Año VI
La Habana

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de 2008

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Jazz hecho hoy por cubanos

Igual y diferente

Joaquín Borges-Triana • La Habana
Fotos: Kaloian (La Jiribilla)

 

Nadie que sea un estudioso del acontecer musical cubano de los últimos años, podría ignorar el buen momento que en el presente vive el jazz hecho por nuestros compatriotas y a lo cual ha contribuido, de modo especial, la celebración del festival Jazz-Plaza y, más recientemente, del concurso Jo-jazz. No voy a extenderme mucho en relación con el tema dado que al respecto puede encontrarse enjundiosa bibliografía, como la escrita por el saxofonista, investigador y periodista Leonardo Acosta. Sí deseo apuntar que ni los furibundos optimistas entre los asistentes a la Sala Teatro de la Casa de la Cultura de Plaza en febrero de 1980, podíamos imaginar que aquel casi clandestino primer encuentro de los jazzistas del patio, organizado por Armando Rojas y Bobby Carcassés, devendría uno de los festivales más esperados por músicos y público en general.

Quizá a manera de símbolo de cuanto bueno habría de ocurrir en lo adelante, aquella primera fiesta de los jazzistas cubanos fue ocasión propicia para que en un mismo escenario compartieran el espacio tanto los renombrados, como los noveles exponentes del jazz nacional. Los festivales realizados desde entonces han evidenciado la irrupción sucesiva a la escena local de una generación emergente de creadores que hoy hacen música cubana evolucionada hacia lo contemporáneo, a partir de concepciones tímbricas bien modernas y estructuras acordales complejas, infrecuentes en el medio local hasta los 80. Pucho López, Gabriel Hernández, Ernán López-Nussa, Osmani Sánchez, Miguel Núñez, Orlando Sánchez, Reynaldo Melián, Omar Hernández, Oscarito Valdés, Oriente López y Gonzalo Rubalcaba fueron algunos de los que impregnaron el aliento renovador al panorama sonoro cubano.

Veinte años después de aquella revolución que significó la irrupción a la vida cultural de la generación de músicos de los 80, en los nuevos talentos locales (descubiertos en la mayoría de los casos gracias a las emisiones del Jo-jazz, o sea, el festival para jóvenes jazzistas que se celebra desde 1999), por encima de las lógicas diferencias estilísticas entre ellos, se aprecian elementos comunes. Así, a la hora de rastrear el referente de influencias en estos muchachos ya resulta imposible buscar solo en lo nacional, sino que hay que mirar hacia lo foráneo. De tal suerte, guitarristas como Norberto Rodríguez y Élmer Ferrer han bebido más de figuras como John Scotfield y Pat Metheny que de los cubanos Juanito Márquez y Carlos Emilio Morales. Un trompetista como Yasek Manzano resulta heredero de Roy Hargrove y Winton Marsalis antes que de Luis Escalante y Leonardo Timol, mientras que un pianista como Aldo López Gavilán en su repertorio más reciente, renuncia a los clásicos tumbaos de la música cubana y a las claras se identifica con lo mejor del jazz contemporáneo, en particular el de origen europeo. Sin el menor prejuicio, teclistas como David Virelles, Rafael Zaldívar, Antonio Rodríguez, Arián Ortiz, José Ramón Cabrera, Manuel Valera (Jr.), Alejandro Bargas, Daniel Amat, Julio Armando Baró, Axel Tosca Laugart, Harold López-Nussa, Alfredo Rodríguez Salicio, Abel Calderón, Alejandro F. Rodríguez, Víctor Bell Carbonell, Dayramir González, Leonardo Donado, Neisy Wilson, Mareli Pacheco… o trombonistas como Andrés Hernández y Juan Carlos Marín, echan mano a elementos melódicos, armónicos y tímbricos legados por la cultura universal.

Junto al grupo de los antes mencionados, hay otros nombres que conforman las nuevas caras del jazz cubano. Entre ellos están los saxofonistas Román Filiú, Irvin Acao, David Suárez, Roberto Martínez, Ariel Bringues y Carlos Fernández, los trompetistas Alexander Brown, Mayquel González y Carlos Sarduy, los guitarristas Marcos García y Rolando Morales, los pianistas Rolando Luna y Roberto Julio Carcassés, los clarinetistas Emir Santa Cruz y Ernesto Camilo Vegas, la vibrafonista Tamara Castañeda, el violinista Julio Valdés Fuentes, la flautista Majela Herrera, los baterías Ramsés Manuel Rodríguez, José Calixto, Ruy Adrián López-Nussa y Oliver Valdés, los percusionistas Yaroldi Abreu y Abel González, las formaciones vocales Sexto Sentido y Angelisa, y los bajistas Omar González, Néstor del Prado, Alfredo Echevarría, Lázaro Rivero, Rolando Paseiro, Roberto Riverón, Yandi Martínez, Gastoncito, Heliam Alberto Miranda, Carlos Ríos, y Fernando Tort (hijo). Por la juventud que poseen y aunque sí son bien conocidos, hay que incluir en este sencillo e incompleto listado a gentes como David Alfaro, Osmany paredes, Toni Pérez, Roberto Fonseca y Alexis Bosch (piano), Alain Pérez (bajo), Julio Padrón (trompeta), Orlando “Maracas” Valle (flauta), o César López y Alfred Thompson (saxofón). Todos ellos, en unión de los viejos y reconocidos maestros de siempre, hacen lo suyo para que en el siglo XXI el jazz cubano goce de la buena salud que hasta el presente le ha caracterizado.

