección En Cuba, segmento cada vez más amplio en páginas, y de más impactante contenido que ha tenido Bohemia, ya centenaria. En este espacio se realizó uno de los más revolucionarios ejercicios de periodismo de investigación, que antecedió a normas de órganos de Estados Unidos que lo asumieron como propio.


Enrique de la Osa, director de la sección En Cuba de la centenaria Bohemia,
también lo fue del diario Revolución. En la foto con Nicolás Guillén y Pablo Neruda,
dos de sus grandes amigos. 

Integré la última hornada de periodistas que formó parte de esa sísmica, y abarcadora sección por la cual la revista Bohemia se convirtió –de ello no hay duda—en el órgano imprescindible del país y de muchas ciudades latinoamericanas. Contó incluso con una corresponsalía especial en un céntrica calle de Nueva York que estuvo a cargo mucho tiempo del gran periodista Vicente Cubillas, y de fotógrafo Osvaldo Salas. Por ella pasábamos en breves entrenamientos algunos de los nuevos incorporados.

Para mí, en particular, Enriquito de la Osa con su sección En Cuba, fue el gran maestro que tuve en mis comienzos como periodista, y hasta hoy.  También lo fue en ese aspecto —según él mismo lo declaró en una tertulia de Ciro Bianchi en la Sala Villena de la UNEAC— para Lisandro Otero, quien formó parte de la sección En Cuba, junto a otros igualmente muy jóvenes que hoy residen en Estados Unidos o Puerto Rico. Recientemente la reducida nómina de la sección fue publicada en Granma, ahí estaban —entre los de la última hornada, antes de la Revolución— Agustín Alles, Carlos Castañeda, Luis Rucardo Alonso y Bernardo Viera (Vierita). Aunque había hecho dos o tres colaboraciones en Bohemia, fue julio de 1953 la fecha de mi ingreso formal en la sección En Cuba, de la revista que dirigía su dueño, Miguel Angel Quevedo. Ocurrió luego de los sucesos del Moncada, cuando llevé a la revista mi reportaje de los hechos y posteriormente del juicio del Moncada, los cuales fueron recibidos con beneplácito por el Director y por Enrique de la Osa, pero fueron censurados por la dictadura de Batista. Recuerdo que Quevedo me preguntó qué yo hacía y le respondí: “Nada, acabo de graduarme”, me hizo esa y una segunda pregunta delante de Enriquito: “¿Quieres trabajar con él en la Sección En Cuba?”: Por supuesto que le respondí afirmativamente y así empecé a formar parte de esa escuela de reporteros investigadores.

La sección En Cuba no se redactaba en el local de Bohemia, ni cuando la revista estuvo en la calle Trocadero, ni tampoco al trasladarse al edificio nuevo, construido especialmente para la publicación, incluidos los talleres y rotativa. El apartamento de Enrique en la calle H, frente al Hospital de Maternidad, en el Vedado, era la verdadera redacción de En Cuba al igual, que —posteriormente— también el hogar de Enrique, Elena y su hija Samara, en la calle La Torre, en Nuevo Vedado.

Dos cosas me dijo Enriquito cuando comencé a trabajar en el equipo. “Redacta en sustantivo, en mínimo de adjetivo y si ninguno mejor, los que hagan falta yo los pongo cuando haga la edición definitiva de la Nota. Me pones el color de los automóviles, de los trajes, la actitud de las personas; la descripción del lugar pero nunca si era “muy bello” o “muy feo”. Si es feo, di  por qué era feo, si es bonito por qué era bonito, si era bonito porque se veían las palmas desde las ventanas, el mar o feo y maloliente si tenía un basurero al lado”.

En muchos casos, cuando se trataba de cosas importantes donde había que “levantar la información” o el inside del hecho —aunque no tuvieras acceso directo al interior del lugar o a una persona determinada—, él nos daba la misión periodística a dos y hasta a tres compañeros, quienes por distintas vías e informantes teníamos que hacer la nota. Por lo regular esas notas se complementaban y la redacción final las escribía o las dictaba el propio Enrique. Curiosamente, a él le gustaba dictar y lo hacía con maestría. Apenas corregía el texto que le dictaba a la mecanógrafa, una mecanógrafa tan rápida como callada cuando trabajaba: era Elena, su esposa y miembro, de hecho, de la sección En Cuba, una especie de héroe anónimo que se crecía como profesional el día del cierre de aquel segmento de Bohemia, o sea cuando faltaban quizás minutos para que él llevara a la revista el último material elaborado.

Ocasionalmente, por disposición de Quevedo y con la anuencia de Enriquito, los integrantes de la sección En Cuba hacíamos reportajes o entrevistas a políticos, deportistas, artistas y esos materiales sí aparecían firmados, pues En Cuba nadie firmaba. Era una norma.

La estrecha relación de compromiso político y de confianza de Enrique con sus subalternos —para mí siempre alumnos— era muy sólida. Una vez que él entregaba la En Cuba a Quevedo se reunía con nosotros en algún restaurante o en la trastienda de un bodegón para almorzar: era allí, durante el almuerzo y sobremesa que se hacía el balance de trabajo, atendíamos sus críticas que no eran ríspidas pero sí muy sinceras, como se diría “sin paños tibios” y también ese día de proyectaban la mayoría de las  tareas de la semana siguiente. Era un aula singular. Solamente a partir de ese momento Enriquito bebía, aunque no perdía su compostura ni agilidad mental.

