Año VI
La Habana
2008

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Rosita
Amado del Pino • La Habana

Estábamos en una fiesta de la gente de teatro. Se habían entregado medallas y distinciones. Algunos de los hombres relativamente jóvenes y con altos cargos que otorgaron los lauros se veían emocionados por estar cerca de esos rostros que aprendieron a querer desde el televisor casero o el concierto masivo. Pasada la solemnidad, se comía y bebía entre risas y palmaditas en el hombro. Unos músicos de aceptable calidad dedicaban sones a los galardonados. Ella se puso de pie, avanzó desde su mesa hacia el escenario para felicitar a los artistas que procuraban deleitarnos. Se excusó con exquisitez por tener que retirarse. Acababa de cumplir los 80 años, cojeaba ligeramente de un pie, pero estaba hermosa, femenina, radiante, atractiva. Muchos cubanos habrán adivinado que me estoy refiriendo a Rosita Fornés.

Estrella desde los quince años, cambiado el apellido, adorada por los varones de diversa posición y poderío, Rosita ha constituido un mito para tres generaciones de cubanos. Un amigo novelista “la lleva un poco recio” en una espléndida narración en la que evoca el ambiente de los años cincuenta. Quiero tanto al autor y tenemos siempre tantos temas —de intelectuales a cotidianos y familiares— por compartir, que se me ha olvidado comentarle mi leve discrepancia. Ya lo haremos frente a un buen café y tras comentar en detalles los últimos campeonatos de pelota.

Lo digo con entera melancolía, con robusto desconsuelo: nunca he conversado ni tres minutos con Rosita. El año que fue designada Premio Nacional de Teatro yo estaba en el jurado. Después de una larga noche de bohemia, me metí un cruento duchazo y fui el primero en llegar a la reunión. Con esa lucidez de los amanecidos –que evoca García Márquez en alguna de sus obras- me dije: “Faltan nombres que adoro en este premio, pero el teatro —aunque no sea lo que prefiero— es también la zarzuela, la opereta, la comedia musical. Y en esos géneros, Rosita Fornés y María de los Ángeles Santana brillaban desde antes del 1960 de mi nacimiento”.

Me creí original, valiente, polémico y no era para tanto. Tal parecía que varios de los miembros del jurado estaban en lo mismo y la deliberación resultó breve y compacta.

A pesar de que me he mantenido más bien lejos de las celebridades —cuando su amistad no me ha llegado por senderos  naturales— el pequeño farandulero que muchos llevamos apartado y discreto, me tentaba a dialogar con Rosita. La entrega de premios coincidió con un evento en provincias y los organizadores nos excluyeron del selecto grupo de los que volvían  a La Habana por aire. Junto a Tania nos “raspamos” 20 horas de viaje por carretera; cansados, aburridos, y lo peor, sin que mi anónima silueta de admirador pudiese disfrutar unos instantes de la sonrisa de esa excelente actriz, esa cantante amada y olvidada con similar vehemencia; sin que —como uno más entre millones de cubanos— pudiera decirle que su emblemática belleza y su profesionalidad a prueba de modas o prejuicios, nos ha ayudado a vivir con unas gotas adicionales de ilusión.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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