Año VI
La Habana

13-24 de FEBRERO
de 2008

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Entrevista con Rolando Rodríguez

El destino manifiesto de hacer libros

Yinett Polanco • La Habana
Fotos: La Jiribilla

 

Entre los lauros que se otorgan durante la Feria Internacional del Libro el Premio Nacional de Ciencias Sociales ocupa, sin duda, un lugar relevante. Concebido para reconocer el trabajo de quienes han dedicado su vida a enriquecer la investigación y el pensamiento intelectual cubano, este premio nacido en 1995 recayó este año en el historiador Rolando Rodríguez.

Graduado de Derecho, Rolando ejerció durante algunos años como profesor de Filosofía de la Universidad de La Habana. Fundador del Instituto Cubano del Libro en 1967 y director de esa institución durante 15 años, en la actualidad se desempeña como asesor de la Secretaría del Consejo de Ministros de la República de Cuba y vicepresidente de la Fundación Iberoamericana Cultural y Científica José Martí. Sus trabajos sobre la historia de la Isla han aparecido en periódicos, revistas y antologías como Mella: Cien años, donde Rolando publicó un trabajo sobre las relaciones de Mella con los venezolanos emigrados en Cuba. Entre sus títulos de su autoría se cuentan Cuba y la victoria militar y diplomática sobre la Sudáfrica del apartheid: un punto de vista cubano; Una visión cubana del 98; Cuba, la forja de una nación; Dos Ríos: a caballo y con el sol en la frente; Bajo la piel de la manigua; la novela República angelical y Cuba: las máscaras y las sombras, la primera ocupación, de edición reciente.

De las facetas de su trabajo se habla mucho de la investigación histórica, pero muy poco de su labor como fundador del Instituto Cubano del Libro (ICL), el cual presidió durante 15 años, ¿qué significó esa etapa para Rolando Rodríguez y qué recuerdos guarda de aquella experiencia?

Creo que has puesto el índice en la herida. Tanto se refieren los amigos a mi trabajo en la investigación histórica o a la redacción de mi única novela, que hasta a mí se me olvidan, a veces, mis 15 años en el Instituto del Libro y, sin embargo, debo decir que amé apasionadamente esa labor y siempre regresa a mí. Es más, ni siquiera tengo el derecho de olvidar mis cuatro años en el departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y mis horas como su director. No soy solo un investigador histórico: soy un profesor de Filosofía, un dirigente de las editoriales y ahora ―todo en uno― trabajo en la investigación histórica, y para más el Ministro de Educación Superior acaba de firmar la resolución que me devuelve a la cátedra universitaria, como profesor titular de Historia de Cuba. Decir que me olvidé de alguna fase, es como decir que he recortado una parte de mi ser; es decir que  habría cometido una infidelidad con mi vida y eso no es cabal, soy profesor tanto como investigador o editor. En cuanto a tu pregunta, cómo olvidarme aquel mediodía de domingo, al pasar por el parque Vidal, en Santa Clara, en que escuché a dos campesinos hablar y pensé que el día que leyeran todo cambiaría en Cuba. Entonces no comprendía que solo cuando todo cambiara ellos leerían. Un día cuando triunfó la Revolución, Fidel me colmó de felicidad cuando me dio la tarea de hacer millones de libros, para que todos leyeran. Cómo entonces olvidar aquel día que Fidel me indicó que creara el ICL.  

¿Cómo se relacionaban entonces el Rolando presidente del ICL, con el profesor universitario y el investigador?

Durante un tiempo dirigí el departamento, daba clases en la Escuela de Historia y dirigía el naciente ICL, pero estaba enloqueciendo, hasta que una mañana le dije al Comandante René Vallejo, ayudante del Comandante en Jefe, que no  podía con ambas cosas. Para dar clases y  formarme tenía que estudiar 60 ó 70 horas semanales, por lo menos, además, investigaba en el terreno de la filosofía y tenía que dedicar muchas horas al ICL. Corría el peligro de hacer mal las dos cosas. Esa noche Fidel se apareció en el departamento y me preguntó si yo había dicho que no podía con ambas cosas. Le reafirmé mi comentario de la mañana, con la esperanza de que me dijera que me quedara con la dirección de Filosofía y buscara quien se pudiera quedar en el Instituto. Para mi sorpresa lo que me preguntó era quién me podía sustituir en el departamento. Así que, como dicen los mexicanos, ni modo: tenía que dejar el departamento en manos de mi segundo, Fernando Martínez, y salir a tiempo completo para el ICL. Parece que mi destino estaba grabado: era hacer libros. 

