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El inicio de 1897 en la Isla,
presentaba un panorama nada grato para
gran parte del pueblo cubano. En
Diciembre del año anterior había
terminado la Invasión de Oriente a
Occidente, una proeza guerrera llevada
a cabo por los mambises cubanos y
dirigida por los gloriosos Gómez y
Maceo. Los españoles celebraban la
muerte de Antonio Maceo, una pérdida
irreparable para los cubanos y Valeriano
Weyler, capitán General de la Isla,
había decretado la Reconcentración de
los campesinos en las ciudades y
poblados con el fin de impedir que se
sumaran a las tropas mambisas o les
suministrarán ayuda. La Habana, era
azotada también por una epidemia de
viruela que afectaba principalmente a
los reconcentrados.
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En contraste a lo anterior, otra cara
mostraba la capital cubana para los
turistas y visitantes: los acaudalados
magnates del azúcar y el ganado vacuno,
los grandes comerciantes habaneros de
productos comerciales, víveres y
bebidas, se permitían el lujo de invitar
a figuras relevantes de las artes y las
ciencias a exponer públicamente sus
últimos inventos, entre ellos: la
dinamita, el telégrafo, la fotografía,
la refrigeración, el teléfono, el
kinetoscopio de Edison, motivo por el
cual muchos de estos inventos llegaron
tempranamente a nuestro país, antes que
a otros de Hispanoamérica. También la
ciudad se daba el lujo de disfrutar de
grandes figuras artísticas del canto y
la escena internacional como Sarah
Bernardt, María Guerrero, José Valero,
María Tubau y la bailarina Fanny Essler.
De esta forma también llegó muy
rápidamente a Cuba, uno de los inventos
más importantes que cerraría ese
glorioso siglo XIX: el Cinematógrafo de
los hermanos Lumiere, que se convertiría
muy rápidamente en el Cine de nuestros
días.
Solamente un año y 15 días habían pasado
de la fecha en que Louis y Augusto
Lumiere, presentaron por primera vez el
cinematógrafo en proyección pública en
el Grand Café de París, Francia,
superando técnicamente al diverso grupo
de artefactos que existían entonces,
tratando de reproducir las imágenes de
la vida real. Al seleccionar los países
de América a los que llevarían su
prodigioso invento, los hermanos Lumiere
no habían olvidado a Cuba, pues aunque
era todavía una colonia española, en
Francia se sabía que los mambises
estaban a punto de lograr la victoria
por las armas, y que con esa victoria
vendría una independencia que lo
situaría entre los buenos clientes con
que pensaban contar en este continente.
El representante de la casa Lumiere,
Gabriel Veyre, designado para dar a
conocer el invento en América, llega el
15 de enero de 1897 a Cuba, desde la
villa de Veracruz, México, después de
pasar por este país y por Río de
Janeiro, Brasil con la invención que
asombraba a los ojos del mundo. Durante
una semana, Veyre preparó las
condiciones en el local situado en Prado
126 entre los Bomberos del Comercio y el
Teatro Tacón, lugar este que había
acogido con gran aceptación la
Exposición Imperial donde la elite de la
sociedad habanera pudo admirar bellas
vistas fijas en una especie de poliedro
habilitado con gemelos especiales para
que el público disfrutara de una
magnífica exposición de fotografías de
paisajes y arquitecturas europeas.
Veyre siguió una estrategia muy hábil,
ofreció la víspera de la inauguración
oficial, una velada especial para la
prensa habanera en la tarde noche del
día 23 de enero de 1897. A la mañana
siguiente los principales diarios
reseñaron el éxito del espectáculo
presentado, destacando la superioridad
del proyector Lumiere, sobre su rival el
Kinestocopio Edison, que casualmente se
había presentado también en La Habana,
en fecha reciente. Es bueno aclarar que
el local escogido, se trataba de un
espacio largo y estrecho, donde a más
caber, podrían sentarse de 70 a 80
espectadores.
