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Y caminaba, semejante a
la noche
Ilíada, Canto I
El mar empezaba a verdecer entre los
promontorios todavía en sombras, cuando
la caracola del vigía anunció las
cincuenta naves negras que nos enviaba
el rey Agamemnón. Al oír la señal, los
que esperaban desde hacía tantos días
sobre las boñigas de las eras, empezaron
a bajar el trigo hacia la playa donde ya
preparábamos los rodillos que servirían
para subir las embarcaciones hasta las
murallas de la fortaleza. Cuando las
quillas tocaron la arena, hubo algunas
riñas con los timoneles, pues tanto se
había dicho a los micenianos que
carecíamos de toda inteligencia para las
faenas marítimas, que trataron de
alejarnos con sus pértigas. Además, la
playa se había llenado de niños que se
metían entre las piernas de los
soldados, entorpecían las maniobras, y
se trepaban a las bordas para robar
nueces de bajo los banquillos de los
remeros. Las olas claras del alba se
rompían entre gritos, insultos y
agarradas a puñetazos, sin que los
notables pudieran pronunciar sus
palabras de bienvenida, en medio de la
barahúnda. Como yo había esperado algo
más solemne, más festivo, de nuestro
encuentro con los que venían a buscarnos
para la guerra, me retiré, algo
decepcionado, hacia la higuera en cuya
rama gruesa gustaba de montarme,
apretando un poco las rodillas sobre la
madera, porque tenía un no sé qué de
flancos de mujer.
A medida que las naves eran sacadas del
agua, al pie de las montañas que ya
veían el sol, se iba atenuando en mí la
mala impresión primera, debida sin duda
al desvelo de la noche de espera, y
también al haber bebido demasiado, el
día anterior, con los jóvenes de tierras
adentro, recién llegados a esta costa,
que habrían de embarcar con nosotros, un
poco después del próximo amanecer. Al
observar las filas de cargadores de
jarras, de odres negros, de cestas, que
ya se movían hacia las naves, crecía en
mí, con un calor de orgullo, la
conciencia de la superioridad del
guerrero. Aquel aceite, aquel vino
resinado, aquel trigo sobre todo, con el
cual se cocerían, bajo ceniza, las
galletas de las noches en que
dormiríamos al amparo de las proas
mojadas, en el misterio de alguna
ensenada desconocida, camino de la Magna
Cita de Naves, aquellos granos que
habían sido echados con ayuda de mi
pala, eran cargados ahora para mí, sin
que yo tuviese que fatigar estos largos
músculos que tengo, estos brazos hechos
al manejo de la pica de fresno, en
tareas buenas para los que sólo sabían
de oler la tierra; hombres, porque la
miraban por sobre el sudor de sus
bestias, aunque vivieran encorvados
encima de ella, en el hábito de
deshierbar y arrancar y rascar, como los
que sobre la tierra pacían. Ellos nunca
pasarían bajo aquellas nubes que siempre
ensombrecían, en esta hora, los verdes
de las lejanas islas de donde traían el
silfión de acre perfume. Ellos nunca
conocerían la ciudad de anchas calles de
los troyanos, que ahora íbamos a cercar,
atacar y asolar. Durante días y días nos
habían hablado, los mensajeros del Rey
de Micenas, de la insolencia de Príamo,
de la miseria que amenazaba a nuestro
pueblo por la arrogancia de sus
súbditos, que hacían mofa de nuestras
viriles costumbres; trémulos de ira,
supimos de los retos lanzados por los de
Ilios a nosotros, acaienos de largas
cabelleras, cuya valentía no es igualada
por la de pueblo alguno. Y fueron
clamores de furia, puños alzados,
juramentos hechos con las palmas en
alto, escudos arrojados a las paredes,
cuando supimos del rapto de Elena de
Esparta. A gritos nos contaban los
emisarios de su maravillosa belleza, de
su porte y de su adorable andar,
detallando las crueldades a que era
sometida en su abyecto cautiverio,
mientras los odres derramaban el vino en
los cascos. Aquella misma tarde, cuando
la indignación bullía en el pueblo, se