Ante la noticia del Premio Nacional de Ciencias Sociales, ¿cuál de todas estas aristas de su trabajo se siente más reconocida?

En cada hora me han reconocido lo que hacía. No puedo decir que no me reconocieron mis compañeros en Filosofía. Sé que me quisieron. Es más, con 25 años estuve a punto de ser designado decano de Humanidades. No se me olvida un día que estaba en un acto del ICL y ya no era su presidente sino Omar González, y en aquel teatro lleno, cuando me mencionaron, los compañeros me tributaron un aplauso que todavía no olvido. Ahora se me otorga el premio más importante recibido en mi vida. Aunque no puedo dejar de mencionar la noche que, en la Casa de la Ciudad de Santa Clara, Díaz Canel me entregó el título de Hijo Ilustre de Santa Clara, y debo decir que como dice el Comandante Almeida, uno es de donde está y yo llevo muchos años en La Habana, por tanto, sería ingrato si no dijera que soy habanero, pero no dejo ni por un segundo de ser villaclareño (por Santa Clara), pues así nos llamábamos antes los hijos de aquella ciudad. Sí, soy hijo de Santa Clara por tres costados y le reservo uno a La Habana, porque esta amable ciudad nunca me trató mal. Pero la felicidad de mis primeros 18 años se la debo a la ciudad de Marta Abreu. Amo todas las aristas de mi vida. 

Usted ha dicho que "no hay que escribir una historia densa, contada pedestremente, sin brillo", y que escribe "para que la gente lea, no para que abandonen la lectura", ¿por qué considera tan importante acercar de este modo la historia a las personas?

Para qué sirve la historia, sino para que tu pueblo la conozca y no repita los errores que ella enseña. Sigo a Santayana y argumento: quien no conoce su historia está obligado a repetirla. Sigo por igual lo dicho por Fidel: quien no conoce su historia, no puede amarla. Si escribiera mamotretos sin gracia y sin brillo, la gente abandonaría hastiado su lectura. Por tanto, escribo de la forma más amable que pueda. Por suerte, aprendí a escribir con una novela y eso me ha ayudado, aunque siempre fui lector incansable de novelas y de libros de historia agradables. Pero República Angelical me enseñó a escribir en forma de que pudiera "agarrar" al lector, "apoderarme" de él. Si me abandonaran a la décima página, estaría perdiendo mi tiempo. Pero de todos modos, ¿quieres una historia más apasionante que la de Cuba? Te diré que cuando escribí A caballo y con el sol en la frente, como dije en una entrevista en televisión, monté junto a Martí, lo acompañé frente al enemigo y se me saltaron las lágrimas cuando cayó y no pude hacer nada por evitarle la muerte; como puedes ver escribo con el cerebro, pero también con el corazón. También es verdad lo que suelo repetir con John Reed que no soy imparcial, pero busco la verdad. Por eso, alabo a nuestras grandes figuras, pero si encuentro a un traidor lo crucifico. Escribo para que los cubanos sepan su verdad por dura que sea y se sientan felices con los momentos felices. 

Ha publicado sus investigaciones no solo en libros, sino también en periódicos y revistas, ¿es este un intento de masificar estas concepciones diferentes de la historiografía?

Mientras más me lean mejor. Estoy loco porque haya una revista de historia. Acaba de salir La Siempreviva, dedicada a la literatura y cuántas más hay de ese tema; muchas, por qué entonces no va a haber una de historia que permita a los historiadores, que en Cuba cada día son más, poner en blanco y negro su trabajo. Sé que va a salir una digital, pero a pesar de los esfuerzos que hace la Revolución en Cuba, todavía son pocos los que tienen acceso a las computadoras. Además, esos trabajos, como esta entrevista, son efímeros. Se necesita desesperadamente una publicación de historia en soporte de papel. He comprobado que si algo interesa cada vez más a los cubanos, es la historia, su historia. Llamo a las autoridades de la cultura a que le den lugar a esa publicación.  

