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La Habana

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edición conmemorativa de Cien años de soledad

Verdadero tesoro bibliográfico

Roberto Méndez • La Habana

 

Han transcurrido cuatro décadas, desde aquel año 1967, tan lejano ya para nosotros, cuando vio la luz un libro cuyo título resultaba insólito para una novela: Cien años de soledad y los lectores que iban aproximándose al volumen, descubrían, con un asombro sin par, que estaban ante un narrador completamente diferente a todos los que hasta entonces conocían. Y todo comenzaba con unos renglones mágicos, que muchos memorizarían para siempre:

"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo."

 

Solo quien fuera capaz de forjar esas líneas podría relatar con tan pasmosa naturalidad la ascensión a los cielos de Remedios la Bella, las levitaciones del padre Nicanor Reyna después de tomar su taza de chocolate o el hallazgo de aquel galeón español, varado inexplicablemente en medio de la selva.
 

En alguna parte, Gabriel García Márquez -El Gabo para sus amigos- ha comentado que antes de dar a la luz ese libro, había publicado otros cuatro, de los que en total había logrado vender apenas cinco mil ejemplares, sin embargo, la nueva novela tendría unos cien mil compradores en menos de un año. Del discreto prestigio de ser un joven escritor colombiano, pasó a convertirse en una de las mayores celebridades del mundo literario. Y aunque el Premio Nobel no se concede por un libro, sino por la obra de toda una vida, podemos asegurar sin temor al error, que fue Cien años de soledad la que decidió en la balanza la justísima entrega del lauro a su autor.

No es que América careciera por entonces de grandes novelas. Ahí estaban: El siglo de las luces, Paradiso, Yo El Supremo, La región más transparente. Pero Cien años de soledad traía una manera singular de narrar, en la que la magia cotidiana se traducía en un realismo de nuevo cuño. Sin proponérselo se revolucionaba a la vez el concepto de novela social, la imagen de la cultura americana y hasta el lenguaje, que sin perder la riqueza del más añejo español incorporaba con naturalidad el habla popular del continente, trabajada con tal sutileza que era ampliamente comprensible, sin necesitar del glosario de localismos que otras novelas tenían que colocar en las páginas finales.

Cuarenta años han servido para confirmar que este libro, culto y a la vez inmensamente popular, es un ejemplo capital de ficción revolucionaria, que ha sido prolijamente imitado y que ha creado una sola dificultad importante a su autor: la obsesiva necesidad de escribir otros libros, quizá con el solo objeto personal de lograr superarlo, pero aunque El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera son textos valiosos y de irreprochable escritura, los lectores seguimos pensando que el milagro de Cien años... no se ha repetido, porque es exactamente eso y los milagros se imitan pero no se rehacen, como bien sabían los miembros de la familia Buendía.

Por si este aniversario fuera poco para tantos festejos, desde Bogotá hasta Madrid, se celebran también 80 años del nacimiento del escritor y un cuarto de siglo redondo desde que fuera a la Academia Sueca, sin el traje de etiqueta de rigor, sino ataviado como un legítimo campesino de Colombia, para recibir el más ansiado de los premios literarios. Y todo esto es motivo de fiesta para nosotros, porque García Márquez es, desde hace mucho más de cuatro décadas, un amigo incorregible de Cuba, en la que ha vivido y trabajado, donde ha dejado tan fuerte impronta en su movimiento literario, periodístico y cinematográfico y donde tiene algunos de sus más grandes amigos.

Por esas razones, esta tarde se da a la luz una edición excepcionalmente hermosa de la novela, debida al sello Arte y Literatura, enriquecida, si eso fuera posible, con unas ilustraciones de Roberto Fabelo, que no procuran traducir el texto, sino colocar su propia mirada y fantasía junto a la del escritor, como diciéndonos: así leo yo esta novela, así me hace fantasear y las perfectas líneas de Fabelo, unidas a su gloriosa imaginación, son una razón más para alegrarnos con esta edición, destinada desde este mismo momento a convertirse en un verdadero tesoro bibliográfico que con el tiempo ganará un valor incalculable.

Nada hay más hermoso que celebrar una fiesta desde la cultura: y concluir este año con el justo homenaje al Gabo y a su obra mayor, y mezclarlo con la poesía y la música son ya deleites mayores. Brindemos por ese siglo de soledad que se ha convertido en interminable diálogo, en apertura y canto, en revolución desde las ficciones, porque parte de una inclaudicable raíz humanista.       

Palabras para la presentación de la edición conmemorativa de Cien años de soledad
. Pabellón Cuba, miercoles,  26 de diciembre de 2007.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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