Año VI
La Habana

3 al 9 de MAYO
de 2008

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Respuesta obligada (y asombrada) a Rinaldo Acosta

Elizabeth Díaz González • La Habana

 

Y podría añadir al título “apesadumbrada”, si ya la cacofonía no resultara insoportable. En primer lugar Rinaldo no entendió para nada el objeto de mi artículo que estaba bien especificado en el título: "De Toledo a La Habana: la literatura teórica y crítica extranjera en Cuba: las traducciones (1967-2005)" (véase el artículo). Fue preparado inicialmente para el 9no. Simposio de Traducción Literaria de la UNEAC, realizado del 27 al 29 de noviembre de 2007. Lo leí el 28 de noviembre en este evento y tuvo un aplauso general, con un público fundamentalmente de traductores, incluyendo a algunos que habían estado en el Dpto. de Traducciones del ICL, que según Rinaldo yo no menciono en mi trabajo, a pesar de que en él escribí: “Pero no existía un corpus de traductores que pudiera asumir las traducciones de temáticas tan especializadas, en los diferentes idiomas que presuponía esa vocación universalista. Esto se iría desarrollando después, con el núcleo del Departamento de Traducciones del ICL y posteriormente también con el ESTI, aparte de otros traductores que se irían formando, a veces en materias alejadas de la propia literatura”. Mi propósito medular era enaltecer la labor tan poco reconocida de los traductores, limitando el segmento de estudio a las traducciones de Teoría y Crítica, que es algo que conozco bien por haberme ocupado tantos años de esta Redacción, que fue fundada por mí en 1974 y de la que me ocupé, atendí, hasta “casi” 1992 (volveremos después sobre esto). Podría haber hablado de las traducciones de literatura, algo indispensable que debe hacerse ya (hay algunos trabajos, como el de Jesús David Curbelo), pero hubiera necesitado más tiempo. También quería hablar de las relaciones entre traductores y editores, de la dificultad de la traducción, en especial la de libros de teoría y crítica, y otros temas afines. Antes de leer mi trabajo en el evento, le pedí a Víctor Malagón que lo leyera, él me hizo algunos señalamientos que agradecí y tuve en cuenta; él entendió perfectamente el sentido del trabajo. Posteriormente la Sección de Traductores de la Asociación de Escritores de la UNEAC, asociación a la cual pertenezco, en la figura de su presidenta Lourdes Arencibia, me pidió que lo leyera en el Encuentro de Editores que se efectuaría en el marco de la pasada Feria Internacional del Libro de La Habana 2008. La directora de mi editorial, Lourdes González, también me lo pidió. Y es así como después de leído me lo solicita La Jiribilla y también el sitio web de Cubarte (ver www.cubarte.cu del 29 de marzo de este año). Seguidamente La letra del escriba (como se iba a demorar en publicarlo lo retiré). También Aida Bahr para la revista Signos (pero yo lo había entregado a La letra…). Es precisamente antes de publicarlo en papel, que me encuentro con Rinaldo, le comento esto y se lo envío para sus consideraciones. 

Me doy cuenta de un detalle que no publicó La Jiribilla, pero que sí estaba en mi envío a Rinaldo (y a La Jiribilla): la nota 1, que aparecía en el título, y que dice así:   

[1] Este trabajo constituye sólo una aproximación al tema. La mayoría de los  datos han sido tomados de catálogos y de la base de datos, aún en preparación, de la Editorial Arte y Literatura, que fue quien casi en su totalidad publicó este tipo de literatura como libro, por lo que no se ha tenido en cuenta otras fuentes de publicaciones, en particular, periódicos y revistas.  (N. de la A.). 

Esta nota 1 no aparece, y sí la nota 2 como 1. En Cubarte aparece en el título la referencia 1 de la nota, pero no aparece la nota 1 ni la 2. Los que oyeron mi ponencia pueden dar fe de esto, porque me ocupé de aclararlo bien antes de empezar a leer. O sea, que yo me refiero, en primer lugar, a publicaciones, como debe ser, no a proyectos quedados por el camino por mucho que se haya trabajado en ellos y por buenos que sean: ¡cuántos buenos libros se quedaron en planes, inventarios, e incluso en originales terminados que nunca vieron la luz, algunos extraviados para siempre! Muchos más de los que consigna Rinaldo en su breve listado. Quienes conocieron y conocen de verdad el trabajo de Arte y Literatura saben esto. En segundo lugar, solamente me ocupo de las publicaciones en forma de libro, no de las publicaciones periódicas, que me hubiera obligado a hacer una investigación de mucho mayor tiempo. No obstante, hablo de la revista Criterios, de Desiderio Navarro, como una referencia obligada en este campo, de quien admiro su labor de traductor, editor, divulgador entre nosotros de los libros de teoría y crítica literarias, una labor realmente excepcional y bien reconocida. En mis tiempos iniciales en la Redacción de Teoría y Crítica, hace mucho tiempo ya, tanto que más de una bandada de águilas han pasado por el mar, convidé a Desiderio a tomarnos una cerveza (creo que fue en Los siete mares) para limar lo que parecía ser cierta rivalidad: allí le declaré a Desiderio mi imposibilidad de competir con él y mi deseo de que colaborara con la Redacción. Y la paz ha durado todos estos años.  

