|
Alberto Alonso acaba de morir. Una
dolorosa y prolongada enfermedad cortó
su fecunda existencia de nueve décadas.
No sólo fue uno de los pioneros de la
danza escénica en Cuba, sino que, junto
a Alicia y Fernando Alonso, formó la
tríada de los iniciadores de la Escuela
Cubana de Ballet. A sus indudables dotes
como intérprete y maestro, unió un
inquieto talento coreográfico que dejó
varios títulos imprescindibles en el
repertorio cubano. Hombre de cubanía
raigal, contribuyó muchísimo a la
síntesis de una nueva manera de danzar,
donde el vocabulario académico se fundió
con una gestualidad y un modo de
expresión que venían de lo más profundo
del ser insular.
|
 |
|
Alberto Alonso en
los años 80 |
Nacido en La Habana en 1917, era hijo de
Laura Rayneri, una dama de grandes
inquietudes culturales, que apoyó desde
temprano los intereses artísticos de sus
hijos Alberto y Fernando y tuvo la
audacia de apoyarlos desde los cargos
directivos que ocupó en la Sociedad Pro
Arte Musical. Precisamente, esta
institución había abierto en 1931 una
Academia de Ballet, en la que se había
contratado como profesor al ruso
emigrado Nicolás Yavorski. Allí ingresó
Alberto en 1933 y aunque la enseñanza
tenía un sentido apenas decorativo y el
maestro mostraba más amor a la danza
clásica que dominio profundo de ella, en
muy poco tiempo reveló dotes como
intérprete, al participar en montajes
como El Danubio azul, El Príncipe
Igor y una muy libre versión de
Coppelia.
En 1935 fue contratado por el Ballet
Ruso de Montecarlo, a su paso por La
Habana y se incorporó a la compañía como
bailarín de carácter. Durante seis años
permaneció en sus filas, donde pudo, en
contacto con grandes intérpretes del
género, hacer un aprendizaje más
riguroso de sus normas y por otra parte,
tomar conocimiento de lo más importante
del repertorio tradicional de la danza,
así como de los aportes que los ballets
rusos, desde los tiempos de Diaghilev,
hicieran a la danza mundial.
Cuando retorna a La Habana en 1941, se
hace cargo de la dirección de la escuela
en Pro Arte, a la que va a transformar
de modo muy positivo. Aunque debe
admitir en sus salones a un alumnado que
paga por recibir clases no destinadas a
la formación profesional, se encarga de
poner rigor en las lecciones y con el
apoyo de un grupo selecto, muy
interesado en el género, puede
permitirse desarrollar su labor
coreográfica inicial y hasta celebrar
unos Festivales de Ballet con carácter
anual, para los que recibe el apoyo de
Alicia y Fernando Alonso, quienes, por
entonces, trabajan en Estados Unidos.
|
 |
|
Alberto
(izquierda) con Fernando y
Alicia en 1960 |
En 1943 crea Alberto algunas de sus
obras notables: Concerto, un
ballet “abstracto” basado en la música
de un concierto de Vivaldi, recreado por
Juan Sebastián Bach; Forma, obra
muy ambiciosa, apoyada en una partitura
de José Ardévol y en un poema de José
Lezama Lima y con la participación
directa de la Coral de La Habana,
dirigida por María Muñoz. No hay que
olvidar tampoco su Icaro, que es
una libre versión del original del
Sergio Lifar, que él cubanizó con el
apoyo del joven compositor Harold
Gramatges, quien concibió todo un
complejo acompañamiento de percusión
para el solo masculino.
Sin embargo, el gran escándalo iba a
desatarse el 27 de mayo de 1947, con el
estreno en el Teatro Auditórium de su
ballet Antes del alba. Los
elegantes asociados contemplaron con
repulsión no disimulada aquel ballet,
que lejos de ubicarse en un mundo de
hadas, tenía lugar en una casa de
vecindad habanera, donde su protagonista
Chela – encarnada por Alicia Alonso-
abandonada por el hombre que ama, se
suicida prendiéndose fuego. Si
provocadores eran los diseños de Carlos
Enríquez para recrear el vetusto caserón
devenido “cuartería”, con la escalera
por donde descendía la protagonista,
envuelta ya en las llamas de alcohol, al
ritmo de una columbia, también lo
era la partitura de Hilario González,
que integraba ritmos populares desde la
rumba, hasta el bolero y el “botecito”.
