Año VI
La Habana

8 al 14 de
DICIEMBRE
de 2007

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La trova, en Cuba, es inmortal

Helen Hernández Hormilla• La Habana
Kaloian (La Jiribilla)

 

Un día para trovadictos fue el viernes 30 de noviembre. Para los que no nos cansamos de apostar por una canción de pensamiento en tiempos en que la reiteración mediática privilegia géneros banales envueltos en fanfarrias luminosas, esta jornada representa tanto un triunfo, como una satisfacción.

Una guitarra, un buen  amor, fue el lema bajo el que se decidió homenajear el  Aniversario 35 del Movimiento Nacional de la Nueva Trova, tributo además a Noel Nicola, uno de sus principales fundadores, ya desaparecido. Este fue el pretexto principal con el que distintos lugares de la céntrica Avenida 23 del Vedado y la Universidad de La Habana fueron llenándose desde la mitad de la tarde de un público diverso y cuantioso, ávido de encontrarse con la canción.

Entre las actividades se desarrolló un foro interactivo; un panel teórico sobre las relaciones entre trova y nación, donde participaron importantes investigadores como Lino Betancourt y Joaquín Borges Triana; se ofreció la oportunidad sui géneris de que los asistentes pudieran llevar a sus casas en cualquier formato digital los discos de varios trovadores de forma gratuita; se presentaron discos, libros y cancioneros vendidos en moneda nacional; se proyectaron documentales y, finalmente, la descarga tomó los espacios del Parque del Quijote, el Pabellón Cuba, el Parque de los Artesanos en la Rampa, el parqueo del Coppelia y la Plaza Cadenas de la Colina, con cantautores de todas edades y lugares de la Isla, para terminar en un gigantesco concierto en la escalinata de la Universidad a partir de las diez de la noche.

Sin embargo, la ocasión sirvió además como reafirmación de una actitud a la hora de asumir el arte. La trova, la que existe desde Pepe Sánchez hace ya más de un siglo, constituye una manifestación consustancial a la identidad cubana, no importe la sonoridad o el formato en que se nos presente. Tanto en la manera de decir de los trovadores tradicionales, como Miguel Matamoros, Sindo Garay o María Teresa Vera, en el filin de Marta Valdés y César Portillo de la Luz, en la poética renovadora de Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Sara González o Augusto Blanca, seguidos de la generación de Santiago Feliú, Gerardo Alfonso, Carlos Varela y Frank Delgado, hasta llegar a otros más jóvenes como Eduardo Sosa, Fernando Bécquer o Rolando Berrío; existe una continuidad temática y estilística desde la que se destaca la pertenencia crítica a su tiempo y su nación.

Aunque no goce de la difusión que deseáramos, la trova ha demostrado que es capaz de ganarse un espacio en el público, que todavía interesa. Siempre que se presente con calidad, ajustándose al momento en que se desarrolla y sin llegar a hacer concesiones creativas, los que cultivan esta manifestación pueden y deben convertirse en esa otra opción tan necesaria de ver en nuestros medios.

Una prueba tanto de la virtud en el quehacer de los más jóvenes trovadores, como de la intención de crear alternativas y mercados para este tipo de música, constituyeron los cinco discos presentados el propio día 30 en el portal del cine Yara. Distintas casas editoras nacionales dieron aparición a Cubano por donde tú quieras, de Fernando Bécquer; De cero, de Diego Gutiérrez; Medio lento, de Ariel Barreiros; Eduardo Sosa, de este trovador santiaguero y Coordenadas, de Pavel Poveda.

Si bien el escenario pudiera ser el lugar idóneo en que se ubica la labor creativa de Fernando Bécquer al lograr una espontaneidad y comunicación especiales con el público, el primer fonograma de este trovador habanero confirma también su eficacia musical e interpretativa. Con el auspicio del sello Bis music y la excelente producción y arreglos musicales de Emilio Vega, Cubano por donde tú quieras ofrece una amalgama de sonoridades donde la pertenencia a la más rica tradición nacional gana primacía. La cotidianidad, el lenguaje claro y jocoso, el doble sentido heredado de antecesores como Ñico Saquito o el Guayabero, unidos todos a una hondura de pensamiento evidente en temas como El son de María y Manolo, Necesito, Tiempos o Especdrum; caracterizan la obra de Fernando Bécquer y lo colocan junto a este disco en un más alto escalón artístico ya imprescindible de mantener.

