Y podría añadir al título
“apesadumbrada”, si ya la cacofonía
no resultara insoportable. En primer
lugar Rinaldo no entendió para nada
el objeto de mi artículo que estaba
bien especificado en el título: "De
Toledo a La Habana: la literatura
teórica y crítica extranjera en
Cuba: las traducciones (1967-2005)"
(véase
el artículo).
Fue preparado inicialmente para el
9no. Simposio de Traducción
Literaria de la UNEAC, realizado del
27 al 29 de noviembre de 2007. Lo
leí el 28 de noviembre en este
evento y tuvo un aplauso general,
con un público fundamentalmente de
traductores, incluyendo a algunos
que habían estado en el Dpto. de
Traducciones del ICL, que según
Rinaldo yo no menciono en mi
trabajo, a pesar de que en él
escribí: “Pero
no existía un corpus de
traductores que pudiera asumir las
traducciones de temáticas tan
especializadas, en los diferentes
idiomas que presuponía esa vocación
universalista. Esto se iría
desarrollando después, con el núcleo
del Departamento de Traducciones del
ICL y posteriormente también con el
ESTI, aparte de otros traductores
que se irían formando, a veces en
materias alejadas de la propia
literatura”. Mi propósito
medular era enaltecer la labor tan
poco reconocida de los traductores,
limitando el segmento de estudio a
las traducciones de Teoría y
Crítica, que es algo que conozco
bien por haberme ocupado tantos años
de esta Redacción, que fue fundada
por mí en 1974 y de la que me ocupé,
atendí, hasta “casi” 1992
(volveremos después sobre esto).
Podría haber hablado de las
traducciones de literatura, algo
indispensable que debe hacerse ya
(hay algunos trabajos, como el de
Jesús David Curbelo), pero hubiera
necesitado más tiempo. También
quería hablar de las relaciones
entre traductores y editores, de la
dificultad de la traducción, en
especial la de libros de teoría y
crítica, y otros temas afines. Antes
de leer mi trabajo en el evento, le
pedí a Víctor Malagón que lo
leyera, él me hizo algunos
señalamientos que agradecí y tuve en
cuenta; él entendió perfectamente el
sentido del trabajo. Posteriormente
la Sección de Traductores de la
Asociación de Escritores de la
UNEAC, asociación a la cual
pertenezco, en la figura de su
presidenta Lourdes Arencibia, me
pidió que lo leyera en el Encuentro
de Editores que se efectuaría en el
marco de la pasada Feria
Internacional del Libro de La Habana
2008. La directora de mi editorial,
Lourdes González, también me lo
pidió. Y es así como después de
leído me lo solicita La Jiribilla
y también el sitio web de
Cubarte (ver
www.cubarte.cu del 29 de marzo
de este año). Seguidamente La
letra del escriba (como se iba a
demorar en publicarlo lo retiré).
También Aida Bahr para la revista
Signos (pero yo lo había
entregado a La letra…).
Es precisamente antes de
publicarlo en papel, que me
encuentro con Rinaldo, le comento
esto y se lo envío para sus
consideraciones.
Me doy cuenta de un detalle que no
publicó La Jiribilla, pero
que sí estaba en mi envío a Rinaldo
(y a La Jiribilla): la nota
1, que aparecía en el título, y que
dice así:
Este trabajo constituye sólo una
aproximación al tema. La mayoría
de los datos han sido tomados
de catálogos y de la base de
datos, aún en preparación, de la
Editorial Arte y Literatura, que
fue quien casi en su totalidad
publicó este tipo de literatura
como libro, por lo que no se ha
tenido en cuenta otras fuentes
de publicaciones, en particular,
periódicos y revistas. (N.
de la A.).
Esta nota 1 no aparece, y sí la nota
2 como 1. En Cubarte aparece en el
título la referencia 1 de la nota,
pero no aparece la nota 1 ni la 2.
