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Todo mi cuerpo está aquí, ahora,
mientras escribo, arrastrando un pasado,
fijado al presente, estableciendo un
sentido de futuridad. Me leen. Estoy.
Pocos sospechan que tengo una máscara.
Si nos atenemos a la idea de la
simbólica oriental mi personalidad no
resulta modificada. Ella, la máscara,
es necesaria. Si este texto lo
estructuro con las maneras de la
conversación a viva voz, si soy
escandalosamente disperso, los lectores
terminarán abandonándolo. Entonces,
¡Viva la Máscara!. Aclaro: la susodicha
es la del teórico. Me permitiré una
dispersión: hace ya siglos venimos
oyendo hablar de la incapacidad de
generalización, abstracción, en fin
teoría, de los "pueblos primitivos";
como mucha gente considera al arte de la
narración oral francamente menor, es
decir primitivo, espero que los que así
piensan se dejen influir, porque después
de más de 25 años en la praxis de la
cuentería he venido disfrutando de las
más disímiles hipótesis, tesis,
opiniones y experiencias que arman el
cuerpo teórico de muchos de mis colegas;
sólo que ellos, reyes palabrones,
prefieren trasmitirlo oralmente, rara
vez escriben, evadiendo el "fetichismo
de la escritura" (Lienhard, 1990). Antes
de hacer teoría llevo muchas
horas-conversación dedicados a la
Oralidad. Nadie se molestará si para
ello le robo un fragmento de diálogo. La
conversada es versión de dos.
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Las contingencias, el objetivo que
estamos persiguiendo, la circunstancia
del público rodeándonos por todas
partes, el texto, el autor, nosotros
mismos; no somos modificados en escena,
al menos el Yo esencial no lo es. El
fallo de algunos teóricos radica en que
asumen la parte como el todo, y lo que
es más peligroso, cierran las puertas a
otras verdades posibles. Cuando se dice
que el narrador habla desde su
personalidad y que el actor no, luego
entonces son diferentes cuando no
distintos, estamos negando la existencia
de la máscara que llamaré "personalidad
en escena, que es una persona real, que
tiene “además el parámetro de la
ficción, del “como si” de la
representación” (Pavis, 1989) y que
mediante acciones convencionales o a
través de un discurso orogestual
ejecuta una obra efímera, hecha de
engaños, apropiaciones, juegos, verdades
y emociones, en una sucesión de relatos
o personajes, que hace en nombre propio
o usurpando unas veces el lugar de la
tradición o del autor. Tanto el narrador
como el actor no renuncian a su
personalidad, no la suplantan, es
imposible suspenderla de una persona a
voluntad, sustituirla, no es
clínicamente normal
―aquí
habla una de mis máscaras: el médico―.
Los dos, actor y narrador oral, someten
su personalidad al juego de la escena,
la ponen en función de escarbar en ella,
magnificarla, atemperarla, sacar los
elementos necesarios para construir una
obra de arte, "una verdad
mediante la ficción"
(Barba, 1983), desde y con su cuerpo, y
digo cuerpo en sentido no platónico, es
decir, casa común de la materia y el
espíritu.
Me sigue siendo motivo de preocupación y
desacuerdo aquellas ideas que quieren
hacernos ver al actor como un poseso.
Cito a Miguel Barnet ( 1996),"... la
persona que se posesiona es poseída por
un espíritu o una deidad, un orisha, un
mpungu, o por cualquier ente llamado
sobrenatural, se halla en un estado que
va mucho más allá de toda interpretación
racional, e incluso, de sus
potencialidades reales, al menos las
visibles". Lo que él dice se relaciona
con la interpretación que Fernando
Ortíz hace del asunto, que ve la
posesión como un estado que se encuentra
entre el consciente y el subconsciente.
Es innegable que al construir el
personaje el actor explora estas dos
mitades, por llamarlas de alguna manera,
pero una vez alcanzado el resultado
artístico, la representación, comienza a
funcionar la "interpretación
racional", en la que participan ambos.