Igual sucede con las propuestas del villaclareño Diego Gutiérrez y el cienfueguero Ariel Barreiros. Ambos con un trabajo de ya varios años, recogen en sus producciones respectivas una síntesis de lo mejor de sus carreras. De cero, aparece con el sello Unicornio de los estudios Abdala y cuenta con la producción musical de Elmer Ferrer. Tal vez por esta razón se note la influencia roquera y de la música electroacústica en varios de los temas del disco, si bien llegan a ajustarse con el estilo del cantautor, uno de los integrantes de ese grupo fantástico reunido en torno a la Trovuntivitis en Villa Clara.  

También del centro de la Isla, Ariel Barreiros constituye hoy uno de los trovadores con mayor profundidad poética en sus temas. Así se hace ver en Medio Lento, de la EGREM, título que recuerda esa paz sin apresuramientos en que se envuelven sus canciones, mezclas de un lenguaje tierno y a veces hasta ingenuo en temas como Niña o Mi novia y yo, este último, omisión a mi juicio inexplicable en su primer disco con una editora oficial.

Pavel Poveda es otro de los trovadores de esta reciente promoción con un amplio decursar en esta manifestación de lo que dan fe Coordenadas y en sí mismas sus canciones, donde se aprecia la búsqueda y reafirmación de sus raíces. Es justo destacar además en este cantautor su trabajo como promotor de otros colegas desde la Asociación Hermanos Saíz, que en los últimos meses lo ha llevado a impulsar el proyecto Verdadero Complot el cual ha dado la oportunidad a trovadores jóvenes de toda la Isla de efectuar un concierto en el Centro Hispanoamericano de Cultura y grabarlo en un disco distribuido posteriormente.

En el caso de Eduardo Sosa se hace justo realizar un paréntesis en positivo, pues nos encontramos ya con un artista que ha llegado a una madurez, patentizada en la propia presentación cuando un público de todas las edades se fue acercando para no dejarlo marchar del escenario pidiéndole más canciones y luego más y más autógrafos. Retoño del monte santiaguero, Sosa comenzó su trabajo como parte del dúo Postrova con quien grabó un par de fonogramas. Luego de su desintegración, se ha dedicado a edificar una carrera en solitario que gana cada vez mayor solidez, caracterizada tanto por sus excepcionales condiciones vocales e interpretativas, como por una manera de componer en las que se unen la frescura, la calidez, la sensibilidad, la poesía y los principios, declarados en esa gran canción que es “A mí me gusta, compay” de Eduardo Sosa, de Producciones Colibrí, resulta su primer disco en solitario con una editora nacional y está avalado por la producción y arreglos de Roberto Carcassés así como por la participación especial de Silvio Rodríguez con quien comparte el tema “Era miel”. Un disco para el disfrute, prueba no solo de hasta dónde ha llegado Eduardo Sosa, sino del profesionalismo con que asume y ampara su trabajo.   

Cada uno de estos discos es muestra de la provechosa salud de la trova actual y sirven para desmentir los argumentos que la deslegitiman apelando a su falta de calidad o a su reiteración de patrones anteriores. Todos estos trovadores corresponden a poéticas diversas, incluso en cuanto a su pertenencia geográfica y constituyen solo una parte de los que componen su generación. El hecho de que aparezcan estos discos, es también prueba de la intención por parte de algunas instituciones de impulsar mucho más esta manera de hacer, siempre que se acompañe de una autenticidad y profesionalismo verdaderos.

No se trata de deificar la trova, sino de ponerla en su justo sitio. Como quedó claro el pasado viernes, existe un cúmulo de personas en esta Isla que gustan de esta manifestación y que muchas veces no la solicitan más porque no conocen sus trabajos recientes. Iniciativas como esta requieren repetirse y sistematizarse, mas no con el entusiasmo enceguecedor, válido para esta primera vez, sino con una actitud reflexiva que ofrezca cada vez un espectáculo más organizado, creativo y coherente; como merecen tanto los trovadores como aquellos que reciben su obra. Que es posible y existen las voluntades, no nos pueden quedar más dudas.

Por lo demás, prefiero terminar con aquellos versos en respuesta a los que dicen que la trova ha muerto: “que vivan los trovadores, que la trova es inmortal”. 
                                            

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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