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En diálogo sostenido el pasado
septiembre con internautas españoles, a
Luis Eduardo Aute le preguntaron qué le
faltaba por hacer, y respondió: “Hacer
bien lo que hago”. Más que ingenio en el
juego de palabras, y conociendo la
estirpe del artista, tuvo de tal manera
una prueba más de una naturaleza
creativa que escapa tanto a las
clasificaciones, como al divismo. Pintor
antes que cantante y, sin embargo,
reconocido más por el canto que por los
cuadros, poeta que escribe versos sin
pensar en ponerles música y, sin
embargo, cuando lo hace llega todavía
más al corazón de todos, cineasta que
encuentra placer en el dolor de dibujar
plano a plano un largometraje de
animación, gustador de la música de John
Lennon y Bela Bartok, aficionado a los
filmes expresionistas de la escuela
alemana y a la vez seguidor de la
teleserie norteamericana del Doctor
House, Luis Eduardo Aute pareciera ser
una personalidad difícil y
contradictoria; pero esa imagen se
esfuma ante la consecuencia de la
integralidad de su obra.
Se trata, desde diversos planos de la
expresión, de un discurso crítico sobre
su época y ético, que apela a la
imaginación, ya sea en forma de
metáforas visuales o escritas.
Quizá el testimonio más intenso de ese
empeño lo haya logrado en la película de
animación Un perro llamado Dolor,
en tanto puso a prueba su capacidad
creadora y condensó, en sus tramas y el
derroche estilístico, una buena parte de
sus obsesiones.
Cada una de las siete historias apela al
triunfo de la razón estética, a la vez
que hace evidentes, de manera sucesiva,
las afinidades electivas del artista:
Francisco de Goya, Joaquín Sorolla,
Frida Kahlo y Diego Rivera, Julio Romero
de Torres y Pablo Picasso, Michel
Duchamp, Salvador Dalí y Diego
Velásquez.
A lo largo del filme, Aute nos dice una
y otra vez cómo no quiere ser
posmoderno, si entendemos el término
como esa laxa relatividad en la que todo
y nada vale. La relación de los
paradigmas artísticos con sus modelos,
en su conflictividad, da suficientes
indicios de un sentido de apropiación y
reivindicación crítica del arte.
Esta vocación por legitimar, con aires
de futuro, referencias que le parecen
esenciales para dar sentido a la
creación de imágenes, emparienta a Aute,
como alguien bien ha señalado, con la
línea del sudafricano William Kentridge.
El equivalente tropológico de las más de
4 000 dibujos realizados para animar
Un perro llamado Dolor,
encuentra su contraparte en una de las
canciones más deslumbrantes y agudas del
repertorio de Aute: "La belleza". En
esta, el centro de atención se desplaza
del arte hacia la ideología, aunque
tanto por hacerlo explícito en el título
como en la reflexión de la última
estrofa ("reivindico el espejismo / de
intentar ser uno mismo / ese viaje hacia
la nada / que consiste en la certeza /
de encontrar en tu mirada / la
Belleza”), sea la razón estética una
tabla de salvación.
Esta canción es un acto de fe en el
pensamiento contracorriente a la vez que
una afilada denuncia contra los
cambiacasacas, los extenuados, los
apóstatas, los aburridos, los de la
izquierda
light,
los socialistas que se decían tan reales
que terminaron por ser irreales. Junto a
"El necio", de su entrañable amigo
Silvio Rodríguez, conforma una dilogía a
tener muy en cuenta para estos tiempos,
en que un nuevo Renacimiento está en
marcha. |