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Comentando acerca de la novela El
padre de Blancanieves,
de Belén Gopegui,[1]
me decía un amigo que le hubiera gustado
que la historia del ecuatoriano al que
despiden por una queja injusta se
estableciera como argumento conductor
del relato. Es decir, focalizar el drama
a través de la descripción de acciones,
sucesos y, como es imprescindible en
esta autora, el fluir del pensamiento y
de las reflexiones acerca del contexto
social. Sería otra novela, desde luego;
algo que en cierto modo hizo en su
anterior El lado frío de
la almohada.
Pero en esta, que emplea como pivote el
despido de un repartidor de supermercado
a domicilio por causa de una delación de
una persona que considera su vida en
equilibrio y bien habida, no deja de
pesar su circunstancia, espectral, a la
manera de Shakespeare. La clave no está
oculta; la presenta Susana, estudiante
de 21 años, militante alrededor de quien
implosionan la mayor parte de los
conflictos puntuales de toda la novela,
aun antes de contar el suceso del
despido y el dolor de conciencia de su
madre, dado por la propia decisión del
afectado de aparecérsele hasta que sea
retribuido a la posibilidad de ganar su
sustento. Desde su primera intervención,
Susana anuncia:
“Necesitamos, hemos dicho a veces,
informes sobre el mundo, sobre lo que
ocurre en los institutos, hospitales,
fábricas, comisarías, en cada empresa.
Pero quizá necesitemos también algunos
informes de las habitaciones.”[2]
Tras este párrafo, condicionante no solo
de la situación narrativa en que los
personajes se hallan, sino también del
sentido último al que el relato
presentado debe conducir, pasa a
contarnos brevemente el hecho. Debe
advertirse que el ecuatoriano cesanteado
decide hostigar a la responsable de su
despido no reclamándole indemnización
con una cifra equis de dinero, sino la
posibilidad de sostenerse, el derecho a
mantener su familia mediante el trabajo.
El conflicto central no se focaliza
entonces en las posibles anécdotas y
consecuencias del ecuatoriano en sí,
sino en la llamada a conciencia de las
personas que ayudan a que estas
circunstancias sean normales y de suave
indolencia.
En el capítulo segundo esta clave se
enuncia nuevamente y el "Comunicado 2
después de la lluvia" lo presenta en su
párrafo inicial:
“El padre de Blancanieves vive con la
madrastra pero nadie lo nombra, nadie
habla de él. La madrastra maquina contra
Blancanieves, y el padre ¿por qué
calla?, ¿por qué no actúa? Con todo, el
padre nos delata. Ahí está el bosque en
la oscuridad; ahí, el tiempo
transcurrido sin que la atención se
dirigiera a ese a quien, una vez
nombrado, la atención querría suponer de
viaje, o en la guerra o muerto. Pero el
padre aguarda en el castillo, mudo.
Estaba ahí. Como la inadvertencia.”[3]
Si el padre nos delata, el asunto mira
mucho más a la conciencia que a la
consecución anecdótica. Si estaba ahí,
como la inadvertencia, la clave apunta a
aquello que preferimos dejar en la
sombra a la hora de pasar balance ante
los actos que rigen nuestra vida. No
estoy forzando los cauces de la
interpretación, sino siguiendo los
propios derroteros de la autora quien ha
declarado su deseo de expresar “un
referente literario, imaginativo, en
torno a la no resignación política”[4]
y se ha pronunciado además por conseguir
una crítica de la ficción narrativa
capaz de atender, seria, humildemente, a
“qué valores se articulan y dramatizan y
por qué”
[5].
A
párrafo seguido del
"Comunicado 2 después de la lluvia" se
lee este elemento clave, claramente
enunciado, primero en una frase de
connotación sociológica, por último en
un giro de lírica intención:
“Las preguntas que no se hace la clase
media están ahí, aunque no se las mire.
Sobre todo lo que un hombre o una mujer
no se preguntan es posible asfaltar
calles, edificar bloques de pisos,
entarimar habitaciones. Lo que mantiene
las nubes está ahí. Y las preguntas que
no se hacen. Y los secretos que guarda
el corazón de la comunidad.”[6]
Belén
Gopegui nos llama en esta obra a socavar
el estado de olvido sombrío con que la
clase media (laboriosa, pero
ideológicamente sedentaria) deja que el
mundo se conforme según los intereses de
otros. O sea, en tanto la madrastra
intriga, el padre está en la sombra,
como un cómplice abúlico, dispuesto a
cooperar si se le fuerza a ello, aunque
también considerando que “las palabras
duermen hasta que alguien las despierta,
les da sentido, las necesita”
[7]. De ahí
que lo que más
peso alcance a lo largo de todo el
relato sea el espectro dialógico, la
potenciación narrativa de puntos de
vista diferentes, no precisamente
antagónicos, sino medianamente sordos en
su afán por expresarse al unísono y en
más alto tono.
Como a los dramatis personae del
texto teatral, y además como a los
individuos que en los documentales
testimonian, se presentan los personajes
en El padre de Blancanieves
mientras transcurren los dos primeros
capítulos de trama. SUSANA. 20 años.
Estudiante. GOYO. 26 años. Estudiante.
ENRIQUE. 49 años. Analista de sistema en
empresa internacional. Padre de Susana.
ELOÍSA. 33 años. Ingeniera química.
FÉLIX. 21 años. Estudiante. MAURICIO. 25
años. Dependiente de tienda de objetos
de alto standing. MANUELA. 44
años. Profesora de Instituto de
Educación Secundaria. Madre de Susana.
Acompañan las fichas detalles como el
color de los ojos, manías y gustos
principales y, siempre, si milita o no.
Hay una historia de ficción, por tanto,
que es referente directo de la realidad,
que indaga en el contexto que rige la
existencia.
