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Así tenía que ser
Soñó con un cachivache de madera clara,
de esas maderas viejas para pasar la
mano y sentir
el hilo de árbol muerto que se desplaza
a fibra. Tocar el ser de la madera
usada, sin barniz.
Ella y su hermano columpiándose con la
arenilla abajo.
Lazos que se zafan de su espalda y otra
mano que sostiene
una espiga. Quedar así, columpiándose en
la foto gris,
arrimada a la madera más que antes
sin oír las conversaciones tan molestas,
sin vecinos
–una edad en la que no se tiene con
quien compartir las ganancias
porque ya sólo hay pérdidas.
El aire es tenso todavía porque teme
caer desde esa altura,
y la espiga en la nariz pica un poco.
Volver sería incómodo.
Dejarla, con la mano sobre la madera
sentada en el columpio del portal,
loca por ver sus zapatos acharolados.
Dejarla, con la cabeza caída sobre el
hombro, inclinada.
No la despierten.
No vengan a buscarla.
Déjenla disfrutar que nadie pueda venir
a estas altas horas del tiempo y de los
años.
La espiga silenciosa cae y se pierde
también con la arenilla.
Borrasca es todo cuanto tiene, borrasca,
Se mece
y, luego,
cae
Esculturas
Y, en el jardín, entre las esculturas,
hombres vaciados.
Restos de un yeso seco
entre los dientes.
A sus espaldas
(indiferente al deseo)
la pose indigna de envejecer.
Talla otro molde
con frágil pose,
hasta saciarse de perder
el sólido tiempo que la vence.
“...Agárrenme si pueden –les grita–,
no me van a coger...”
Desde arriba, abajo
Rabieta, porque no tengo mesa
transversal
laqueada
y la pasión arqueándose.
La maleta (no la giba) de sentir lo que
se siente
─que
a veces no es lo que nos proponemos
querer sentir.
Luego, el cuerpo moldeado, abriéndose,
sobre una alfombra con espinas pequeñas
hincando al costado, el vientre.
Daba gusto alternar (esa oscuridad)
sin ser devueltos
jamás del suelo, envuelta en seda.
“No volveré, no volveré de allí.”
Regazo es una palabra sin naturaleza,
amanerada, frágil,
que no tiene la negrura filosa de
aquella laca
pegándose fría (y sudada) a la espalda.
El ovillo que se cierra sobre la cintura
(un torno)
de fatalidad para cortar.
He sido regazo, no corte mineral.
Decir que siento, he mentido.
Ni laca negra o protuberancias.
Nada de flejes que ablanden la tensión
fingida
de resistir. Abajo, nada.
Solo un cuerpo sobre la mesa
(desmenuzado)
─en
China, sobre ese Océano vertical─
amarra mi estupidez contra otra imagen
de ojos rasgados (cínicos)
que supieron mentir
y regodearse.
Mentí, no tuve mesa ni cumbre laqueada.
Y ya no hay tiempo para arquear el
músculo
sobre un óvalo muerto.
Zigzags
“Todo remata en el gris”
─ha
dicho el pintor.
Parcelas de azul y claroscuro.
Densidad de un malestar naranja a
contrapelo.
Todo remata (definitivamente)
en el círculo gris
y se vuelve a mover como gelatina que
flota
enfrentándose a un espacio de creación
amarillo.
Un espacio de norma mediática.
Los colores penetran mis órganos.
Bajan, suben, se arrastran
y trastean impacientes
el carrusel donde la sangre juega
en su orgía perpetua.
Concentrados, fluidos ante la mísera
realidad,
toman un valor de presencia.
“Está en mí... transparente.”
“Está
en ti.”
El color, en el cual volabas hasta la
casa
donde estaba el Comienzo...
Al despertar, todo era violeta
─gelatina
de los sueños cuarteados por un reflejo.
“No podemos hacer más
─dices─
que soñar este espíritu del color que
vemos
(o que creemos ver)
junto a un espacio permanente.”
“Entonces, ¿no hay libertad?”
─pregunto.
“La libertad se mueve en fuga perpetua
de un trabajo de luz
y nos hace perdernos de algún lugar
preciso.
Aunque las fugas se opongan
y establezcan contradicciones
sobre ella”
─respondes.
“Entonces, ¿no hay color?”
El recorrido de la araña
Cómo creció hasta esconderse
detrás de un oso rojo de peluche, la
vida?
Adquirió una dimensión de patas largas
condenándose contra la pared,
y al final, un tejido.
La disciplina férrea de seguir sin
retroceder.
Cuántas cosas comparten contigo
los oscuros huecos de esta casa?
El cristal aflojando ciertos tramos
y la cúspide hacia el despertar
que no es montaña
ni elevación tan plana,
que al enredar ciertos hilos a un
trayecto
ata de otro tan frágil
(y superfluo)
contra el cristal de la ventana,
mi vejez.
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