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No pensaba posible presentar este libro
y referirme a su autora dado que en
síntesis he dicho en su prólogo cuánto
aprecio el gesto, la decisión, el texto
y ese como develar con la intimidad la
ternura infinita que escondía, con
timidez y decoro, un personaje amado y
respetado y conocido sí, pero tan solo
en algunas de sus facetas. Es que aquel
ser iluminante para toda la izquierda y
en particular la de América Latina y sus
juventudes es, en realidad, todavía más
y más, y puede dar y da y dará ese más y
más según logremos descubrirle en
manantial de virtudes ejemplares.
Virtudes, palabra envejecida pero de la
que José Martí no vacilaba en servirse.
La virtud que puede ser concepto,
entelequia de generalidades, concierne
esta vez a la persona, al uno, y desde
el uno, Che, es otra la dimensión que se
alcanza. A fines de la época soviética,
ya de muerte herida, un dramaturgo y
director teatral, Luvimov, creó para el
teatro Taganca, que retornaba a la
vanguardia, vanguardia que fue primera
víctima del stalinismo, una obra
fascinante, Maiacovski poeta era
representado por varios actores que en
uno se fundían. Esa sería tal vez la
única manera, y bien difícil, de darnos
a un ser que en sí fundía cualidades
diversas, tan diversas, que para
comprenderlas e intelectual y
políticamente gozarlas, tendríamos que
acercarnos así, desde múltiples rostros,
sin dejar de fundirlos.
Aleida March,
y no podía ser otra-otro en tanto que
protagonista, tenía que ser quien
comprendiera que esa tarea, que no
encargó nunca Che, era la suya y va
cumpliendo. Diré que a veces esa labor
tendrá que ser y es desgarradora. Lo sé,
lo sabemos, también los que en nuestra
escala esa prueba sufrimos, los de la
imagen y no solo Camilo que ama la
fotografía; Tristán (Bauer) y yo lo
vivimos, lo sabemos.
Aleida, Aleida, Aleida querida y
respetada, hoy debo subrayar que este
libro de excepcional valor nos inicia
ese recuperar el rostro múltiple para
las nuevas generaciones que deben
conocer a Che completo, ese que con su
vida, con la textura de su ser pudiera,
será, sin duda, inspiración de los
nuevos combates necesarios, tal vez como
Vietnam inspirador de gestas, como en
Cuba, en el Congo, en Bolivia
realizadas, pero tal vez, tal vez
también y más que urgente, repensando la
idea, refundando las bases éticas del
socialismo o, menos ambiciosamente y de
más abierta forma, la del pensamiento
social revolucionario para nuestra
época, la de hoy, y la de nuestra
realidad y sociedades y pueblos, así, en
plural.
Siento en él, Aleida, a Mariátegui (y
solo le cito en ejemplo de original
búsqueda), siento a Che intentando
encuentro de caminos. Y es así, porque
Che no aceptaba dogma alguno, porque no
aceptó jamás la muerte de la idea, esa
ceremonia del pensar que todo cristaliza
para convertirle en directiva; él de
sobra sabía que pensar es un reto que
exige sin descanso abordar la realidad y
conocerla, conocerla a fondo sin
retoques, porque la obra y la acción del
revolucionario es transformarla.
Transformación que en Che pudiera
decirse sembrar vida. Por todo eso, al
presentar el libro ya prologado,
prefiero decir, retomando la obra, que
esa entrega, seguramente dolorosa que
Aleida nos ha dado, no es dación
única.
Dación, subrayo, en ella permanente y
que se crece. El Centro de Estudios
Ernesto Che Guevara vida siembra. Es el
Centro una de las instituciones
revolucionarias más importantes,
decisiva para la juventud cubana, para
las juventudes de América Latina (y del
Mundo), para el renacer de una izquierda
revolucionaria contra todo letargo e
inercia. Aleida va cumpliendo la más
hermosa tarea de su vida, y sé que al
decir la más hermosa tarea de su vida no
exagero, creo que desde el Centro nos
entrega a un Che que se trasciende en
vida, que siembra vida, que es vida. Y
esa es hoy, retorno de su presencia
actuante y trascendente, el mejor
homenaje que pudiese rendírsele, el
único realmente válido. El que nos lo
devuelve.
Casa de las Américas, 20
de marzo, 2008 |