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La temática del mundo taurino es uno de
los motivos que más se repite, durante
toda la obra de Miguel Hernández, como
una obsesión metafórica que nunca
abandona, desde que ya por primera vez
aparecen en unos versos de su etapa de
juventud, como una certera iconografía,
en el poema escrito en tercetos Canto
exaltado de amor a la naturaleza:
“en el toro de trágico cuerno; / en el
susurro de las mies; / en el sutil
ciprés eterno”. Esta simbología de lo
taurino se repetirá en muchos de sus
poemas, a través de la búsqueda de sus
muchos registros, con la excepción de su
último libro: Cancionero y romancero
de ausencias, con sus últimos versos
dolientes y serenos, escrito en la
cárcel, La poética taurina siempre se
moverá oscilando en el péndulo entre la
dicotomía del carácter vitalista,
alegre, erótico y sensualista que al ser
frustrado deviene un sentido de lo
trágico donde se reflexiona entonces en
torno al dolor, la pena y la muerte.
La atención que presta Hernández a las
corridas de los toros no es baladí al
poner su mirada en una de las fiestas
más populares de entonces, en las que
los jóvenes de la Vega Baja jugaban al
toro y muchos querían llegar a ser
figuras del toreo, entre ellos su gran
amigo Carlos Fenoll, que en algunas
ocasiones saltó de espontáneo a la plaza
de Orihuela, con el que compartiría
muchas risas.
El mundo de los toros, una fiesta que se
arraiga curiosamente en España, tiene
para algunos mucho que ver con el rapto
de Europa, ya dice la leyenda mitológica
que “Europa era un joven bella, como la
mañana de piel blanca y aterciopelada,
que un día estando jugando al borde del
mar con su compañeras, cuando Zeus la
divisó se enamoró rápidamente y para
evitar los celos de Hera, se transformó
en un toro blanco, de cuernos dorados,
en forma de luna creciente. Europa lo
vio, lo admiró, lo acarició y se atrevió
a montar sobre él. Entonces el animal
divino se arrojó a las aguas y
desapareció en altar mar. De ese modo
llegó a la costa de Creta”. Mucho creen
que de Creta pasó definitivamente a
España.
Muchos son los poetas que han versado la
fiesta de los toros desde Quevedo, Lope
de Vega o Góngora, después de un cierto
olvido por parte de la Generación del
98, hasta llegar la Generación del 27
que lo retomaría con muchos bríos.
Precisamente la generación o grupo del
27 nació en el Ateneo de Sevilla, en
diciembre de ese mismo año, con motivo
del homenaje que se le tributó a Góngora
en el tricentenario de su muerte, con la
colaboración económica del torero y
escritor Ignacio Sánchez Mejías que pagó
el viaje a muchos de los poetas y los
reunió en su finca. Miguel Hernández
tenía entonces 17 años y ya se estaba
fogueando con la creación de sus poemas
sueltos que escribe en libretas, y
otros, que darían paso a su primer libro
Perito en Luna que vería la luz
en enero de 1933 en la colección Sudeste
de Ediciones La Verdad, entonces
el poeta ya tiene 22 años, en el que
presenta 42 octavas reales de carácter
neogongorinas con la inspiración de de
la fábula de Polifemo y Galatea, en un
rotundo homenaje a Góngora.
En este primer libro ya tenemos dos
octavas con temática íntegramente
taurina, la titulada Toro: “¡A la
gloria, a la gloria toreadores!/ La hora
es de mi luna menos cuarto. / Émulos
imprudentes del lagarto, / magnificáos
el lomo de colores. / Por el arco,
contra los picadores, / del cuerno,
flecha, a dispararme parto. / ¡A la
gloria, si yo antes no os ancoro, —golfo
de arena—en mis bigotes de oro!”
Y la titulada Torero: “Por el
lugar mejor de tu persona, / donde
capullo tórnase la seda, / fiel de tu
peso alternativo queda, / y de liras el
alma te corona. / ¡Ya te lunaste! Y
cuanto más se encona, / más. Y más te
hace eje de la rueda/ de arena, que
desprecia mientras junta/ todo tu oro
desde punta a punta”.
