Año VI
La Habana

29 de DICIEMBRE
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de 2008

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El padre de Blancanieves:
riesgos del equilibrista

Jorge Ángel Hernández • Santa Clara

 

Comentando acerca de la novela El padre de Blancanieves, de Belén Gopegui,[1] me decía un amigo que le hubiera gustado que la historia del ecuatoriano al que despiden por una queja injusta se estableciera como argumento conductor del relato. Es decir, focalizar el drama a través de la descripción de acciones, sucesos y, como es imprescindible en esta autora, el fluir del pensamiento y de las reflexiones acerca del contexto social. Sería otra novela, desde luego; algo que en cierto modo hizo en su anterior El lado frío de la almohada. Pero en esta, que emplea como pivote el despido de un repartidor de supermercado a domicilio por causa de una delación de una persona que considera su vida en equilibrio y bien habida, no deja de pesar su circunstancia, espectral, a la manera de Shakespeare. La clave no está oculta; la presenta Susana, estudiante de 21 años, militante alrededor de quien implosionan la mayor parte de los conflictos puntuales de toda la novela, aun antes de contar el suceso del despido y el dolor de conciencia de su madre, dado por la propia decisión del afectado de aparecérsele hasta que sea retribuido a la posibilidad de ganar su sustento. Desde su primera intervención, Susana anuncia:

“Necesitamos, hemos dicho a veces, informes sobre el mundo, sobre lo que ocurre en los institutos, hospitales, fábricas, comisarías, en cada empresa. Pero quizá necesitemos también algunos informes de las habitaciones.”[2]

Tras este párrafo, condicionante no solo de la situación narrativa en que los personajes se hallan, sino también del sentido último al que el relato presentado debe conducir, pasa a contarnos brevemente el hecho. Debe advertirse que el ecuatoriano cesanteado decide hostigar a la responsable de su despido no reclamándole indemnización con una cifra equis de dinero, sino la posibilidad de sostenerse, el derecho a mantener su familia mediante el trabajo. El conflicto central no se focaliza entonces en las posibles anécdotas y consecuencias del ecuatoriano en sí, sino en la llamada a conciencia de las personas que ayudan a que estas circunstancias sean normales y de suave indolencia.

En el capítulo segundo esta clave se enuncia nuevamente y el "Comunicado 2 después de la lluvia" lo presenta en su párrafo inicial:

“El padre de Blancanieves vive con la madrastra pero nadie lo nombra, nadie habla de él. La madrastra maquina contra Blancanieves, y el padre ¿por qué calla?, ¿por qué no actúa? Con todo, el padre nos delata. Ahí está el bosque en la oscuridad; ahí, el tiempo transcurrido sin que la atención se dirigiera a ese a quien, una vez nombrado, la atención querría suponer de viaje, o en la guerra o muerto. Pero el padre aguarda en el castillo, mudo. Estaba ahí. Como la inadvertencia.”[3]

Si el padre nos delata, el asunto mira mucho más a la conciencia que a la consecución anecdótica. Si estaba ahí, como la inadvertencia, la clave apunta a aquello que preferimos dejar en la sombra a la hora de pasar balance ante los actos que rigen nuestra vida. No estoy forzando los cauces de la interpretación, sino siguiendo los propios derroteros de la autora quien ha declarado su deseo de expresar “un referente literario, imaginativo, en torno a la no resignación política”[4] y se ha pronunciado además por conseguir una crítica de la ficción narrativa capaz de atender, seria, humildemente, a “qué valores se articulan y dramatizan y por qué” [5].

A párrafo seguido del "Comunicado 2 después de la lluvia" se lee este elemento clave, claramente enunciado, primero en una frase de connotación sociológica, por último en un giro de lírica intención:

“Las preguntas que no se hace la clase media están ahí, aunque no se las mire. Sobre todo lo que un hombre o una mujer no se preguntan es posible asfaltar calles, edificar bloques de pisos, entarimar habitaciones. Lo que mantiene las nubes está ahí. Y las preguntas que no se hacen. Y los secretos que guarda el corazón de la comunidad.”[6]

Belén Gopegui nos llama en esta obra a socavar el estado de olvido sombrío con que la clase media (laboriosa, pero ideológicamente sedentaria) deja que el mundo se conforme según los intereses de otros. O sea, en tanto la madrastra intriga, el padre está en la sombra, como un cómplice abúlico, dispuesto a cooperar si se le fuerza a ello, aunque también considerando que “las palabras duermen hasta que alguien las despierta, les da sentido, las necesita” [7]. De ahí que lo que más peso alcance a lo largo de todo el relato sea el espectro dialógico, la potenciación narrativa de puntos de vista diferentes, no precisamente antagónicos, sino medianamente sordos en su afán por expresarse al unísono y en más alto tono.

Como a los dramatis personae del texto teatral, y además como a los individuos que en los documentales testimonian, se presentan los personajes en El padre de Blancanieves mientras transcurren los dos primeros capítulos de trama. SUSANA. 20 años. Estudiante. GOYO. 26 años. Estudiante. ENRIQUE. 49 años. Analista de sistema en empresa internacional. Padre de Susana. ELOÍSA. 33 años. Ingeniera química. FÉLIX. 21 años. Estudiante. MAURICIO. 25 años. Dependiente de tienda de objetos de alto standing. MANUELA. 44 años. Profesora de Instituto de Educación Secundaria. Madre de Susana. Acompañan las fichas detalles como el color de los ojos, manías y gustos principales y, siempre, si milita o no. Hay una historia de ficción, por tanto, que es referente directo de la realidad, que indaga en el contexto que rige la existencia.

