Año VI
La Habana

10 al 16 de MAYO
de 2008

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Monumento

“¡Aquí no aparece Martí!”

Enrique de la Osa

 

No eran muchos los que ascendían la escalinata del Capitolio para contemplar en el Salón de los Pasos Perdidos la maqueta del proyecto. Allí veían en escala mínima, lo que podría ser más tarde la Plaza de la República.

Avenidas, edificios, árboles y jardines, zonas de parqueo estaban al alcance de la mano, fácilmente visibles. Cada estructura era identificada hasta llegar a un obelisco cuyas funciones no se percibían claramente. Cuando algún conocedor explicaba el misterio, los visitantes emitían una invariable exclamación:

—¡Aquí no aparece Martí! ¿Qué clase de monumento van a hacerle?

Porque aquel era, efectivamente, el proyecto escogido por las eminencias del régimen entre los 3 concebidos para honrar al Apóstol. Era un rasgo más de incompatibilidad entre los regentes actuales del Estado y el espíritu nacional, que no lograba ver a Martí en símbolos tan inertes y geométricos. En la construcción vertical, rematada por un faro, no estaba ni remotamente traducida la gloria que pretendía exaltar.

Esa decepción general estaba incorporada al recurso presentado ante la sala de lo Contencioso Administrativo de la Audiencia de La Habana por el profesor universitario Julián Modesto, a nombre del escultor Juan José Sicre y del arquitecto Aquiles Maza, contra el acuerdo de la Comisión Nacional del Monumento a Martí que decidió adoptar el proyecto ahora exhibido en el Capitolio y desestimó el de los autores premiados, Sicre y Maza, sin determinar suficientemente los motivos de la sustitución.

La historia del monumento comenzó en 1937, cuando fue creada por decreto presidencial la comisión encargada de costear su erección y escoger el proyecto adecuado. Regía entonces el gobierno desde Columbia, el coronel Fulgencio Batista, y bajo su indicación fue integrado el nuevo equipo en la forma más heterogénea, pues junto a ingenieros, arquitectos, escultores e intelectuales de reconocida capacidad figuraban altos jefes del Ejército y funcionarios de la administración, todos ellos ignorantes de la materia que se discutía.

El primer premio fue declarado desierto en tres sucesivos concursos, a pesar del gran número de proyectos presentados por arquitectos y escultores de diversos países. Al cabo hubo que proceder por eliminación, seleccionando cuatro entre los 76 proyectos. Elaboradas las maquetas respectivas, sirvieron al jurado dictaminador para expresar su fallo. En él cooperaron, a más de los miembros de la comisión, delegados oficiales de los departamentos de Obras Públicas, Educación y Hacienda y representantes de la Escuela de Arquitectura del Alma Mater, la Academia San Alejandro, la Sociedad Cubana de Ingenieros, el Colegio de Arquitectos, la Academia de Artes y Letras, el Círculo de Bellas Artes y el Consejo Nacional de Veteranos.

En esa oportunidad, una mayoría de 11 votos se pronunció a favor del proyecto-templo de Sicre y Maza; en segundo lugar, con cinco votos, quedó el proyecto-biblioteca de los arquitectos Govantes y Cabarrocas, y en último lugar, con solo tres votos, el proyecto-obelisco del ingeniero Enrique Luis Varela y los arquitectos Otero, Labatut, Morales y Tapia y el escultor Sambugnac. Esto sucedió el 7 de octubre de 1943, un año antes de cesar Batista como presidente constitucional.

El “albur de arranque” del año 44 impidió a Batista ocuparse decisivamente del asunto, aparte del escaso tiempo que le restaba de mandato; sin embargo, examinó la maqueta en el estudio de Sicre, en compañía de los miembros del jurado, aprobó el proyecto seleccionado y dispuso el inmediato inicio de las obras de la Plaza Cívica —como entonces se llamaba— conforme a los estudios para la expropiación de los terrenos en la Colina de los Catalanes. En dicha ocasión, la comisión designó director técnico a Sicre y artístico a Maza, los autores victoriosos.