Asimismo podemos ver las referencias
taurinas en otras tres octavas excluidas
por razones de espacio que conformaban
Perito en Lunas, en la primera de
ellas leemos: ¡Qué a pulso os sube el
toro, picaores!, / en el pozo a la luz
de la alegría; / hasta el mismo brocal
os subiría/ si fueran más sus rabos
anteriores…”. En la segunda, dice: “La
más húmeda mano te amamanta, / con un
pecho aguador que al año es ciento, /
por tu bocaza en círculo taurino, / si
tumba de crista, tapa de pino…” Y en la
tercera octava, escribe: “Hacia los
rascacielos interiores, / donde baja la
talla de la altura, / taurinos
redondeles de frescura, / los de la mano
se ahorcan en ascensores…”.
Más adelante podemos ver en el poema
Toro escrito en verso corto, cuyos
últimos fragmentos dicen: “Elevando/
toreros/ a la gloria. / Realizando/ con
ellos/ el mito/ de Júpiter/ y Europa”.
O asimismo se puede leer en el final del
poema Clavel-libre, en décimas:
“Hasta que un impulso arquero, / saeta,
lo pone en flujo; para asesinar de lujo,
de perfume algún torero”. En el poema
Carteles, escribe: “Una cornada
miúra, / si jamás se desenlaza/ con una
inminencia amenaza, / recién abierto el
chiquero, / el arrojado sombrero, / por
el pintor, por la plaza...” Así como los
versos de Conjunciones: “Sobre un
hombro el sol se dora/ como un capote de
lijo: / el toro en mí se produjo: / y a
cariz desnuda su enojo, / marcha, sobre
el cuerno cojo, / a combatir sus
asaltos, / atraído por los altos/ tallos
de tu mejor rojo…”.
Especial mención merece la Elegía
media del toro, que así comienza:
“Aunque no amor, ni ciego, dios arquero,
/ te disparas de ti, si comunista, / vas
al partido rojo del torero…”/. Con los
contenidos de este poema dará recitales
y conferencias en el Casino de Orihuela,
así como el 28 de enero de 1933 en la
Universidad Popular de Cartagena y el 29
de abril de ese mismo año en el Ateneo
de Alicante, acompañados con cartelones
pintados por Rafael González y Francisco
Díe.
Analizando la abundante poética taurina
hernandiana, podemos ver este otro
poema, Citación-fatal en el que
dice en una estrofa: “Quisiera yo,
Mejías, / a quien el hueso y el cuerno/
ha hecho estatua, callado, paz, eterno,
/ esperar y mirar, cual tú solías, / a
la muerte: ¡de cara!, / con un calor que
era temor interno/ de que no te matara”.
Una elegía que dedicaría a Ignacio
Sánchez Mejías, unos días después de la
muerte del torero tras la grave cornada
en la plaza de Manzanares.
En el extenso poema Corrida-real
perteneciente al primitivo corpus de
poemas del Silbo Vulnerado nos
encontramos con unos hermosos versos de
una rotundidad total en el que Hernández
plasma toda la estética que rodea al
mundo de los toros, al que dedica
estrofas con los subtítulos de cartel,
plaza, toro, toro y caballos, toro y
banderillero, toro y peón y toro torero,
que así termina: “Enterrador de acero,/
sepulta en grana el arma de su gloria,/
tan de una vez certero/ que el toro, sin
dudar en su agonía,/ le da para señal de
su victoria/ el miembro que aventó
moscas un día,/ mientras su muerte
arrastran cascabeles./—¡Se ha realizado!
el sol que prometía/ el pintor, si la
empresa, en los carteles”.
También en los versos de este primitivo
Silbo Vulnerado nos encontramos
con estrofas taurinas, una en el poema
Diario de Junio-interrumpido que
dice: “Se nutren los chiqueros de
bravura, / los toreros de macho, / si
las plazas de círculos y curvas, / si
los cuernos de espacio”. Y la otra
estrofa en el poema Égloba-nudista:
“Con detalles canísimos de oro de
inaprensibles cuernos, no de toro, / que
apuntan cuando llueve en su manida…/.
Así hasta llegar a este poema amoroso
que titula Primavera celosa,
que dedica a su querida Josefina: en
cuyo párrafo escribe “Vehementes frentes
tremendas/ de toros de amor vehementes/
a volcanes me encomiendas/ y me arrojas
a torrentes”.