Los que oyeron mi ponencia pueden
dar fe de esto, porque me ocupé de
aclararlo bien antes de empezar a
leer. O sea, que yo me refiero, en
primer lugar, a publicaciones, como
debe ser, no a proyectos quedados
por el camino por mucho que se haya
trabajado en ellos y por buenos que
sean: ¡cuántos buenos libros se
quedaron en planes, inventarios, e
incluso en originales terminados que
nunca vieron la luz, algunos
extraviados para siempre! Muchos más
de los que consigna Rinaldo en su
breve listado. Quienes conocieron y
conocen de verdad el trabajo de Arte
y Literatura saben esto. En segundo
lugar, solamente me ocupo de las
publicaciones en forma de libro, no
de las publicaciones periódicas, que
me hubiera obligado a hacer una
investigación de mucho mayor tiempo.
No obstante, hablo de la revista
Criterios, de Desiderio Navarro,
como una referencia obligada en este
campo, de quien admiro su labor de
traductor, editor, divulgador entre
nosotros de los libros de teoría y
crítica literarias, una labor
realmente excepcional y bien
reconocida. En mis tiempos iniciales
en la Redacción de Teoría y Crítica,
hace mucho tiempo ya, tanto que más
de una bandada de águilas han pasado
por el mar, convidé a Desiderio a
tomarnos una cerveza (creo que fue
en Los siete mares) para limar lo
que parecía ser cierta rivalidad:
allí le declaré a Desiderio mi
imposibilidad de competir con él y
mi deseo de que colaborara con la
Redacción. Y la paz ha durado todos
estos años.
Vayamos ahora al recuento de lo que
según Rinaldo yo “suprimí” para
minimizarlo y ensalzar mi figura.
Sólo 7 títulos se publicaron de los
35 que presenta con algún tipo de
trabajo incorporado durante su
gestión como especialista principal
de la Redacción de Teoría y Crítica,
desde 1988 a 1991(¿fueron 3 años, 2
y medio?; yo me ocupé de ella 14
años y la “atendí” 4 más). De ellos
sólo 1, Los mitos griegos,
publicado como plaquette, fue
incluido en un plan editorial por
él. Los otros 6, según los datos que
él mismo ofrece fueron incluidos
antes de 1988. Quiero
detenerme en algunos: Lenin, el
arte en revolución, gestionado
en 1979 y publicado en 1989, fue una
compilación hecha por mí y tiene mi
crédito para todo aquel que quiera
consultarlo. Por las huellas de
Diderot fue propuesto a mí en
1985 o 1986 en colaboración con la
Universidad de Poitiers, no recuerdo
bien si fue Alain Sicard quien trajo
la propuesta, y yo le pedí
personalmente a Rafael Hernández el
cuento que aparece incluido y que él
escribió expresamente para esa
antología. El libro se demoró
bastante en ser publicado por
diversas razones, en 1995 (año en
que ya Rinaldo no estaba en la
Redacción). Poética, de
Aristóteles, fue uno de los libros
con los que fundamenté la creación
de la colección Clásicos de la
Estética, por la que lamentablemente
se publicaron menos títulos de los
programados (incluido este, según
dato de V. Malagón), recuerdo la
búsqueda de la mejor edición,
consultas con Elina Miranda, etc.
La narratología hoy,
selección de Renato Prada Oropeza,
amigo personal desde tiempo remoto,
gestado en 1986 y publicado en 1989.
En el listado inicial que le envió a
numerosas personas por correo
electrónico, Rinaldo había incluido
Mi vida en el arte, de K. S.
Stanislavski, el colmo de la
desinformación o mala intención, un
libro que yo trabajé como editora
cuando tenía 6 meses de embarazo y
la barriga me tropezaba con la mesa,
traducción de un tal Kaplan, llena
de gerundios y galimatías, por lo
que propuse desechar esta para
buscar una mejor edición, cuando
encontré casualmente en el ISA Mi
vida en el arte en ruso, con
varios capítulos más que le faltaban
a la de Kaplan, publicada en
Argentina; yo le propuse
personalmente a Porfirio Miranda la
traducción, después se le devolvió
un capítulo que estaba mal traducido
y lo rehizo muy bien. En fin…el
mar.
