Año VI
La Habana
2008

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Andanzas de Caruso
Josefina Ortega • La Habana
 

De las numerosas leyendas que el gran Enrico Caruso tejió a su paso por La Habana, hay una que mucho me llama la atención y que, por cierto, no es muy conocida. Tiene que ver con su pasión por los habanos y se desarrolló precisamente durante un recorrido del divo italiano por una de las principales fábricas de tabaco de la capital cubana, donde se le rindió un homenaje por sus exitosas presentaciones en la Isla.

Se cuenta que en la referida industria Caruso interpretó un fragmento de La Donna é Mobile, de la ópera Rigoletto, y los trabajadores, exaltados con su arte, no se contentaron con sonar sus chavetas en las mesas por diez largos minutos, sino que, como muestra de su devoción,  le lanzaron al artista un diluvio de cerca de mil tabacos Romeo y Julieta.

Y cuentan que el agasajado, ligero como un adolescente, se agachó en un abrir y cerrar de ojos para recogerlos, aduciendo que “sería un insulto a estas damas y caballeros que me los han dado de un modo tan tropical y además, porque son muy caros”.   

La historia termina cuando al conocer del suceso, el dueño de la fábrica —de viaje por el extranjero— le hace enviar al hotel Sevilla donde el cantante se hospeda, un precioso humidor lleno de tabacos con su nombre impreso en los anillos.

Sea cierta o no esta historia sobre los días de Caruso en La Habana, es apenas una de las muchas andanzas que se dice vivió él célebre tenor italiano en la capital cubana, adonde llegó en el barco Miami el 5 de mayo de 1920, para cumplir el contrato firmado con el empresario Bracale, —el  mejor pagado de toda su carrera—, y eso que para entonces sus facultades ya estaban en el ocaso y moriría de cáncer de la garganta un verano después.

Sin embargo, contratos como este, —10 mil dólares por función—, cifra descomunal para la época, pasarían a mejor vida poco después de la visita de Caruso, pues a causa de la caída del precio internacional del azúcar, de la llamada Danza de los Diez Millones, a cuyos últimos compases cantó el italiano, la economía de Cuba pasó en ese misma época, al período de Las Vacas Flacas, y ya no sería el momento para que los poderosos de la Isla se dieran tan costosos caprichos, aunque este, hay que reconocerlo, amén del negocio de los empresarios y de la vanidad de los nuevos ricos, respondía también al esplendor que la ópera había alcanzado en el país, donde se cultivaba con éxito de público desde el siglo XIX.

Así las cosas, el gran Enrico Caruso, “amable, verboso y campechano”, como lo describiera Alejo Carpentier, ajeno a tales acontecimientos del panorama nacional criollo, se dejaba querer por sus anfitriones que lo colmaban de halagos y reconocimientos a más no poder, como el del Diploma de Socio de Honor de la Asociación de Prensa y pergamino y medalla de oro como evocación de su actuación en la capital cubana.

Sus presentaciones en el Teatro Nacional (hoy Gran Teatro de La Habana), alcanzarían todo el brillo proporcional a su bien ganado prestigio.

Lo acompañarán en la escena las principales figuras del Bel canto, contratadas especialmente para la ocasión, como la encumbrada soprano catalana María Barrientos, con la que debuta el 12 de mayo con la ópera "Martha", de Flotow.

Sus presentaciones serán siempre a teatro lleno, a pesar de que las lunetas y los palcos cuestan una fortuna, y que, desde la primera función, el cultivado público habanero pudo confirmar que su voz se encontraba ya de capa caída.

Sus actuaciones se extienden a dos importantes salas del interior de la Isla: el Teatro La Caridad, de Santa Clara y el Terry, de Cienfuegos, con similar éxito de taquilla.

Sin embargo, La Habana vive entonces momentos muy convulsos y más de una bomba estremece la ciudad.

Fue así que la última actuación de gran Caruso en la capital cubana   tuvo un final inesperado que dio origen a más de una divertida anécdota: un petardo en el baño del Teatro Nacional, que, aunque provocó más ruido que estropicios, creó tal pánico que, según la imaginería popular, el Divo de los Divos, aterrorizado, vestido del Radamés de la Aída, corrió por el Prado a todo lo que daban sus piernas,  siendo conducido por un policía  hasta una estación, donde la estrella debió sudar la gota gorda para ser reconocido.

Sobre este suceso hay varias versiones, incluso algunas muy ingeniosas que se repiten hasta nuestros días referidas a la pregunta de: ¿dónde se refugió el célebre tenor italiano luego que mostró en las calles de La Habana sus dotes de buen atleta?

Me imagino que después de tan rocambolesca aventura, Caruso no pudo evitar que un escalofrío le recorriera la espalda, cada vez que encendiera un delicioso habano, que tanto disfrutara.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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