En un ínterin sería por mi parte
menester aclarar que es tan exuberante y
rica la temática taurina que abarca
tanto la obra poética como la teatral,
así como todo lo que se refiere a su
primer trabajo remunerado como redactor
en la Enciclopedia “Los toros”, de José
María Cossio, que dicho material daría
para llenar bastantes de las páginas de
este diario, o para escribir un ensayo,
y ni es plan ni esta la razón ni el
objetivo de este artículo periodístico,
motivos, pues, que no son otros que el
mostrar una perspectiva general de lo
que hemos llamado poética taurina en la
poesía de Miguel Hernández.
De un Miguel Hernández, que después de
su primer fracasado viaje a Madrid en
1931, siguen teniendo aún más claro que
su única manera de estar en el mundo, es
la de ser poeta. Después de tener ya
publicado su primer poemario “Peritos en
Lunas, y de tener un nuevo corpus
poético para otro libro, así como los
primeros capítulos de una obra teatral,
volverá de nuevo a la carga con ansias
de triunfo a la capital, a mediados de
marzo de 1934, y esta vez sí consigue la
palabra de José Bergamín para la
publicación de su auto sacramental en la
revista Cruz y Raya. Miguel ahora
regresa contento a Orihuela con las
doscientas pesetas que le hado Bergamín
para que concluyan los actos tercero y
cuarto del auto sacramental. Más tarde,
en julio, volverá a Madrid y después de
ese viaje relámpago regresará de nuevo a
Madrid. Bergamín ha cumplido su palabra
al publicar la obra con el título
Quién te ha visto y quién te ve y sombra
de lo eras en su revista Cruz y
Raya.
De nuevo a Orihuela durante los meses
del verano y del otoño del 34 escribirá
su segunda obra de teatro El torero
más valiente (tragedia española)
inspirada en la muerte del torero
Sánchez Mejías el 13 de agosto de ese
mismo año, en la que trata de abordar un
tema popular y de actualidad con la
pretensión más de conseguir un sustento
económico, que la fama en sí mismo.
Miguel sabía que de su auténtica y
determinante vocación de poeta no iba a
comer, así que con ahínco seguía
escribiendo los versos del El silbo
vulnerado y El rayo que no cesa
con los que regresará a Madrid el 1
de diciembre de ese mimo año, aunque
tampoco tendrá suerte con su pretensión
de que le estrenen su obra El torero
más valiente. Precisamente en la
revista El gallo Crisis de
Orihuela publicará las escenas IV y V de
esa obra tan taurina, en enero de 1935.
En febrero de ese mismo año de nuevo
regresa a Madrid con la firme convicción
de instalarse ahí definitivamente. Y por
fin consigue un trabajo estable ganando
40 duros escribiendo biografías de
toreros en la enciclopedia de José María
Cossio, a partir de esos momentos
conocerá a Pablo Neruda, a Vicente
Aleixandre, a María Zambrano y a otros
que tanto le aportarían, sí, el poeta ya
se codea con la intelectualidad de la
capital.
Los reyes Magos de 1936 no le trajeron
un buen regalo, ya ese 6 de enero del
1936 lo detuvo la guardia civil en San
Fernando del Jarama, cuando iba de
excursión a una ganadería para ver los
toros. Al no llevar la célula de
identidad lo llevaron al calabozo y se
sobrepasaron de lo lindo, hasta tal
punto que en el diario El Sol, apareció
una nota de protesta firmada por los
granado de la intelectualidad española:
Garcia Lorca, Alberti, Cernuda, Pedro
Salinas y Neruda, entre otros.
El 24 de enero de 1936 salía de la
imprenta de los Altolaguirre los
primeros ejemplares de El rayo que no
cesa, en la que incluía la famosa
elegía a Ramón Sijé, que había fallecido
el 24 de diciembre de año anterior,
1935, en el que incluye 4 sonetos
taurinos. En el soneto14, dice:
“Silencio de metal triste y sonoro, /
espadas congregando con amores/ en el
final de huesos destructores/ de la
región volcánica del toro”. El soneto
17 así comienza: “El toro sabe al fin de
la corrida, / donde prueba su chorro
repentino, / que el sabor de la muerte
es el de un vino/ que el equilibrio
impide la vida”. En el 23 escribe: “Como
el toro he nacido para el luto/ y el
dolor, como el toro estoy marcado/ por
un hierro infernal en el costado/ y por
varón en la ingle con un fruto”. Que
cada lector interprete estos y otros
versos a su libre usanza. Y ya en el
último soneto 28, concluye “La muerte,
toda llena de agujeros/ y cuernos de su
mismo desenlace, / bajo una piel de toro
pisa y pace/ un luminoso prado de
toreros”.
