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Uno de los puntos que me lleva a
considerar determinado reportaje
periodístico como Periodismo de
Investigación es su contacto con la
literatura. Al respecto, los criterios
varían y los niveles declinan o se eleva
en dependencia del analista, logrando
producir polémicas interminables.
Algunos creen que el solo hecho de
escribir sobre un tema cuya publicación
resulta «inconveniente» a alguien es
suficiente para considerar un trabajo
como Periodismo de investigación. Otros,
se escudan en la importancia de la forma
en la que se escribe el reportaje. Así,
al colarse el tema estético en la
polémica se llega a lo que también es
considerado lenguaje literario que, a su
vez, nos dejará metidos en los charcos
de aquella corriente llamada Nuevo
Periodismo en Norteamérica. Una
conversación sobre Periodismo de
investigación será siempre para los
periodistas peor que el tema de la
«pelota» en una peña deportiva:
explosiva.
Según los presupuestos que priorizan la
forma para llegar al Periodismo de
investigación, y haciendo valer mi
propia idea de lo que debe ser este, en
Cuba debe uno remitirse a En Cuba
para abordarlo. Claro, a la En Cuba
que hicieron Enrique de la Osa y un
grupo de avezados periodistas que,
enfrentando enormes riesgos y tomando
como punto de partida a la crónica roja,
lograron criticar la situación social
determinada por el estado político de la
Isla. No hay que explicar demasiado el
por qué la sección era anónima, aunque
la mayoría de los cubanos sabían quién
se encontraba detrás. Tanto, que el
mismo Fidel Castro, dicen, le escribió
desde la sierra Maestra a Enrique de la
Osa para agradecerle por la eficacia de
la sección en días en que Batista
arreciaba su brutalidad.
Enrique de la Osa había nacido en 1909,
en La Habana, y con 18 años era
colaborador del El Diario de la
Marina, órgano reaccionario de gran
importancia en la época y desde donde
grandes periodistas promocionaron la
obra de grandes de la cultura. De
la Osa también fundó y dirigió una
revista nombrada Atuei. Pero, el
4 de julio de 1943 crea junto a Carlos
Lechuga una sección para Bohemia
que, según él mismo dijera en 1978,
buscaba “exponer, diáfana y francamente,
las incidencias de la vida nacional”. En
su discurso, el periodismo tomaba
ligeramente la forma de la literatura.
Sin embargo, era De la Osa un nadador
que prefería no internarse demasiado en
las aguas de la ficción, aunque no con
pocas ganas disfrutara el resultado de
una inmersión satisfactoria. A En
Cuba le faltó un poco más de sentido
revolucionario en cuanto a la forma para
considerarse un ejemplo de lo que los
norteamericanos dijeron haber
descubierto en los años 60 y llamaron
Nuevo Periodismo cuando ya aquí mismo,
30 años antes, teníamos a Pablo de la
Torriente Brau haciendo añicos el
lenguaje de los diarios según el
entendimiento tradicional.
Aún faltándole un narrador en primera
persona, diálogos y largas
descripciones, el estilo de En Cuba
lograba establecer una diferencia con el
resto de los reportajes hechos en la
Isla y es hoy antecedente para quienes
gustan de escribir eso que también se
llama periodismo literario. Otros de los
reporteros de En Cuba, Ángel
Augier, advirtió que “La novedad no era
solo de contenido, sino también de
forma. El estilo era original, ágil,
nervioso, incisivo, envuelto en gracia e
ironía de buen gusto”. La característica
esencial que sí parecía conectarlo
rápidamente a los presupuestos del
Periodismo de investigación se halla en
que el uso de una red de fuentes
certeras.
Al respecto, la doctora y profesora de
la Universidad de la Habana Miriam
Rodríguez afirma en el prologo del libro
Sangre y Pillaje, primer texto
donde se recogen algunos de los
reportajes de En Cuba, que
Enrique de la Osa “dirigía un pequeño
grupo de reporteros ubicados con toda la
mala intención que el caso requería en
puntos claves de la escena política
cubana, quienes a su vez iban
estableciendo una red de fuentes
informativas.” Entre esos jóvenes se
encuentran hoy nombres trascendentes
para la historia del periodismo y la
literatura como Mario García del Cueto,
Benito Novás Calvo, Ángel Augier,
Lisandro Otero, Marta Rojas o Juan
David.
La tendencia de la sección por una
especie de narrador omnisciente muy
recatado estaba condicionada en parte a
esa impresionante red de fuentes
establecida por el equipo. Su uso
permitía al lector una visión mucho más
amplia de los problemas que trataba el
espacio y le involucraba en una lectura
amena y hasta divertida. Por ello, en
pocas semanas, En Cuba catapultó
al éxito a la revista Bohemia,
convirtiéndola en una de las revistas
más leídas del país.
