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Por primera vez en muchos años —para ser
más exactos, desde antes de 1940— no se
ha celebrado en Cuba el desfile del 1o de
Mayo. Claro está que los trabajadores
han rememorado su fecha histórica,
efemérides de recuento y reafirmación de
sus gestas y conquistas sociales, en el
seno de sus organizaciones de clase,
pero no han ofrecido este año su magno y
tradicional testimonio de fuerza serena,
de actitud vigilante en defensa de sus
intereses legítimos, de solidaridad y fe
en el porvenir.
Podría pensarse que esa suspensión de la
manifestación obrera es asunto privativo
del hombre de labor, que sólo tiene
trascendencia proletaria, pero esta
interpretación sería manifiestamente
errónea. Nadie puede negar que la magna
fiesta del trabajo ha estado siempre
rodeada de la simpatía de los demás
cubanos. No ha sido nunca nuestra patria
de esos países infortunados en los que
las luchas de los trabajadores están
disociadas de los comunes ideales de la
nación. Por el contrario, en las
ocasiones históricas más solemnes de la
República —desde su creación, en 1902,
hasta sus reafirmaciones democráticas de
1933 y 1940— el aporte de la clase
obrera ha sido parte esencial del
esfuerzo cívico con que la ciudadanía en
general, sin distinción de grupos,
decidió una y otra vez la superación de
toda tiranía, extranjera o nativa.
Por estas fundamentales razones, el
pintoresco, brillante y digno desfile de
los trabajadores ha sido visto siempre
por los demás cubanos, no como el alarde
de un sector aislado que pugna contra
otros del país, sino como cosa propia de
todos.
Tiene por esta causa un profundo
sentido; independientemente del
propósito discutible del gobierno y de
los actuales dirigentes obreros, el
hecho de que faltase este año, en el
clásico 10 de
Mayo, la manifestación entusiasta de las
masas laborales del campo y la ciudad.
¿Cómo podrían desfilar tranquilamente
los trabajadores si los demás ciudadanos
no pueden hacerlo? Suspendidas las
funciones del Congreso y los partidos
políticos legítimamente organizados;
impedidas de reunirse más de cinco
personas en cualquier sitio para fines
cívicos, por pacíficos que sean;
sofocada la expresión del pensamiento en
las emisoras de radio y aplazado el
ejercicio de las garantías ciudadanas,
no era posible que los obreros, víctimas
de esta situación como los demás
cubanos, tomaran a fiesta este crítico
momento histórico. Ellos saben, aunque
sus dirigentes amañados sostengan lo
contrario, que sus conquistas también
están intervenidas y sujetas a revisión,
como las de sus compatriotas en general.
Bohemia,
cuya palabra de aliento y apoyo jamás ha
faltado a los trabajadores en las épocas
más difíciles de su lucha emancipadora,
quiere decirles, por encima de líderes y
gobiernos transitorios, que no deben
perder la esperanza en el porvenir. La
verdadera fiesta del 10 de
Mayo volverá a lucir cuando toda Cuba
pueda participar en ella.
Artículo publicado en la
sección En Cuba de la Revista
Bohemia, mayo 4 de 1952. Tomado de
la antología En Cuba, Tercer Tiempo,
1952-1954 de Enrique de la Osa,
Editorial Ciencias Sociales, 2007. |