La coreografía del Alberto obligaba a
los bailarines a salir del envaramiento
académico, a moverse con la sensualidad
del baile cubano. Era la primera vez que
en la Isla el ballet se vinculaba a los
más urgentes problemas sociales.
Un año después, la creación del
Ballet Alicia Alonso se convertía en
el cimiento para el desarrollo de la
danza escénica profesional en Cuba; el
coreógrafo estaba allí, junto a Alicia y
Fernando. Esto no constituiría una
atadura para su talento versátil. Sin
dejar de crear en la Escuela de Ballet
de la Sociedad Pro – Arte Musical, de la
que era director, incursionó también en
otros medios como el cabaret y la
televisión. Además del lenguaje de la
danza académica, aprendió a la
perfección el del baile popular cubano,
esto marcó de modo esencial su quehacer
y le valió éxitos como el espectáculo
El solar que llegaría a tener una
versión cinematográfica bajo el título
Un día en el solar.
Su obra, ahora con un marco más propicio
para su desarrollo, tuvo una franca
maduración en los años 50 del siglo XX,
baste con recordar que en 1956 se
estrena su ambiciosa versión integral de
Romeo y Julieta, sobre la
partitura de Prokofiev, para el
Ballet Alicia Alonso, mientras que
al año siguiente, el 13 de septiembre,
estrena en la Televisión Cubana, La
rebambaramba, ballet de Amadeo
Roldán con libreto de Alejo Carpentier,
que no había logrado subir a escena en
vida de compositor y sólo se había
tocado en conciertos y para el que hizo
una notable versión, contando con Sonia
Calero como solista y con los actores
Eduardo Egea y Enrique Almirante y bajo
la dirección musical de Enrique González
Mántici.
|
 |
|
Escena de El
guije de Alberto,
interpretes: Mirta Pla y Roberto
Rodríguez |
Tras el triunfo revolucionario, sin
abandonar su labor en el terreno del
teatro musical y los más variados
espectáculos, Alberto colaboró con el
recién organizado Ballet Nacional de
Cuba, con el que pudo permitirse
experimentar libremente con obras como
Espacio y movimiento (1966)
basado en música de Stravinski; El
güije (1967) derivado de textos de
Nicolás Guillén y Oscar Hurtado y
apoyado en música de Juan Blanco, cuya
escena del “Guateque” es un ejemplo de
gracia popular y de adecuada fusión del
ballet con el folclore cubano; Un
retablo para Romeo y Julieta (1969),
nueva incursión sobre el clásico de
Shakespeare, ahora con un lenguaje
todavía más de “vanguardia” y
Conjugación (1970), sobre un poema
de la uruguaya Amanda Berenguer.
Mas, la obra que le ganaría un renombre
mundial, sería su personalísima versión
de Carmen, a partir de la
pintoresca novela de Prosper Merimée,
que apasionó a los lectores de Europa y
América por su visión colorida de una
Sevilla, vista como marco ideal de los
amores tempestuosos de una cigarrera
sevillana que encuentra la muerte a
manos de un antiguo amante despechado,
el joven oficial Don José. Esta había
inspirado ya otras versiones escénicas:
en 1846, al año de aparecer el libro, el
joven coreógrafo francés, Marius Petipa,
padre del ballet ruso, presentó en
Madrid el ballet Carmen y su torero
–obra de la que no han quedado trazas –
y en 1874 el compositor francés Georges
Bizet, estrenó en París, en el Teatro de
la Opera Cómica, su Carmen, que
logró su éxito decisivo después del
rotundo fracaso inicial. El célebre
coreógrafo francés Roland Petit parecía
haber logrado una versión danzaria
definitiva para el tema en 1949, cuando
concibió el rol de la cigarrera para la
bailarina Zizi Jeanmaire de manera
satírica, pues los elementos que eran
trágicos en la ópera tenían en su pieza
carácter paródico, reforzado por la
coexistencia del lenguaje de la danza
clásica con el del music hall. Nada de
esto iba a estorbar el éxito de la
Carmen cubana.
