Año VI
La Habana

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de 2008

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La poética taurina de Miguel Hernández

Patricio Peñalver Ortega • Murcia

 
La temática del mundo taurino es uno de los motivos que más se repite, durante toda la obra de Miguel Hernández, como una obsesión metafórica que nunca abandona, desde que ya por primera vez aparecen en unos versos de su etapa de juventud, como una certera iconografía, en el poema escrito en tercetos Canto exaltado de amor a  la naturaleza: “en el toro de trágico cuerno; / en el susurro de las mies; / en el sutil ciprés eterno”. Esta simbología de lo taurino se repetirá en muchos de sus poemas, a través de la búsqueda de sus muchos registros, con la excepción de su último libro: Cancionero y romancero de ausencias, con sus últimos versos dolientes y serenos, escrito en la cárcel, La poética taurina siempre se moverá oscilando en el péndulo entre la dicotomía del carácter vitalista, alegre, erótico y sensualista que al ser frustrado deviene un sentido de lo trágico donde se reflexiona entonces en torno al dolor, la pena y la muerte.

La atención que presta Hernández a las corridas de los toros no es baladí al poner su mirada en una de las fiestas más populares de entonces, en las que los jóvenes de la Vega Baja jugaban al toro y muchos querían llegar a ser figuras del toreo, entre ellos su gran amigo Carlos Fenoll, que en algunas ocasiones saltó de espontáneo a la plaza de Orihuela, con el que compartiría muchas risas.

El mundo de los toros, una fiesta que se arraiga curiosamente en España, tiene para algunos mucho que ver con el rapto de Europa, ya dice la leyenda mitológica que “Europa era un joven bella, como la mañana de piel blanca y aterciopelada, que un día estando jugando al borde del mar con su compañeras, cuando Zeus la divisó se enamoró rápidamente y para evitar los celos de Hera, se transformó en un toro blanco, de cuernos dorados, en forma de luna creciente. Europa lo vio, lo admiró, lo acarició y se atrevió a montar sobre él. Entonces el animal divino se arrojó a las aguas y desapareció en altar mar. De ese modo llegó a la costa de Creta”. Mucho creen que de Creta pasó definitivamente a España.

Muchos son los poetas que han versado la fiesta de los toros desde Quevedo, Lope de Vega o Góngora, después de un cierto olvido por parte de la Generación del 98, hasta llegar la Generación del 27 que lo retomaría con muchos bríos.

Precisamente la generación o grupo del 27 nació en el Ateneo de Sevilla, en diciembre de ese mismo año, con motivo del homenaje que se le tributó a Góngora en el tricentenario de su muerte, con la colaboración económica del torero y escritor Ignacio Sánchez Mejías que pagó el viaje a muchos de los poetas y los reunió en su finca. Miguel Hernández tenía entonces 17 años y ya se estaba fogueando con la creación de sus poemas sueltos que escribe en libretas, y otros, que darían paso a su primer libro Perito en Luna que vería la luz en enero de 1933 en la colección Sudeste de Ediciones La Verdad, entonces el poeta ya tiene 22 años, en el que presenta 42 octavas reales de carácter neogongorinas con la inspiración de de la fábula de Polifemo y Galatea, en un rotundo homenaje a Góngora.

 En este primer libro ya tenemos dos octavas con temática íntegramente taurina, la titulada Toro: “¡A la gloria, a la gloria toreadores!/ La hora es de mi luna menos cuarto. / Émulos imprudentes del lagarto, / magnificáos el lomo de colores. / Por el arco, contra los picadores, / del cuerno, flecha, a dispararme parto. / ¡A la gloria, si yo antes no os ancoro, —golfo de arena—en mis bigotes de oro!”

Y la titulada Torero: “Por el lugar mejor de tu persona, / donde capullo tórnase la seda, / fiel de tu peso alternativo queda, / y de liras el alma te corona. / ¡Ya te lunaste! Y cuanto más se encona, / más. Y más te hace eje de la rueda/ de arena, que desprecia mientras junta/ todo tu oro desde punta a punta”.

