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No eran muchos los que ascendían la
escalinata del Capitolio para contemplar
en el Salón de los Pasos Perdidos la
maqueta del proyecto. Allí veían en
escala mínima, lo que podría ser más
tarde la Plaza de la República.
Avenidas, edificios, árboles y jardines,
zonas de parqueo estaban al alcance de
la mano, fácilmente visibles. Cada
estructura era identificada hasta llegar
a un obelisco cuyas funciones no se
percibían claramente. Cuando algún
conocedor explicaba el misterio, los
visitantes emitían una invariable
exclamación:
—¡Aquí no aparece Martí! ¿Qué clase de
monumento van a hacerle?
Porque aquel era, efectivamente, el
proyecto escogido por las eminencias del
régimen entre los 3 concebidos para
honrar al Apóstol. Era un rasgo más de
incompatibilidad entre los regentes
actuales del Estado y el espíritu
nacional, que no lograba ver a Martí en
símbolos tan inertes y geométricos. En
la construcción vertical, rematada por
un faro, no estaba ni remotamente
traducida la gloria que pretendía
exaltar.
Esa decepción general estaba incorporada
al recurso presentado ante la sala de lo
Contencioso Administrativo de la
Audiencia de La Habana por el profesor
universitario Julián Modesto, a nombre
del escultor Juan José Sicre y del
arquitecto Aquiles Maza, contra el
acuerdo de la Comisión Nacional del
Monumento a Martí que decidió adoptar el
proyecto ahora exhibido en el Capitolio
y desestimó el de los autores premiados,
Sicre y Maza, sin determinar
suficientemente los motivos de la
sustitución.
La historia del monumento comenzó en
1937, cuando fue creada por decreto
presidencial la comisión encargada de
costear su erección y escoger el
proyecto adecuado. Regía entonces el
gobierno desde Columbia, el coronel
Fulgencio Batista, y bajo su indicación
fue integrado el nuevo equipo en la
forma más heterogénea, pues junto a
ingenieros, arquitectos, escultores e
intelectuales de reconocida capacidad
figuraban altos jefes del Ejército y
funcionarios de la administración, todos
ellos ignorantes de la materia que se
discutía.
El primer premio fue declarado desierto
en tres sucesivos concursos, a pesar del
gran número de proyectos presentados por
arquitectos y escultores de diversos
países. Al cabo hubo que proceder por
eliminación, seleccionando cuatro entre
los 76 proyectos. Elaboradas las
maquetas respectivas, sirvieron al
jurado dictaminador para expresar su
fallo. En él cooperaron, a más de los
miembros de la comisión, delegados
oficiales de los departamentos de Obras
Públicas, Educación y Hacienda y
representantes de la Escuela de
Arquitectura del Alma Mater, la Academia
San Alejandro, la Sociedad Cubana de
Ingenieros, el Colegio de Arquitectos,
la Academia de Artes y Letras, el
Círculo de Bellas Artes y el Consejo
Nacional de Veteranos.
En esa oportunidad, una mayoría de 11
votos se pronunció a favor del
proyecto-templo de Sicre y Maza; en
segundo lugar, con cinco votos, quedó el
proyecto-biblioteca de los arquitectos
Govantes y Cabarrocas, y en último
lugar, con solo tres votos, el
proyecto-obelisco del ingeniero Enrique
Luis Varela y los arquitectos Otero,
Labatut, Morales y Tapia y el escultor
Sambugnac. Esto sucedió el 7 de octubre
de 1943, un año antes de cesar Batista
como presidente constitucional.
El “albur de arranque” del año 44
impidió a Batista ocuparse decisivamente
del asunto, aparte del escaso tiempo que
le restaba de mandato; sin embargo,
examinó la maqueta en el estudio de
Sicre, en compañía de los miembros del
jurado, aprobó el proyecto seleccionado
y dispuso el inmediato inicio de las
obras de la Plaza Cívica —como entonces
se llamaba— conforme a los estudios para
la expropiación de los terrenos en la
Colina de los Catalanes. En dicha
ocasión, la comisión designó director
técnico a Sicre y artístico a Maza, los
autores victoriosos.