Vamos a ver ahora mi “atención” a la
Redacción de Teoría y Crítica:
- 1974 a 1982: fundé la Redacción
y fui la Jefa o Especialista
Principal.
- 1982 a 1986 (oficialmente enero de
1987): Redactora Jefa de la
editorial, o sea, de todas las
redacciones. Según sus propias
palabras Rinaldo llegó a la
Redacción a mediados de los 80
(¿84?, ¿85?, ¿86?) siendo director
Abel Prieto.
- 1986 (oficialmente febrero de
1987) a 1992: Directora de la
editorial. O sea, yo soy quien
nombro a Rinaldo como Especialista
Principal de la Redacción de Teoría
y Crítica.
En la época que fui Redactora Jefa
de la editorial atendía, más
bien me ocupaba de la Redacción de
Teoría y Crítica en todo lo que era
gestión editorial. Víctor Malagón la
atendía en la distribución
del trabajo a los editores, control
de calidad, etc. Yo hacía los planes
editoriales año tras año a pesar de
ser también Redactora Jefa, pero,
por supuesto y como es normal en un
trabajo editorial, no sólo me basaba
en mis propios pequeños
conocimientos, me nutría de las
proposiciones de innumerables
fuentes: especialistas externos a la
editorial, instituciones diversas,
escritores, propuestas de la
Facultad de Artes y Letras, etc. En
esos años Rinaldo, como editor, pudo
haber hecho algunas propuestas,
viendo su informe y para no entrar
en otras discrepancias, fueron sólo
2 las publicadas. Cuando asumo la
dirección de la editorial en 1986,
se me hace bien difícil seguir
ocupándome de la Redacción que ya
estaba afectada por mi doble
función, es entonces que le propongo
en 1988 a Rinaldo asumirla,
basándome en su inteligencia,
preparación, seriedad en el trabajo,
aunque con un defecto: la lentitud.
En el escrito de Rinaldo está
expuesto todo lo que él trabajó
hasta 1991, las excelentes
proposiciones que hizo, que aplaudí
y animé, bien que las animé.
Desgraciadamente el “período
especial” tronchó tan buenas
intenciones, tan talentosas
proposiciones. Creo que la Editorial
Arte y Literatura debería
retomarlas, crear otra vez esta
redacción con Rinaldo al frente (lo
digo sin ironía), y llegar a
materializarlas.
En la relación de Rinaldo, de todo
lo que él hizo, se añade en alguna
parte: “A esta relación también se
debería añadir Las apostillas al
nombre de la rosa, de Umberto
Eco, publicado en otras partes en
forma de libro, pero que apareció,
íntegro, en la revista Opción”.
Qué raro que Rinaldo no diga que yo
fundé, bauticé y dirigí, número a
número, los únicos 10 números de
Opción que se publicaron de 1987
a 1993, año en que se imprimieron
los números 8, 9 y 10, cuando ya yo
era la directora de la revista
Revolución y Cultura, pero que
Armando Cristóbal, en un gesto de
eticidad que siempre le agradeceré,
publicó con mi crédito, tal como
habían quedado los originales
terminados. Algunas personas han
querido minimizar mi labor al frente
de esta revista, que fue una
verdadera labor de equipo,
inconcebible sin este equipo, tal y
como lo he declarado muchas veces;
se ha dicho que gracias a Vera Piñón
la revista era así, cuando Vera sólo
era la editora “de mesa”,
inteligente y creativa, pero las
propuestas corrían a cargo de los
especialistas principales, como bien
sabe Rinaldo desde 1988 cuando lo
incorporé a la revista; también
alguien dijo alguna vez, y no sé si
era cierto, que Justo Vasco había
dicho que él había ideado la
revista. En fin, miserias…
Dos aspectos más y termino. Me acusa
Rinaldo de no reconocer todo lo que
se hizo antes de 1974 y cita el
nombre de Ambrosio Fornet: por
favor, leer mi trabajo criticado por
Rinaldo donde está bien explícito
esto, en especial párrafos 8, 9 y
11. Todo el mundo conoce esta
destacadísima obra del valioso
intelectual y amigo Ambrosio Fornet.
