Año VI
La Habana
2007

Regresar a la Página principal

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Amargura después de los dulces
Amado del Pino • La Habana

Leo en la prensa que después de Navidad se disparan los divorcios. En la pequeña pantalla, un especialista comenta sobre el tema: como en los días de trabajo las parejas apenas se ven, es más fácil soportar las diferencias y sobrellevar  los agravios. Los fines de semana suelen pasarlos entre amigos y, probablemente, el rumor colectivo acalla la tormenta íntima. Cuando llegan estas fechas, se impone compartir con las respectivas familias y ahí llega la traviesa gota que desborda el vaso.

Debo confesar que sé bastante poco de ese tipo de fiestas. Los cubanos nacidos en la arrancada de los sesenta tuvimos unas largas vacaciones navideñas, que van de la primera infancia al umbral de la madurez. Con todo, esto de la acumulación de las separaciones tras las uvas y los dulces me recuerda la teoría de la piedra removida. Enseguida paso a comentar ese precioso símil campesino. Cuando a una mujer bonita la pretenden muchos galanes suele suceder que en una noche de fiesta la agraciada reciba un piropo por allá, una declaración en regla a medianoche y un baile sensual pasadas la tenue frontera de las doce campanadas. Entonces, puede ocurrir que se “empate”, “se líe”, se junte, fugaz o permanentemente, con el individuo al que se conferían menos opciones pero que llegó justo cuando ella se cansaba de tanto manoseo físico y mental. La gente de mi tierra comparaba ese hecho nocturno con el esfuerzo de muchos hombres tratando de mover una robusta roca al borde de un barranco. Una multitud sudaba durante horas hasta tenerla al borde del precipicio. Entonces, aquel recién llegado empujaba con coyuntural maestría y la piedra se venía abajo entre aplausos.

La pausa de diciembre, la avalancha de compras y llamadas telefónicas suele funcionar como ese último empellón que mueve la roca de la montaña o convence a la muchacha del sábado. Cuando hay amor- o algo bien cercano aunque menos enfático- uno vive esperando las treguas del trabajo para estar juntos y hacer –con similar gusto y regocijo- desde el amor hasta la más simple gestión. Los compromisos familiares suelen abrumar, sobre todo si no se tiene una suerte como la mía para las suegras simpáticas y cariñosas. Es fácil adivinar que fallan cosas más profundas y sutiles. Habrá casos en que se prolonga la agonía de la relación esos días de alegría decretada y le apuntan al indefenso enero un derrumbe que se produjo en pleno derroche navideño. Tal vez alguno procuró evitar que los hijos comunes tuvieran un disgusto en estas fechas. Y se entiende, porque con un regalo en diciembre para complacer a un santo de barba blanca y otro nada más empezar enero, que deberá llegar a bordo de los camellos mágicos, no se trata de que el vástago rompa con una rabieta o moje con lágrimas unos juguetes que desde la tele nos advierten que no son muy baratos que digamos.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
IE-Firefox, 800x600