Vayamos ahora al recuento de lo que según Rinaldo yo “suprimí” para minimizarlo y ensalzar mi figura. Sólo 7 títulos se publicaron de los 35 que presenta con algún tipo de trabajo incorporado durante su gestión como especialista principal de la Redacción de Teoría y Crítica, desde 1988 a 1991(¿fueron 3 años, 2 y medio?; yo me ocupé de ella 14 años y la “atendí” 4 más). De ellos sólo 1, Los mitos griegos, publicado como plaquette, fue incluido en un plan editorial por él. Los otros 6, según los datos que él mismo ofrece fueron incluidos antes de 1988. Quiero detenerme en algunos: Lenin, el arte en revolución, gestionado en 1979 y publicado en 1989, fue una compilación hecha por mí y tiene mi crédito para todo aquel que quiera consultarlo. Por las huellas de Diderot fue propuesto a mí en 1985 o 1986 en colaboración con la Universidad de Poitiers, no recuerdo bien si fue Alain Sicard quien trajo la propuesta, y yo le pedí personalmente a Rafael Hernández el cuento que aparece incluido y que él escribió expresamente para esa antología. El libro se demoró bastante en ser publicado por diversas razones, en 1995 (año en que ya Rinaldo no estaba en la Redacción). Poética, de Aristóteles, fue uno de los libros con los que fundamenté la creación de la colección Clásicos de la Estética, por la que lamentablemente se publicaron menos títulos de los programados (incluido este, según dato de V. Malagón), recuerdo la búsqueda de la mejor edición, consultas con Elina Miranda, etc.  La narratología hoy, selección de Renato Prada Oropeza, amigo personal desde tiempo remoto, gestado en 1986 y publicado en 1989. En el listado inicial que le envió a numerosas personas por correo electrónico, Rinaldo había incluido Mi vida en el arte, de K. S. Stanislavski, el colmo de la desinformación o mala intención, un libro que yo trabajé como editora cuando tenía 6 meses de embarazo y la barriga me tropezaba con la mesa, traducción de un tal Kaplan, llena de gerundios y galimatías, por lo que propuse desechar esta para buscar una mejor edición, cuando encontré casualmente en el ISA Mi vida en el arte en ruso, con varios capítulos más que le faltaban a la de Kaplan, publicada en Argentina; yo le propuse personalmente a Porfirio Miranda la traducción, después se le devolvió un capítulo que estaba mal traducido y lo rehizo muy bien. En fin…el mar. 

Vamos a ver ahora mi “atención” a la Redacción de Teoría y Crítica:

-  1974 a 1982: fundé  la Redacción y fui la Jefa o Especialista Principal.
- 1982 a 1986 (oficialmente enero de 1987): Redactora Jefa de la editorial, o sea, de todas las redacciones. Según sus propias palabras Rinaldo llegó a la Redacción a mediados de los 80 (¿84?, ¿85?, ¿86?) siendo director Abel Prieto.
-  1986 (oficialmente febrero de 1987) a 1992: Directora de la editorial. O sea, yo soy quien nombro a Rinaldo como Especialista Principal de la Redacción de Teoría y Crítica.

En la época que fui Redactora Jefa de la editorial atendía, más bien me ocupaba de la Redacción de Teoría y Crítica en todo lo que era gestión editorial. Víctor Malagón la atendía en la distribución del trabajo a los editores, control de calidad, etc. Yo hacía los planes editoriales año tras año a pesar de ser también Redactora Jefa, pero, por supuesto y como es normal en un trabajo editorial, no sólo me basaba en mis propios pequeños conocimientos, me nutría de las proposiciones de innumerables fuentes: especialistas externos a la editorial, instituciones diversas, escritores, propuestas de la Facultad de Artes y Letras, etc. En esos años Rinaldo, como editor, pudo haber hecho algunas propuestas, viendo su informe y para no entrar en otras discrepancias, fueron sólo 2 las publicadas. Cuando asumo la dirección de la editorial en 1986, se me hace bien difícil seguir ocupándome de la Redacción que ya estaba afectada por mi doble función, es entonces que le propongo en 1988 a Rinaldo asumirla, basándome en su inteligencia, preparación, seriedad en el trabajo, aunque con un defecto: la lentitud. En el escrito de Rinaldo está expuesto todo lo que él trabajó hasta 1991, las excelentes proposiciones que hizo, que aplaudí y animé, bien que las animé. Desgraciadamente el “período especial” tronchó tan buenas intenciones, tan talentosas proposiciones. Creo que la Editorial Arte y Literatura debería retomarlas, crear otra vez esta redacción con Rinaldo al frente (lo digo sin ironía), y llegar a materializarlas.  