nos anunció el despacho de las cincuenta
naves. El fuego se encendió entonces en
las fundiciones de los bronceros,
mientras las viejas traían leña del
monte. Y ahora, transcurridos los días,
yo contemplaba las embarcaciones
alineadas a mis pies, con sus quillas
potentes, sus mástiles al descanso entre
las bordas como la virilidad entre los
muslos del varón, y me sentía un poco
dueño de esas maderas que un portentoso
ensamblaje, cuyas artes ignoraban los de
acá, transformaba en corceles de
corrientes, capaces de llevarnos a donde
desplegábase en acta de grandezas el
máximo acontecimiento de todos los
tiempos. Y me tocaría a mí, hijo de
talabartero, nieto de un castrador de
toros, la suerte de ir al lugar en que
nacían las gestas cuyo relumbre nos
alcanzaba por los relatos de los
marinos; me tocaría a mí, la honra de
contemplar las murallas de Troya, de
obedecer a los jefes insignes, y de dar
mi ímpetu y mi fuerza a la obra del
rescate de Elena de Esparta -másculo
empeño, suprema victoria de una guerra
que nos daría, por siempre, prosperidad,
dicha y orgullo. Aspiré hondamente la
brisa que bajaba por la ladera de los
olivares, y pensé que sería hermosos
morir en tan justiciera lucha, por la
causa misma de la Razón. La idea de ser
traspasado por una lanza enemiga me hizo
pensar, sin embargo, en el dolor de mi
madre, y en el dolor, más hondo tal vez,
de quien tuviera que recibir la noticia
con los ojos secos -por ser el jefe de
la casa. Bajé lentamente hacia el
pueblo, siguiendo la senda de los
pastores. Tres cabritos retozaban en el
olor del tomillo. En la playa, seguía
embarcándose el trigo.
II
Con bordoneos de vihuela y repiques de
tejoletas, festejábase, en todas partes,
la próxima partida de las naves. Los
marinos de La Gallarda andaban ya en
zarambeques de negras horras, alternando
el baile con coplas de sobado, como
aquella de la Moza del Retoño, en que
las manos tentaban el objeto de la rima
dejado en puntos por las voces. Seguía
el trasiego del vino, el aceite y el
trigo, con ayuda de los criados indios
del Veedor, impacientes por regresar a
sus lejanas tierras. Camino del puerto,
el que iba a ser nuestro capellán
arreaba dos bestias que cargaban con los
fuelles y flautas de un órgano de palo.
Cuando me tropezaba con gente de la
armada, eran abrazos ruidosos, de muchos
aspavientos, con risas y alardes para
sacar las mujeres a sus ventanas. Éramos
como hombres de distinta raza, forjados
para culminar empresas que nunca
conocerían el panadero ni el cardador de
ovejas, y tampoco el mercader que andaba
pregonando camisas de Holanda, ornadas
de caireles de monjas, en patios de
comadres. En medio de la plaza, con los
cobres al sol, los seis trompetas del
Adelantado se habían concertado en
folías, en tanto que los atambores
borgoñones atronaban los parches, y
bramaba, como queriendo morder, un
sacabuche con fauces de tarasca.
Mi padre estaba, en su tienda oliente a
pellejos y cordobanes, hincando la lezna
en un acción con el desgano de quien
tiene puesta la mente en espera. Al
verme, me tomó en brazos con serena
tristeza, recordando tal vez la horrible
muerte de Cristobalillo, compañero de
mis travesuras juveniles, que había sido
traspasado por las flechas de los indios
de la Boca del Drago. Pero él sabia que
era locura de todos, en aquellos días,
embarcar para las Indias, aunque ya
dijeran muchos hombres cuerdos que
aquello era engaño común de muchos y
remedio particular de pocos. Algo alabó
de los bienes de la artesanía, del honor
-tan honor como el que se logra en
riesgosas empresas- de llevar el
estandarte de los talabarteros en la
procesión del Corpus; ponderó la olla
segura, el arca repleta, la vejez
apacible. Pero, habiendo advertido tal
vez que la fiesta crecía en la ciudad y
que mi ánimo no estaba para cuerdas
razones, me llevó suavemente hacia la
puerta de la habitación de mi madre.
