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De las numerosas leyendas que el gran
Enrico Caruso tejió a su paso por La
Habana, hay una que mucho me llama la
atención y que, por cierto, no es muy
conocida. Tiene que ver con su pasión
por los habanos y se desarrolló
precisamente durante un recorrido del
divo italiano por una de las principales
fábricas de tabaco de la capital cubana,
donde se le rindió un homenaje por sus
exitosas presentaciones en la Isla.
Se cuenta que en la referida industria
Caruso interpretó un fragmento de La
Donna é Mobile, de la ópera Rigoletto, y
los trabajadores, exaltados con su arte,
no se contentaron con sonar sus chavetas
en las mesas por diez largos minutos,
sino que, como muestra de su devoción,
le lanzaron al artista un diluvio de
cerca de mil tabacos Romeo y Julieta.
Y cuentan que el agasajado, ligero como
un adolescente, se agachó en un abrir y
cerrar de ojos para recogerlos,
aduciendo que “sería un insulto a estas
damas y caballeros que me los han dado
de un modo tan tropical y además, porque
son muy caros”.
La historia termina cuando al conocer
del suceso, el dueño de la fábrica —de
viaje por el extranjero— le hace enviar
al hotel Sevilla donde el cantante se
hospeda, un precioso humidor lleno de
tabacos con su nombre impreso en los
anillos.
Sea cierta o no esta historia sobre los
días de Caruso en La Habana, es apenas
una de las muchas andanzas que se dice
vivió él célebre tenor italiano en la
capital cubana, adonde llegó en el barco
Miami el 5 de mayo de 1920, para
cumplir el contrato firmado con el
empresario Bracale, —el mejor pagado de
toda su carrera—, y eso que para
entonces sus facultades ya estaban en el
ocaso y moriría de cáncer de la garganta
un verano después.
Sin embargo, contratos como este, —10
mil dólares por función—, cifra
descomunal para la época, pasarían a
mejor vida poco después de la visita de
Caruso, pues a causa de la caída del
precio internacional del azúcar, de la
llamada Danza de los Diez Millones, a
cuyos últimos compases cantó el
italiano, la economía de Cuba pasó en
ese misma época, al período de Las Vacas
Flacas, y ya no sería el momento para
que los poderosos de la Isla se dieran
tan costosos caprichos, aunque este, hay
que reconocerlo, amén del negocio de los
empresarios y de la vanidad de los
nuevos ricos, respondía también al
esplendor que la ópera había alcanzado
en el país, donde se cultivaba con éxito
de público desde el siglo XIX.
Así las cosas, el gran Enrico Caruso,
“amable, verboso y campechano”, como lo
describiera Alejo Carpentier, ajeno a
tales acontecimientos del panorama
nacional criollo, se dejaba querer por
sus anfitriones que lo colmaban de
halagos y reconocimientos a más no
poder, como el del Diploma de Socio de
Honor de la Asociación de Prensa y
pergamino y medalla de oro como
evocación de su actuación en la capital
cubana.
Sus presentaciones en el Teatro Nacional
(hoy Gran Teatro de La Habana),
alcanzarían todo el brillo proporcional
a su bien ganado prestigio.
Lo acompañarán en la escena las
principales figuras del Bel canto,
contratadas especialmente para la
ocasión, como la encumbrada soprano
catalana María Barrientos, con la que
debuta el 12 de mayo con la ópera
"Martha", de Flotow.
Sus presentaciones serán siempre a
teatro lleno, a pesar de que las lunetas
y los palcos cuestan una fortuna, y que,
desde la primera función, el cultivado
público habanero pudo confirmar que su
voz se encontraba ya de capa caída.
Sus actuaciones se extienden a dos
importantes salas del interior de la
Isla: el Teatro La Caridad, de Santa
Clara y el Terry, de Cienfuegos, con
similar éxito de taquilla.
Sin embargo, La Habana vive entonces
momentos muy convulsos y más de una
bomba estremece la ciudad.
Fue así que la última actuación de gran
Caruso en la capital cubana tuvo un
final inesperado que dio origen a más de
una divertida anécdota: un petardo en el
baño del Teatro Nacional, que, aunque
provocó más ruido que estropicios, creó
tal pánico que, según la imaginería
popular, el Divo de los Divos,
aterrorizado, vestido del Radamés de la
Aída, corrió por el Prado a todo
lo que daban sus piernas, siendo
conducido por un policía hasta una
estación, donde la estrella debió sudar
la gota gorda para ser reconocido.
Sobre este suceso hay varias versiones,
incluso algunas muy ingeniosas que se
repiten hasta nuestros días referidas a
la pregunta de: ¿dónde se refugió el
célebre tenor italiano luego que mostró
en las calles de La Habana sus dotes de
buen atleta?
Me imagino que después de tan
rocambolesca aventura, Caruso no pudo
evitar que un escalofrío le recorriera
la espalda, cada vez que encendiera un
delicioso habano, que tanto disfrutara. |