Año VI
La Habana

24 al 30 de NOVIEMBRE
de 2007

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TE PONGA EL PLATO?

 

Nobleza, integridad y sapiencia

Gerardo Fulleda León • La Habana

 

Allá en mi Santiago natal, la ciudad de Matanzas era imágenes de la más hermosa playa del mundo que estaba en dicha provincia y una vaga y oscura alusión, sembrada en las aulas de la escuela pública por un maestro de quinto grado, nieto del general mambí de nuestra primera independencia, Jesús Rabí: “Allí, en el siglo pasado, los españoles cometieron hechos que reafirmaban el nombre de la ciudad”. Llegó a decirnos un día. No mucho más, ni en libros ni en conversaciones. Hasta que di con el matancero Rogelio Martínez Furé, años después aquí en La Habana. Donde, poco a poco, se me fueron esclareciendo ese y otros misterios.

Nos conocimos en los salones de lectura de la Biblioteca Nacional José Martí, un emporio en aquel entonces de la intelectualidad donde él compartía, salvando las distancias que las diferencias de edad imponía, con Concha Alzola, Walterio Carbonell, Zoila Lapique y el maestro Manuel Moreno Fraginals, entres otros. Participar como observador en aquellos intercambios era ser testigo privilegiado de una manera singular de aprehender peculiaridades de nuestra cultura, historia e idiosincrasia. Furé sabía ya entonces cómo intercalar con apariencia cándida, preguntas para sustraer profundidades sobre algunos temas que le interesaban. Sin dejar de aportar lo incipiente de sus puntos de vista, con vehemencia y claridad. Aquellos encuentros eran una especie de ritual, casi cotidiano, enriquecedores de logos.

Por aquel entonces era uno de los más destacados jóvenes investigadores becados, en el Seminario de Estudios del Folclore  donde tenía de compañeros de curso a Alberto Pedro Díaz, Sara Gómez, Inés María Martiatu y Miguel Barnet. Este centro editaba un boletín mensual: Actas del Folclore, que auspiciaba el Teatro Nacional de Cuba, con el asesoramiento de Argeliers León. En aquellas páginas apareció su primer artículo, de tú a tú con Rómulo Lachatañare, Fradique Lizardo Bainas, Marcelino Arozarena, Juan Pérez de la Riva y Leovigildo López. “Los collares”, se llamaba aquel breve artículo del cual guardo un grato recuerdo por su clarificadora mirada sobre el tema tratado.

Estábamos en los albores de la Revolución triunfante y hallábamos  tiempo para todo y espacios singulares que se abrían para nuestro desarrollo cultural. A otro de ellos también asistía a la par, irregularmente, Martínez Furé; me refiero al mítico Seminario de Dramaturgia que impartieron Samuel Feldman, Osvaldo Dragún, Luisa Josefina Hernández, Alejo Carpentier, entre otros tantos que nos instruían con su particular saber y que gracias a la pléyade de alumnos que compartíamos las clases se le ha dado tanto y tan bueno al teatro cubano, en el plano de la dramaturgia. Allí llegamos a ser verdaderos amigos quizá porque era de los pocos que no se burlaba de mis manías y decires de provinciano, a lo más enarbolaba una sonrisa amistosa y echándome el brazo por el hombro obviaba mis simplicidades. A partir de entonces comenzó a ser Rogelio, a secas, el que nos leyó en clase, en este mismo edificio donde estamos hoy  en el que sesionaba en aquel momento el Seminario, su "Iroko", un poema dramático pleno de imágenes que anunciaba su labor posterior como libretista.

En una de aquellas  noches a la salida del seminario, ante un grupito que quedábamos  hasta altas  horas conversando en cualquier café o esquina y al que no faltaban Eugenio Hernández, Ana Justina Cabrera, Guillermo Cuevas Carrión, Santiago Ruiz y José Mario Rodríguez; Rogelio comenzó a dejarnos conocer unos poemas insólitos que nos deslumbraban revelándonos esencias de las que también formábamos parte sin saberlo. Estos dieron pie a su primer libro, la antología con selección y traducción suya de Poesía Yorubá publicada por Ediciones El puente en 1963, que se agotó en las librerías como pan caliente y lo situó en aquel momento entre los investigadores más serios y estudiosos de nuestras raíces africanas.

Pero ya  se gestaba también la culminación de todo aquello, que se logró con la fundación del Conjunto Folclórico Nacional, para el cual fue designado Rogelio Martínez Furé, en 1962, con el coreógrafo mexicano Rodolfo Reyes Cortés, encargados ambos de echar a andar la compañía. Nunca olvidaré aquellos primeros ensayos que presenciamos en un amplio salón, del hoy restaurante El Patio, de la Plaza de la Catedral. Allí  entre tambores batá  y cantos inquietantes, varios bailarines —hombres y mujeres de pueblo practicantes de la regla de Ocha— que luego se destacarían en las funciones teatrales,  rodeaban  a una  mujer humilde y de buena presencia, de mediana edad, Nieves Fresneda que se dejaba columpiar por el oleaje que se desprendía de aquellos repiques y voces de aliento, danzando con sus siete sayas como una diosa, ora majestuosa, ora maternal para terminar girando en un remolino de aguas inmemoriales. Aquel lúdrico estruendo seguramente conmovía a los espíritus de los antiguos moradores del caserón y a nosotros, que permanecíamos azorados y gozosos, a la vez, ante tanta energía y belleza que se despertaba frente a nuestros ojos y a las que teníamos que reconocer como cercanas.