En la relación de Rinaldo, de todo lo que él hizo, se añade en alguna parte: “A esta relación también se debería añadir Las apostillas al nombre de la rosa, de Umberto Eco, publicado en otras partes en forma de libro, pero que apareció, íntegro, en la revista Opción”. Qué raro que Rinaldo no diga que yo fundé, bauticé y dirigí, número a número, los únicos 10 números de Opción que se publicaron de 1987 a 1993, año en que se imprimieron los números 8, 9 y 10, cuando ya yo era la directora de la revista Revolución y Cultura, pero que Armando Cristóbal, en un gesto de eticidad que siempre le agradeceré, publicó con mi crédito, tal como habían quedado los originales terminados. Algunas personas han querido minimizar mi labor al frente de esta revista, que fue una verdadera labor de equipo, inconcebible sin este equipo, tal y como lo he declarado muchas veces; se ha dicho que gracias a Vera Piñón la revista era así, cuando Vera sólo era la editora “de mesa”, inteligente y creativa, pero las propuestas corrían a cargo de los especialistas principales, como bien sabe Rinaldo desde 1988 cuando lo incorporé a la revista; también alguien dijo alguna vez, y no sé si era cierto, que Justo Vasco había dicho que él había ideado la revista. En fin, miserias… 

Dos aspectos más y termino. Me acusa Rinaldo de no reconocer todo lo que se hizo antes de 1974 y cita el nombre de Ambrosio Fornet: por favor, leer mi trabajo criticado por Rinaldo donde está bien explícito esto, en especial párrafos 8, 9 y 11. Todo el mundo conoce esta destacadísima obra del valioso intelectual y amigo Ambrosio Fornet. Por otra parte, maliciosa o desinformadamente pone entre los títulos que se publicaron antes de 1974 a Crítica del gusto, de Galvano della Volpe: todo el que tenga este libro corroborará que se publicó en 1978, no fue una traducción, aún tengo las notas amarillas de mi estudio sobre este libro antes de publicarlo, y fui yo quien le pidió a Eduardo López Morales el prólogo que lleva: recuerdo que había una broma acerca de cuál era más oscuro, si Della Volpe o Eduardo. Aclaro que el prólogo de Eduardo es excelente. 

Y sobre los títulos que, cito: “no representaban la corriente fecunda, creadora, abierta a la recepción de nuevas ideas y dialogante con el pensamiento occidental, en la teoría soviética, sino su opuesto (se movían dentro de la órbita de la llamada "ciencia oficial" y el dogmatismo, o simplemente eran intrascendentes [o las tres cosas al mismo tiempo])”, Rinaldo da un listado: en el mismo aparece En el laberinto del revisionismo. Ernst Fischer: su ideología y su estética, de Surotsev, y no aparece La espiral de la traición de Solzhenitzin, de T. Rezác, publicado en 1979: estos dos libros NO fueron propuestas mías al plan, se debieron a coyunturas políticas; en especial sobre el segundo opiné en su momento que era un bodrio. Con respecto a los otros, citemos, La lucha en las ideas en la estética, de varios autores, incluye, por ejemplo, a Ivan Slavov, tan ponderado en el trabajo de Rinaldo Acosta por su libro El Kistch, aunque es cierto que no todos los autores incluidos son de la misma categoría. El libro Examen crítico de los estudios literarios burgueses (1977), de G. M. Fridlender, fue una propuesta de la Escuela de Letras para contrarrestar el dominio casi absoluto de los libros de Welleck y Warren y de Kayser (por donde yo estudié) en la bibliografía de los estudiantes de Letras, para tener otro punto de vista, ya que en estos autores se centra el fridlenderiano libro (formato bolsilibro, 103 pp.) de infortunado título. En el prólogo de Elena Jorge se dice: “Esto explica que la Escuela de Letras y de Arte se haya planteado su traducción, como una manera de añadir a la bibliografía existente una obra de consulta valiosa por la orientación de puntos de vista revolucionarios dentro de un terreno tan necesitado de ello.” Problemas de la teoría del arte, 4t., autores varios, fue una propuesta del ISA, cuando daba clases allí Víctor Ivanov, que fue quien hizo la recopilación y el prólogo: junto a ensayos que concuerdo en que entran en la definición de Rinaldo, hay otros como por ejemplo el de M. Márkov, “Acerca de los fundamentos de la teoría funcional del arte”; el de M. Kagan, “El arte en el sistema de la actividad humana”; el de L. Stolovich, “Experiencias en la estructuración del modelo de la actividad artística”, nada despreciables. En mi trabajo que critica Rinaldo, digo: “un verdadero panorama de la producción teórica de los años entre el 70 y el 80 en la URSS, aunque con trabajos desiguales en su calidad teórica, algunos marcados por el signo del realismo socialista”. Los otros títulos que menciona Rinaldo ─ y para no alargar esto─ , aunque no tengan la fecundidad y brillantez de otros autores y textos, aunque yo misma no esté de acuerdo con determinadas aseveraciones signadas por la época en que se hicieron, tampoco merecen ser llevados al cesto de la basura. En todos los catálogos editoriales de nuestro país, y del mundo entero, hay manchas y soles, y términos medios. Recordemos a Martí: “los desagradecidos ven las manchas…” Y yo agregaría: los malintencionados añaden tinta a las manchas. 

