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Acostumbrada a exponer con claridad y
sin rodeos, Naomi Klein define en la
propia Introducción de No Logo
los objetivos que en la obra se propone:
“este libro no es una exposición del
poder de un grupo selecto de monstruos
corporativos que se han unido para
constituir un gobierno planetario de
facto, sino un intento de analizar y
documentar las fuerzas que se oponen a
ese dominio y de explicar el particular
conjunto de condiciones culturales que
hacen inevitable la lucha contra él”.[1]
Seccionado en cuatro partes, avanza del
fenómeno global que califica como
“rendición de la cultura y la educación
al marketing”, recorre las verdaderas
consecuencias del gigantismo
empresarial, con sus desmedidas
franquicias, su sinergia y su eficiente
condición de programar la censura y
aplicarla; documenta y revisa las
verdaderas condiciones laborales que
imperan en las zonas de procesamiento
para esos productos de marca, y cierra
con una mirada a las manifestaciones de
militancia que siembran “una alternativa
genuina contra el imperio de las grandes
empresas”.[2]
Se trata de una obra de rigor, concebida
a partir de un cúmulo de información que
permite revelar la estrategia voraz e
insaciable del mercado, con su doloso
fondo en las regiones de empleo y con
alternativas concretas de subversión que
en el propio interior del sistema
capitalista se generan. No un conjunto
de axiomas desiderativos, sino una
realidad que, más que abrumar, oprime a
todo el mundo. A pesar de la palpable
modestia, de la forzosa contención que
el ejercicio profesional del periodismo
y la opinión diseñan en su oficio, Naomi
Klein salpica su exposición con
inquietantes y exactas conclusiones.
Cada una procede, sin embargo, de un
recorrido de investigación en el
concurso diario empresarial, con sus
declaraciones, sus estrategias públicas,
sus soluciones privadas y, sobre todo,
sus cifras de inversión y ganancia. Cada
una brota de una condición autoral que,
sin desmentirlas de plano, sin negar
ciertos lemas que el pensamiento
universal repite, reacondiciona en la
experiencia práctica la validez de
teorías precedentes, como la de la
Sociedad del Espectáculo, de Guy Debord,
cuyo fantasma se insinúa a la manera del
Hamlet.
De esa manera, el recorrido a través de
una historia que ha partido de la
explosión de las marcas, en detrimento
del producto, y que va a concluir en su
ejercicio imperial sobre la mente del
Planeta, no se focaliza solo en los
sucesos, en los golpes de efecto y las
oposiciones aisladas, sino también en
las concretas consecuencias de su
práctica para el ámbito vital de la
cultura. Las paradojas de la relación
“empresa-espacio-público”, con su
consecuente derivación en la que atañe a
“consumo-cultura”, se muestran en No
Logo a partir de una visión que pide
revisar las circunstancias a que nos ha
conducido el dominio global de los
voraces fabricantes de marcas. Hechos y
argumentos estructuran los diversos
acápites del libro, en una proporción
que agiliza el proceso de lectura y que
a ratos se da vertiginosamente. Las
estadísticas, dosificadas, llamadas solo
como apoyatura y no para viciarse en sus
paisajes, realzan la argumentación y
convocan, además, a no conformarnos con
las tiras de cifras que hacen
científicamente falso el porqué de la
existencia.
Y a pesar de que en No Logo
ciertos tiempos pasados se describen con
la nostalgia propia que la memoria
afectiva individual suele activar, el
saldo no apunta a sugerir un imposible
torna atrás. Se llama, eso sí, a militar
y, dado que no aparezca la disposición
necesaria, a tomar conciencia de en qué
tipo de juego nos han estado embaucando
los consorcios que con el patinado
slogan de la marca se presentan. Si algo
me deja este libro después de recorrerlo
oración por oración hasta el Epílogo que
dos años después de su publicación
original se le agregara,[3]
es la idea de que el sitio que vamos a
ocupar en sociedad depende mucho más de
la propia actitud con que nos
comprendamos dentro de la vorágine de
los imperativos sociales, antes que del
paquete de promesas que de los numerosos
“benefactores” esperamos ingenuamente
recibir. En otras palabras: cuanto más
la conciencia social se abstenga de
incidir en las decisiones del ser
social, mayor será el dominio de los que
para sí manipulan su propia conciencia
como ser social.
Tal vez por ello, al referirse a The
Shock Doctrine, su libro posterior,
varios de los amigos periodistas a los
que Naomi Klein consultara le habían
reprochado deprimirlos con el capítulo
último, en el que ella se muestra
esperanzada.[4]
Si el asunto era que de algún modo menos
evidente la depresión los invadía de
antemano, algo que con resquicio para
duda aceptan, según ella misma lo ha
narrado, es también caso que ceder a la
avalancha con que se invade la
individualidad del individuo desde
cualquier poder, convierte en cada vez
más vulnerable al que decide adaptarse.
