Año VI
La Habana

29 de DICIEMBRE
al 4 de ENERO
de 2008

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El caso Ernán

Sigfredo Ariel • La Habana

 

Sobrevivió a la estampida de Afrocuba y al nostálgico torbellino que vino después. Fue de los primeros en llegar y de los últimos en irse. De lo mejor que hacía la banda a finales de los setenta y en los ochenta –jazz– casi no quedan testimonios grabados, pero sí, la leyenda. Él formó parte de esa leyenda desde 1977.
 

Sus primeros contactos con el jazz fueron a través de los discos que escuchaban sus padres, luego se vinculó con el grupo de Bobby Carcassés, nada menos. En la puerta de los noventa forma Cuarto Espacio, venturosa aventura con otros disidentes de Afrocuba. Ya por entonces había compuesto y grabado “Momo”, número medular en el jazz cubano del último medio siglo (la frase es de Humberto Manduley). Por esos días una mayor cantidad de público dentro y fuera de Cuba se enteraba de que Ernán López Nussa era, entre otras cosas, un virtuoso del piano y que se estaba convirtiendo en uno de los hombres clave del jazz cubano. En este momento, todos lo saben.  

Lo han situado ciertos críticos (siempre apresurándose) en una ruta que va de Bill Evans a Keith Jarrett, pero no creo que Ernán se deje definir de manera tan sencilla. Hay quien lo recuerda, siendo estudiante aún, tocando en un carnaval habanero en lo alto de una carroza. Eso ha de dejar huellas de cierta profundidad.   

Un buen día sacó a la Sophisticated Lady de Ellington de la trágica oscuridad cabaretera y la puso a caminar por un mediodía de calle, en La Habana de ahora. Sucedió en From Havana to Río, un disco fenomenal con músicos brasileños y cubanos, bisoños y veteranos. Como es de los que frecuentan el arcano de rejuvenecer, el danzón le sale tan fresco, de humor casi adolescente. Creo que le ha enseñado a amar la forma danzón a otros músicos, a gente que apareció después que él, o que simplemente no se habían percatado de las bondades danzoneras  para el jazz.  

En un ámbito lento, transparente, fruto de no se sabe qué nostalgia, metió el Tin tin deo de Chano Pozo. Está en Havana Report, que, entre otras emociones fuertes, comienza con una re-visitación de Amén, la famosa danza de Cervantes. (Ha tocado mucho a Cervantes y lo seguirá tocando, pocos músicos de jazz se han aproximado a esas miniaturas del XIX, y él lo ha hecho por varios caminos). Puede aparecer en una escena de concierto “culto”, de frac ante una orquesta de cuerdas, que en la televisión haciendo un solo en una charanga. Puede estar ahora mismo acompañando a alguien que canta una balada, que re-creando, metido hasta la cabeza en la calentura de una rumba con “mucha moña” de jazz o tocando La muela, aquel chachachá clásico de Richard Egües. Ama el blues y nunca ha escondido cierto costado sentimental que posee, a mucha honra –en internet se encuentra un My Funny Valentine suyo (con Kenji Yoshida), aunque es un video, sospecho, piratesco, qué le vamos a hacer. En un clip de Ian Padrón aparece con expresión medio hierática, como de Buster Keaton, tocando un  piano vertical por todos los rincones de La Habana desde lo alto de un camión de mudanzas: Angeles de paso, una pieza suya, vertiginosa, sonriente.  

De “sus cosas” creo que Wendy’s blues, Lobo’s cha, Isla y Bajo tus faldas dan ejemplo e idea de lo diverso que puede ser el ámbito de su creación. Para la banda sonora de la película La noche de los inocentes, de Arturo Sotto, concibió música inspirada y efectiva. No creo vaya a a ser la única partitura que escriba para el cine. Ya lo descubrirán.  

Su disco Mano de obra (piano solo) está conformado casi enteramente por composiciones propias, salvo dos temas inspirados –divertimento e improvisación– en un aire bachiano (Preludio y fuga en Do menor). Allí está Renoir y Naná, Viña del señorZontime No.2-, Bebiendo del sol y una nueva, estupenda, versión de Momo. Para el booklet de ese disco escribí una noche del año 2004:  

Sus canciones –llamémoslas con él así, o composiciones, textos, obras o conversaciones– pertenecen a un primer estado germinativo; al instante de abrir los ojos ante una catedral y comenzar a describirla sin que los ojos se hayan repuesto del deslumbramiento. Ha creado música para el ejecutante virtuoso que es y también para dar rienda suelta a la improvisación riente, a la paráfrasis, al intertexto maduro.  Ha creado música, sobre todo, para aventurarse en el territorio donde se encuentra mejor: espacio que media entre tierra conocida y tierra ignota. Yo lo creo así.

Escuchando el mismo disco, un tiempo después, escribí este poema: 

ERNAN PIANO SOLO
 

Para sentarse en el poyo de la puerta

de María Cervantes danzó en Las Tullerías

con la amante de la amante de Chopin.

 

Al tocar el órgano de Bach

transformó en clavecinista a un tamborero de Belén

y en caballos de quitrín a gitanos rapsodas.

 

Después nos invitó a examinar sus manos

con auxilio de un prisma tallado en una noche de Berlín

cuando los saxos engendran peces vivos, sustentos de posguerra.

 

Para llegar a Mozart fue la danza cubana en la autopista

que dibujó un borracho sinuoso con los pies sobre la nada

que es ahora la ciudad de Nueva Orleans.

 

Para congregarnos basta

que convoque un signo egipcio:

Significa silencio en mitad de la fiesta bulliciosa

quiere decir tensión de mimbre humedecido por ebanista fino

y en secreto pálpito también

 

pero silencio delicado sobre todo.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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