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Invitado por la Muestra de Nuevos
Realizadores, el joven realizador
chileno Matías Bize estuvo recientemente
en Cuba. Vino a exhibir sus tres
largometrajes, que lo han convertido en
una de las grandes promesas del cine
chileno y en el más prolífico director
joven de su país.
Hace unos años Matías estuvo en Cuba
para traer su película En la cama,
una cinta intimista que ganó el Tercer
Premio Coral en el Festival del Nuevo
Cine Latinoamericano.
A pesar de su juventud parece muy seguro
de lo que quiere. Le interesa tratar el
amor en sus películas. Desde distintos
ángulos, sus tres largometrajes se han
acercado a este tema, siempre desde una
perspectiva intimista, que se revela en
las relaciones casi confidenciales que
establecen sus protagonistas. En la
cama, su segundo largometraje, fue
bastante mal interpretado, pues durante
casi dos horas un hombre y una mujer
pasan una noche juntos. Pero no es una
película sobre sexo. El sexo es solo un
accidente agradabilísimo que sirve para
iniciar las confesiones entre dos
personas. Son desconocidos y nunca más
se verán. Tanto mejor. La verdad solo se
le puede decir a alguien en quien se
tiene absoluta confianza o a alguien
absolutamente desconocido.
A Matías también le interesa hacer
películas. Cuando era estudiante quería
filmar un largometraje, pero nadie le da
dinero para filmar a quien no ha filmado
antes. Le urgía hacer una película, pero
para poder hacerla, debía presentar un
largometraje en su currículo ante los
patrocinadores. El cine está lleno de
paradojas. La primera paradoja es que,
en tanto arte, se cotiza como objeto
comercial. Es creación, pero carísima.
Es, de todas las artes, la más cara de
hacer y la más barata de comprar. Nace
de la intimidad de un creador, pero se
forma en la reunión de un populoso
equipo de realización. Se hace para que
sea vista y comprendida por un individuo
en su intimidad, pero es un fracaso si
no es vista por miles de individuos,
aunque no la comprendan. Los gastos de
una película solo se recuperan cuando es
vista y comprada por muchos, pero hay un
cine, el que le interesa a Bize, que
desgraciadamente está hecho para ser
visto por pocos. En el cine, o el
cineasta tiene ya una fama que venda sus
películas; o dinero que le sostenga los
gastos; o hace películas que se compren
para pasar la tarde. Pero Matías comenzó
sin fama, sin dinero y con deseos de
hacer cine de autor. No le quedó más
remedio, para poder hacer cine, que
filmar una película sin cortes y sin
presupuesto. Salió Sábado, una
película en tiempo real, mirada de
reojo por la crítica, pero que ganó
algunos premios y le abrió su currículo.
Fue una osadía que pudo salir peor. Así
es el cine.
Por eso mismo renunció desde el
principio a contar historias que
encarecieran sus películas. En sus
cintas cuenta historias despojadas de
relatos paralelos, explicativos y
previos a la narración principal. A
penas le da tiempo a su equipo para que
filme y le da facilidades ilimitadas de
improvisación. Sin embargo, sus
historias no son improvisadas. Son
siempre intimistas y sostenidas por
recios diálogos que escribe él mismo.
Sus personajes tienen sobre todo
oportunidad de hablar. Las charlas
apenas cuestan y dan mucho. Una buena
conversación no la supera la más
arriesgada y costosa de las
ambientaciones. Es aventurado señalarlo,
pero podría decirse que las mejores
películas no son las mejores hechas si
no las de los grandes diálogos. Otra
paradoja.
Su tercera cinta, Lo bueno de llorar,
aunque sigue la línea intimista y
personal de las otras dos, vendría a ser
la antagonista de En la cama.
Esta enfrenta a dos personajes en el
inicio de una relación; Lo bueno de
llorar lo hace desde una ruptura.
Pero, sorprendentemente, lo diferente
que Matías le ve a ambas películas es el
tiempo en que se desarrollan. Una es más
veloz que la otra, porque el inicio de
un romance es ágil y atropellado; la
ruptura, en cambio, es torpe y lenta.
También las distingue por la actitud de
sus protagonistas. El principio está
lleno de ilusiones, de sueños, de
verdades ingenuas o de verdades a media,
que luego podrán o no convertirse en
mentiras; el fin está lleno de mentiras
que se descubren, de desencantos y de
resentimientos. En ambas películas, los
personajes solo conviven mientras dura
el metraje. Luego se separarán para
siempre.
A Matías no le interesan los grandes
temas. El fin y el principio de una
relación amorosa son solo pequeñas
partes de la vida, aun cuando sean las
más importantes. El resto de la vida
parece pasarle por delante sin que le
inmute. Disfruta con filmar pequeños
momentos de la vida, momentos clave que
por cortos apenas se ven, pero que
marcan el resto de la existencia. Son
momentos en los que el pasado y el
futuro se encuentran frenéticamente,
para luego seguir cada uno por su lado,
pero marcados por la revelación. Sus
personajes están condenados después de
cada película a quedar congelados por la
revelación.
Su mirada le hace lucir mayor. No alza
la voz y no argumenta demasiado sus
respuestas. Mira pensativo a su
alrededor. Tal vez le hace un poco de
rechazo a esta reunión sin intimidad, en
la cual hay más de dos personas
relacionándose entre sí. Es gracioso,
porque entre el público no se siente la
agitación de las conferencias de prensa.
Matías parece haber contaminado el aire
con una crisis de intimidad. Quién sabe,
quizá ya ha elegido a dos de entre
nosotros para su próxima película. |