Sobrevino el período grausista, en el cual  quedó congelado el proyecto por pura hostilidad al régimen anterior. Después de cuatro años de inactividad, en mayo de 1949 se le ocurrió al Premier Varona resucitar la comisión del monumento martiano, dándose algunos pasos en el camino de la construcción de la Plaza Cívica; sólo que la iniciativa, como cosa de la Cordialidad, quedó envuelta en un affaire de colosales proporciones con los terrenos escogidos. Así honraba a Martí el segundo gobierno auténtico. Hasta se iniciaron las obras del Palacio de Comunicaciones sin tener en cuenta detalles de conjunto de la plaza ni el requisito previo de subasta.

Al producirse el golpe militar del 10 de marzo, las perspectivas del monumento no eran alentadoras. Faltaba menos de un año del Centenario y todo no pasaba de proyecto. Bajo la presión del almanaque se revitalizó de nuevo a la criatura dos veces muerta, esta vez bajo la presidencia del verboso Andrés Rivero Agüero, titular de Educación. Se suponía que la nueva comisión estaría y cumpliría lo hecho por la primitiva, bajo el período constitucional de Batista.

Pero eso no sucedió. Incidentalmente estaba de vuelta a posiciones determinantes del Ministerio de Obras Públicas el ingeniero Varela y decidió aprovechar la ocasión en beneficio de su derrotado proyecto. De inmediato propulsó los trabajos de acondicionamiento y adquisición conjuntamente con el arquitecto Pérez Benitoa. Un día de agosto pasado quedó entregado el plan total en el Palacio de la Presidencia para su aprobación.

Dos meses después la comisión adoptaba un acuerdo de gran trascendencia: en virtud del espacio disponible era necesario desestimar el proyecto aprobado ocho años antes y emplazar el de Varela, ahora coordinador general de la plaza, ya bautizada “de la República”. De este modo, el que había quedado en tercer lugar era elevado al primer rango por afinidad de su autor con el régimen de facto.

Para debatir la extraña situación, la CMQ-TV dedicó una de sus mesas redondas a ese tema polémico. Allí, Varela abrió el programa para defender el monumento-obelisco del que era coautor.

—Se trata de una idea original: convertir la planta en estrella de cinco puntas, en un obelisco y elevarlo a 100 m de altura. Después de sucesivos concursos en que siempre obtuvimos premios, quedamos en tercer lugar en la eliminación definitiva. No pensamos en aquel momento que al cabo de diez años, cuando habíamos ya olvidado esa idea, los azares del destino nos situarían en la posición privilegiada de llevarla adelante...

Y como si estas apreciaciones —testimonio de parcialidad y abuso de poder— fueran honrosas para él, siguió explicando cómo la reducción del área de la Plaza Cívica desde los dos millones de metros cuadrados del proyecto inicial a los quinientos mil metros cuadrados del actual hacía necesario cambiar las proporciones horizontales por las verticales, cosa que favorecía —por supuesto— a su iniciativa.

Cuando le tocó el turno a Sicre, hizo historia de lo ocurrido a partir de su premio, en 1944, para rebatir a Varela en su propio terreno:

—En nuestro deseo de colaborar con todas las ideas para llevar adelante la Plaza Cívica y el monumento, hemos estado propicios a toda clase de soluciones. Muy recientemente, en cambio de impresiones con los señores Varela, Pérez Benitoa y otros, discutimos con vista a las necesidades actuales si el monumento debía ser vertical u horizontal, debido a la reducción del área de la plaza y a la inclusión de edificios que no se habían tenido en cuenta antes, como el Palacio de Justicia...

