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Leo
en la prensa que después de Navidad se
disparan los divorcios. En la pequeña
pantalla, un especialista comenta sobre
el tema: como en los días de trabajo las
parejas apenas se ven, es más fácil
soportar las diferencias y sobrellevar
los agravios. Los fines de semana suelen
pasarlos entre amigos y, probablemente,
el rumor colectivo acalla la tormenta
íntima. Cuando llegan estas fechas, se
impone compartir con las respectivas
familias y ahí llega la traviesa gota
que desborda el vaso.
Debo
confesar que sé bastante poco de ese
tipo de fiestas. Los cubanos nacidos en
la arrancada de los sesenta tuvimos unas
largas vacaciones navideñas, que van de
la primera infancia al umbral de la
madurez. Con todo, esto de la
acumulación de las separaciones tras las
uvas y los dulces me recuerda la teoría
de la piedra removida. Enseguida paso a
comentar ese precioso símil campesino.
Cuando a una mujer bonita la pretenden
muchos galanes suele suceder que en una
noche de fiesta la agraciada reciba un
piropo por allá, una declaración en
regla a medianoche y un baile sensual
pasadas la tenue frontera de las doce
campanadas. Entonces, puede ocurrir que
se “empate”, “se líe”, se junte, fugaz o
permanentemente, con el individuo al que
se conferían menos opciones pero que
llegó justo cuando ella se cansaba de
tanto manoseo físico y mental. La gente
de mi tierra comparaba ese hecho
nocturno con el esfuerzo de muchos
hombres tratando de mover una robusta
roca al borde de un barranco. Una
multitud sudaba durante horas hasta
tenerla al borde del precipicio.
Entonces, aquel recién llegado empujaba
con coyuntural maestría y la piedra se
venía abajo entre aplausos.
La
pausa de diciembre, la avalancha de
compras y llamadas telefónicas suele
funcionar como ese último empellón que
mueve la roca de la montaña o convence a
la muchacha del sábado. Cuando hay amor-
o algo bien cercano aunque menos
enfático- uno vive esperando las treguas
del trabajo para estar juntos y hacer
–con similar gusto y regocijo- desde el
amor hasta la más simple gestión. Los
compromisos familiares suelen abrumar,
sobre todo si no se tiene una suerte
como la mía para las suegras simpáticas
y cariñosas. Es fácil adivinar que
fallan cosas más profundas y sutiles.
Habrá casos en que se prolonga la agonía
de la relación esos días de alegría
decretada y le apuntan al indefenso
enero un derrumbe que se produjo en
pleno derroche navideño. Tal vez alguno
procuró evitar que los hijos comunes
tuvieran un disgusto en estas fechas. Y
se entiende, porque con un regalo en
diciembre para complacer a un santo de
barba blanca y otro nada más empezar
enero, que deberá llegar a bordo de los
camellos mágicos, no se trata de que el
vástago rompa con una rabieta o moje con
lágrimas unos juguetes que desde la tele
nos advierten que no son muy baratos que
digamos. |