Durante ese año en sus poemas sueltos,
utiliza en más de 10 poemas la
simbología taurinas, en algunos con
alusión a la Nación: en España en
ausencia, escribe: “España, España:
¿quién te ha despoblado?/ nación de
toros y de caballeros,/ témpano de
guitarras y tambores…/ En el poema
Nacimiento de España, prosigue:
“Como una piel de toro/ peninsular,
sonora,/ como un radiante puño/ que
dilatara el tiempo,/ dio sobre el mar y
el agua/ se sintió tan hermosa…”.
En 1937, ya en plena contienda de la
guerra civil a la que Hernández se había
unido como un activo miliciano de
izquierdas, se publicó su obra
Vientos del pueblo, “No soy de de un
pueblo de bueyes, / que soy de un pueblo
que embargan/ yacimientos de leones, /
desfiladeros de águilas/ y cordilleras
de toros/ con el orgullo en el asta…”,
.que dedicó a Vicente Aleixandre,
bastantes de estos poemas ya habían
sido publicados en revistas de la época.
También en otros seis poemas de este
libro se puede ver la impronta de la
poética taurina que no cesa. Este libro,
de apasionados versos épicos sobre la
guerra, se inicia con una hermosa elegía
a Federico García Lorca, al que habían
asesinado en Granada. Hernández no le
guardaba ningún tipo de rencor al poeta
granadino, del que dijo: “Él solo era
una nación de poesía”.
Precisamente García Lorca había dejado
escrito su versión de la España, desde
un punto de vista taurino: “Lagartijo
con su duende romano, Joselito con
duende judío, Belmonte con su duende
Barroco y Cagancho con su duende gitano,
enseñan, desde el crepúsculo del anillo,
a poetas, pintores, y músicos, cuatro
caminos de la tradición española”
Hasta llegar al libro "El hombre
acecha que dedicó a Pablo Neruda que
publicó en 1939 en Valencia, meses antes
de concluir la guerra. “Alza, toro de
España: levántate, despierta. /
Despiértate del todo, toro de negra
espuma, / que respiras la luz y rezumas
la sombra, / y concentras los mares bajo
tu piel cerrada/ Despiértate”.
Después vendría la cárcel, la muerte en
vida, y los últimos poemas del libro que
conocemos como Cancionero y romancero
de ausencias, en los que la impronta
taurina ya ha desaparecido. El poeta
encerrado como un ruiseñor en la prisión
de la infamia, como un torero atrapado
en el laberinto por el minotauro, nunca
renegaría de sus ideas: su honor y
manera de entender la ética no se lo
permitían: “Como el toro me crezco en el
castigo; / la lengua en corazón tengo
bañada/ y llevo al cuello un vendaval
sonoro”.
Muchos son los poetas y pintores y
escultores que han inspirado sus obras
en el mundo de los toros, en este
apartado sobresale de manera sin igual,
el poeta universal de Orihuela. La
guerra, que Picasso en su Gernika,
también representa con la figura central
del toro, vino a truncar el momento más
dulce y prometedor de la obra de Miguel.
Siempre nos quedará la incógnita de lo
que poeta hubiera podido hacer, en el
caso de que hubiera sobrevivido después
de la barbarie.
Cambiando de tercio démosle a otro
poeta el privilegio de concluir las
líneas de este artículo que ha querido
glosar la extensa poética taurina de
Hernández, y sin más dilación vayamos al
poema Historia conocida, escrito
en 1960, por José Agustín Goytisolo que
dice así: “Hace tiempo hubo un hombre,
entre nosotros, / alegre, iluminado, /
que amó, vivió y cantaba hasta la
muerte, / libre como los pájaros.
Es una historia conocida, amigos, /
todos la recordamos; —Vientos del
pueblo, se perdió en el pueblo— pero no
ha terminado.
¡Qué bonito sería! Nace, escribe, /
muere desamparado. / Se estudian sus
poemas, se le cita.
Pero su nombre continúa, sigue, / como
nosotros, esperando, / el día que este
asunto, y otros muchos, / se den por
terminados”.
Publicado en Ababol, semanario de
literatura, artes y ciencia del diario
La Verdad de Alicante, Albacete y
Murcia del 21/12/2007.
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