Sobrevino el período grausista, en el
cual quedó congelado el proyecto por
pura hostilidad al régimen anterior.
Después de cuatro años de inactividad,
en mayo de 1949 se le ocurrió al Premier
Varona resucitar la comisión del
monumento martiano, dándose algunos
pasos en el camino de la construcción de
la Plaza Cívica; sólo que la iniciativa,
como cosa de la Cordialidad, quedó
envuelta en un affaire de
colosales proporciones con los terrenos
escogidos. Así honraba a Martí el
segundo gobierno auténtico. Hasta se
iniciaron las obras del Palacio de
Comunicaciones sin tener en cuenta
detalles de conjunto de la plaza ni el
requisito previo de subasta.
Al producirse el golpe militar del 10 de
marzo, las perspectivas del monumento no
eran alentadoras. Faltaba menos de un
año del Centenario y todo no pasaba de
proyecto. Bajo la presión del almanaque
se revitalizó de nuevo a la criatura dos
veces muerta, esta vez bajo la
presidencia del verboso Andrés Rivero
Agüero, titular de Educación. Se suponía
que la nueva comisión estaría y
cumpliría lo hecho por la primitiva,
bajo el período constitucional de
Batista.
Pero eso no sucedió. Incidentalmente
estaba de vuelta a posiciones
determinantes del Ministerio de Obras
Públicas el ingeniero Varela y decidió
aprovechar la ocasión en beneficio de su
derrotado proyecto. De inmediato
propulsó los trabajos de
acondicionamiento y adquisición
conjuntamente con el arquitecto Pérez
Benitoa. Un día de agosto pasado quedó
entregado el plan total en el Palacio de
la Presidencia para su aprobación.
Dos meses después la comisión adoptaba
un acuerdo de gran trascendencia: en
virtud del espacio disponible era
necesario desestimar el proyecto
aprobado ocho años antes y emplazar el
de Varela, ahora coordinador general de
la plaza, ya bautizada “de la
República”. De este modo, el que había
quedado en tercer lugar era elevado al
primer rango por afinidad de su autor
con el régimen de facto.
Para debatir la extraña situación, la
CMQ-TV dedicó una de sus mesas redondas
a ese tema polémico. Allí, Varela abrió
el programa para defender el
monumento-obelisco del que era coautor.
—Se trata de una idea original:
convertir la planta en estrella de cinco
puntas, en un obelisco y elevarlo a 100
m de altura. Después de sucesivos
concursos en que siempre obtuvimos
premios, quedamos en tercer lugar en la
eliminación definitiva. No pensamos en
aquel momento que al cabo de diez años,
cuando habíamos ya olvidado esa idea,
los azares del destino nos situarían en
la posición privilegiada de llevarla
adelante...
Y como si estas apreciaciones
—testimonio de parcialidad y abuso de
poder— fueran honrosas para él, siguió
explicando cómo la reducción del área de
la Plaza Cívica desde los dos millones
de metros cuadrados del proyecto inicial
a los quinientos mil metros cuadrados
del actual hacía necesario cambiar las
proporciones horizontales por las
verticales, cosa que favorecía —por
supuesto— a su iniciativa.
Cuando le tocó el turno a Sicre, hizo
historia de lo ocurrido a partir de su
premio, en 1944, para rebatir a Varela
en su propio terreno:
—En nuestro deseo de colaborar con todas
las ideas para llevar adelante la Plaza
Cívica y el monumento, hemos estado
propicios a toda clase de soluciones.
Muy recientemente, en cambio de
impresiones con los señores Varela,
Pérez Benitoa y otros, discutimos con
vista a las necesidades actuales si el
monumento debía ser vertical u
horizontal, debido a la reducción del
área de la plaza y a la inclusión de
edificios que no se habían tenido en
cuenta antes, como el Palacio de
Justicia...
