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Reinaldo Montero fue el protagonista del
espacio El autor y su obra, del
Instituto Cubano del Libro, el pasado
miércoles 19 de diciembre. Narrador,
poeta y guionista de cine, es además uno
de los más importantes dramaturgos
cubanos de la actualidad. Es también
asesor teatral, especialmente de la obra
de Abelardo Estorino, y como tal se ha
vinculado a más de 30 obras de teatro
con el Grupo Teatro Estudio y la
Compañía Hubert de Blanck.
Reinaldo Montero ha escrito numerosas
piezas teatrales y múltiples guiones de
cine, libros de narrativa, de poesía y
de teatro, entre los que destacan
Donjuanes (Premio Casa de Las
Américas 1986), El encanto del
regreso (Premio Caracol al Mejor
Guión en el Festival Internacional del
Nuevo Cine Latinoamericano, 1992, y
Premio del I Festival de Cine de Bogotá
al Mejor Guión, 1993), Medea
(Premio Italo Calvino 1996 y Premio
Nacional de la Crítica 1997),
Trabajos de amor perdidos (Premio
Juan Rulfo 1996), La visita de la
infanta (Premio de Novela Alejo
Carpentier 2005) y Liz (Premio
Fray Luis de León 2007).
Ha
escrito teatro, narrativa, ensayo,
poesía y guiones de cine, ¿por qué esta
variedad de modos de expresión? Los
premios que ha recibido ¿lo han
aproximado más a algunos de estos
géneros?
Es el
material quien decide donde cabe. Quiero
decir, doy por inútil tratar de meter
Cienfuegos en Trinidad y viceversa. Por
supuesto que los premios no tienen nada
que ver en esto.
Su
vínculo con Abelardo Estorino ha sido
largo y fructífero, como lo demuestra su
ensayo Manera de ser Sófocles.
¿Cómo ha influido esta relación en su
evolución como dramaturgo y escritor?
Es una
bendición conocer a Estorino. Te lo digo
para que te apures y vayas a tocarle a
la puerta. Lograr ser amigo de Estorino
es el día de labor de un buen dios.
Trabajar con el, para mí, sigue siendo
una fiesta.
No
creo que Estorino me haya influenciado
de la manera pedestre en que se ven, por
lo general, las influencias. Su influjo
es más raigal, nada tiene que ver con la
letra, y es más un continuo que algo
puntual.
¿Qué afinidad siente por lo barroco, que
asoma en sus creaciones desde aquella
adaptación que hiciera a la obra maestra
de Carpentier hasta en el lenguaje que
es también protagonista en sus
narraciones y obras teatrales?
Cuando
adapté junto con Laura, Concierto
barroco, hacía rato que había
publicado libros que la crítica rotuló
como barrocos. No sé de qué se habla
cuando se dice "barroco". No sé si tiene
que ver con una partita de Bach, con una
clamorosa partida de dominó, con la
Fragua de Vulcano de Velázquez, con el
doble robo en la pelota, con el sexo de
una "fembra placentera", al decir del
Arcipreste.
Los
críticos dudan al clasificar algunas de
sus obras en las que se entremezclan la
ficción y la realidad, lo mítico y lo
cotidiano, la gran tragedia y la
espontaneidad. ¿Es su propósito escapar
de los cánones?
Lo
menos que hago en esta vida es escapar
no importa de qué. En cuanto a los
cánones, ¿qué canon queda?
¿Con qué finalidad se apropia de los
grandes personajes de la literatura
universal como Fausto y Medea, o de los
grandes personajes de la historia como
Isabel Tudor?
La
finalidad. Horrenda palabreja. No creo
que haya lo que se da en llamar
"finalidad". Esos personajes que nombras
me han sido útiles para decir lo que
quiero sobre hoy. Ese hecho mismo tiene
un alcance mayor, y allá la voz
"finalidad" no llega.
¿Qué atracción tiene el pasado para
usted, que en varias de sus obras recrea
la historia de manera muy peculiar?
El
pasado es presente. No se trata de armar
una frase. Es una verdad como una casa.
Es muy probable que sea esta la mayor
desgracia del hombre. |