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Siento un respeto devoto por las
tradiciones multiseculares, aquellas que
nos llegan de los antiquísimos
ancestros, que poco a poco le fueron
modelando los horcones a la casa grande
que después, definitivamente, iba a ser
nuestra nación. Y de idéntica manera
siento un gozoso respeto hacia las
tradiciones que algunos de nuestros
coetáneos comienzan a modelar ante
nuestra vista, para dejar unos fecundos
granos de arena, como impronta
espiritual de estos años en que andamos.
Por
estas razones voy siempre confiado a
cualquier convocatoria que haga el
Centro Cultural Pablo de la Torriente
Brau, en su sede de la calle Muralla 63
de la Habana Vieja. Y muy
particularmente si se trata del espacio
mensual “A guitarra limpia”, que lleva
muchos años ejerciendo de pulmón mayor
para la promoción de la canción de autor
cubana. Cualquiera de sus ediciones nos
hace sentir mejor al dejar “El patio de
las Yagrumas”, pero siempre se espera
con mayor expectativa la llegada del
concierto de fin de año. Fue esa la
razón por la cual el sábado 22 de
diciembre, mucho antes de comenzar la
velada, ya el lugar estaba colmado.
Mediante el antiguo boca a boca, por
notas en la prensa convencional o por
esos poderes infinitos de los correos
electrónicos, se habían enterado de que
vendría a cantar Pedro Luis Ferrer,
después de siete meses de trabajo en
Europa.
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Él,
en su ya prolongada carrera, ha
demostrado ser un artista de poderosa
singularidad, merced a una voz de gran
altura, que no se parece a la de nadie;
a una lírica criolla de poesía
humanísima y rebelde, desde la cual
nunca ha parado mientes en reflexionar,
criticar, dar fe del amor y las
tristezas que le provocan sus entornos,
y también a un manejo magistral del la
guitarra y el tres, conseguido
esencialmente por su consagración a
estos instrumentos, desde los que podría
expresar un sin número de cosas, sin
abrir la boca.
Imagino que todos los presentes
esperaban a Pedro secundado por el resto
de su pequeño y valioso grupo de
causticidad provocadora, en los que no
pocas veces contrapuntea su voz con la
de su hija Lena, y sin embargo el
hombre, como en los ya lejanos años de
sus comienzos, vino a hacernos la
ofrenda a guitarra limpia.
De
comienzo a final de su presentación, el
público silencioso y cómplice, se
mantuvo en vilo. Arrancó con su
musicalización del poema XLVI de los
Versos sencillos de José Martí, cuya
estrofa final sonó allí como arte
poética del concierto: “¡Verso, nos
hablan de un Dios/ Adonde van los
difuntos:/ Verso, o nos condenan
juntos,/ O nos salvamos los dos!”. Luego
enseñó más claramente sus credenciales,
con “Cubano ciento por ciento”.
Propuso temas menos conocidos, sazonados
de ironía, como “Mis amigos van al
restaurant” y “No tié pelo en la
lengua”, dedicada en su juventud a la
chilena Violeta Parra y otra también
ofrendada a ella, que gozó de mucha
popularidad: “Ay, quién tuviera la
suerte” y dando un giro en el tiempo,
ofrece una pieza guarachosa, que es
seguramente fruto de sus recientes
andares en Madrid, haciendo analogías
entre las madrileñas y las cubanas.
Sigue con una suerte de bolero que se
inicia con aquello de “Hay un vacío en
mí, (…)”. Y enseguida afirma en otro
tema, que no quiere nada de lo que
perdió. Es feliz con lo que tiene.
Después del largo aplauso, canta su
campechana tolerancia con aquel que
“tiene delirio de mar varones”. Luego
pone esa especie de fábula del abuelo
que hizo una casa, con mucho trabajo,
para toda la familia, pero la cual no se
puede cambiar en nada sin su
consentimiento. Y cuando uno menos se lo
espera, Pedro nos remonta a muchos años
atrás, volviéndonos a regalar “Si no
fuera por ti”, sin dudas una de las más
entrañables de la canción de amor
compuestas en el siglo pasado.
Ya
sabíamos, por el programa de mano, que
cantaría una canción compuesta a
propósito de este concierto, y a la que
ha titulado, con absoluta transparencia,
“Canción de fin de año”. El artista —el
cubano— que siempre se ha expresado con
honestidad a toda prueba, a riesgo
incluso de que no lo entiendan, se
siente fuera del grupo de quienes se
ponen a decir cualquier cosa, porque le
han asegurado la posibilidad de hacerlo.
Echa otra vez mano a su punzante ironía:
“Ahora que hasta el mudo quiere hablar/
Y está de moda el grito y la querella:
/Tus piernas, las quisiera devorar, /El
modo en que caminas y te sientas”.
En la
curva final de la presentación cantó su
declaración de principios sobre lo que
significa estar geográficamente en
nuestro país o en tierras lejanas, “Si
no me voy de Cuba”. Y sabedor de que
puede entrar en su vasija de irrompible
cubanidad cualquier referente musical de
otras latitudes, se echó el “Tango Santo
Suárez”, con remembranzas de su
adolescencia.
Hacia
el final cantó “Romance del negro” y la
del amigo palero, que habla también en
contra de los prejuicios de “los puros”.
Le empiezan a pedir algunas de sus
composiciones antológicas y otra vez
pone a volar su “Mariposa” y complace
diciendo “Yo no tanto como él” a
condición de que le dejaran poner
todavía un par de canciones de amor, que
a uno le parece que ha escuchado toda la
vida. Aquella que se llama “Cristina” y
la otra que habla de la pareja de amor
como un cuerpo único, “Tu nombre es así,
mi nombre”.
Habiendo cantado más de 20 temas, el
trovador, otra vez con los pies hundidos
en su tierra, pretende terminar con una
canción compuesta hace muchos años, y
que, como toda poesía de hondura, puede
servirnos para nuestros días presentes:
“No hay nada que buscar en la tristeza,/
salvemos lo mejor de la cosecha./ Luchar
es el camino de la suerte”.
Los
reclamos del público, que siempre quiere
más, no se aplacan, sobre todo si está
delante de un creador que ha expresado,
con alto vuelo estético, sus prioridades
esenciales, que son también las de la
mayoría de sus paisanos. Pedro resuelve
la situación esgrimiendo, cual himno
sagrado, su musicalización del poema de
su tío Raúl Ferrer: “Romance de la niña
mala”.
Otra
vez uno vuelve a casa, siendo o
queriendo ser mejor. Es lo menos que
podemos hacer ante esta entrega de Pedro
Luis Ferrer, sin duda uno de los regalos
más alimenticios a los afanes del hombre
de a pie, en este fin de año.
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