—Conforme a estas realidades —prosiguió— hicimos una ligera adaptación a nuestro proyecto, y una tarde memorable fue llevada la maqueta, así modificada, al Palacio Presidencial. Todas las dificultades parecían obviadas. Había razones para pensar que el monumento premiado no tendría más problema. Pero, recientemente, fuimos informados por el Ministro de Educación de que por falta de espacio no podía erigirse el templo, desechándose y sustituyéndose por el monumento vertical.

Sicre se quejó de haber ganado el concurso y obtenido en dos ocasiones la aprobación del actual Presidente de la República, adaptándolo al espacio actual, para terminar siendo rechazado sin más razones.

A continuación, el arquitecto Manuel Carrerá, autor de un nuevo proyecto, desestimó los otros dos en nombre del funcionalismo arquitectónico:

—La concepción de monumentos conforme a otras civilizaciones, como la vertical de los obeliscos egipcios o la horizontal del templo griego, deja de tener vigencia en una época como la nuestra en que se conoce la radio y la televisión...

Esto lo manifestó en defensa de su proyecto, creado en forma de torre gigantesca de radio-televisión, desde donde debería difundirse el ideario martiano a todo el mundo.

Y explicó:

—La plaza, tal como está su composición especial, no sirve para ninguno de los dos monumentos, ni para el templo ni para el vertical, porque no caben con el Palacio de Comunicaciones, que tiene unos 40 m de altura, y el Tribunal de Cuentas, que tiene más de 40... Los edificios son tan grandes que dominan por su masa cualquier monumento. Yo creo que para ver una edificación de esa clase hace falta espacio. Hay una simple regla de arquitectura que dice que un monumento, para ser observado, necesita tres veces su altura en derredor, y la Plaza de la República en ningún momento tiene, tres veces la altura de cualquiera de los que en ella se erijan.

El arquitecto Pérez Benitoa se sumó al criterio de Carrerá, pero defendió el propósito de levantar el Palacio de Justicia, del cual es autor, en el área dedicada al monumento y apoyó el proyecto de Varela, invitando ambos a Sicre a que colaborara en la obra del obelisco, lo que fue aceptado por éste tácitamente. El debate se animó aún más, al insistir Carrerá:

—Ese monumento  vertical del ingeniero Varela no es original en su mensaje, porque ha sido hecho por muchas civilizaciones antiguas. Además, queda completamente desfigurado, bloqueado por los edificios...

E ilustró su pensamiento con nuevos argumentos:

—El sentido de mi intervención es que cualquier monumento que allí se haga no domina la topografía de ese terreno, y mucho menos con los edificios que allí se construyen. Si se toma la visual y se mira desde cualquier lado, lo que se ve es un “mocho” de monumento. Lo decisivo en estos casos son las vistas angulares desde las cuales están estudiados todos los monumentos de la historia. El de Varela sólo tiene en cuenta la vista frontal. Si uno se sitúa en la Avenida de Rancho Boyeros, lugar donde circulan miles de automóviles, se encuentra con el Palacio de Justicia que obstaculiza la vista del monumento, que no debe ser dominante por su altura, sino por su espíritu.

La polémica no hacía más que empezar. En diarios y revistas aparecían invocaciones de Sicre y Maza a su derecho como artistas premiados. Entre otras cosas, decían:

—Resulta muy pobre a la vista del público la disculpa de falta de espacio para no erigir el monumento-templo, cuando en esa área, que encierra la colina destinada desde un principio al monumento del Apóstol, ha sido ubicado ahora el Palacio de Justicia, cuyo tamaño es muchísimo mayor que el del monumento-templo seleccionado primero y rechazado caprichosamente ahora, y que nunca estuvo incluido, que sepamos, en la Plaza Cívica. 

Artículo publicado en la sección En Cuba de la Revista Bohemia, Febrero 22 de 1953. Tomado de la antología En Cuba, Tercer Tiempo, 1952-1954 de Enrique de la Osa, Editorial Ciencias Sociales, 2007.

 

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