Año VI
La Habana
2008

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Longina seductora cual flor primaveral
Josefina Ortega • La Habana
 

En el lenguaje misterioso de tus ojos

hay un tema que destaca sensibilidad,

en las sensuales líneas de tu cuerpo hermoso

las curvas que se admiran despiertan ilusión,

y es la cadencia de tu voz tan cristalina,

tan suave y argentada, de ignota idealidad,

que impresionado por todos tus encantos

se conmovió mi lira y en mí la inspiración (…) 

Dicen que durante los días del XII Encuentro Nacional de Trovadores Longina 2008, recién celebrado en Santa Clara, jóvenes de todo el país, guitarra en mano, hicieron suya una canción dedicada a una bellísima mujer de piel de ébano.

La historia comenzó en 1918 cuando Longina O’Farril conoció en La Habana a Manuel Corona, y estaba muy lejos de imaginar que aquel trovador la haría famosa para todos los tiempos.

Según contó la propia joven, tal suceso tuvo lugar en la casa de esa otra grande de la trova, María Teresa Vera: “Ella nos presentó, y un rato después Corona me dijo que iba a escribir la canción. La verdad es que yo no pensé que fuera a hacerlo, pero en ese momento tomó el papel y puso los versos”.

“Dos meses después nos encontramos otra vez en el solar Las Maravillas donde vivía María Teresa. Habíamos ido a felicitarla por su santo. Era el 15 de octubre de 1918.”

Todo parece indicar que esta vez no fue un encuentro casual el que los unió a los dos, pues  Corona fue allí para entregarle a su musa la canción que ella le inspirara. María Teresa la cantó enseguida, improvisadamente. Después sería su más grande intérprete.

Todavía hay quien se pregunta si el bardo se enamoró de Longina, a quien, hechizado por su belleza, comparó con "una santa diosa, Longina seductora cual flor primaveral".

No es de extrañar entonces que el artista pretendiera a la joven desde que la conoció.

Muchas pueden ser las historias tejidas alrededor de este suceso que dio lugar al nacimiento de una de las piezas más reconocidas del cancionero criollo. La verdad, sin embargo, se abriría paso cuando Longina, ya anciana, confesó en una entrevista: “Yo sé que esto va a desilusionar a mucha gente. Porque la gente ve siempre detrás de una música o de una letra alguna pasión desatada. Y si Corona la sentía por mí, estoy segura de que no era desatada. Nunca me lo demostró. Además Longina-canción surgió de manera tan sencilla como existe y ha existido Longina-mujer”.

Y para que no hubiera confusión sobre tan controversial asunto, María Teresa Vera, íntima del trovador, también coincidió con ese criterio: “Se han dicho muchas falsedades acerca de Longina, incluso que Corona estuvo enamorado de ella, que era, por cierto, una mujer muy bella”.

Según la autora de "Veinte años", Corona únicamente amó a Mercedes y a Yoya, Eulogia Real. “A Longina le dedicó su canción por simpatía o admiración, pero nada más”.

Sin embargo, hay un hecho que contradice en algo esta opinión. ¿Si Longina fue solo un motivo pasajero de inspiración para  el músico, cómo explicar entonces que le dedicara otras canciones a ella, como "Rosa negra", "Aurora" y "Senda opuesta"?

Al decir de Longina, les puso distintos nombres, porque después de la primera, el músico dijo: “Está bueno ya de Longina”.

Sea cierta o no esta historia, Longina halló su inmortalidad en la canción que le dedicara aquel trovador triste y sombrío nacido para el arte pasional, como él mismo dijera.

Si la amó o no, ya es imposible saberlo con certeza.

Para ese entonces Longina había dejado atrás el poblado de Madruga y vivía en La Habana, donde se dice formó parte de un coro negro con el que hizo algunas presentaciones, y fue, durante un tiempo, manejadora del revolucionario Julio Antonio Mella, con cuya familia viajó a los EE.UU.

Corona había nacido en Caibarién, el 17 de junio de 1880. A los 11 años se mudó junto a su familia a la capital del país, y trabajó allí como tabaquero. Desde 1900 se dedicó a la música y llevó una vida de bohemia artística.

Muy joven viajó a Santiago de Cuba y conoció al trovador Pepe Sánchez, padre del bolero, quien al escucharlo cantar, acompañado de su guitarra, le vaticinó: “Tú serás algo notable, Corona”.

Y así fue. Su canción "Mercedes" lo elevó en 1908 a la popularidad. Después entregó al patrimonio nacional, una tras otra, piezas de gran belleza, como la propia "Longina", "Santa Cecilia", "Las flores del Edén" y "Aurora", entre muchas otras,  que todavía hoy se cantan en todo el mundo.

Falleció en La Habana, el 9 de enero de 1950, golpeado por la soledad y la miseria. Desde las páginas de La Nación, de Caracas, Nicolás Guillén le dedicó sentidas palabras al artista que, “no solo cantaba canciones, sino que las componía, entre ellas algunas que se hicieron famosas. No sabía una nota de música, pero tocaba muy bien la guitarra; (…) sus letras rezumaban gracia, límpida frescura de manantial que brota muy de debajo de la tierra”.

Y refirió además el autor de Motivos de son cómo en esos días, a causa de la muerte de su cantor, había resurgido a un plano de repentina actualidad la propia Longina, quien rememoró emocionada:

"A la una de la mañana tocaron a mi puerta para darme la noticia de la muerte de Manuel, y eso me hizo una horrible impresión. Le estaba y le estaré agradecida. Corona ha muerto, pero la mujer que le inspiró una de sus mejores canciones está viva y lo recordará sin cesar. En cierto modo él me inmortalizó".

“Hubiera querido estar a su lado en el instante en que lanzó su último suspiro. Yo sabía que se hallaba enfermo, tuberculoso, y sabía también que no se cuidaba, que se había entregado a la bebida, sin importarle su estado físico. Puedo decir que Corona se suicidó, porque si se hubiera cuidado un poco habría vivido algún tiempo más…”

Antes de morir, Corona había expresado su último deseo: café y guitarras. Y fue en la casa de Sindo Garay, el autor de "La Bayamesa", donde se cantaron sus viejas melodías entre pequeñas tazas de café negro.

Años después, Longina fue enterrada en su natal Madruga. En 1988, sus restos se trasladaron a Caibarién, junto al trovador que la hizo inolvidable. 

(…) Por ese cuerpo orlado de belleza,

tus ojos soñadores y tu rostro angelical;

por esa boca de concha nacarada,

tu mirada imperiosa y tu andar señorial,

te comparo con una santa diosa,

Longina seductora cual flor primaveral;

ofrendando con notas de mi lira,

con fibras de mi alma, tu encanto juvenil.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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