El investigador Joel James Figarola,
autoridad en materia de Cultura Popular
e Historia Cubana, en su libro La
Muerte en Cuba (1999) llega a
plantear que "dentro de cada tipo de
posesión - que en Cuba se denomina
'montar'- el practicante en cuestión
introduce características personales muy
especiales. Dentro de la generalidad
formal de cada tipo se encuentran
también los rasgos ( o algunos rasgos)
de la personalidad del poseso. En virtud
de esta mecánica el momento del trance
resulta, en términos culturales,
adicionalmente enriquecido". Unas
páginas más adelante, al enumerar los
rasgos que concurren en la posesión,
plantea que hay "sustitución del ego o
personalidad por otro"; luego entonces
no estamos delante de un actor. El
fragmento citado ofrece un elemento
interesante: la personalidad del poseso
modifica o enriquece la "monta"; pero,
según él, hay suplantación, el cuerpo es
tomado por otra "personalidad". Los
actores no son suplantados, sustituidos,
poseídos, sino que incorporan los rasgos
que materializan al personaje creado por
el autor, al que introducen elementos
sacados de su ego, de la observación y
de la interpretación de lo que entienden
corresponde al personaje, que es una
"ficción", no una persona o una entidad
supranatural; y por otro lado en el
Teatro hay observadores, y el trance no
los admite, sino que "demanda
participantes que puedan ver una visión
común" (Antei, 1998). El actor se
encuentra a medio camino entre la
persona que es y el personaje que
representa, el poseso es, por un
instante, el otro, supranatural,
encarnado. No es lógico que puesto
frente al público y relacionado con los
elementos de la escena, fundamentalmente
los otros posibles participantes, un
actor comience a funcionar de manera
incontrolada e imprevista, incluso hasta
por él, o con una mínima porción de su
personalidad. Asistiríamos al misterio,
a lo inexplorado, sería fascinante como
curiosidad; nunca como espectáculo
teatral. Imaginen por un momento un
escenario lleno de posesos, colmado de
individuos que actúan independientes,
plenos de potencialidades “místicas”
pero sin relación alguna, cada uno
respondiendo a estímulos distintos e
inesperados. Repito, sería interesante
ver el caos, pero no pasaría de ser eso,
interesante o no. Strasberg es
categórico cuando afirma que “el
problema básico del oficio de actor es
la no confiabilidad de las emociones
espontáneas” ( Strasberg citado por
Pavis, 1989).
Así como el actor trabaja en la escena
desde la racionalidad, el narrador oral
también. La misma selección del material
implica ya una participación de la
personalidad, la cultura, la historia
social y personal, las creencias, los
miedos, el yo todo. Sus instrumentos no
son fácilmente enumerables, en tanto
ilimitados y que deben mucho, como el
actor, “a la improvisación y a la libre
expresión”. (Pavis, 1989). El escenario
no es un espejo, ni la otra cara del
espejo, no es la realidad, sino una
realidad nueva, engendrada; creación
racional. Antonin Artaud plantea:
"Necesitamos que el espectáculo al que
asistamos sea único y nos dé la
impresión de ser imprevisto e
irrepetible como cualquier acto de la
vida, como cualquier acontecimiento
producido por las circunstancias... Lo
importante es esto: la formación de una
realidad, la irrupción inédita de un
mundo" (1968); más adelante es
categórico: el teatro "no es imitación
de la vida, sino que la vida es la
imitación de un principio trascendente
con el cual el arte nos vuelve a poner
en comunicación". La narración oral
intenta devolver al hombre contemporáneo
los espacios de comunión que el
desarrollo de la sociedad humana le
niega. El rasgo fundamental de esta
sociedad de hoy es el egoísmo, luego
entonces la narración oral que parte de
lo individual, lo personal, y a su vez
de la expresión colectiva, mina las
bases del egoísmo y las destruye al
poner en movimiento creencias y pasiones
que animan la vida de los grupos y de
las sociedades, convirtiendo a la
literatura y la tradición oral en acción
social. El narrador oral sugiere o
explicita una pequeña parte de la
historia y de sus protagonistas, y el
espectador es quien pone el resto,
dándose un auténtico espacio de creación
colectiva. Ante tales retos y
proposiciones el actor-narrador oral no
va a la escena a improvisar, va a
mostrar el resultado de múltiples
ensayos, conformados por múltiples
improvisaciones, "con la misma voluntad
de hacerse presente y real, con el mismo
rigor de quien sabe darse a ver, sin
exhibirse" (Antei, 1998).
