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Estábamos en una fiesta de la gente de
teatro. Se habían entregado medallas y
distinciones. Algunos de los hombres
relativamente jóvenes y con altos cargos
que otorgaron los lauros se veían
emocionados por estar cerca de esos
rostros que aprendieron a querer desde
el televisor casero o el concierto
masivo. Pasada la solemnidad, se comía y
bebía entre risas y palmaditas en el
hombro. Unos músicos de aceptable
calidad dedicaban sones a los
galardonados. Ella se puso de pie,
avanzó desde su mesa hacia el escenario
para felicitar a los artistas que
procuraban deleitarnos. Se excusó con
exquisitez por tener que retirarse.
Acababa de cumplir los 80 años, cojeaba
ligeramente de un pie, pero estaba
hermosa, femenina, radiante, atractiva.
Muchos cubanos habrán adivinado que me
estoy refiriendo a Rosita Fornés.
Estrella desde los quince años, cambiado
el apellido, adorada por los varones de
diversa posición y poderío, Rosita ha
constituido un mito para tres
generaciones de cubanos. Un amigo
novelista “la lleva un poco recio” en
una espléndida narración en la que evoca
el ambiente de los años cincuenta.
Quiero tanto al autor y tenemos siempre
tantos temas —de intelectuales a
cotidianos y familiares— por compartir,
que se me ha olvidado comentarle mi leve
discrepancia. Ya lo haremos frente a un
buen café y tras comentar en detalles
los últimos campeonatos de pelota.
Lo digo con entera melancolía, con
robusto desconsuelo: nunca he conversado
ni tres minutos con Rosita. El año que
fue designada Premio Nacional de Teatro
yo estaba en el jurado. Después de una
larga noche de bohemia, me metí un
cruento duchazo y fui el primero en
llegar a la reunión. Con esa lucidez de
los amanecidos –que evoca García Márquez
en alguna de sus obras- me dije: “Faltan
nombres que adoro en este premio, pero
el teatro —aunque no sea lo que
prefiero— es también la zarzuela, la
opereta, la comedia musical. Y en esos
géneros, Rosita Fornés y María de los
Ángeles Santana brillaban desde antes
del 1960 de mi nacimiento”.
Me creí original, valiente, polémico y
no era para tanto. Tal parecía que
varios de los miembros del jurado
estaban en lo mismo y la deliberación
resultó breve y compacta.
A pesar de que me he mantenido más bien
lejos de las celebridades —cuando su
amistad no me ha llegado por senderos
naturales— el pequeño farandulero que
muchos llevamos apartado y discreto, me
tentaba a dialogar con Rosita. La
entrega de premios coincidió con un
evento en provincias y los organizadores
nos excluyeron del selecto grupo de los
que volvían a La Habana por aire. Junto
a Tania nos “raspamos” 20 horas de viaje
por carretera; cansados, aburridos, y lo
peor, sin que mi anónima silueta de
admirador pudiese disfrutar unos
instantes de la sonrisa de esa excelente
actriz, esa cantante amada y olvidada
con similar vehemencia; sin que —como
uno más entre millones de cubanos—
pudiera decirle que su emblemática
belleza y su profesionalidad a prueba de
modas o prejuicios, nos ha ayudado a
vivir con unas gotas adicionales de
ilusión. |