Asimismo podemos ver las referencias taurinas en otras tres octavas excluidas por razones de espacio que conformaban Perito en Lunas, en la primera de ellas leemos: ¡Qué a pulso os sube el toro, picaores!, / en el pozo a la luz de la alegría; / hasta el mismo brocal os subiría/ si fueran más sus rabos anteriores…”. En la segunda, dice: “La más húmeda mano te amamanta, / con un pecho aguador que al año es ciento, / por tu bocaza en círculo taurino, / si tumba de crista, tapa de pino…” Y en la tercera octava, escribe: “Hacia los rascacielos interiores, / donde baja la talla de la altura, / taurinos redondeles de frescura, / los de la mano se ahorcan en ascensores…”.

Más adelante podemos ver en el poema Toro escrito en verso corto, cuyos últimos fragmentos dicen: “Elevando/ toreros/ a la gloria. / Realizando/ con ellos/ el mito/ de Júpiter/ y Europa”.  O asimismo se puede leer en el final del poema Clavel-libre, en décimas: “Hasta que un impulso arquero, / saeta, lo pone en flujo; para asesinar de lujo, de perfume algún torero”. En el poema Carteles, escribe: “Una cornada miúra, / si jamás se desenlaza/ con una inminencia amenaza, / recién abierto el chiquero, / el arrojado sombrero, / por el pintor, por la plaza...” Así como los versos de Conjunciones: “Sobre un hombro el sol se dora/ como un capote de lijo: / el toro en mí se produjo: / y a cariz desnuda su enojo, / marcha, sobre el cuerno cojo, / a combatir sus asaltos, / atraído por los altos/ tallos de tu mejor rojo…”.

Especial mención merece la Elegía media del toro, que así comienza: “Aunque no amor, ni ciego, dios arquero, / te disparas de ti, si comunista, / vas al partido rojo del torero…”/. Con los contenidos de este poema dará recitales y conferencias en el Casino de Orihuela, así como el 28 de enero de 1933 en la Universidad Popular de Cartagena y el 29 de abril de ese mismo año en el Ateneo de Alicante, acompañados con cartelones pintados por Rafael González y Francisco Díe.

Analizando la abundante poética taurina hernandiana, podemos ver este otro poema, Citación-fatal en el que dice en una estrofa: “Quisiera yo, Mejías, / a quien el hueso y el cuerno/ ha hecho estatua, callado, paz, eterno, / esperar y mirar, cual tú solías, / a la muerte: ¡de cara!, / con un calor que era temor interno/ de que no te matara”. Una elegía que dedicaría a Ignacio Sánchez Mejías, unos días después de la muerte del torero tras la grave cornada en la plaza de Manzanares.

En el extenso poema Corrida-real perteneciente al primitivo corpus de poemas del Silbo Vulnerado nos encontramos con unos hermosos versos de una rotundidad total en el que Hernández plasma toda la estética que rodea al mundo de los toros, al que dedica estrofas con los subtítulos de cartel, plaza, toro, toro y caballos, toro y banderillero, toro y peón y toro torero, que así termina: “Enterrador de acero,/ sepulta en grana el arma de su gloria,/ tan de una vez certero/ que el toro, sin dudar en su agonía,/ le da para señal de su victoria/ el miembro que aventó moscas un día,/ mientras su muerte arrastran cascabeles./—¡Se ha realizado! el sol que prometía/ el pintor, si la empresa, en los carteles”.

También en los versos de este primitivo Silbo Vulnerado nos encontramos con estrofas taurinas, una en el poema Diario de Junio-interrumpido que dice: “Se nutren los chiqueros de bravura, / los toreros de macho, / si las plazas de círculos y curvas, / si los cuernos de espacio”. Y la otra estrofa en el poema Égloba-nudista: “Con detalles canísimos de oro de inaprensibles cuernos, no de toro, / que apuntan cuando llueve en su manida…/. Así hasta llegar a este poema amoroso que titula Primavera celosa, que dedica a su querida Josefina: en cuyo párrafo escribe “Vehementes frentes tremendas/ de toros de amor vehementes/ a volcanes me encomiendas/ y me arrojas a torrentes”.

