Año VI
La Habana

10 al 16 de MAYO
de 2008

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Crónica poco conocida de Dulce María Loynaz

Un paseo a caballo

Luis Hernández Serrano • La Habana

 

Al licenciado, historiador, archivero, bibliotecario y promotor de literatura William Gattorno Rangel, nativo y residente en el municipio de Guanabacoa, en Ciudad de La Habana, amigo entrañable e investigador por antonomasia de sucesos curiosos y apasionantes, se debe que el redactor de estas líneas haya dado a conocer en 1996, primero en Tribuna de La Habana y después en Juventud Rebelde, esta crónica sublime de Dulce María Loynaz.

Laboraba él en la Biblioteca Nacional José Martí, donde había conocido y profesado amistad a la poetisa yumurina María Villar Buceta, quien también trabajara en el referido templo de los libros, cuando se le ocurrió escribirle una carta a Dulce María, pidiéndole que redactara unas líneas para evocar a la autora de Unanimismo, pues se aproximaba el primer aniversario de su muerte.

Pensaba Gattorno que podría leer en la propia Biblioteca el escrito de nuestra genial poetisa, en homenaje a la Buceta, pero alguien se opuso a que lo hiciera y ante la absurda negativa, el ducho bibliotecario guardó la estupenda crónica en el cofre de sus objetos y materiales más queridos, con la certidumbre de que siempre lo justo y lo cierto se abren paso por entre los más grandes escollos.

Y, en efecto,  a pocos días del cumpleaños 94 de Dulce María Loynaz, sin discusión una de las más altas voces femeninas de la lírica hispanoamericana y miembro de una brava y lúcida estirpe de libertadores, músicos, pintores y poetas, exactamente el domingo 15 de diciembre de 1996, fue dada a la publicidad "Un paseo a caballo", que es igualmente un paseo por la sensibilidad indómita de la escritora de Jardín  y de Un verano en Tenerife.

En respuesta a la carta de Gattorno, Dulce María le escribió: "La Habana, 21 de mayo de 1978. A William Gattorno: Me complazco en enviarle el escrito que a solicitud suya escribí en memoria de nuestra amiga María Villar Buceta.

Por cierto que estaba y sigo estando enferma por lo cual la letra ha salido muy mal, pero en fin, he podido cumplir con Ud. Y con ella. Esperemos que solo sea la letra, la necesitada de corrección.

Saludos a Ud. Atentamente. Dulce María Loynaz.

P.D. Perdone que no haya puesto en limpio el escrito".

La crónica "Un paseo a caballo" se trata de un texto bellísimo en el que la poetisa e hija del general mambí Enrique Loynaz del Castillo, autor de la letra del Himno Invasor, evoca una experiencia suya como jinete, en unión de otros intelectuales, especialmente sobre la también poetisa y gloria de Cuba, María Villar Buceta. He aquí el texto en cuestión, conservado de puño y letra de la célebre intelectual cubana, y entregado cortésmente por el licenciado Gattorno a este periodista:

"Conocí a María Villar Buceta en una época en que pocas personas podrían hoy recordarla. Corría la década de los años 20 y casualmente casi al mismo tiempo, dábamos las dos nuestros primeros pasos en el mundo de la poesía. Ella, desde el comienzo iba recta y segura por su senda, mientras en mí, todo era titubeo, balbuceo, timidez.

"Lejos de María la nota quejumbrosa, el acento melifluo y lánguido que yo gustaba por entonces de cultivar en mis incipientes lirismos, porque aún no había aprendido que la hojarasca hay que podarla a tiempo; ella no deja ver el fruto ni la flor. Lo aprendería mucho más tarde, pero a la sazón, y pese a ser tan distinto al mío, yo admiraba su estilo escueto, ligeramente incisivo a veces, matizado de cuando en cuando por una leve, sonriente ironía.

"Me daba la impresión de que no lo decía todo, o lo decía de tal manera que cada cual pudiese pensar que estaba a punto de alcanzar su secreto, aunque en definitiva nunca lo alcanzara. Y es que María era en su verso, como en su persona; sobria, contenida, concentrada; serenamente dueña de sí misma.

"Saltando por encima  de estas y otras diferencias, fuimos amigas desde el principio: tenía la rara virtud de hacer amigos fácilmente, esto es, sin que ella se esforzara mucho en procurarlo. De temperamento frío, en apariencia al menos, pues era ella muy difícil de sondear: impermeable a la lisonja activa o pasiva, a los entusiasmos prodigados y a todo tipo de sentimentalismo, había sin embargo que quererla de cualquier modo, aun sin esperar reciprocidad en el afecto.

"En la vieja casona  de la todavía reciente niñez, la familia la recibía siempre con especial y complacida deferencia, cosa que ciertamente no se prodigaba allí, y en cuanto a los cuatro hermanos, ni qué decir hay que, algo más jóvenes que ella, nos traía fascinados de una criatura tan parca de aspecto y de palabras, cuya vida había transcurrido en un ambiente rural y que sin embargo parecía llena de una ancestral sabiduría.

"Joven como era, no parecía interesarle nada de lo que es o debe ser patrimonio de la juventud: galas femeninas, paseos, bailes, funciones de  teatro… o en palabras mayores, el amor, la conquista de la fama, la ilusión de viajar por otros países… ni siquiera los pasatiempos más corrientes tenían sello en su existencia, absorbida por el trabajo y la lectura, a más de los cuidados domésticos. Era una vida acaso heroica. Pero a nosotros por entonces nos parecía asaz, monótona, si bien reconocíamos que tal abstinencia formaba parte de su personalidad.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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