Por otra parte, maliciosa o
desinformadamente pone entre los
títulos que se publicaron antes de
1974 a Crítica del gusto, de
Galvano della Volpe: todo el que
tenga este libro corroborará que se
publicó en 1978, no fue una
traducción, aún tengo las notas
amarillas de mi estudio sobre este
libro antes de publicarlo, y fui yo
quien le pidió a Eduardo López
Morales el prólogo que lleva:
recuerdo que había una broma acerca
de cuál era más oscuro, si Della
Volpe o Eduardo. Aclaro que el
prólogo de Eduardo es excelente.
Y sobre los títulos que, cito: “no
representaban la corriente fecunda,
creadora, abierta a la recepción de
nuevas ideas y dialogante con el
pensamiento occidental, en la teoría
soviética, sino su opuesto (se
movían dentro de la órbita de la
llamada "ciencia oficial" y el
dogmatismo, o simplemente eran
intrascendentes [o las tres cosas al
mismo tiempo])”, Rinaldo da un
listado: en el mismo aparece En
el laberinto del revisionismo. Ernst
Fischer: su ideología y su estética,
de Surotsev, y no aparece La
espiral de la traición de
Solzhenitzin, de T. Rezác,
publicado en 1979: estos dos libros
NO fueron propuestas mías al plan,
se debieron a coyunturas políticas;
en especial sobre el segundo opiné
en su momento que era un bodrio. Con
respecto a los otros, citemos, La
lucha en las ideas en la estética,
de varios autores, incluye, por
ejemplo, a Ivan Slavov, tan
ponderado en el trabajo de Rinaldo
Acosta por su libro El Kistch,
aunque es cierto que no todos
los autores incluidos son de la
misma categoría. El libro Examen
crítico de los estudios literarios
burgueses (1977), de G. M.
Fridlender, fue una propuesta de la
Escuela de Letras para contrarrestar
el dominio casi absoluto de los
libros de Welleck y Warren y de
Kayser (por donde yo estudié) en la
bibliografía de los estudiantes de
Letras, para tener otro punto de
vista, ya que en estos autores se
centra el fridlenderiano libro
(formato bolsilibro, 103 pp.) de
infortunado título. En el prólogo de
Elena Jorge se dice: “Esto explica
que la Escuela de Letras y de Arte
se haya planteado su traducción,
como una manera de añadir a la
bibliografía existente una obra de
consulta valiosa por la orientación
de puntos de vista revolucionarios
dentro de un terreno tan necesitado
de ello.” Problemas de la teoría
del arte, 4t., autores varios,
fue una propuesta del ISA, cuando
daba clases allí Víctor Ivanov, que
fue quien hizo la recopilación y el
prólogo: junto a ensayos que
concuerdo en que entran en la
definición de Rinaldo, hay otros
como por ejemplo el de M. Márkov,
“Acerca de los fundamentos de la
teoría funcional del arte”; el de M.
Kagan, “El arte en el sistema de la
actividad humana”; el de L.
Stolovich, “Experiencias en la
estructuración del modelo de la
actividad artística”, nada
despreciables. En mi trabajo que
critica Rinaldo, digo: “un
verdadero panorama de la producción
teórica de los años entre el 70 y el
80 en la URSS, aunque con trabajos
desiguales en su calidad teórica,
algunos marcados por el signo del
realismo socialista”. Los
otros títulos que menciona Rinaldo ─
y para no alargar esto─ , aunque no
tengan la fecundidad y brillantez de
otros autores y textos, aunque yo
misma no esté de acuerdo con
determinadas aseveraciones signadas
por la época en que se hicieron,
tampoco merecen ser llevados al
cesto de la basura. En todos los
catálogos editoriales de nuestro
país, y del mundo entero, hay
manchas y soles, y términos medios.
