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Al licenciado, historiador, archivero,
bibliotecario y promotor de literatura
William Gattorno Rangel, nativo y
residente en el municipio de Guanabacoa,
en Ciudad de La Habana, amigo entrañable
e investigador por antonomasia de
sucesos curiosos y apasionantes, se debe
que el redactor de estas líneas haya
dado a conocer en 1996, primero en
Tribuna de La Habana y después en
Juventud Rebelde, esta crónica
sublime de Dulce María Loynaz.
Laboraba él en la Biblioteca Nacional
José Martí, donde había conocido y
profesado amistad a la poetisa yumurina
María Villar Buceta, quien también
trabajara en el referido templo de los
libros, cuando se le ocurrió escribirle
una carta a Dulce María, pidiéndole que
redactara unas líneas para evocar a la
autora de Unanimismo, pues se
aproximaba el primer aniversario de su
muerte.
Pensaba Gattorno que podría leer en la
propia Biblioteca el escrito de nuestra
genial poetisa, en homenaje a la Buceta,
pero alguien se opuso a que lo hiciera y
ante la absurda negativa, el ducho
bibliotecario guardó la estupenda
crónica en el cofre de sus objetos y
materiales más queridos, con la
certidumbre de que siempre lo justo y lo
cierto se abren paso por entre los más
grandes escollos.
Y, en efecto, a pocos días del
cumpleaños 94 de Dulce María Loynaz, sin
discusión una de las más altas voces
femeninas de la lírica hispanoamericana
y miembro de una brava y lúcida estirpe
de libertadores, músicos, pintores y
poetas, exactamente el domingo 15 de
diciembre de 1996, fue dada a la
publicidad "Un paseo a caballo", que es
igualmente un paseo por la sensibilidad
indómita de la escritora de Jardín
y de Un verano en Tenerife.
En respuesta a la carta de Gattorno,
Dulce María le escribió: "La Habana, 21
de mayo de 1978. A William Gattorno: Me
complazco en enviarle el escrito que a
solicitud suya escribí en memoria de
nuestra amiga María Villar Buceta.
Por cierto que estaba y sigo estando
enferma por lo cual la letra ha salido
muy mal, pero en fin, he podido cumplir
con Ud. Y con ella. Esperemos que solo
sea la letra, la necesitada de
corrección.
Saludos a Ud. Atentamente. Dulce María
Loynaz.
P.D. Perdone que no haya puesto en
limpio el escrito".
La crónica "Un paseo a caballo" se trata
de un texto bellísimo en el que la
poetisa e hija del general mambí Enrique
Loynaz del Castillo, autor de la letra
del Himno Invasor, evoca una experiencia
suya como jinete, en unión de otros
intelectuales, especialmente sobre la
también poetisa y gloria de Cuba, María
Villar Buceta. He aquí el texto en
cuestión, conservado de puño y letra de
la célebre intelectual cubana, y
entregado cortésmente por el licenciado
Gattorno a este periodista:
"Conocí a María Villar Buceta en una
época en que pocas personas podrían hoy
recordarla. Corría la década de los años
20 y casualmente casi al mismo tiempo,
dábamos las dos nuestros primeros pasos
en el mundo de la poesía. Ella, desde el
comienzo iba recta y segura por su
senda, mientras en mí, todo era titubeo,
balbuceo, timidez.
"Lejos de María la nota quejumbrosa, el
acento melifluo y lánguido que yo
gustaba por entonces de cultivar en mis
incipientes lirismos, porque aún no
había aprendido que la hojarasca hay que
podarla a tiempo; ella no deja ver el
fruto ni la flor. Lo aprendería mucho
más tarde, pero a la sazón, y pese a ser
tan distinto al mío, yo admiraba su
estilo escueto, ligeramente incisivo a
veces, matizado de cuando en cuando por
una leve, sonriente ironía.
"Me daba la impresión de que no lo decía
todo, o lo decía de tal manera que cada
cual pudiese pensar que estaba a punto
de alcanzar su secreto, aunque en
definitiva nunca lo alcanzara. Y es que
María era en su verso, como en su
persona; sobria, contenida, concentrada;
serenamente dueña de sí misma.
"Saltando por encima de estas y otras
diferencias, fuimos amigas desde el
principio: tenía la rara virtud de hacer
amigos fácilmente, esto es, sin que ella
se esforzara mucho en procurarlo. De
temperamento frío, en apariencia al
menos, pues era ella muy difícil de
sondear: impermeable a la lisonja activa
o pasiva, a los entusiasmos prodigados y
a todo tipo de sentimentalismo, había
sin embargo que quererla de cualquier
modo, aun sin esperar reciprocidad en el
afecto.
"En la vieja casona de la todavía
reciente niñez, la familia la recibía
siempre con especial y complacida
deferencia, cosa que ciertamente no se
prodigaba allí, y en cuanto a los cuatro
hermanos, ni qué decir hay que, algo más
jóvenes que ella, nos traía fascinados
de una criatura tan parca de aspecto y
de palabras, cuya vida había
transcurrido en un ambiente rural y que
sin embargo parecía llena de una
ancestral sabiduría.
"Joven como era, no parecía interesarle
nada de lo que es o debe ser patrimonio
de la juventud: galas femeninas, paseos,
bailes, funciones de teatro… o en
palabras mayores, el amor, la conquista
de la fama, la ilusión de viajar por
otros países… ni siquiera los
pasatiempos más corrientes tenían sello
en su existencia, absorbida por el
trabajo y la lectura, a más de los
cuidados domésticos. Era una vida acaso
heroica. Pero a nosotros por entonces
nos parecía asaz, monótona, si bien
reconocíamos que tal abstinencia formaba
parte de su personalidad. |