El argumento avanza entonces a través de la acción que, dada la circunstancia específica de participación, ya sea negándose, resistiéndose a hacerlo, los personajes asumen por propia voluntad. El dato presentado en el texto narrativo convoca, en tiradas no demasiado extensas aunque sí rotundas en cuanto a puntos de vistas, a una polifonía de voces que puedan expresarse según sus argumentos, que puedan por sí mismos defenderse, desde el fondo y en consecuencia con sus diferencias de actitud ante la vida, sacando de la sombra esas palabras que alguien seguro necesita. Así, mientras en la denuncia emerge un adormecimiento de los sujetos sociales puestos bajo perspectiva, en el relato mismo la trama se desliza por la conciencia subjetiva interior hacia eventos que plantean la confrontación inevitable; con la inevitable desgarradura del ámbito familiar y del empleo seguro.

Si privilegiáramos, a despecho de la petición de la autora, un análisis formal de esta novela, habría que destacar su habilidad para llevar a síntesis la cantidad de parlamentos que necesitaría una narración convencional para hilvanar cuanto dice, desde ángulos diversos, incluido el de la Asamblea —en su circunstancia de sujeto colectivo—, a la que se dota de los atributos naturales de la ficción narrativa para un personaje. Formal, pragmática, estructuralmente hablando, narrador, narratario y conflicto social referente se imbrican al dejar discurrir a esa Asamblea a la cual, en variantes, Belén Gopegui atribuye voz en sus novelas. Hallaríamos también que elementos de la novela post —verdad que un tanto contenidos y dosificados— le sirven de diferente utilidad al ponerlos en función de una idea de concreta militancia. E incluso que la estructura acumula las diversas maneras del punto de vista mediante recursos genéricos, como el diario, la descripción en tercera persona, básicamente neutral, y el monólogo, dirigido más en ilusión de diálogo que en ciclo cerrado de proposiciones. Y hasta admitir que el ritmo argumental jadea un tanto después de la arrancada para recuperarse luego, cuando los hechos concretos de defensa y ataque salvan a los principales personajes de lo inamovible. Por tanto, tampoco es ley absoluta suponer que una carga de sentido invalide de facto a un texto narrativo.

De cualquier modo, asumir una novela de tesis militante, de llamado a la conciencia social, luego del absoluto descrédito editorial de este tipo de historias y del sonsonete viciado en que buena parte de ellas incurrieron, entraña un riesgo arduo, un peligro de ser víctima de un gesto de rechazo a priori. Aunque en El padre de Blancanieves, aun cuando las tesis sostenidas por su autora acerca de qué quiere expresar con la ficción se han mantenido, relaciones de familia y de amistad llevan el peso del hilo argumental, lo cual le da una dimensión literaria de más interés. Hay en ella un conjunto de individuos cuyos destinos se vician o se enfrentan sin que los actos admitan un juicio en el fondo consistente. Ciertas debilidades, que el discurso del otro transforma en realidad, en evidencia, en declaración de testigo, quedan del lado de la recepción, expuestas al juicio del lector a quien no se somete, entonces, a un discurrir tedioso de asamblea, sino a un espacio de meditación sensible, sostenido más por un poético asumir la condición humana, que por un deber ser pedagógicamente establecido.

Aunque no explícitamente, subyace en la valoración el drama que acecha a los autores de ficción, presionados por el negocio de las ventas, la conservación del contrato y el ceder o no a los códigos al uso en la avalancha editorial. Ser competente, en fin, en la ya desmedida competencia donde el prototexto estructural está definiendo el éxito y la colocación del escritor. Si tomamos el impactante final del poema de Eliseo Diego «Riesgos del equilibrista», de su Muestrario del mundo o Libro de las maravillas de Boloña, (por usar un ejemplo entrañable a mi propio espíritu de lector y de autor, y por valernos de un recurso del que Gopegui se vale en más de una ocasión en la novela) reencontraríamos el texto clamando en esa dirección: 

¡ADELANTE!,

decimos al equilibrista, retirándonos

al respaldo suficiente de la silla

y la misericordiosa tierra: nosotros

pagamos a tiempo las entradas y de aquí no nos vamos

Tal disyuntiva es asumida en esta obra bajo un doble riesgo: seguir, como se pide del público indolente, sobre la cuerda floja, pero en un espectáculo que ofrezca lo contrario, que tuerza el itinerario imperante en el mundo editorial. Así, a través de la voz del sujeto colectivo, y de los individuos que lo rondan, ya sea en su recomposición ya agrediéndolo ya dándolo por nimio, esta novela de Belén Gopegui nos llama a rescatar esa serie de preguntas que, aunque no se las mire, están ahí, gravitando sobre “las preguntas que no se hacen” y sobre “los secretos que guarda el corazón de la comunidad”.


[1] Belén Gopegui: El padre de Blancanieves, Editorial Anagrama, Narrativas Hispánicas, Barcelona 2007

[2] Op. cit. p. 11

[3] Op. cit. pp. 54-55

[4] "Empiezan a darse nuevos movimientos y textos que cuestionan el orden establecido", entrevista de Javier Burgos Tejero, Nuevo Claridad, en http://www.dprogresivo.com/nuevoclaridad/index.

[5] Intervención en el encuentro de la Red de Redes en Defensa de la Humanidad celebrado en Anzoátegui (Venezuela) en homenaje a la República española y Federico García Lorca

[6] El padre de Blancanieves, Op. cit. p. 55

[7] Id.

 

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