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El domingo 24 de enero de 1897, se
produce la primera exhibición comercial
de cine en nuestro país. La rapidez de
los cambios de los rollos de las
películas y la mejor nitidez de las
imágenes animadas hicieron vibrar de
emoción al público reunido que veía por
primera vez un invento que quedaría para
la historia. Los allí presentes fueron
los primeros en ver el clásico filme
silente El regador regado junto a
otras no menos atractivas películas que
solo duraban varios minutos de duración,
cada una de ellas. Entre ellas estaban:
La partida de naipes, La
salida del tren (precursora de los
distintos planos en el cine) y El
sombrero cómico. Para dar gusto a
las autoridades locales, Veyre también
incluyó un par de películas filmadas en
España: Infantería española en vivac
y Artillería española en combate.
El primer día de proyección en sus diez
tandas pasaron por la sala cerca de un
millar de espectadores. Los beneficios
del empresario francés se acercaron a
los 400 pesos. La gente salía
entusiasmada y muchos volvieron a entrar
para repetir el espectáculo. El diario
El País del 25 de enero, reseñó
lo siguiente:
“El público gozó de lo lindo y aplaudió
más y mejor las diferentes vistas que
por sus ojos pasaron, llenas de
movimiento y vida, con tal verdad que
realmente parece que presenciamos las
escenas realizadas en el instante que se
tomaron las fotografías.”
El éxito alcanzado por Veyre y su
relación con la famosa actriz María
Tubau, que se interesó grandemente en el
invento, llevó a que se filmara en pocos
días, la primera película filmada en
Cuba: Simulacro de incendio,
corto de un minuto de duración que
fotografiaba el ajetreo del Cuerpo de
Bomberos de La Habana, durante un
incendio y la algarabía del público
reunido alrededor. Esta primera película
cubana se filmó el 7 de febrero de
1897. Posteriormente, esta cinta pudo
verse también en el cinematógrafo Veyre
de Prado 126, demostrando al pueblo de
la capital que las imágenes captadas en
su propia tierra podían verse también en
el nuevo espectáculo.
El cine fijó su residencia, semanas
después en el Teatro Irijoa (hoy
Martí), que fue el primer teatro
convertido en cine en aquel entonces.
Poco más de un año más tarde, al
desaparecer el coloniaje español sobre
la Isla, regresó de su exilio mexicano
el actor cubano José E. Casasús, primer
cubano que proyectó y filmó películas en
Cuba, siendo asimismo el primero en
iniciar lo que pudiera calificarse como
cine publicitario, puesto que por cuenta
de la cerveza Hatuey dirigió y actuó en
una película títulada El brujo
desaparecido, realizada en los
últimos meses de 1898. Años después en
1902, surgiría en La Habana, el primer
salón cinematográfico, especialmente
construido para cine el Florodora, que
se levantó en la Calzada del Cerro,
esquina a Palatino, y que fuera después
el conocido cine Maravillas (hoy
inactivo).
Gabriel Veyre, que había nacido en un
pueblo cercano a Lyon, Francia y era
farmacéutico de profesión, abandonó la
Isla el 8 de mayo de 1897 y
posteriormente, pasó a Venezuela, y
luego a Colombia, de donde regresó a
Francia, enfermo y arruinado.
También, más tarde, llevó el cine a
países del sudeste asiático y a
Marruecos, donde llegó a ser consejero
del Sultán de quien se dice le regaló un
palacio. En ese país del norte de
África, además, introdujo la bicicleta,
el automóvil, la radio y electrificó
varias ciudades. Murió en Marruecos,
después de 36 años de trabajo, en la
década de los años 30, del siglo pasado,
su nombre pasará a la Historia del Cine
como el introductor del cine en
Latinoamérica y en África.
La Habana, 8 de marzo de 2008.
BIBILOGRAFÍA.
Agramonte, Arturo.
Cronología del Cine Cubano. La
Habana 1966
Douglas, Maria Eulalia.
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M. Trayectoria del cine en Cuba
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Página Web de Directores
del Cine mexicano. Gabriel Veyre.
2007. |