Recordemos a Martí: “los
desagradecidos ven las manchas…” Y
yo agregaría: los malintencionados
añaden tinta a las manchas.
Además, un poco más adelante en su
escrito, Rinaldo expresa: “Lo
correcto hubiera sido traducir a los
estudiosos rusos realmente de
primera línea —algunos de los cuales
todavía siguen siendo publicados
tanto en Rusia como en Occidente—,
como Lotman, Meletinski, Ivanov,
Avérintsev, Lijachóv, Gurévich,
Uspenski, Lósev, Konrad y otros”. En
Textos y contextos I
(Desiderio Navarro), para sólo poner
un ejemplo, aparecen Lotman,
Lijachóv y otros 19 que Rinaldo no
menciona.
Pero lo que “le pone la tapa al
pomo” es la nota 3:
“Hay que suponer que en este
contexto se refiere a la teoría
soviética, dado que esta es la que
predomina absolutamente en sus
planes”
(el subrayado es mío).
Por favor, estimado lector, me
remito nuevamente a mi artículo “De
Toledo a…”, revise el Catálogo de
Publicaciones 1967-2004 de la
Editorial Arte y Literatura y la
base de datos (sin terminar). Además
de que Rinaldo da una lista
incompleta, desinformada, de los
títulos publicados en los años 1975
a 1984 y algunos del 85 y 86, con
sólo 40 títulos, para inducir a
pensar que mi gestión “total”
consistió en esto. Sólo voy a citar
algunos autores de los 83 títulos
publicados entre 1974 y 1988, sin
contar libros de arte o música, o
sea de la Redacción de Arte, ni
otras temáticas no estrictamente de
teoría y crítica literarias, que
darían entonces la cifra de 149.
Recordemos lo dicho acerca de lo
publicado después de 1988, cuando ya
Rinaldo estaba en la Redacción y se
publicaron libros gestados
anteriormente.
Cito: Moissei Kagan; Mijail Bajtin;
A. V. Lunacharski; Bertolt Brecht;
Rosa Luxemburgo; G. Lukács;
José C. Mariátegui; Mijail
Lifschitz; Mella, Ponce y Marinello
(Marxistas de América); G. D.
Thomson; Galvano della Volpe;
Víctor B. Shklovski; Bogomil Rainov;
F. Schiller; Karel Reisz;
J. H. Lawson; Bela Balascz; Erich
Auerbach; Giambattista Vico; G. E.
Lessing; J. G. Noverre; Erasmo de
Rotterdam; V. Meyerhold; Max
Henríquez Ureña; Eisenstein; Hannes
Meyer; Rudolph Arheim; K. Rülicke
Weyler; I. Münz-Koenen; K. S.
Stanislavski; Isadora Duncan; Heinz
Mode; Volodia Teitelboim; Ramón
Chao; Rogelio Martínez Furé; Luisa
Campuzano, Roberto Fernández
Retamar; numerosos autores en
antologías por Desiderio Navarro;
etc.
Estos son algunos de los autores que
Rinaldo “evitó” en sus proyectos
editoriales que quedaron en gavetas,
cito de su opúsculo: “Y, por otro
lado, evitar volver a
publicar [a proyectar debería haber
dicho] a autores como Jrapchenko y
compañía”.
Cuando me encontré con Rinaldo,
antes de todo este barullo, y le
pedí que me diera sus opiniones
sobre mi trabajo, me hiciera
señalamientos sobre posibles
traductores omitidos o títulos
importantes, jamás pensé que se
ofendería –con la ira de Zeus─
porque no incluí en mi artículo su
nombre con todos los “proyectos”
realizados por él. Pero muchísimo
menos que me atacara, no ya en la
valoración de lo publicado durante
mi gestión, algo factible de hacer
sino fuera por las falsedades y/o
desinformaciones proferidas, sino en
un ataque personal y acusación de
“ensalzarme a mí misma a costa de
minimizar o silenciar la
contribución y el esfuerzo de los
demás” y en una parte anterior “en
lo que parece ser un esfuerzo
consciente por ofrecer una imagen
tergiversada del trabajo realizado
por esta redacción.”