Cuando nos dicen que es atributo
inamovible de la Oralidad, y por
extensión de la narración oral, la
improvisación, recuerdo a los poetas
somalíes, orales, que primero componen
in mente y cuando consideran
acabada la obra, la muestran ( Colombres,
1997). Me gusta repetir con Adolfo
Colombres, maestro que mucho me ha
influido, "que no siempre en la Oralidad
la creación es hija de la improvisación,
ya que los bardos utilizan un mecanismo
similar al de la escritura" (
ídem.). Recuerdo empecé a meditar sobre
esto cuando en un texto de Eliseo Diego
sobre los Hermanos Grimm (1966) leí que
Frau Catalina Viehmann, narradora oral
e informante, "jamás altera parte
alguna... y si comete algún error ella
misma lo rectifica en cuanto se percata
de él. La impaciencia por la variedad"
(ídem.) es cosa nuestra. Ahora bien,
podemos poner múltiples ejemplos que
validan la tesis de la primacía de la
improvisación, incluso la practica
―criterio
de la verdad según los marxistas―
lo reafirma. Ese no es un asunto
esencial; a su favor podríamos esgrimir
que en Latinoamérica se privilegia la
figura cenital del cuentero, un
improvisador nato; pero valdría la pena
entonces preguntarnos cómo fue que llegó
hasta nosotros el Pop Wuj
―según
Adrián I. Chávez ese es el nombre
correcto de lo que conocemos como Popol
Vuh―,
o cómo en 1533 Fray Andrés de Olmos, en
1536 Fray Toribio Montolínea y en 1547
Fray Bernardino de Sahagún, y otros,
pudieron recuperar textos precolombinos
si no es por la ayuda de hombres
dedicados y memoriosos que los
“fijaron”, aun cuando ese fuera más un
acto de conservación que de fijación.
Los investigadores reconocen que "las
tradiciones en que se emplean recursos
mnemotécnicos para facilitar la
remembranza de los sucesos son también a
menudo confiables" (Perbi, 1998). Negar
la memoria, la posibilidad de
permanencia en ella, la memorización,
nos hace cómplices de los que pretenden
magnificar la escritura en detrimento de
la palabra a viva voz, ya que según
ellos "la Oralidad - desde antiguo
atractiva, pero siempre engañosa-...
apenas ata, no establece mayores
compromisos; al no dejar huellas
perdurables
―evidencias,
en lenguaje forense―
ofrece cierto margen de impunidad"
(Eguren, 1998). Lo esencial
humano es ella, no sólo por anterior en
el tiempo sino porque nace del mismo
cuerpo, lo nombra a él y a sus
creaciones. Jacques Lacan llega a
afirmar que es "el mundo de las
palabras es el que crea el mundo de
las cosas" (citado por Colombres,
1997). Se pondera una y otra vez
la improvisación buscando un mayor
espacio de confianza, intimidad y
verdad, que se cree ella puede
propiciar; pero "... el hecho esencial
es que el actor no debe actuar para la
audiencia, sino para confrontarse con
los espectadores con su presencia. Mejor
aun, debe cumplir un acto auténtico
frente a los espectadores, un acto de
sinceridad y de autenticidad extremo,
aunque disciplinado" (Grotowski,
1968). De lo anterior se desprende que
los unos y los otros se proponen un fin
común: que el teatro y la narración
oral sean "lo que acontece entre el
espectador y el actor" (Antei, 1998), y
el narrador oral, agregaría.
Me gustaría extenderme brevemente en el
asunto de la improvisación. Con
independencia de nuestros puntos de
vista teóricos o métodos de trabajo, es
un hecho comprobado que el narrador oral
termina fijando un texto e inscribiendo
en el espacio una serie de acciones que
repite una y otra vez, porque
contrariamente a lo que muchos imaginan
no son las acciones físicas las que
condicionan la emisión del texto, sino
todo lo contrario: las palabras “son el
medio para que la acción progrese. Son
la acción” (Vinaver, 1982. Citado por
Pavis) y ellas determinan y condicionan
los lenguajes no verbales. La cadena de
acciones y de sucesos del texto, depende
únicamente de las palabras. El tono, el
timbre, la intensidad y el ritmo con que
estas son emitidas, las cargas de
significado que ellas portan, terminan
configurando el relato tanto desde el
punto de vista sonoro como visual. Ahora
bien, lo anterior para nada significa
que los lenguajes no verbales (gesto,
mímica, actitud, postura y pose) sean un
complemento del lenguaje verbal, una
producción sucedánea de la emisión del
texto o sencillamente “el hijo deseado
de la palabra" o meras “técnicas de
acompañamiento”. Los lenguajes no
verbales son portadores de sentido y
aportadores de signos, ellos identifican
al narrador oral delante de su público,
lo muestran, configuran el exterior de
su "personalidad en escena", cumplen una
función psicomotora y configuran la
imagen del espectáculo. De la
improvisación saltamos a los lenguajes
en los que ella se mueve, en los que
ella se expresa, y esto nos conduce
directamente a un asunto de definición
importante: ¿Debemos seguir llamando a
nuestro arte narración oral?, ¿No sería
mejor usar el término Narración
Orogestual (Matos, 1989) o narración
oral escénica (Garzón Céspedes)?