Además, un poco más adelante en su escrito, Rinaldo expresa: “Lo correcto hubiera sido traducir a los estudiosos rusos realmente de primera línea —algunos de los cuales todavía siguen siendo publicados tanto en Rusia como en Occidente—, como Lotman, Meletinski, Ivanov, Avérintsev, Lijachóv, Gurévich, Uspenski, Lósev, Konrad y otros”. En Textos y contextos I (Desiderio Navarro), para sólo poner un ejemplo, aparecen Lotman, Lijachóv y otros 19 que Rinaldo no menciona.

Pero lo que “le pone la tapa al pomo” es la nota 3: “Hay que suponer que en este contexto se refiere a la teoría soviética, dado que esta es la que predomina absolutamente en sus planes” (el subrayado es mío). Por favor, estimado lector, me remito nuevamente a mi artículo “De Toledo a…”, revise el Catálogo de Publicaciones 1967-2004 de la Editorial Arte y Literatura y la base de datos (sin terminar). Además de que Rinaldo da una lista incompleta, desinformada,  de los títulos publicados en los años 1975 a 1984 y algunos del 85 y 86, con sólo 40 títulos, para inducir a pensar que mi gestión “total” consistió en esto. Sólo voy a citar algunos autores de los 83 títulos[1] publicados entre 1974 y 1988, sin contar libros de arte o música, o sea de la Redacción de Arte, ni otras temáticas no estrictamente de teoría y crítica literarias, que darían entonces la cifra de 149. Recordemos lo dicho acerca de lo publicado después de 1988, cuando ya Rinaldo estaba en la Redacción y se publicaron libros gestados anteriormente.  

Cito: Moissei Kagan; Mijail Bajtin; A. V. Lunacharski; Bertolt Brecht; Rosa Luxemburgo; G. Lukács; José C. Mariátegui; Mijail Lifschitz; Mella, Ponce y Marinello (Marxistas de América); G. D. Thomson; Galvano della Volpe;  Víctor B. Shklovski; Bogomil Rainov; F. Schiller; Karel Reisz; J. H. Lawson; Bela Balascz; Erich Auerbach; Giambattista Vico; G. E. Lessing; J. G. Noverre; Erasmo de Rotterdam; V. Meyerhold; Max Henríquez Ureña; Eisenstein; Hannes Meyer; Rudolph Arheim; K. Rülicke Weyler; I. Münz-Koenen; K. S. Stanislavski; Isadora Duncan; Heinz Mode; Volodia Teitelboim; Ramón Chao; Rogelio Martínez Furé; Luisa Campuzano, Roberto Fernández Retamar; numerosos autores en antologías por Desiderio Navarro; etc.  

Estos son algunos de los autores que Rinaldo “evitó” en sus proyectos editoriales que quedaron en gavetas, cito de su opúsculo: “Y, por otro lado, evitar volver a publicar [a proyectar debería haber dicho] a autores como Jrapchenko y compañía”.  