El argumento avanza entonces a través de
la acción que, dada la circunstancia
específica de participación, ya sea
negándose, resistiéndose a hacerlo, los
personajes asumen por propia voluntad.
El dato presentado en el texto narrativo
convoca, en tiradas no demasiado
extensas aunque sí rotundas en cuanto a
puntos de vistas, a una polifonía de
voces que puedan expresarse según sus
argumentos, que puedan por sí mismos
defenderse, desde el fondo y en
consecuencia con sus diferencias de
actitud ante la vida, sacando de la
sombra esas palabras que alguien seguro
necesita. Así, mientras en la denuncia
emerge un adormecimiento de los sujetos
sociales puestos bajo perspectiva, en el
relato mismo la trama se desliza por la
conciencia subjetiva interior hacia
eventos que plantean la confrontación
inevitable; con la inevitable
desgarradura del ámbito familiar y del
empleo seguro.
Si privilegiáramos, a despecho de la
petición de la autora, un análisis
formal de esta novela, habría que
destacar su habilidad para llevar a
síntesis la cantidad de parlamentos que
necesitaría una narración convencional
para hilvanar cuanto dice, desde ángulos
diversos, incluido el de la Asamblea —en
su circunstancia de sujeto colectivo—, a
la que se dota de los atributos
naturales de la ficción narrativa para
un personaje. Formal, pragmática,
estructuralmente hablando, narrador,
narratario y conflicto social referente
se imbrican al dejar discurrir a esa
Asamblea a la cual, en variantes, Belén
Gopegui atribuye voz en sus novelas.
Hallaríamos también que elementos de la
novela post —verdad que un tanto
contenidos y dosificados— le sirven de
diferente utilidad al ponerlos en
función de una idea de concreta
militancia. E incluso que la estructura
acumula las diversas maneras del punto
de vista mediante recursos genéricos,
como el diario, la descripción en
tercera persona, básicamente neutral, y
el monólogo, dirigido más en ilusión de
diálogo que en ciclo cerrado de
proposiciones. Y hasta admitir que el
ritmo argumental jadea un tanto después
de la arrancada para recuperarse luego,
cuando los hechos concretos de defensa y
ataque salvan a los principales
personajes de lo inamovible. Por tanto,
tampoco es ley absoluta suponer que una
carga de sentido invalide de facto a un
texto narrativo.
De cualquier modo, asumir una novela de
tesis militante, de llamado a la
conciencia social, luego del absoluto
descrédito editorial de este tipo de
historias y del sonsonete viciado en que
buena parte de ellas incurrieron,
entraña un riesgo arduo, un peligro de
ser víctima de un gesto de rechazo a
priori. Aunque en El padre de
Blancanieves, aun cuando las tesis
sostenidas por su autora acerca de qué
quiere expresar con la ficción se han
mantenido, relaciones de familia y de
amistad llevan el peso del hilo
argumental, lo cual le da una dimensión
literaria de más interés. Hay en ella un
conjunto de individuos cuyos destinos se
vician o se enfrentan sin que los actos
admitan un juicio en el fondo
consistente. Ciertas debilidades, que el
discurso del otro transforma en
realidad, en evidencia, en declaración
de testigo, quedan del lado de la
recepción, expuestas al juicio del
lector a quien no se somete, entonces, a
un discurrir tedioso de asamblea, sino a
un espacio de meditación sensible,
sostenido más por un poético asumir la
condición humana, que por un deber ser
pedagógicamente establecido.
Aunque no explícitamente, subyace en la
valoración el drama que acecha a los
autores de ficción, presionados por el
negocio de las ventas, la conservación
del contrato y el ceder o no a los
códigos al uso en la avalancha
editorial. Ser competente, en fin, en la
ya desmedida competencia donde el
prototexto estructural está definiendo
el éxito y la colocación del escritor.
Si tomamos el impactante final del poema
de Eliseo Diego «Riesgos del
equilibrista», de su Muestrario del
mundo o Libro de las maravillas de
Boloña, (por usar un ejemplo
entrañable a mi propio espíritu de
lector y de autor, y por valernos de un
recurso del que Gopegui se vale en más
de una ocasión en la novela)
reencontraríamos el texto clamando en
esa dirección:
¡ADELANTE!,
decimos al equilibrista, retirándonos
al
respaldo suficiente de la silla
y
la misericordiosa tierra: nosotros
pagamos a tiempo las entradas y de aquí
no nos vamos.
Tal
disyuntiva es asumida en esta obra bajo
un doble riesgo: seguir, como se pide
del público indolente, sobre la cuerda
floja, pero en un espectáculo que
ofrezca lo contrario, que tuerza el
itinerario imperante en el mundo
editorial.
Así, a través de la voz del sujeto
colectivo, y de los individuos que lo
rondan, ya sea en su recomposición ya
agrediéndolo ya dándolo por nimio, esta
novela de Belén Gopegui nos llama a
rescatar esa serie de preguntas que,
aunque no se las mire, están ahí,
gravitando sobre “las preguntas que no
se hacen” y sobre “los secretos que
guarda el corazón de la comunidad”.
[1]
Belén Gopegui: El
padre de Blancanieves, Editorial
Anagrama, Narrativas Hispánicas,
Barcelona 2007
[4]
"Empiezan a darse
nuevos movimientos y textos que
cuestionan el orden establecido",
entrevista de Javier Burgos Tejero,
Nuevo Claridad, en http://www.dprogresivo.com/nuevoclaridad/index.
[5]
Intervención en el
encuentro de la Red de Redes en
Defensa de la Humanidad celebrado en
Anzoátegui (Venezuela) en homenaje a
la República española y Federico
García Lorca
[6]
El padre de Blancanieves,
Op. cit. p. 55
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