narración oral. Prefiero llamarle
narración oral, arte de contar cuentos
que se ha venido configurando en sus
múltiples variantes en dependencia los
hombres, de los tiempos y de los
espacios en los que le ha tocado vivir.
Caverna, maleza, plaza, árbol de la
palabra, templo, palacio, hogar,
caserío o teatro, estos han sido los
espacios en los que un hombre solo y
usando todo su cuerpo, toda su voz, toda
su personalidad en escena ha querido
contar la historia, su historia o las
historias y ha encontrado las orejas que
las sostienen y las devuelven.
Hasta aquí he escrito sobre el actor y
el narrador oral, es decir, de teatro y
narración oral. Sin olvidarme de mi
propia teoría sobre el origen ritual
del primero y el mítico de la segunda,
hoy gustaría ampliarla. La
refuncionalización del arte de narrar
oralmente provocó, en la segunda mitad
del siglo XX y en distintos puntos del
planeta prácticamente al unísono, la
necesidad de estructurar un discurso
nuevo desde ella; así en Francia,
Italia, Noruega, Brasil, Argentina, la
renovación garzoniana en Cuba e
Iberoamérica, la teoría y práctica de
Misael Torres en Colombia con su Teatro
de la Fiesta Popular, y otros, me han
llevado a completar el concepto inicial.
La narración oral hoy es un Complejo
Mítico-Ritual. El Teatro también. Pero
como soy cuentero, les dejo para un
próximo artículo este tema, que merece
hondura y detenimiento.
Mi trabajo, la investigación, el estudio
y otros tantos diálogos, han propiciado
en mi un acercamiento al Teatro,
desprejuiciado, lleno de curiosidad y
celo. Pensar con Stanislavski ha sido
extraordinario. Les regalaré el primer
regocijo: el sí mágico. Cuando el actor
se enfrenta a la "construcción del
personaje" se pregunta ¿ si yo fuera...
cómo sería?, pongamos un ejemplo: el
actor representará Hamlet, entonces se
pregunta ¿ si yo fuera Hamlet...?. A
estas alturas ustedes dirán ¿ a dónde
nos lleva?. Paciencia, estamos llegando.
Usemos un ejemplo similar, el narrador
oral quiere contar El hombre
marinero, de Onelio Jorge Cardoso,
entonces su pregunta será... ¿si yo
fuera el narrador del cuento cómo... ?.
Espero que a estas alturas estemos de
acuerdo que tanto el actor como el
narrador contemporáneo, que cuenta en
"todos los espacios" (Garzón Céspedes,
1993), incluido el escenario teatral,
está obligado a ofrecer un espectáculo y
no el proceso para llegar a él. Las
diferencias, seamos exactos, la
diferencia sustancial que veo entre
estas dos manifestaciones escénicas
está en el proceso: unos van por el
camino del personaje o los personajes y
otros vamos por el de la estructuración
de la historia asumiendo el punto de
vista del narrador. Aun cuando le
hagamos una versión, estaremos ante la
pregunta ¿Si yo fuera el narrador cómo
construiría la historia? Quiéranlo o no,
de acuerdo o no, estamos ante un
personaje: EL NARRADOR. Esa es
nuestra máscara, nuestra persona,
nuestra personalidad. El ser humano es
indivisible; puesto en situación
espectacular, dígase actor o narrador
oral, no deja de ser quien es, sólo que
echa a funcionar ese mecanismo que he
llamado personalidad en escena, y que
ojalá adquiera la "cierta majestad
ceremonial, cierta elegancia que viene
de la raíz del ser, y la fidelidad casi
fanática a los diseños de la palabra
viva", que el poeta Eliseo Diego creía
distinguir en "los verdaderos narradores
populares de cualquier latitud o
lengua". |