Lo mejor y lo que parece haber avivado
el interés de un público acostumbrado al
periodismo informativo o de crónicas
sociales fue su rescate del espíritu
aventurero que distingue a un tipo de
periodismo casi mitológico en nuestra
realidad. Su método no era el de lanzar
al reportero hacía la aventura, sino el
de traer la aventura hasta el
periodista. Los modos de de la Osa y su
equipo, no radicaban tanto en la
experiencia personal para convertirse en
participe de lo que luego sería contado,
costumbre en paradigmas del periodismo
investigativo como el alemán Gunter
Walrraf. Su fuerte se encontraba en la
red de informantes de las que se valía
para entregar cada semana un reportaje
que, unidos los del mes, podían competir
con un buen relato de peripecias.
Casi diez años después de instaurada, la
sección mostraban ya buen dominio de la
técnica y avizoraba que sus reportajes
iban en busca de algo más que lo
acostumbrado en las simples crónicas de
espigadas señoras y señoritos
acaudalados. El 24 de agosto de 1952
publicaron una con el titulo de Un
hecho vandálico donde narraban la
golpiza que recibiera el periodista
Mario Kuchilán y el proceso que siguió,
en el cual el mismo Batista desde un
yate en altamar dijo en un telegrama al
enterarse que ninguna de las fuerzas
bajo su mando tenían nada que ver en el
incidente:
“Ciertamente, Mario Kuchilán no era de
los que confiaban en la protección
paternal de las autoridades, pero,
¿quién puede saber si le tocará o no
sufrir un desmán? En todo caso, le
quedaba siempre la esperanza de ser
tratado como merecía un periodista en
una capital civilizada de América. No
creía en el máximo de garantías invocado
por el gobierno…pero se inclinaba a
soñar con el mínimo.
Por eso, cuando lo visitó aquella noche
un supuesto agente policial —la chapa y
el carnet parecían indicarlo— no temió
lo peor.
—Mario
—le dijo el individuo, trajeado de
civil—, quiero que me acompañes un
momento a la Decimocuarta Estación… El
capitán quiere que prestes declaración
en un problema que tenemos…
La sonrisa, los modales del visitante
abrían un margen de confianza, pero el
pequeño Kuchi quiso saber de qué
se trataba:
—No,
no lo sabemos, pero ven con nosotros
para averiguarlo.”
Recurrir al uso de recursos propios de
la literatura, sin decidirse por ellos,
le permitía describir lugares nunca
visitados o reflejar momentos de los
cuales el periodista sólo podía dar fe
gracias a la información obtenida por
una fuente y recreada luego con su
imaginación. Lo eficaz del empleo de
estas técnicas le impregnaba tal
autenticidad que nadie dudaba de la
veracidad del texto recreado ya mediante
la imaginación.
En Cuba
era un medio eficaz de subversión
social. Se decía en sus páginas lo que
todos trataban de decir. Su intención
crítica le permitió descubrir zonas poco
agradables de nuestra realidad como
habían hecho los famosos “rastrilladores”
norteamericanos. Esta intención
politizante la entendieron los políticos
y no dudaron en prohibirla durante meses
en la década del 50, según la nota
publicada en las páginas de aquellas
memorables Bohemias de la libertad.
La propia revista asumió nuevamente la
sección y la acercó, luego de atravesar
periodos de largas épocas dedicadas a la
propaganda socialista, a sus preceptos
originarios. Buscaba volver a mostrar la
realidad, ahora desde un punto de vista
más analítico y valiéndose menos (o
prescindiendo totalmente) de analogías
con un relato de ficción.
El espacio ha logrado grandes reportajes
al punto de que son de los pocos en
practicar un periodismo cercano al
llamado Periodismo de investigación como
pudiera ser. Sin embargo, cuando En
Cuba perdió a de la Osa dilapidó con
ella el tono que la convirtiera en un
espacio poderoso y de referencia en la
isla para el llamado Periodismo de
investigación. Tampoco los nuevos
tiempos fueron muy buenos para sus
propósitos fundadores y el hecho de
criticar de la manera en que ella lo
hacía pudo parecer un oprobio.
En la actualidad, los trabajos de esta
sección se mantienen distantes de la
literatura. La forma es seca, hecha de
un lenguaje demasiado centrado en lo
técnico y cuantitativo. Mientras ello
sea así, En Cuba, la de antes,
será sólo un memorable antecedente. Y el
Periodismo de investigación de la
Bohemia de antes, tan próximo al
periodismo literario y a punto de
convertirse en un ejemplo de nuevo
periodismo, el pasado al cual a veces se
puede acceder cuando uno se cuela en los
archivos. |