Año V
La Habana
2007

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Reina María Rodríguez
(La Habana, 1952)
 


Así tenía que ser

Soñó con un cachivache de madera clara,
de esas maderas viejas para pasar la mano y sentir
el hilo de árbol muerto que se desplaza
a fibra. Tocar el ser de la madera usada, sin barniz.
Ella y su hermano columpiándose con la arenilla abajo.
Lazos que se zafan de su espalda y otra mano que sostiene
una espiga. Quedar así, columpiándose en la foto gris,
arrimada a la madera más que antes
sin oír las conversaciones tan molestas, sin vecinos
–una edad en la que no se tiene con quien compartir las ganancias
porque ya sólo hay pérdidas.
El aire es tenso todavía porque teme caer desde esa altura,
y la espiga en la nariz pica un poco.
Volver sería incómodo.
Dejarla, con la mano sobre la madera
sentada en el columpio del portal,
loca por ver sus zapatos acharolados.
Dejarla, con la cabeza caída sobre el hombro, inclinada.
No la despierten.
No vengan a buscarla.
Déjenla disfrutar que nadie pueda venir
a estas altas horas del tiempo y de los años.
La espiga silenciosa cae y se pierde también con la arenilla.
Borrasca es todo cuanto tiene, borrasca,
Se mece
y, luego,
cae



Esculturas

 

Y, en el jardín, entre las esculturas,

hombres vaciados.

Restos de un yeso seco

entre los dientes.

A sus espaldas

(indiferente al deseo)

la pose indigna de envejecer.

Talla otro molde

con frágil pose,

hasta saciarse de perder

el sólido tiempo que la vence.

“...Agárrenme si pueden –les grita–,

no me van a coger...”

 


 

Desde arriba, abajo
 

Rabieta, porque no tengo mesa transversal

laqueada

y la pasión arqueándose.

La maleta (no la giba) de sentir lo que se siente

que a veces no es lo que nos proponemos querer sentir.

Luego, el cuerpo moldeado, abriéndose,

sobre una alfombra con espinas pequeñas

hincando al costado, el vientre.

Daba gusto alternar (esa oscuridad)

sin ser devueltos

jamás del suelo, envuelta en seda.

“No volveré, no volveré de allí.”

Regazo es una palabra sin naturaleza, amanerada, frágil,

que no tiene la negrura filosa de aquella laca

pegándose fría (y sudada) a la espalda.

El ovillo que se cierra sobre la cintura (un torno)

de fatalidad para cortar.

He sido regazo, no corte mineral.

 

Decir que siento, he mentido.

Ni laca negra o protuberancias.

Nada de flejes que ablanden la tensión fingida

de resistir. Abajo, nada.

Solo un cuerpo sobre la mesa (desmenuzado)

en China, sobre ese Océano vertical

amarra mi estupidez contra otra imagen

de ojos rasgados (cínicos)

que supieron mentir

y regodearse.

Mentí, no tuve mesa ni cumbre laqueada.

Y ya no hay tiempo para arquear el músculo

sobre un óvalo muerto.

 


 

Zigzags

 

“Todo remata en el gris” ha dicho el pintor.

 Parcelas de azul y claroscuro.

Densidad de un malestar naranja a contrapelo.

Todo remata (definitivamente)

en el círculo gris

y se vuelve a mover como gelatina que flota

enfrentándose a un espacio de creación amarillo.

Un espacio de norma mediática.

 

Los colores penetran mis órganos.

Bajan, suben, se arrastran

y trastean impacientes

el carrusel donde la sangre juega

en su orgía perpetua.

Concentrados, fluidos ante la mísera realidad,

toman un valor de presencia.

“Está en mí... transparente.”

Está en ti.”

El color, en el cual volabas hasta la casa

donde estaba el Comienzo...

 

Al despertar, todo era violeta

gelatina de los sueños cuarteados por un reflejo.

“No podemos hacer más dices

que soñar este espíritu del color que vemos

(o que creemos ver)

junto a un espacio permanente.”

“Entonces, ¿no hay libertad?” pregunto.

 

“La libertad se mueve en fuga perpetua

de un trabajo de luz

y nos hace perdernos de algún lugar preciso.

Aunque las fugas se opongan

y establezcan contradicciones

sobre ella” respondes.

“Entonces, ¿no hay color?”


 

El recorrido de la araña
 

Cómo creció hasta esconderse

detrás de un oso rojo de peluche, la vida?

Adquirió una dimensión de patas largas

condenándose contra la pared,

y al final, un tejido.

La disciplina férrea de seguir sin retroceder.

Cuántas cosas comparten contigo

los oscuros huecos de esta casa?

El cristal aflojando ciertos tramos

y la cúspide hacia el despertar

que no es montaña

ni elevación tan plana,

que al enredar ciertos hilos a un trayecto

ata de otro tan frágil

(y superfluo)

contra el cristal de la ventana,

mi vejez.
 

Tomado del libro Catch and release, Premio de la Crítica

 

Reina María Rodríguez. (La Habana, 1952). Poeta y narradora. Tiene publicados, entre otros poemarios, Cuando una mujer no duerme (Premio Julián del Casal, 1980), Para un cordero blanco (Premio Casa de las Américas, 1984), En la arena de Padua (Premio de la revista Plural, México, 1991 y Premio de la Crítica, 1992), Ellas escriben cartas de amor (Unión, 1999), Violet Island y otros poemas (EE.UU., 2004), Bosque negro (Editorial Extramuros, 2005) y El libro de las clientas (Editorial Letras Cubanas, 2005), así como los libros en prosa Travelling (Editorial Letras Cubanas, 1995) y Te daré de comer como a los pájaros (Editorial Letras Cubanas, 2000 y Premio de la Crítica, 2001). Obtuvo el Premio Italo Calvino 2004 con la novela Tres maneras de tocar un elefante. Le fue conferida la Orden de Artes y Letras de Francia, con grado de Caballero, en 1999 y la Medalla Alejo Carpentier en 2002.
 

 

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