—Conforme a estas realidades —prosiguió—
hicimos una ligera adaptación a nuestro
proyecto, y una tarde memorable fue
llevada la maqueta, así modificada, al
Palacio Presidencial. Todas las
dificultades parecían obviadas. Había
razones para pensar que el monumento
premiado no tendría más problema. Pero,
recientemente, fuimos informados por el
Ministro de Educación de que por falta
de espacio no podía erigirse el templo,
desechándose y sustituyéndose por el
monumento vertical.
Sicre se quejó de haber ganado el
concurso y obtenido en dos ocasiones la
aprobación del actual Presidente de la
República, adaptándolo al espacio
actual, para terminar siendo rechazado
sin más razones.
A continuación, el arquitecto Manuel
Carrerá, autor de un nuevo proyecto,
desestimó los otros dos en nombre del
funcionalismo arquitectónico:
—La concepción de monumentos conforme a
otras civilizaciones, como la vertical
de los obeliscos egipcios o la
horizontal del templo griego, deja de
tener vigencia en una época como la
nuestra en que se conoce la radio y la
televisión...
Esto lo manifestó en defensa de su
proyecto, creado en forma de torre
gigantesca de radio-televisión, desde
donde debería difundirse el ideario
martiano a todo el mundo.
Y explicó:
—La plaza, tal como está su composición
especial, no sirve para ninguno de los
dos monumentos, ni para el templo ni
para el vertical, porque no caben con el
Palacio de Comunicaciones, que tiene
unos 40 m de altura, y el Tribunal de
Cuentas, que tiene más de 40... Los
edificios son tan grandes que dominan
por su masa cualquier monumento. Yo creo
que para ver una edificación de esa
clase hace falta espacio. Hay una simple
regla de arquitectura que dice que un
monumento, para ser observado, necesita
tres veces su altura en derredor, y la
Plaza de la República en ningún momento
tiene, tres veces la altura de
cualquiera de los que en ella se erijan.
El arquitecto Pérez Benitoa se sumó al
criterio de Carrerá, pero defendió el
propósito de levantar el Palacio de
Justicia, del cual es autor, en el área
dedicada al monumento y apoyó el
proyecto de Varela, invitando ambos a
Sicre a que colaborara en la obra del
obelisco, lo que fue aceptado por éste
tácitamente. El debate se animó aún más,
al insistir Carrerá:
—Ese monumento vertical del ingeniero
Varela no es original en su mensaje,
porque ha sido hecho por muchas
civilizaciones antiguas. Además, queda
completamente desfigurado, bloqueado por
los edificios...
E ilustró su pensamiento con nuevos
argumentos:
—El sentido de mi intervención es que
cualquier monumento que allí se haga no
domina la topografía de ese terreno, y
mucho menos con los edificios que allí
se construyen. Si se toma la visual y se
mira desde cualquier lado, lo que se ve
es un “mocho” de monumento. Lo decisivo
en estos casos son las vistas angulares
desde las cuales están estudiados todos
los monumentos de la historia. El de
Varela sólo tiene en cuenta la vista
frontal. Si uno se sitúa en la Avenida
de Rancho Boyeros, lugar donde circulan
miles de automóviles, se encuentra con
el Palacio de Justicia que obstaculiza
la vista del monumento, que no debe ser
dominante por su altura, sino por su
espíritu.
La polémica no hacía más que empezar. En
diarios y revistas aparecían
invocaciones de Sicre y Maza a su
derecho como artistas premiados. Entre
otras cosas, decían:
—Resulta muy pobre a la vista del
público la disculpa de falta de espacio
para no erigir el monumento-templo,
cuando en esa área, que encierra la
colina destinada desde un principio al
monumento del Apóstol, ha sido ubicado
ahora el Palacio de Justicia, cuyo
tamaño es muchísimo mayor que el del
monumento-templo seleccionado primero y
rechazado caprichosamente ahora, y que
nunca estuvo incluido, que sepamos, en
la Plaza Cívica.
Artículo publicado en la
sección En Cuba de la Revista
Bohemia, Febrero 22 de 1953. Tomado
de la antología En Cuba, Tercer
Tiempo, 1952-1954 de Enrique de la
Osa, Editorial Ciencias Sociales, 2007. |