En un ínterin sería por mi parte menester aclarar que es tan exuberante y rica la temática taurina que abarca tanto la obra poética como la teatral, así como todo lo que se refiere a su primer trabajo remunerado como redactor en la Enciclopedia “Los toros”, de José María Cossio, que dicho material daría para llenar bastantes de las páginas de este diario, o para escribir un ensayo, y ni es plan ni esta la razón ni el objetivo de este artículo periodístico, motivos, pues, que no son otros que el mostrar una perspectiva general de lo que hemos llamado poética taurina en la poesía de Miguel Hernández.

De un Miguel Hernández, que después de su primer fracasado viaje a Madrid en 1931, siguen teniendo aún más claro que su única manera de estar en el mundo, es la de ser poeta. Después de tener ya publicado su primer poemario “Peritos en Lunas, y de tener un nuevo corpus poético para otro libro, así como los primeros capítulos de una obra teatral, volverá de nuevo a la carga con ansias de triunfo a la capital, a mediados de marzo de 1934, y esta vez sí consigue la palabra de José Bergamín para la publicación de su auto sacramental en la revista Cruz y Raya. Miguel ahora regresa contento a Orihuela con las doscientas pesetas que le hado Bergamín para que concluyan los actos tercero y cuarto del auto sacramental. Más tarde, en julio, volverá a Madrid y después de ese viaje relámpago regresará de nuevo a Madrid. Bergamín ha cumplido su palabra al publicar la obra con el título Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo eras en su revista Cruz y Raya.

De nuevo a Orihuela durante los meses del verano y del  otoño del 34 escribirá su segunda obra de teatro El torero más valiente (tragedia española) inspirada en la muerte del torero Sánchez Mejías el 13 de agosto de ese mismo año, en la que trata de abordar un tema popular y de actualidad con la pretensión más de conseguir un sustento económico, que la fama en sí mismo. Miguel sabía que de su auténtica y determinante vocación de poeta no iba a comer, así que con ahínco seguía escribiendo los versos del El silbo vulnerado y El rayo que no cesa con los que regresará a Madrid el 1 de diciembre de ese mimo año, aunque tampoco tendrá suerte con su pretensión de que le estrenen su obra El torero más valiente. Precisamente en la revista El gallo Crisis de Orihuela publicará las escenas IV y V de esa obra tan taurina, en enero de 1935. En febrero de ese mismo año de nuevo regresa a Madrid con la firme convicción de instalarse ahí definitivamente. Y por fin consigue un trabajo estable ganando 40 duros escribiendo biografías de toreros en la enciclopedia de José María Cossio, a partir de esos momentos conocerá a Pablo Neruda, a Vicente Aleixandre, a María Zambrano y a otros que tanto le aportarían, sí, el poeta ya se codea con la intelectualidad de la capital.

Los reyes Magos de 1936 no le trajeron un buen regalo, ya ese 6 de enero del 1936 lo detuvo la guardia civil en San Fernando del Jarama, cuando iba de excursión a una ganadería para ver los toros. Al no llevar la célula de identidad lo llevaron al calabozo y se sobrepasaron de lo lindo, hasta tal punto que en el diario El Sol, apareció una nota de protesta firmada por los granado de la intelectualidad española: Garcia Lorca, Alberti, Cernuda, Pedro Salinas y Neruda, entre otros.

El 24 de enero de 1936 salía de la imprenta de los Altolaguirre los primeros ejemplares de El rayo que no cesa, en la que incluía la famosa elegía a Ramón Sijé, que había fallecido el 24 de diciembre de año anterior, 1935, en el que incluye 4 sonetos taurinos. En el soneto14, dice: “Silencio de metal triste y sonoro, / espadas congregando con amores/ en el final de huesos destructores/ de la región volcánica del toro”.  El soneto 17 así comienza: “El toro sabe al fin de la corrida, / donde prueba su chorro repentino, / que el sabor de la muerte es el de un vino/ que el equilibrio impide la vida”. En el 23 escribe: “Como el toro he nacido para el luto/ y el dolor, como el toro estoy marcado/ por un hierro infernal en el costado/ y por varón en la ingle con un fruto”. Que cada lector interprete estos y otros versos a su libre usanza. Y ya en el último soneto 28,  concluye “La muerte, toda llena de agujeros/ y cuernos de su mismo desenlace, / bajo una piel de toro pisa y pace/ un luminoso prado de toreros”.

