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Han transcurrido cuatro décadas, desde
aquel año 1967, tan lejano ya para
nosotros, cuando vio la luz un libro
cuyo título resultaba insólito para una
novela: Cien años de soledad y
los lectores que iban aproximándose al
volumen, descubrían, con un asombro sin
par, que estaban ante un narrador
completamente diferente a todos los que
hasta entonces conocían. Y todo
comenzaba con unos renglones mágicos,
que muchos memorizarían para siempre:
"Muchos años después, frente al pelotón
de fusilamiento, el coronel Aureliano
Buendía había de recordar aquella tarde
remota en que su padre lo llevó a
conocer el hielo."
Solo quien fuera capaz de forjar esas
líneas podría relatar con tan pasmosa
naturalidad la ascensión a los cielos de
Remedios la Bella, las levitaciones del
padre Nicanor Reyna después de tomar su
taza de chocolate o el hallazgo de aquel
galeón español, varado inexplicablemente
en medio de la selva.
En alguna parte, Gabriel García Márquez
-El Gabo para sus amigos- ha comentado
que antes de dar a la luz ese libro,
había publicado otros cuatro, de los que
en total había logrado vender apenas
cinco mil ejemplares, sin embargo, la
nueva novela tendría unos cien mil
compradores en menos de un año. Del
discreto prestigio de ser un joven
escritor colombiano, pasó a convertirse
en una de las mayores celebridades del
mundo literario. Y aunque el Premio
Nobel no se concede por un libro, sino
por la obra de toda una vida, podemos
asegurar sin temor al error, que fue
Cien años de soledad la que decidió
en la balanza la justísima entrega del
lauro a su autor.
No es que América careciera por entonces
de grandes novelas. Ahí estaban: El
siglo de las luces, Paradiso, Yo El
Supremo, La región más transparente.
Pero Cien años de soledad traía
una manera singular de narrar, en la que
la magia cotidiana se traducía en un
realismo de nuevo cuño. Sin proponérselo
se revolucionaba a la vez el concepto de
novela social, la imagen de la cultura
americana y hasta el lenguaje, que sin
perder la riqueza del más añejo español
incorporaba con naturalidad el habla
popular del continente, trabajada con
tal sutileza que era ampliamente
comprensible, sin necesitar del glosario
de localismos que otras novelas tenían
que colocar en las páginas finales.
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Cuarenta años han servido para confirmar
que este libro, culto y a la vez
inmensamente popular, es un ejemplo
capital de ficción revolucionaria, que
ha sido prolijamente imitado y que ha
creado una sola dificultad importante a
su autor: la obsesiva necesidad de
escribir otros libros, quizá con el solo
objeto personal de lograr superarlo,
pero aunque El otoño del patriarca,
Crónica de una muerte anunciada y
El amor en los tiempos del cólera
son textos valiosos y de irreprochable
escritura, los lectores seguimos
pensando que el milagro de Cien años...
no se ha repetido, porque es exactamente
eso y los milagros se imitan pero no se
rehacen, como bien sabían los miembros
de la familia Buendía.
Por si este aniversario fuera poco para
tantos festejos, desde Bogotá hasta
Madrid, se celebran también 80 años
del nacimiento del escritor y un cuarto
de siglo redondo desde que fuera a la
Academia Sueca, sin el traje de etiqueta
de rigor, sino ataviado como un legítimo
campesino de Colombia, para recibir el
más ansiado de los premios literarios. Y
todo esto es motivo de fiesta para
nosotros, porque García Márquez es,
desde hace mucho más de cuatro décadas,
un amigo incorregible de Cuba, en la que
ha vivido y trabajado, donde ha dejado
tan fuerte impronta en su movimiento
literario, periodístico y
cinematográfico y donde tiene algunos de
sus más grandes amigos.
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Por esas razones, esta tarde se da a la
luz una edición excepcionalmente hermosa
de la novela, debida al sello Arte y
Literatura, enriquecida, si eso fuera
posible, con unas ilustraciones de
Roberto Fabelo, que no procuran traducir
el texto, sino colocar su propia mirada
y fantasía junto a la del escritor, como
diciéndonos: así leo yo esta novela, así
me hace fantasear y las perfectas líneas
de Fabelo, unidas a su gloriosa
imaginación, son una razón más para
alegrarnos con esta edición, destinada
desde este mismo momento a convertirse
en un verdadero tesoro bibliográfico que
con el tiempo ganará un valor
incalculable.
Nada hay más hermoso que celebrar una
fiesta desde la cultura: y concluir este
año con el justo homenaje al Gabo y a su
obra mayor, y mezclarlo con la poesía y
la música son ya deleites mayores.
Brindemos por ese siglo de soledad que
se ha convertido en interminable
diálogo, en apertura y canto, en
revolución desde las ficciones, porque
parte de una inclaudicable raíz
humanista.
Palabras para la
presentación de la edición conmemorativa
de Cien años de soledad.
Pabellón Cuba, miercoles,
26
de diciembre de 2007. |