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Sin duda, Reinaldo es un erudito,
erudición evidente en sus obras, también
en su conversación donde el discurso
está salpicado, o más bien manando,
citas de arte, historia o ciencias
exactas. No sé si sus conocimientos
incluyen la medicina, pero si se le
ocurriera escribir una obra sobre Miguel
Server estudiaría primero la historia de
esa época en España y Francia, el
protestantismo en todas sus variantes y
las ejecuciones de la inquisición y no
encontraríamos quien se opusiera a sus
razonamientos. Si pasamos por alto
algunos de mis errores o saltos en la
historia, sus obras pueden ocurrir en
cualquier período histórico desde los
clásicos griegos convirtiendo a Medea en
una inmigrante y avanzando en el tiempo
hasta hacer una escala en su Fausto,
que no resulta tan histórico; nos
detendríamos después en la época
isabelina para movernos en la corte de
la Reina Virgen a quien llama Liz y en
largo vuelo llegaríamos a Santiago de
Cuba para presenciar la batalla y al
almirante Cervera de Los equívocos
morales y más tarde un viajecito
hasta La Habana con La visita de la
Infanta.
Este método de trabajo hace que su
diálogo posea un encanto erudito repleto
de ironía apoyado en la época en que
sucede la acción para acercarnos
incisivamente a las contradicciones del
presente.
Hablo con derecho porque tenemos una
vieja relación, que no significa un
conocimiento. Esa erudición de que hablo
cubre a Reinaldo con una armadura
medieval, robada a un caballero que
veremos en alguna de sus futuras obras y
no nos permite penetrar su mundo, solo
disfrutar esa charla chispeante, nunca
banal o acaso tan banal como las
corrosivas y divertidas paradojas de
Wilde.
No sé cuándo lo encontré, parece que
siempre estuvo ahí, en Teatro Estudio,
como asesor. Asesor Literario se llama
el cargo o Dramatista, le dicen los
brechtianos. Me aproveché de su
presencia y de su capacidad de trabajo,
también de sus estudios metódicos frente
a mi autor didactismo. Es incansable
siempre que tenga a mano algo con que
escribir.
Nuestro primer trabajo como asesor fue
con Aire frío. Todo nos fue bien,
él hizo un análisis acucioso de una obra
compleja y muy estudiada previamente.
Analizamos juntos escena por escena para
encontrar todos los pasos que
Stanislavski nos enseñó a utilizar para
desmenuzar una obra y hacer que su súper
objetivo estuviese claro para el
director y los actores, quienes deben
conocer al dedillo qué hacer con esas
figuras dibujadas, solo un esbozo, que
claman junto a las criaturas de
Pirandello; suplican cómo encontrar el
color, el calor y la sangre para
transmitir odios y penas y en esta obra
de Virgilio hacernos sentir el calor
infernal a que su autor las ha
condenado. El trabajo resultó eficaz y
así hemos continuado hasta ahora. Los
tiempos no son los mismos y el método ha
cambiado, pero la confianza mutua se
mantiene.
Llegó el momento en que el análisis
hiciera un vuelco y se volviera sobre
mí, sobre el yo que escribe. Soy
platónico no idealista, debo aclarar,
pero prefiero el diálogo a los monólogos
a pesar de las penas que vuelan. Los
otros, los asesores y los lectores,
descubren facetas, intenciones no
previstas que asombran al mismo autor
cuando alguien lee la obra con una
intención analítica. Sé que aparecen
allí porque el subconsciente las colocó
como parte de la labor de investigación
preescritura. Al menos eso sucede con el
método que empleo para acercarme al tema
y a los personajes. Seguramente no
recuerdo, pero el viaje no debe haber
ocurrido en una balsa de aceite, sino de
madera con algunas púas. Exceso de
cariño con el hijo nacido de mi pluma o
de la Olivetti que usaba en aquellos
tiempos.
Y más tarde tocó el turno al momento en
que yo debería dirigir su Medea. Y la
balsa fue construida de madera, esta vez
con más púas. Y el celo con sus textos
era peor que el de Othelo y las
digresiones que a veces retardaban la
acción según mi criterio y necesitaba
eliminarlas o hacerlas más breves para
lograr el dinamismo en la puesta en
escena se convertían en signos dorados
donde una palabra valía más que un largo
parlamento. Esos bocadillos eruditos,
que en una novela podrían resolver una
página brillante, demuestran que son
consustanciales a su yo más íntimo.
Seguramente leía desde el seno materno y
por la sangre le corrían letras, lo
alimentaron con sopas de letras y con
ellas formaba palabras y así llegó a ser
un escritor. Él, como todos, sentimos
amor por una frase brillante y le damos
lustre para hacerla reverberar.
Agradezco mucho haber compartido mis
preocupaciones de director con él.
Hicimos un buen team, equipo debo
decir. Nunca hubo ataques histéricos de
ninguna de las dos partes. Nos
divertimos cuando nos encontramos y
conversamos, o con los mensajes en que
ponemos a prueba nuestro ingenio. Creo
en su creatividad, la seriedad con que
se dedica tanto al teatro, como a la
novela y su interés en los ensayos
literarios. No lo digo yo sino las
múltiples ediciones, las puestas en
escena de sus obras y los premios
recibidos. Necesito una buena frase para
cerrar este elogio, loa o panegírico y
si no la encuentro sellaré estas
palabras simplemente con un abrazo. |