Aquél era el momento que más temía, y
tuve que contener mis lágrimas ante el
llanto de la que sólo habíamos advertido
de mi partida cuando todos me sabían ya
asentado en los libros de la Casa de la
Contratación. Agradecí las promesas
hechas a la Virgen de los Mareantes por
mi pronto regreso, prometiendo cuanto
quiso que prometiera, en cuanto a no
tener comercio deshonesto con las
mujeres de aquellas tierras, que el
Diablo tenía en desnudez mentidamente
edénica para mayor confusión y extravío
de cristianos incautos, cuando no
maleados por la vista de tanta carne al
desgaire. Luego, sabiendo que era inútil
rogar a quien sueña ya con lo que hay
detrás de los horizontes, mi madre
empezó a preguntarme, con voz dolorida,
por la seguridad de las naves y la
pericia de los pilotos. Yo exageré la
solidez y marinería de La Gallarda,
afirmando que su práctico era veterano
de Indias, compañero de Nuño García. Y,
para distraerla de sus dudas, le hablé
de los portentos de aquel mundo nuevo,
donde la Uña de la Gran Bestia y la
Piedra Bezar curaban todos los males, y
existía, en tierra de Omeguas, una
ciudad toda hecha de oro, que un buen
caminador tardaba una noche y dos días
en atravesar, a la que llegaríamos, sin
duda, a menos de que halláramos nuestra
fortuna en comarcas aún ignoradas, cunas
de ricos pueblos por sojuzgar. Moviendo
suavemente la cabeza, mi madre habló
entonces de las mentiras y jactancias
de los indianos, de amazonas y
antropófagos, de las tormentas de las
Bermudas, y de las lanzas enherboladas
que dejaban como estatua al que
hincaban. Viendo que a discursos de buen
augurio ella oponía verdades de mala
sombra, le hablé de altos propósitos,
haciéndole ver la miseria de tantos
pobres idólatras, desconocedores del
signo de la cruz. Eran millones de
almas, las que ganaríamos a nuestra
santa religión, cumpliendo con el
mandato de Cristo a los Apóstoles.
Éramos soldados de Dios, a la vez que
soldados del Rey, y por aquellos indios
bautizados y encomendados, librados de
sus bárbaras supersticiones por nuestra
obra, conocería nuestra nación el premio
de una grandeza inquebrantable, que nos
daría felicidad, riquezas, y poderío
sobre todos los reinos de la Europa.
Aplacada por mis palabras, mi madre me
colgó un escapulario del cuello y me dio
varios ungüentos contra las mordeduras
de alimañas ponzoñosas, haciéndome
prometer, además, que siempre me
pondría, para dormir, unos escarpines de
lana que ella misma hubiera tejido. Y
como entonces repicaron las campanas de
la catedral, fue a buscar el chal
bordado que sólo usaba en las grandes
oportunidades. Camino del templo,
observé que a pesar de todo, mis padres
estaban como acrecidos de orgullo por
tener un hijo alistado en la armada del
Adelantado. Saludaban mucho y con más
demostraciones que de costumbre. Y es
que siempre es grato tener un mozo de
pelo en pecho, que sale a combatir por
una causa grande y justa. Miré hacia el
puerto. El trigo seguía entrando en las
naves.
III
Yo la llamaba mi prometida, aunque nadie
supiera aún de nuestros amores. Cuando
vi a su padre cerca de las naves, pensé
que estaría sola, y seguí aquel muelle
triste, batido por el viento, salpicado
de agua verde, abarandado de cadenas y
argollas verdecidas por el salitre, que
conducía a la última casa de ventanas
verdes, siempre cerradas. Apenas hice
sonar la aldaba vestida de verdín, se
abrió la puerta y, con una ráfaga de
viento que traía garúa de olas, entré en
la estancia donde ya ardían las
lámparas, a causa de la bruma. Mi
prometida se sentó a mi lado, en un
hondo butacón de brocado antiguo, y
recostó la cabeza sobre mi hombro con
tan resignada tristeza que no me atreví
a interrogar sus ojos que yo amaba,
porque siempre parecían contemplar cosas
invisibles con aire asombrado. Ahora,
los extraños objetos que llenaban la
sala cobraban un significado nuevo para
mí. Algo parecía ligarme al astrolabio,
la brújula y la Rosa de los Vientos;
algo, también, al pez-sierra que colgaba
de las vigas del techo, y a las cartas
de Mercator y Ortellius que se abrían a
los lados de la chimenea, revueltos con
mapas celestiales habitados por Osas,
Canes y Sagitarios. La voz de mi
prometida se alzó sobre el silbido del
viento que se colaba por debajo de las
puertas, preguntando por el estado de
los preparativos. Aliviado por la
posibilidad de hablar de algo ajeno a
