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Todo fluye. Los jazzistas de hoy, en un
mundo global, miran más a las
posibilidades de la fusión con otros
géneros y zonas de la creación musical
que al propio pasado del que se
alimentan.
Por suerte, la misma naturaleza de los
espacios donde se practica el jazz ha
cambiado. Los festivales se programan
muchas veces en ámbitos multitudinarios,
al aire libre, avecindados con la salsa,
el folclor y ese término tan difuso e
impreciso pero avasallador que es
“música del mundo”.
Lo que no varía, ni parece que lo hará
en mucho tiempo, es el sentido de la
orientación de la raíz. Se le pueden
añadir muchos formantes, se pueden
asimilar innúmeras influencias, es
posible ponerles tantos apellidos como
se quiera a esas fusiones, pero la marca
será siempre la afronorteamericana, en
ese estado de libertad e improvisación
que trascendió el gesto insumiso de una
comunidad marginada.
En Cuba, los jóvenes jazzistas tienen
conciencia de ello y, por supuesto, de
lo que significó el revolcón del jazz
con los géneros y ritmos vernáculos y
caribeños.
Se trata de jóvenes que están al acecho
pero no solo de novedades, sino sobre
todo de territorios en los que la
especulación sonora cobra carta de
identidad.
Desde estas mismas páginas de
La Jiribilla,
un crítico afirmaba cuatro años atrás:
“Las premisas de esta espiral ascendente
están dadas en el reconocimiento social
doméstico e internacional de las
jerarquías precedentes, la sedimentación
de un sistema académico ecuménico,
riguroso y abarcador, el ensanchamiento
de vías para canalizar el talento y el
crecimiento de la vida espiritual de la
nación. Existe una toma de conciencia de
relevo generacional. Los hijos no
quieren parecerse a los padres pero no
renuncian a ellos, por lo contrario, lo
asumen como herencia. Ser continuadores
de una historia eslabonada desde los
tiempos de Mario Bauzá, Chano Pozo y
Armando Romeu hasta el muy vital Chucho
Valdés se les presenta como motivo de
orgullo y reto”. |