El resto ya es historia conocida. Rogelio  y el folclórico, el folclórico y Rogelio, o él solo por el mundo: en escenarios y eventos, recogiendo galardones y el reconocimiento del público y la crítica quienes han sido portadores de la amplitud y diversidad de nuestras tradiciones, embajadores de nuestra alegría  y las virtudes expresivas  de nuestro arte. Rogelio, bien como libretista de danzas (Estampas cubanas, Ciclo Yorubá, Guateque, Mambises y palenques y Ciclo Congo), por solo citar algunos nombres de su extenso y exitoso catálogo o como conferenciante, investigador y últimamente con sus performances, donde instruye, dialoga, canta y actúa como un griot, en las denominadas por él "descargas", que sitúa su contemporaneidad como creador escénico, singular representante de nuestra oralidad.

Pero por suerte no ha dejado a un lado su labor como investigador y hombre de pensamiento. Ha seguido indagando en lo que nos ocurre en el plano cultural y cómo se expresa ese quehacer. Recreando no solo parcelas de la memoria, sino tratando de rescatar zonas del olvido. Y ha engendrado así otros proyectos y libros entre los cuales se destacan Diwan africano. Poetas de expresión francesa (1988), Diwan. Pertas de lenguas africanas (1996), Diwan africano. Poetas de expresión portuguesa (2000), Briznas de la memoria (2004).

Las palabras siguientes suyas de su fundamental Diálogos imaginarios (1979,1997) parecen escritas ahora mismo:

“Es imprescindible acercarse al folclore con el máximo de respeto y con sólidos elementos de juicio, debemos huir de la apreciación superficial y pintoresquista de la cultura folclórica, y al mismo tiempo, de la visión estática de este fenómeno.

"Ella es la cantera de formas vitales….El folclore no desaparece, sino que se transforma, y con ello, nutrirá nuestra verdadera cultura nacional revolucionaria.” 

En  “Diálogo imaginario sobre folclore“,1974. 

Poco antes de esta fecha, en un impasse laboral de ambos, acudía a su pequeño apartamento de aquel momento en la calle Neptuno, para deleitarme con su lectura de los poemas que conformarían la antología de Poesía anónima africana que publicó el Instituto Cubano del Libro en 1968 y que, por supuesto, recibió la misma atención del anterior. Eran mañanas espléndidas en que conversábamos de lo sublime y lo ridículo, sin resquemores y amarguras, fraguando nuevos planes bajo la mirada  querenciosa, de Choco, la madre que aún le acompaña, quien nos dejaba, silenciosa, cada cierto rato tacitas de café sobre la mesa poblada de papeles y libros. En unos de  esos días me agenció un libro del gran martiniqués Aimé Césaire, con ilustraciones de Lam y traducción de Lidia Cabrera: Cuaderno de un regreso al país natal. Aún lo tengo entre mis libros de cabecera.

 Y una última confesión. Hace 30 años exactamente, casualmente en este mismo mes huracanado me salvó la vida: acababa de escribir conmovido por un breve pasaje de El ingenio, de Moreno Fraginals que me develó Inés Martiatu, la obra Ruandi, saga de mi niño que busca la libertad y… ¿a quien fue la primera persona a la que acudí para leérsela? Rogelio la escuchó pacientemente. Me dijo elogios al final a los que no podía dar crédito y no quiero repetir ahora. Pero de pronto se puso serio y mirándome a los ojos me amenazó.” Si matas a ese muchacho te mato yo a ti”.Por supuesto, que reescribí el final y lo salvé y de paso me salvé yo, de su furia.

Todo esto y más me vino a la memoria cuando Rogelio Martínez Furé me pidió que le escribiera el prólogo para su libro: Eshu (Oriki a mi mismo) y otras “descargas”, que hoy se pone a la disposición de los presentes, con  acertada edición y corrección de Iraida Sánchez Oliva y contando con la dirección artística y diseño, de lujo, de Alfredo Montoto Sánchez. Esa determinación de Rogelio,  impensada por mí, me alegró como si me hubiera ganado "el beso de la patria", que solo una vez me concedieron en los viernes de mi escuela primaria. Lo escribí de un tirón deslumbrado ante tanta entrega e invención, luego de varias lecturas tratando de explicarme la magnitud de lo que leía; probablemente no lo logré. Pero eso lo tendrán que descubrir ustedes al leer el libro. Solo he querido y quiero ahora demostrarle a Rogelio Agustín Martínez Furé, el venerable joven de 70 años recién cumplidos, la admiración, respeto y agradecimiento, que le tenemos muchos, por todo lo que nos ha dado y da con su nobleza, integridad y sapiencia. 

Palabras leídas en la mañana del 13 de octubre de 2007, en el Centro Hispanoamericano de  Cultura.

En el  lanzamiento del libro Eshu (oriki a mí mismo) y otras "descargas”, de Rogelio Martínez Furé.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2007.
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