Cuando me encontré con Rinaldo, antes de todo este barullo, y le pedí que me diera sus opiniones sobre mi trabajo, me hiciera señalamientos sobre posibles traductores omitidos o títulos importantes, jamás pensé que se ofendería –con la ira de Zeus─ porque no incluí en mi artículo su nombre con todos los “proyectos” realizados por él. Pero muchísimo menos que me atacara, no ya en la valoración de lo publicado durante mi gestión, algo factible de hacer sino fuera por las falsedades y/o desinformaciones proferidas, sino en un ataque personal y acusación de “ensalzarme a mí misma a costa de minimizar o silenciar la contribución y el esfuerzo de los demás” y en una parte anterior “en lo que parece ser un esfuerzo consciente por ofrecer una imagen tergiversada del trabajo realizado por esta redacción.”

 No creo que el ataque personal sea una buena manera de encauzar una polémica, o dar valoraciones discrepantes con otra persona. Es un problema de profesionalidad y hasta de ética. Al principio, cuando recibí el correo electrónico de Rinaldo enviado el día 10 pero recogido en mi correo como spam, por lo que no me percaté del mismo hasta el sábado 19 de abril, pensé en hablar personalmente con él. El domingo 20, y después, algunas personas me comentaron que habían recibido en sus correos esta diatriba de Rinaldo. Entonces creí que la mejor respuesta estaba en mi propio trabajo, que se anexaba en los correos junto con el de Rinaldo (menos mal), y que cada cual podía sacar sus conclusiones, para mí evidentes. Pero ahora, ante la publicación en la revista electrónica La Jiribilla, número 364, del 26 de abril al 2 de mayo, no me queda más remedio que responder lo que considero una infamia. 

No quiero hacer muy largo este trabajo, rebatiendo otros puntos falaces del trabajo de Rinaldo, ni creo que merezca la pena, sobre todo, ponerme ahora a darme autobombo con todo lo que personalmente hice ─ en materia de trabajo, claro, aparte de que mi curriculum tiene cerca de 15 cuartillas y sería harto aburrido─ , que nunca fue mi intención como lo demuestra el siguiente párrafo de mi artículo que cito: “Vemos que al crear esta Redacción, y contando también con la Redacción de Arte, se le dio realmente un impulso a este tipo de publicaciones. Al final de la década del 70 se habían publicado un total de 97 títulos[2] de teoría y crítica desde 1967; en la década del 80 sumaban 141,[3] la década de mayor producción en este campo”. Fíjense en la mención a la Redacción de Arte (V. Malagón su Especialista Principal en aquella época) y la fecha 1967, cuando aún yo ni siquiera había empezado mi carrera en la Universidad.  

La labor editorial es una labor de equipo, donde intervienen múltiples factores, donde hay muchas personas anónimas detrás de un buen libro o de un buen plan editorial (por favor, consultar mi artículo, aparecido en La Jiribilla electrónica No. 89, del 18 de enero de 2003, “Siete lustros de Arte y Literatura”, leído en un acto junto a Ambrosio Fornet). Siempre le hablo a mis alumnos del Taller de Edición, del 3er año de la Facultad de Artes y Letras, de la necesidad de la ética en este trabajo y de la humildad, de lo ancilar (del latín ancilla: esclava) del trabajo de edición, siempre en la sombra, aunque también de la felicidad de ver recién salido de imprenta un libro que uno haya editado. Cuando me inicié en la Redacción de Teoría y Crítica era una muchachita tímida e ignara de 23 años, ahora lo soy un poco menos –lo de tímida e ignara─, teniendo más sabiduría sobre lo mucho que me falta por conocer. Agradezco a todos los que me ayudaron en mi labor, a la infinidad de colaboradores sin los cuales hubiera sido imposible el trabajo de la Redacción de Teoría y Crítica, y que sería excesivo poner aquí con el riesgo de olvidar alguno. A Rinaldo, y que ojalá se le pase la rabieta, ya habrá otras piñatas donde le tocarán más caramelos. A Evaristo García Álvarez, que nunca propuso un libro de Teoría y Crítica porque no era esa su especialidad, sino la de Maestro de Edición, a quien le debo la mayor parte de los conocimientos de edición que tengo ─ también a Ana María Muñoz, Omelio Ramos y otros─, a Evaristo, caballero español, mi amigo entrañable, amistad correspondida como saben los que vivieron esa época en la editorial, mi homenaje por siempre.  

 

[1] Hay diferencias de cifras entre el Catálogo de publicaciones 1967-2004 (último), de la Editorial Arte y Literatura, por el que doy esta cifra, y la base de datos de esta misma editorial. Se trata de diferencias en el año de publicación o algunas omisiones. También entre este catálogo y otros anteriores. 

[2] Según el Catálogo de publicaciones 1967-2004 (último) son 75 títulos.

[3] Según el Catálogo de publicaciones 1967-2004 (último) son 159 títulos.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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