Una señal que corrobora la anterior afirmación está en el hecho de que, tanto dentro como fuera del país, comienza a producirse una gratificante diversificación en las propuestas de los jazzistas cubanos, algunos de los cuales ya no transitan únicamente por los terrenos del jazz latino o afrocubano, como prefiere llamarlo el investigador Leonardo Acosta. Así, de un tiempo a acá y en particular después de la vital experiencia del grupo Cuarto Espacio (por suerte, recogida aunque sea de forma fragmentaria en un CD publicado por la compañía Aché Records), han aparecido varias producciones discográficas que utilizan los códigos y el lenguaje del llamado jazz eléctrico o "jazz fusion", una vía de expresión que hasta hace poco en Cuba era mal valorada por los medios de comunicación, el público y los propios músicos. El sello que inicialmente marchó a la vanguardia en este sentido fue el desaparecido Unicornio, que brindó la posibilidad a varios artistas para acometer proyectos de tal índole. En la actualidad, la continuidad del trabajo comenzado por Unicornio está en manos de la discográfica Colibrí, que se ha lanzado en un ambicioso plan de edición de fonogramas con los ganadores del concurso Jo-jazz y que ya ha puesto en circulación varios CD, protagonizados por figuras noveles de altísima calidad.

Entre los álbumes que se inscriben en la vivificante tendencia que ensancha el horizonte del jazz hecho por cubanos más allá de los límites estilísticos de la corriente del jazz latino o afrocubano, pueden mencionarse Made in Animas, del bajista Felipe Cabrera, En el ocaso de la hormiga y el elefante y Talking to the universe, del pianista Aldo López-Gavilán Junco, El Negro and Robby at the Third World War, del baterista Horacio “El Negro” Hernández, Kubilete, del saxofonista César López, Entre ángeles y diablos y Buscando la caja negra, ambos del tecladista Pucho López, En el comienzo, del grupo Temperamento, Azul, del llamado Miguel’s Trío, que dirige el teclista Miguel Núñez, Tiene que ver y Elengó, del pianista Roberto Fonseca, Saxual y Saxsoul, del saxofonista Germán Velazco, Iyabó, del Julio Barreto Cuban Quartet, un proyecto encabezado por el baterista Julio César Barreto, Tranquilo, del guitarrista Jorge Luis Valdés “Chicoy”, Jazz'Tá Bueno, del saxofonista Carlos Averhoff, Brain Store y Ultrasonido, de Habana Sax, About the Munks y Absolute quintet, del baterista Dafnis Prieto, así como Metrópoli y Fango dance, del guitarrista Élmer Ferrer.

Lo asombroso en la eclosión de formidables jazzistas que ha vivido Cuba desde mediados de los 80 está dado por el hecho de que entre nosotros no existen academias donde se imparta dicha especialidad y en general para su formación el músico popular cubano carece de partituras impresas y de métodos acompañados de cassettes y videos para estudiar los géneros de su interés. Además, hay que pensar en las escasas oportunidades de presentación que tienen estos intérpretes, resueltas en algo gracias a la apertura de uno que otro centro nocturno para el jazz, en particular La Zorra y el Cuervo y el Jazz-Café (lamentablemente en Moneda Convertible, lo cual limita su acceso para el común entre los ciudadanos de a pie) como únicos sitios en el país (con excepción del recién inaugurado Jazz Club de Holguín) donde se toca jazz todo el año y que por supuesto, favorece a los ejecutantes capitalinos pero mucho menos a los de provincia.

Lo que acontece con el jazz cubano viene a demostrar, una vez más, que buena parte de nuestros genuinos creadores han sido y son subutilizados y que seguimos sin una adecuada y necesaria política de divulgación, promoción y jerarquización. De ello se desprende lo imprescindible de implementar un sistema que rebase las expectativas cifradas en torno a un festival como el Jazz-Plaza o un concurso como el Jo-Jazz, y que abarque una red de espacios donde haya una programación estable los doce meses del año. Resolver las incongruencias que aún perduran en nuestra esfera musical es el único modo de propiciar una atmósfera favorable para que, con la novel generación de virtuosos instrumentistas que en el presente despega, no se repita el proceso migratorio temporal o definitivo que tipificó al jazz cubano de los 90.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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