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La actitud de los estudiantes
universitarios a partir del inesperado
golpe del día 10 fue de notable firmeza,
aunque también de cuidadosa vigilancia.
Grupos sucesivos de emisarios más o
menos autorizados del gobierno depuesto
fueron en busca de la FEU —cuyos
megáfonos trasmitían sin cesar protestas
contra el nuevo régimen—ofreciéndole o
pidiéndole su concurso, no pocas veces
hipotético.
Los primeros en acudir a la colina
docente fueron Julio López y Conchita
Castanedo, llevando una inverosímil
apelación: que los alumnos se lanzaran a
la calle. La FEU no tomó en
consideración lo solicitado por los
visitantes y prefirió dialogar
directamente con el presidente Prío (Bohemia,
marzo 16).
De regreso al Alma Mater, en espera de
las armas, que el doctor Prío Socarrás
había ordenado remitir a la Universidad
y que a la postre no llegaron, los
estudiantes recibieron a un segundo
grupo, bastante heterogéneo por cierto.
Lo integraban el representante Rolando
Masferrer, sus amigos Miguel Ángel
Hernández, “Chuchifeo” Cárdenas y otros
y el equipo español Valentín González
(a) “El Campesino”. Llegaron, desde
luego, convenientemente armados.
—Venimos a defender la Constitución, la
República y las libertades democráticas
—comunicó enfáticamente el sublíder
parlamentario auténtico a los de la FEU.
Hubo un momento de vacilación. Luego, el
dirigente estudiantil, José Hidalgo
ripostó:
—Bueno, si es así, la mejor forma en que
ustedes pueden contribuir a preservar la
autonomía universitaria es abandonando
la colina, pues si permanecen aquí
pronto tendremos a los tanques
atacándonos.
Trabajo costó que los visitantes dejaran
el lugar, más al fin se retiraron,
prometiendo volver.
Luego llegó una comisión de la CTC,
integrada por Irigoyen, Balbuena, Powell
y Pomar. Tras breve discusión acordaron
decretar un paro general para las 4:00
de la tarde, sincronizado con la
protesta estudiantil. Pero a esa hora
surgió una imprevista rectificación:
—Algunos líderes sindicales, con Mujal a
la cabeza, están en contacto con el
nuevo gobierno.
La tercera frustración vino del campo
veteranista. Un grupo de mambises se
presentó al centro docente ofreciendo
acampar allí con tiendas de campaña,
solidarizándose con los alumnos. Pasó
algún tiempo y la radio informó:
—Una comisión de veteranos acudió a
Columbia a entrevistarse con Batista. La
encabezaba el general Enrique Loynaz del
Castillo. Una reunión conjunta del
Consejo Universitario y el ejecutivo de
la FEU acordó suspender las actividades
académicas mientras no fueran
restablecidas las garantías
constitucionales. Por la noche, después
de impedir un intento de los estudiantes
comunistas, que pretendieron apoderarse
de la dirección del movimiento, la
colina quedó cercada por las fuerzas del
ejército, cortando el servicio de agua y
de teléfono. Parecía intentarse rendir
por hambre a los protestantes, pero
estos no cedieron.
Fiel a su actitud prudente, el gobierno
de facto alternó dichas medidas de orden
público con una declaración respetando
la autonomía universitaria.
Seguidamente, envió al doctor Avellanal
con una oferta:
—Se podría destituir al Consejo y formar
un gobierno de profesores y alumnos que
acometa la reforma universitaria.
Además, el gobierno ofrece diez millones
de pesos para construir la ciudad
universitaria… que serían administrados
exclusivamente por ustedes…
Los líderes estudiantiles replicaron:
—¡Haga el favor de abandonar
inmediatamente la Universidad, que
nosotros ni nos rendimos ni nos
vendemos!
Ya la FEU había acordado solicitar la
expulsión de los profesores del Alma
Mater que aceptaran cargos en el
gobierno de facto.
En horas de la noche del jueves se
recibió la noticia de que Ernesto de la
Fe, ministro de propaganda de Batista,
solicitaba un cambio de impresiones con
la FEU. Se aceptó a condición de que
asistiera solo a la entrevista y que
esta se celebrara en el primer peldaño
de la escalinata.
—Quiero que sepan —dijo De la Fe— que
Batista reconoce el gesto cívico de
ustedes y que es la única organización a
la que acepta condiciones. Sólo deseamos
que no entorpezcan la paz pública y que
respeten las leyes.
—No defendemos a Prío —alegó un
dirigente universitario—, sino a la
Constitución y las leyes que han sido
violadas por el nuevo gobierno.
—Pero los amplificadores que ustedes
usan mantienen al pueblo en agitación y
ponen en peligro la paz pública…
—Sobre eso debe usted recordar —replicó
Álvaro Barba— que a través de esos
mismos amplificadores, Ernesto de la Fe,
no el ministro de propaganda, sino el
periodista, se ha dirigido al pueblo en
otras ocasiones en demanda de sus
derechos.
No hubo acuerdo posible, y el Ministro
se retiró. Todavía los estudiantes
rechazaron una nueva gestión
conciliadora, esta vez de Carlos
Bustamante, delegado político del PAU
ante el Tribunal Superior Electoral.
Al mediodía del viernes se produjo una
falsa retirada de la fuerza pública que
cercaba la colina. La masa estudiantil
aprovechó la tregua para obtener
alimentos y agua y para llenar de
letreros oposicionistas todas las
paredes cercanas. Tiempo después, el
cerco militar fue restablecido.
El sábado (los amplificadores seguían
gritando la protesta) los líderes de la
FEU colocaron en el Rectorado una
bandera gigante sujeta con un crespón de
luto. A las 6:00 de la tarde, tal como
lo había solicitado el Consejo
Universitario, se marchó de veras la
tropa. Fue una retirada pacífica,
ilustrada con mutuas exclamaciones. Los
soldados, sonrientes, comentaban:
—Nos vamos contentos, porque no ha
habido incidentes que lamentar.
Y los estudiantes:
—No cejaremos en la lucha contra este
gobierno y en defensa de la
Constitución.
Artículo publicado en la
sección En Cuba de la Revista
Bohemia, marzo 23 de 1952. Tomado de
la antología En Cuba, Tercer Tiempo,
1952-1954 de Enrique de la Osa,
Editorial Ciencias Sociales, 2007. |