Año VI
La Habana

29 de DICIEMBRE
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de 2008

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El Cuentero heterogéneo*

Arturo Arango • La Habana

 

El tema declarado del número 5 de El Cuentero es la crítica literaria. Me parece, sin embargo, que su vertebración más profunda ocurre en torno a la diversidad de criterios, a los desacuerdos y las discrepancias.

Como parte de ese dossier crítico que está disperso a lo largo de toda la revista, hay tres textos, digamos, de fondo, dos de ellos dedicados a la cuestión en Cuba: “Narrar la crítica”, de Roberto Zurbano, e “Idiolectos, ideotexto y otras idioteces”, de Francisco López Sacha. Ambos son exigentes con la crítica: el de Zurbano, reclama otras maneras de mirar y de profundizar, y le señala dos vicios con los que concuerdo: su “excesiva contextualización” y el estar entrampada en “una visión teleológica”. El de Sacha declara a la crítica incapaz, aún, de desentrañar los códigos más interiores que conforman ese orden cifrado, núcleo constitutivo de las mayores obras de arte, y pide una crítica que ensanche sus campos de acción y no se conforme con inventariar o clasificar. Pero si Zurbano solicita a la crítica “hacer más visible su condición y más rigurosos sus alcances”, Sacha opina que “felizmente, ha terminado entre nosotros aquel predominio de la teoría infalible. Ha terminado la época instrumental y queda una crítica al desnudo”, un camino por el que, “quizás” “logremos renovar y articular una condición que agoniza”.

Sin embargo, la diversidad, los antagonismos, son mayores aún cuando contrastamos entre sí las breves opiniones de otros muchos críticos y ensayistas encuestados: en orden de aparición, Alberto Garrandés, Víctor Fowler, Maggie Mateo, Mayerín Bello, Basilia Papastamatíu, Nara Araújo, Cira Romero, Ambrosio Fornet, Guillermo Rodríguez Rivera, Jorge Fornet, Virgilio López Lemus y Zaida Capote. Al parecer, el único factor común a la mayoría de esas opiniones es el de situar como uno de los problemas más graves de la crítica su invisibilidad en la prensa masiva, diaria. Ya, luego, el abanico de criterios se abre: en un extremo, los optimistas que ponen los problemas sólo en ese territorio exterior a la crítica misma (falta de espacios, de remuneración, de reconocimiento); en el centro, los que reconocen que incluso este mismo tipo de encuesta, su reiteración más o menos cíclica, es la evidencia del estancamiento de la manifestación, de su provincianismo, aunque algunos, como Jorge Fornet, ven un cambio en la última década, por la aparición de circunstancias sociales que necesitan más “de lo reflexivo que de lo fictivo”; y, en el extremo opuesto, quienes, como Fowler, inscriben el asunto en un contexto mayor, que comprendería no solamente el ejercicio de la valoración en torno a la literatura sino el pensamiento mismo, sus acciones y actitudes, al punto de que, para él, “la condición actual de la crítica” “no es sólo una tragedia, sino el botón de muestra de un fracaso monumental en cuanto a las realizaciones del proyecto dentro de la esfera pública”.

Hay, también, otros textos asociados a este dossier sobre los que no me detendré demasiado. Me interesa, sí, en el descentrado ensayo de Mempo Giardinelli, llamar la atención en sus planteos sobre la manera como históricamente se ha constituido el canon de la literatura argentina. Valdría la pena intentar una indagación semejante para el caso cubano, en el que, como elemento singularizador, habría que añadir, en un lugar prioritario, la función canonizadora de instituciones como el Instituto Cubano del Libro o la UNEAC. ¿De qué forma, a partir de resortes aparentemente extraliterarios –integración de jurados, de delegaciones para viajar a ferias del libros– se le confiere visibilidad a un autor o, por ausencia u omisión, se le hace invisible? ¿Qué peso han tenido las revistas culturales, por lo general institucionales, en la conformación del canon de nuestra literatura? ¿Qué puede estar significando, en ese sentido, el surgimiento de revistas no institucionales?

A pesar de la presencia que estas especulaciones sobre la crítica tienen en El Cuentero n. 5, el arte mismo de narrar sigue siendo central en sus páginas, y a esos espacios alcanza también ese sentido de la diversidad de que hablé antes. A dos excelentes cuentos de sendos escritores mayores, Antón Arrufat y Ronaldo Menéndez, se unen textos de Rafael de Águila, así como narraciones procedentes del Premio David 2007, como el inquietante “Té de coca”, de Dazra Novak; minicuentos del también realizador audiovisual Aram Vidal, en los que se prolongan las preocupaciones éticas ya presentes en sus documentales; y, last but not least, las piezas premiadas y mencionadas en la pasada edición del concurso El Dinosaurio, encabezadas por “Nota de prensa”, de Hugo Luis Sánchez, merecedor del Gran Premio.

Hace algunos meses, al presentar otro número de esta revista, dije que, a pesar de su buena factura, echaba en falta en ella la presencia de ese grupo en estado de alta intensidad intelectual que alguna vez Pedro Henríquez Ureña dio como garantía máxima para la vitalidad de una revista literaria. Debo reconocer que ya, ante esta edición, ese núcleo es más visible: su discurso comienza a dominar el cuerpo todo de la publicación. Y me gusta que esa fuerza se manifieste de manera sesgada, y como a contrapelo. Está, me parece, en el conjunto de reseñas que ocupa sus páginas finales y que, bien leídas, están dialogando también con la opinión de los críticos encuestados. ¿Alguien dice, con razón, que nuestra crítica es incapaz de pensar o siquiera leer otra literatura que no sea la cubana? Aquí Daniel Díaz Mantilla se detiene en Ensayo sobre la ceguera, de Saramago. ¿Otro encuestado le da a la crítica la responsabilidad de establecer patrones de buen gusto y rechazar eso que llama “realismo agresivo”, como también la chabacanería? Pues Jorge Enrique Lage lee, en su conjunto, los seis libros publicados por quien parece ser un nuevo “raro”, Arnaldo Muñoz Viquillón, autor, según Lage, de una narrativa cuyo estilo “resulta de la interacción de múltiples voces, en una zona donde conviven tanto las apropiaciones marginales de los referentes de alta cultura como el uso sofisticado, hasta el retorcimiento, de los códigos del habla popular”. A ese proceso de atomización, de dispersión de individualidades que Sacha cree ver en la literatura cubana podrían pertenecer Muñoz Viquillón, pero también Gleyvis Coro, entrevistada por Ernesto Pérez Castillo, y Agnieska Hernández, Osdany Morales, y sus respectivos reseñistas, Raúl Flores Iriarte y Mike Cross, respectivamente. Pero leídos aquí, en El Cuentero, lo que a Sacha parecería dispersión se ofrece como organicidad: una organicidad diferente, cuyos códigos aún esa otra crítica apenas empieza a ver, a reconocer, y sin embargo es diáfana, natural, para esos que vienen llegando de otra manera, con otras voces.

Y ya me detengo. Me resta solo agradecer: a Heras, por hacerme leer este número de El Cuentero, a sus realizadores por esa capacidad para reunir la diferencia y hacerla dialogar, y a ustedes, que me han permitido anticipar estas lecturas con las que, espero, terminen también en desacuerdo. 

* Palabras leídas como presentación de la revista El Cuentero Crítico (n. 5), Sala “Martínez Villena”, de la UNEAC, miércoles 26 de diciembre de 2007.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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