Fue Maia Plisetskaia la que propició la
creación de la obra. Después de asistir
a una presentación de El solar,
se acercó a Alberto Alonso y le pidió
que trabajara con ella una versión de
Carmen concebida “de una
manera nueva, sin apegarse a la
tradición”, se dice que el coreógrafo le
contestó: “¿Cómo ha adivinado mis
pensamientos? ¡Ese es mi sueño!”. El
compositor Rodion Schedrin, esposo de la
bailarina, orquestó una suite derivada
de la ópera de Bizet, en la que se ponía
mucho énfasis en lo dramático, a partir
de ella, coreógrafo, músico y danzarina
trabajaron juntos en la obra. Más allá
de las intenciones de los artistas, el
asunto tenía hasta un relieve político:
era la primera vez, desde 1917, que un
coreógrafo extranjero era invitado a
realizar un montaje en la escena del
Bolshoi.
|
 |
|
Alberto en el
Bolshoi durante el montaje de
Carmen |
Cuando Alberto Alonso escuchó los más de
veinte minutos de ovaciones que
saludaron el estreno de esta obra, en la
noche moscovita, más bien fría, del 20
de abril de 1967 y más aún, cuando pudo
observar que aquellos espectadores,
habitualmente serios y ponderados, se
resistían a abandonar la enorme sala del
Bolshoi, una hora después de haberse
cerrado el telón, para ocultar la figura
exánime de la Plisetskaia, quizá
entonces pudo intuir que había creado el
ballet que iba a inmortalizarlo.
Tras el singular éxito del estreno, la
estrella hizo suyo el rol, al que trató
con tanta fuerza y audacia, que ciertos
críticos y algunos miembros de la
dirección de la compañía, mostraron su
desagrado e inclusive se le hizo una
especie de guerra silenciosa durante
años, apoyada en el modo en que esta
obra contradecía la fidelidad del
conjunto a la línea del “realismo
socialista”, pero la mayor parte del
público sabía a qué atenerse y era casi
imposible obtener un boleto todavía tres
lustros después, cuando las carteleras
anunciaban una reposición del ballet.
La obra fue estrenada en Cuba el 1 de
agosto de 1967, con Alicia Alonso y
Azari Plisetski en los roles centrales.
La artista cubana se apoderó del
personaje y lo paseó por el mundo
–incluida la URSS- con aquiescencia
general. Alicia enfatizaba en su
interpretación lo que la obra debía a la
herencia clásica, resolvía todos los
pasos con maravillosa fluidez y se valía
de sus ancestros hispánicos para hacer
creíble la historia de fatalidad que
marcaba el sino de la cigarrera, Maia
prefería realzar los componentes
contemporáneos de la obra, su personaje
era más duro, mas desenfadado, hasta la
desfachatez, se diría que lo esencial
para ella era dinamitar cierta tradición
de falsa respetabilidad en que se
anquilosaba el ballet ruso.
Los montajes de esta obra de sucedieron
con rapidez, Alberto fue invitado desde
los más variados puntos del universo
para poner en escena su obra, esto lo
llevó a recorrer escenarios de Sofia,
Helsinki, Pécs, Tokio, Milán, Berlín y
New York, por sólo citar algunos.
|
 |
|
Alicia Alonso en
Sinfonia clasica, en su
debut en la TV en 1955
(coreografia de Alberto) |
Aunque el creador había encontrado allí
su obra definitiva, todavía su quehacer
se prolongó en los más variados
montajes. ¿Quién no recuerda su
cubanísima versión de La rumba? O
aquella Sinfonía clásica de
Prokofiev que él trabajó con singular
humor y que estrenó el 9 de febrero de
1955, con motivo del debut de Alicia
Alonso en la Televisión Cubana y que
recreó en 1982 para el Ballet de
Camagüey. Para esta misma agrupación
montó en 1989 una ambiciosa Medea
donde se mezclaba la danza con la
declamación y los coros trágicos, que
hacía pensar en una vuelta a las
búsquedas juveniles de Forma.
Aunque, por decisión personal, Alberto
Alonso residió en los últimos lustros
fuera de la Isla, su magisterio nunca
estuvo ausente del ballet cubano. Su
quehacer está tan profundamente
imbricado en nuestra cultura, que es ya
imposible desligarlo del modo insular de
bailar y concebir el espectáculo, sea en
la más humilde rumba o a la hora de
interpretar esa Carmen, junto a
la que van siempre el Destino y la
Muerte, y que arrancada de la Sevilla
pintoresca de Merimée, se ha hecho
definitivamente nuestra. |