nosotros mismos, le conté de los
sulpicianos y recoletos que embarcarían
con nosotros, alabando la piedad de los
gentileshombres y cultivadores escogidos
por quien hubiera tomado posesión de las
tierras lejanas en nombre del Rey de
Francia. Le dije cuanto sabía del
gigantesco río Colbert, todo orlado de
árboles centenarios de los que colgaban
como musgos plateados, cuyas aguas rojas
corrían majestuosamente bajo un cielo
blanco de garzas. Llevábamos víveres
para seis meses. El trigo llenaba los
sollados de La Bella y La Amable. Íbamos
a cumplir una gran tarea civilizadora en
aquellos inmensos territorios
selváticos, que se extendían desde el
ardiente Golfo de México hasta las
regiones de Chicagúa, enseñando nuevas
artes a las naciones que en ellos
residían. Cuando yo creía a mi prometida
más atenta a lo que le narraba, la vi
erguirse ante mí con sorprendente
energía, afirmando que nada glorioso
había en la empresa que estaba haciendo
repicar, desde el alba, todas las
campanas de la ciudad. La noche
anterior, con los ojos ardidos por el
llanto, había querido saber algo de ese
mundo de allende el mar, hacia el cual
marcharía yo ahora, y, tomando los
ensayos de Montaigne, en el capítulo que
trata de los carruajes, había leído
cuanto a América se refería. Así se
había enterado de la perfidia de los
españoles, de cómo, con el caballo y las
lombardas, se habían hecho pasar por
dioses. Encendida de virginal
indignación, mi prometida me señalaba el
párrafo en que el bordelés escéptico
afirmaba que "nos habíamos valido de la
ignorancia e inexperiencia de los
indios, para atraerlos a la traición,
lujuria, avaricia y crueldades, propias
de nuestras costumbres". Cegada por tan
pérfida lectura, la joven que
piadosamente lucía una cruz de oro en el
escote, aprobaba a quien impíamente
afirmara que los salvajes del Nuevo
Mundo no tenían por qué trocar su
religión por la nuestra, puesto que se
habían servido muy útilmente de la suya
durante largo tiempo. Yo comprendía que,
en esos errores, no debía ver más que el
despecho de la doncella enamorada,
dotada de muy ciertos encantos, ante el
hombre que le impone una larga espera,
sin otro motivo que la azarosa
pretensión de hacer rápida fortuna en
una empresa muy pregonada. Pero, aun
comprendiendo esa verdad, me sentía
profundamente herido por el desdén a mi
valentía, la falta de consideración por
una aventura que daría relumbre a mi
apellido, lográndose, tal vez, que la
noticia de alguna hazaña mía, la
pacificación de alguna comarca, me
valiera algún título otorgado por el Rey
aunque para ello hubieran de perecer,
por mi mano, algunos indios más o menos.
Nada grande se hacía sin lucha, y en
cuanto a nuestra santa fe, la letra con
sangre entraba. Pero ahora eran celos
los que se traslucían en el feo cuadro
que ella me trazaba de la isla de Santo
Domingo, en la que haríamos escala, y
que mi prometida, con expresiones
adorablemente impropias, calificaba de
"paraíso de mujeres malditas". Era
evidente que, a pesar de su pureza,
sabía de qué clase eran las mujeres que
solían embarcar para el Cabo Francés, en
muelle cercano, bajo la vigilancia de
los corchetes, entre risotadas y
palabrotas de los marineros; alguien
-una criada tal vez- podía haberle dicho
que la salud del hombre no se aviene con
ciertas abstinencias y vislumbraba, en
un misterioso mundo de desnudeces
edénicas, de calores enervantes,
peligros mayores que los ofrecidos por
inundaciones, tormentas, y mordeduras de
los dragones de agua que pululan en los
ríos de América. Al fin empecé a
irritarme ante una terca discusión que
venía a sustituirse, en tales momentos,
a la tierna despedida que yo hubiera
apetecido. Comencé a renegar de la
pusilanimidad de las mujeres, de su
incapacidad de heroísmo, de sus
filosofías de pañales y costureros,
cuando sonaron fuertes aldabonazos,
anunciando el intempestivo regreso del
padre. Salté por una ventana trasera sin
que nadie, en el mercado, se percatara
de mi escapada, pues los transeúntes,
los pescaderos, los borrachos -ya
numerosos en esta hora de la tarde- se
habían aglomerado en torno a una mesa
sobre la que a gritos hablaba alguien
que en el instante tomé por un pregonero
del Elixir de Orvieto, pero que resultó
ser un ermitaño que clamaba por la
liberación de los Santos Lugares. Me
encogí de hombros y seguí mi camino.