Hace unos años usted viajó a los EE.UU. y estuvo investigando en el National Archives en Washington, en la Biblioteca del Congreso y en la Pública de New York, ¿qué impresión le causó encontrar toda esa información relativa a la historia de Cuba en los archivos americanos?

Tuve la suerte gigantesca de que el Comandante en Jefe me pidiera el capítulo final de  Cuba: la forja de una nación, sobre la trifulca de Gómez y la Asamblea del Cerro, le dije que en mi texto no estaba toda la verdad, porque el complemento debía estar en los archivos de Washington. El Comandante me dio entonces instrucciones de que fuera a Washington. Estuve cuatro meses metido en los archivos de Washington y Nueva York y comprobé que no me había equivocado. Mucho me  ayudaron los compañeros Parodi, Fraga y Dausá. Trabajaba como un esclavo de 9 de la mañana a 8 de la noche. Paraba apenas media hora para comer algo en algún restaurante de comida rápida y volvía a entrar. Saqué miles de documentos que me han permitido no solo reescribir Cuba, la forja de una nación, sino también Cuba: las máscaras y las sombras y me están ayudando en la historia de la república. Debo decir que algunos archiveros se portaron bien. Eran profesionales y no les importaba que yo viniera de Cuba: su trabajo era poner a mi disposición los documentos que solicitaba. Desde luego el FBI no estaba ajeno a mi tarea. No lo digo por paranoia, se probó desde mi arribo. Me estremeció comprobar que en los papeles de Wood encontré la traición de Julio Sanguily, pagado como su agente secreto. Me di cuenta de que logré completar la historia de la Enmienda Platt, por la correspondencia de Wood y Root. También todos los documentos de la intervención del 98 y del gobierno de Magoon. Luego me fui a España y en el Archivo Histórico de Madrid, en el del Instituto de Historia y Cultura Militar, en el de la Administración en Alcalá de Henares y en el del Palacio de Oriente, completé datos importantísimos. Los archivos españoles son de una riqueza tremenda para la historia de Cuba. Junto con nuestro Archivo Nacional he logrado completar mi información. He dicho que un historiador sin archivos solo podrá hacer refritos y más refritos, pero no historia. 

Usted ha dicho que no se puede entender el siglo XX sin el XIX, ¿cómo habría que mirar entonces el siglo pasado para entender los desafíos que trae el XXI?

En efecto, cuando comencé esta saga, me di cuenta de que sin el XIX no se entendería el XX, y ahora tendré que trabajar el XX si quiero que los que van a vivir en el XXI entiendan su siglo, y la tarea que les toca. La historia del XXI cubano, comenzó en 1959 y posiblemente en 1953, y ahora estamos en la continuación de una nueva república, que ya está lejana de la de Machado, Prío o Batista, que ya parecen dinosaurios, más que todos dignos de la paleontología o la arqueología. Pero es absolutamente necesario que los niños y los jóvenes de hoy sepan qué sucedía en esa prehistoria, para que nunca retorne una historia que conocí y no estoy dispuesto a que se repita: cuando a mi puerta al caer la tarde tocaba un viejo o un niño infelices y me extendían una lata para que les diera un poco de sopa o de arroz. Eso no puede repetirse. Tampoco la mujer de pechos secos y los chiquillos sucios durmiendo en los portales de la calle Maceo al frío de la noche o los niños guajiros, de los alrededores de la finca de recreo, que teníamos en la carretera de Malezas, que se acostaban sin comer. Eso no debe volver nunca más a Cuba. Si los nuevos cubanos lo permitieran, todas las furias de nuestros próceres, de nuestros mártires, deberán caer sobre sus frentes. Pero estoy seguro de que no sucederá. Nuestra gloriosa historia no lo puede permitir.                 

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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