No creo que el ataque personal sea
una buena manera de encauzar una
polémica, o dar valoraciones
discrepantes con otra persona. Es un
problema de profesionalidad y hasta
de ética. Al principio, cuando
recibí el correo electrónico de
Rinaldo enviado el día 10 pero
recogido en mi correo como spam, por
lo que no me percaté del mismo hasta
el sábado 19 de abril, pensé en
hablar personalmente con él. El
domingo 20, y después, algunas
personas me comentaron que habían
recibido en sus correos esta
diatriba de Rinaldo. Entonces creí
que la mejor respuesta estaba en mi
propio trabajo, que se anexaba en
los correos junto con el de Rinaldo
(menos mal), y que cada cual podía
sacar sus conclusiones, para mí
evidentes. Pero ahora, ante la
publicación en la revista
electrónica La Jiribilla,
número 364, del 26 de abril al 2 de
mayo, no me queda más remedio que
responder lo que considero una
infamia.
No quiero hacer muy largo este
trabajo, rebatiendo otros puntos
falaces del trabajo de Rinaldo, ni
creo que merezca la pena, sobre
todo, ponerme ahora a darme
autobombo con todo lo que
personalmente hice ─ en materia de
trabajo, claro,
aparte de que mi curriculum
tiene cerca de 15 cuartillas y sería
harto aburrido─ , que nunca fue mi
intención como lo demuestra el
siguiente párrafo de mi artículo que
cito: “Vemos
que al crear esta Redacción, y
contando también con la Redacción de
Arte, se le dio realmente un impulso
a este tipo de publicaciones. Al
final de la década del 70 se habían
publicado un total de 97 títulos
de teoría y crítica desde 1967; en
la década del 80 sumaban 141,
la década de mayor producción en
este campo”. Fíjense en la mención a
la Redacción de Arte (V. Malagón su
Especialista Principal en aquella
época) y la fecha 1967, cuando aún
yo ni siquiera había empezado mi
carrera en la Universidad.
La labor editorial es una labor de
equipo, donde intervienen múltiples
factores, donde hay muchas personas
anónimas detrás de un buen libro o
de un buen plan editorial (por
favor, consultar mi artículo,
aparecido en La Jiribilla
electrónica No. 89, del 18 de enero
de 2003, “Siete lustros de Arte y
Literatura”, leído en un acto junto
a Ambrosio Fornet). Siempre le hablo
a mis alumnos del Taller de Edición,
del 3er año de la Facultad de Artes
y Letras, de la necesidad de la
ética en este trabajo y de la
humildad, de lo ancilar (del latín
ancilla: esclava) del trabajo
de edición, siempre en la sombra,
aunque también de la felicidad de
ver recién salido de imprenta un
libro que uno haya editado. Cuando
me inicié en la Redacción de Teoría
y Crítica era una muchachita tímida
e ignara de 23 años, ahora lo soy un
poco menos –lo de tímida e ignara─,
teniendo más sabiduría sobre lo
mucho que me falta por conocer.
Agradezco a todos los que me
ayudaron en mi labor, a la infinidad
de colaboradores sin los cuales
hubiera sido imposible el trabajo de
la Redacción de Teoría y Crítica, y
que sería excesivo poner aquí con el
riesgo de olvidar alguno. A Rinaldo,
y que ojalá se le pase la rabieta,
ya habrá otras piñatas donde le
tocarán más caramelos. A Evaristo
García Álvarez, que nunca propuso un
libro de Teoría y Crítica porque no
era esa su especialidad, sino la de
Maestro de Edición, a quien le debo
la mayor parte de los conocimientos
de edición que tengo ─ también a Ana
María Muñoz, Omelio Ramos y otros─,
a Evaristo, caballero español, mi
amigo entrañable, amistad
correspondida como saben los que
vivieron esa época en la editorial,
mi homenaje por siempre.