Tiempo atrás había estado a punto de
alistarme en la cruzada predicada por
Fulco de Neuilly. En buena hora una
fiebre maligna -curada, gracias a Dios y
a los ungüentos de mi santa madre- me
tuvo en cama, tiritando, el día de la
partida: aquella empresa había
terminado, como todos saben, en guerra
de cristianos contra cristianos. Las
cruzadas estaban desacreditadas. Además,
yo tenía otras cosas en qué pensar.
El viento se había aplacado. Todavía
enojado por la tonta disputa con mi
prometida, me fui hacia el puerto, para
ver los navíos. Estaban todos arrimados
a los muelles, lado a lado, con las
escotillas abiertas, recibiendo millares
de sacos de harina de trigo entre sus
bordas pintadas de arlequín. Los
regimientos de infantería subían
lentamente por las pasarelas, en medio
de los gritos de los estibadores, los
silbatos de los contramaestres, las
señales que rasgaban la bruma,
promoviendo rotaciones de grúas. Sobre
las cubiertas se amontonaban trastos
informes, mecánicas amenazadoras,
envueltas en telas impermeables. Un ala
de aluminio giraba lentamente, a veces,
por encima de una borda, antes de
hundirse en la oscuridad de un sollado.
Los caballos de los generales, colgados
de cinchas, viajaban por sobre los
techos de los almacenes, como corceles
wagnerianos. Yo contemplaba los últimos
preparativos desde lo alto de una
pasarela de hierro, cuando, de pronto,
tuve la angustiosa sensación de que
faltaban pocas horas -apenas trece- para
que yo también tuviese que acercarme a
aquellos buques, cargando con mis armas.
Entonces pensé en la mujer; en los días
de abstinencia que me esperaban; en la
tristeza de morir sin haber dado mi
placer, una vez más, al calor de otro
cuerpo. Impaciente por llegar, enojado
aún por no haber recibido un beso,
siquiera, de mi prometida, me encaminé a
grandes pasos hacia el hotel de las
bailarinas. Christopher, muy borracho,
se había encerrado ya con la suya. Mi
amiga se me abrazó, riendo y llorando,
afirmando que estaba orgullosa de mí,
que lucía más guapo con el uniforme, y
que una cartomántica le había asegurado
que nada me ocurriría en el Gran
Desembarco. Varias veces me llamó héroe,
como si tuviese una conciencia del duro
contraste que este halago establecía con
las frases injustas de mi prometida.
Salí a la azotea. Las luces se encendían
ya en la ciudad, precisando en puntos
luminosos la gigantesca geometría de los
edificios. Abajo, en las calles, era un
confuso hormigueo de cabezas y
sombreros.
No era posible, desde este alto piso,
distinguir a las mujeres de los hombres
en la neblina del atardecer. Y era, sin
embargo, por la permanencia de ese
pulular de seres desconocidos, que me
encaminaría hacia las naves, poco
después del alba. Yo surcaría el Océano
tempestuoso de estos meses, arribaría a
una orilla lejana bajo el acero y el
fuego, para defender los Principios de
los de mi raza. Por última vez, una
espada había sido arrojada sobre los
mapas de Occidente. Pero ahora
acabaríamos para siempre con la nueva
Orden Teutónica, y entraríamos,
victoriosos, en el tan esperado futuro
del hombre reconciliado con el hombre.
Mi amiga puso una mano trémula en mi
cabeza, adivinando, tal vez, la
magnanimidad de mi pensamiento. Estaba
desnuda bajo los vuelos de su peinador
entreabierto.