Durante ese año en sus  poemas sueltos, utiliza en más de 10 poemas la simbología taurinas, en algunos con alusión a la Nación: en España en ausencia, escribe: “España, España: ¿quién te ha despoblado?/ nación de toros y de caballeros,/ témpano de guitarras y tambores…/ En el poema Nacimiento de España, prosigue: “Como una piel de toro/ peninsular, sonora,/ como un radiante puño/ que dilatara el tiempo,/ dio sobre el mar y el agua/ se sintió tan hermosa…”.

En 1937, ya en plena contienda de la guerra civil a la que Hernández se había unido como un activo miliciano de izquierdas, se publicó su obra Vientos del pueblo, “No soy de de un pueblo de bueyes, / que soy de un pueblo que embargan/ yacimientos de leones, / desfiladeros de águilas/ y cordilleras de toros/ con el orgullo en el asta…”, .que dedicó a Vicente Aleixandre, bastantes de estos  poemas ya habían sido publicados en revistas de la época. También en otros seis poemas de este libro se puede ver la impronta de la poética taurina que no cesa. Este libro, de apasionados versos épicos sobre la guerra, se inicia con una hermosa elegía a Federico García Lorca, al que habían asesinado en Granada. Hernández no le guardaba ningún tipo de rencor al poeta granadino, del que dijo: “Él solo era una nación de poesía”.

Precisamente García Lorca había dejado escrito su versión de la España, desde un punto de vista taurino: “Lagartijo con su duende romano, Joselito con duende judío, Belmonte con su duende Barroco y Cagancho con su duende gitano, enseñan, desde el crepúsculo del anillo, a poetas, pintores, y músicos, cuatro caminos de la tradición española”

Hasta llegar al libro "El hombre acecha que dedicó a Pablo Neruda que publicó en 1939 en Valencia, meses antes de concluir la guerra. “Alza, toro de España: levántate, despierta. /

Despiértate del todo, toro de negra espuma, / que respiras la luz y rezumas la sombra, / y concentras los mares bajo tu piel cerrada/ Despiértate”.

Después vendría la cárcel, la muerte en vida, y los últimos poemas del libro que conocemos como Cancionero y romancero de ausencias, en los que la impronta taurina ya ha desaparecido. El poeta encerrado como un ruiseñor en la prisión de la infamia, como un torero atrapado en el laberinto por el minotauro, nunca renegaría de sus ideas: su honor y manera de entender la ética no se lo permitían: “Como el toro me crezco en el castigo; / la lengua en corazón tengo bañada/ y llevo al cuello un vendaval sonoro”.

Muchos son los poetas y pintores y escultores que han inspirado sus obras en el mundo de los toros, en este apartado sobresale de manera sin igual, el poeta universal de Orihuela. La guerra, que Picasso en su Gernika, también representa con la figura central del toro, vino a truncar el momento más dulce y prometedor de la obra de Miguel. Siempre nos quedará la incógnita de lo que poeta hubiera podido hacer, en el caso de que hubiera sobrevivido después de la barbarie.

Cambiando de tercio démosle  a otro poeta el privilegio de concluir las líneas de este artículo que ha querido glosar la extensa poética taurina de Hernández, y sin más dilación vayamos al poema Historia conocida, escrito en 1960, por José Agustín Goytisolo que dice así: “Hace tiempo hubo un hombre, entre nosotros, / alegre, iluminado, / que amó, vivió y cantaba hasta la muerte, / libre como los pájaros.

Es una historia conocida, amigos, / todos la recordamos; —Vientos del pueblo, se perdió en el pueblo— pero no ha terminado.

¡Qué bonito sería! Nace, escribe, / muere desamparado. / Se estudian sus poemas, se le cita.

Pero su nombre continúa, sigue, / como nosotros, esperando, / el día que este asunto, y otros muchos, / se den por terminados”.
 

Publicado en Ababol, semanario de literatura, artes y ciencia del diario La Verdad de Alicante, Albacete y Murcia del 21/12/2007.                                             

 

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