El peso de lo global hegemónico no solo
genera supeditación del individuo a la
estadística en que vibra el crecimiento
económico, sino además lagunas que
permitan la conformidad justificada. Mi
lectura de No Logo percibe esta
idea sin demasiado ir y venir por la
especulación.
Una vez debilitados los mecanismos que
podían regular las apetencias de la
libre empresa, desde el papel del
Estado, pasando por el análisis y la
crítica de prensa y hasta llegar a la
espontánea opinión pública, los
productores de marcas han encontrado un
expedito sendero para poder ocupar el
espacio cultural del ciudadano. Con
demasiada rapidez han cerrado sobre sí
mismos los puntos de partida y el final
de la meta. Grandes deportistas,
verdaderas maravillas de las que los
espectadores necesitan y por cuyas
actuaciones no sienten mal cedido su
peculio, arrastrados sin remedio al
torrente, manipulados entre opciones que
no entrañan diferencias de fondo.
Artistas en ascenso que acogen el filón
y apuestan por obedecer bajo la no muy
secreta fe de conseguir después la
independencia, sacudidos por lo efímero
del mito publicitario al que cedieron.
Activistas que no han partido más que de
un impulso por sacudirse el grado de
saturación propagandística y que por
ello no han rebasado el gesto de
rebeldía paródica. Otros que han
devenido luchadores, con métodos y
objetivos diversos, a veces encontrados.
Y todo ello con ejemplos concretos, con
opiniones y críticas, como requiere una
obra que se precie de seria.
La sociedad posindustrial, al conseguir
por fin su legitimación hegemónica,
reproduce una imagen que a sí misma se
remite, que de sí misma se nutre y se
alimenta. Una vez que se iza, usurpando
las necesidades de expresión simbólica
del consumidor, se hace eficiente per
se. Bajo estas normas, el objetivo
que hay que alcanzar se completa en la
imagen de la marca, pues de su condición
representativa proceden los valores y en
su propia presencia se reciclan. Por
ello las campañas se apropian del
discurso rebelde de otros tiempos (algo
que Naomi Klein nos revela en No Logo
como desconcertada por la paradoja) y lo
transforman en lema de vacío público.
El empadronamiento de la imagen
representativa como referente esencial
de los productos, reducidos a marcas
corporativas antes que a objetos de
plena utilidad, al conseguir no solo
marco global, sino también expansión
territorial, redefine el papel de la
moda para las generaciones que en ese
bombardeo crecen. No es asunto que se
resuelva descargando las culpas en el
carácter global de la representatividad
de las marcas ni en la menos global
necesidad de sustento que humaniza y
hasta condiciona como de cierta
viabilidad admitir el curso inevitable
de la explotación obrera, sino que pide
reconstituir los referentes sociales,
aun a partir de la franca desventaja
económica en que nos hallaríamos, pero
tomando en cuenta el terreno ganado por
lo cultural.
Al enfrentarnos al espectro que nos deja
No Logo, surge la necesidad de
comprender el fenómeno también a nuestro
alrededor, en el contexto cubano, donde,
si bien el espacio público —tanto
mediático, como comunitario— no se ha
dejado invadir por su fanfarria, sí se
propaga en el sector privado tanto a
partir de los imprescindibles objetos de
consumo diario, como en el espontáneo
accionar de las costumbres domésticas.
Por suerte, nuestro reto se define más
en el nivel simbólico que en la
manipulación icónica, más en el concepto
cultural que en las imprescindibles
relaciones de retribución por el
trabajo, pues, a pesar del asedio, aún
las marcas no han conseguido
secuestrarnos la cultura.
NOTAS
[1]
No Logo. El poder de las marcas,
Editorial de Ciencias Sociales,
La Habana, 2007, p. 10.
Traducción: Alejandro Jakl.
Edición autorizada por la autora
y Paidós Ibérica S. A., para
comercializar sólo dentro de
Cuba.
[3]
«Dos años en las
calles: traspasar los símbolos»,
escrito por Naomi Klein en enero
de 2002 y traducido por Genis
Sánchez Barberán. Ed. Cit. pp.
501-115. Curiosamente, tanto en
la traducción del texto original
como en la del Epílogo, se ha
traspasado el neutro de la
enunciación en inglés al
genérico masculino castellano
para nombres hindúes de tan
conocidas personas como Gayatri
Spivak (p. 138) y Arundhati Roy
(p. 509).
[4]
«La
memoria es nuestra única
esperanza», entrevista a Naomi
Klein en
diagonalperiodico.net,
14-12-07
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