Como me he referido a esa “escuela”, “la escuelita”  le decíamos los más jóvenes. Repasaba a todos el autoestudio. Cada semana, entre las cosas concretas del trabajo él introducía un elemento cultural, así también solía invitar a almorzar a intelectuales importantes. Recuerdo haber conocido a Juan Bosh en una de esas tertulias de trabajo. Y no pasaba una semana en que comentara o recomendara un libro; podía ser una novela, o un ensayo, o recitaba versos de Guillén, de Regino Pedroso o de Pablo Neruda. A él le oí uno de los comentarios más interesantes sobre Doña Bárbara porque, además, era amigo de Rómulo Gallegos, y de Víctor Raúl Haya de la Torre, y simpatizante de los apristas peruanos; oí hablar de Alejo Carpentier por primera vez en uno de esos encuentros de trabajo y formación, así como del Grupo Minorista y de cómo le entregó a Alejo el documento del grupo en cuestión, invitándolo a que lo firmara, siendo él —Enriquito— cuatro años menor que Alejo. Cuando nos recomendaba libros dejaba pasar un tiempo y de pronto hacía referencia a algún tópico, si alguno no lo había leído decía “sin leer nunca van a ser verdaderos periodistas porque no van a andar con el diccionario a cuestas”, y pasaba a otro tema. También llegaban allí, si él los invitaba, personalidades políticas y estudiantiles que en realidad eran informantes anónimos de la sección En Cuba. Muchas personalidades tributaban a En Cuba, o eran colaboradores. Uno de los reporteros de la sección fue Ángel Augier, e incluso “Angelito”, quien trabajaba con extraordinario sigilo por su clara filiación comunista (del Partido Socialista Popular). Ángel Augier, precisamente, fue  quien hizo la corrección de edición a mi Nota sobre el asalto al Moncada que se publicó en cierto un momento en que suspendieron la censura. No fue el reportaje completo que tenía más de doscientas páginas, incluido el juicio y Enrique me pidió que hiciera un resumen. La concisión en los textos era otras de las premisas que se exigía en la  sección.

Como parte de la formación de la disciplina estaba el pago. En Cuba se remuneraba muy bien a los que trabajaban fijos, y también a los colaboradores. Creo que ninguno ganaba menos de 50 pesos semanales. Entonces el salario en los diarios u otras publicaciones era mucho menos y muchos periodistas recibían prebendas que En Cuba estaba prohibido. Sin embargo cuando alguno de nosotros —sigo refiriéndome a los más jóvenes— no cumplía con su tarea de forma eficiente se daba el caso —a mi me pasó dos veces— que al llegar a cobrar no aparecía el sobre con el salario. En Cuba tenía una nominilla aparte del resto de la revista y el Director ponía un O.K. al lado de cada nombre. Si el O.K. no estaba, el pagador decía que “al parecer” se le olvidó poner el O.K. Esa era una forma, a mi juicio de exigir disciplina y eficiencia. Pero determinada semana, cuando cualquiera de los colaboradores realizaba un trabajo bueno o muy bueno, se le doblaba o triplicaba el salario, como lo que hoy diríamos un estímulo salarial.

A partir del 26 de julio de 1953, inmediatamente después del asalto al Moncada, comandado por el joven abogado Fidel Castro, se estableció la censura de prensa, como enuncio al principio, y durante casi toda la etapa insurreccional, salvo espacios de tiempo muy cortos, continuó la censura pero la sección En Cuba continuó trabajando. Los que laborábamos en ella y los colaboradores seguimos haciendo notas que eran archivadas por Enrique, y en muchos casos las indagaciones de los integrantes de la Sección, que pudieran resultar de importancia para la lucha revolucionaria, incluso con Fidel ya al frente del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, llegaban a las personas que debían conocer las informaciones recogidas. De manera que, de cierta forma, En Cuba trabajó clandestinamente. Esta búsqueda imparable, aunque no saliera publicada la Sección, le permitiría después a Enrique de la Osa, escribir toda la etapa política y social que se vivió después del Moncada, y son los tomos que conforman la obra que está entregando la Editorial Ciencias Sociales, del Instituto Cubano del Libro. Los últimos años están por salir, según se anunció el Sábado del Libro en la tercera entrega, de En Cuba.

Nota: La Sección En Cuba fue fundada por Enrique de la Osa y Carlos Lechuga en 1943. En la nómina de los años 50 aparecen los periodistas: Antonio (Tony) de la Osa, Mario García del Cueto, Juanito González Martínez, Benito Novas Calvo, Ángel Augier, Jacinto Torras, Diego González Martín, Fulvio Fuentes, Carlos M. Rubiera, Luis Ricardo Alonso, Manuel de Jesús Zamora, Carlos M. Castañeda, Agustín Alles Soberón, Bernardo Viera (Vierita), Marta Rojas Rodríguez, Lisandro Otero González, Juan David y Juan Prohías.

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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