IV
Cuando regresé a mi casa, con los pasos
inseguros de quien ha pretendido burlar
con el vino la fatiga del cuerpo ahíto
de holgarse sobre otro cuerpo, faltaban
pocas horas para el alba. Tenía hambre y
sueño, y estaba desasosegado, al propio
tiempo, por las angustias de la partida
próxima. Dispuse mis armas y correajes
sobre un escabel y me dejé caer en el
lecho. Noté entonces, con sobresalto,
que alguien estaba acostado bajo la
gruesa manta de lana, y ya iba a echar
mano al cuchillo cuando me vi preso
entre brazos encendidos de fiebre, que
buscaban mi cuello como brazos de
náufrago, mientras unas piernas
indeciblemente suaves se trepaban a las
mías. Mudo de asombro quedé al ver que
la que de tal manera se había deslizado
en el lecho era mi prometida. Entre
sollozos me contó su fuga nocturna, la
carrera temerosa de ladridos, el paso
furtivo por la huerta de mi padre,
hasta alcanzar la ventana, y las
impaciencias y los miedos de la espera.
Después de la tonta disputa de la tarde,
había pensado en los peligros y
sufrimientos que me aguardaban,
sintiendo esa impotencia de enderezar el
destino azaroso del guerrero que se
traduce, en tantas mujeres, por la
entrega de sí mismas, como si ese
sacrificio de la virginidad, tan
guardada y custodiada, en el momento
mismo de la partida, sin esperanzas de
placer, dando el desgarre propio para
el goce ajeno, tuviese un propiciatorio
poder de ablación ritual. El contacto de
un cuerpo puro, jamás palpado por manos
de amante, tiene un frescor único y
peculiar dentro de sus crispaciones, una
torpeza que sin embargo acierta, un
candor que intuye, se amolda y
encuentra, por oscuro mandato, las
actitudes que más estrechamente
machihembran los miembros. Bajo el
abrazo de mi prometida, cuyo tímido
vellón parecía endurecerse sobre uno de
mis muslos, crecía mi enojo por haber
extenuado mi carne en trabazones de
harto tiempo conocidas, con la absurda
pretensión de hallar la quietud de días
futuros en los excesos presentes. Y
ahora que se me ofrecía el más
codiciable consentimiento, me hallaba
casi insensible bajo el cuerpo
estremecido que se impacientaba. No diré
que mi juventud no fuera capaz de
enardecerse una vez más aquella noche,
ante la incitación de tan deleitosa
novedad. Pero la idea de que era una
virgen la que así se me entregaba, y que
la carne intacta y cerrada exigiría un
lento y sostenido empeño por mi parte,
se me impuso con el temor al acto
fallido. Eché a mi prometida a un lado,
besándola dulcemente en los hombros, y
empecé a hablarle, con sinceridad en
falsete, de lo inhábil que sería
malograr júbilos nupciales en la premura
de una partida; de su vergüenza al
resultar empreñada; de la tristeza de
los niños que crecen sin un padre que
les enseñe a sacar la miel verde de los
troncos huecos, y a buscar pulpos debajo
de las piedras. Ella me escuchaba, con
sus grandes ojos claros encendidos en la
noche, y yo advertía que, irritada por
un despecho sacado de los trasmundos del
instinto, despreciaba al varón que, en
semejante oportunidad, invocara la razón
y la cordura, en vez de roturarla, y
dejarla sobre el lecho, sangrante como
un trofeo de caza, de pechos mordidos,
sucia de zumos; pero hecha mujer en la
derrota. En aquel momento bramaron las
reses que iban a ser sacrificadas en la
playa y sonaron las caracolas de los
vigías. Mi prometida, con el desprecio
pintado en el rostro, se levantó
bruscamente, sin dejarse tocar,
ocultando ahora, menos con gesto de
pudor que con ademán de quien recupera
algo que estuviera a punto de
malbaratar, lo que de súbito estaba
encendiendo mi codicia. Antes de que
pudiera alcanzarla, saltó por la
ventana. La vi alejarse a todo correr
por entre los olivos, y comprendí en
aquel instante que más fácil me sería
entrar sin un rasguño en la ciudad de
Troya, que recuperar a la Persona
perdida.
Cuando bajé hacia las naves, acompañado
de mis padres, mi orgullo de guerrero
había sido desplazado en mi ánimo por
una intolerable sensación de hastío, de
vacío interior, de descontento de mí
mismo. Y cuando los timoneles hubieron
alejado las naves de la playa con sus
fuertes pértigas, y se enderezaron los
mástiles entre las filas de remeros,
supe que habían terminado las horas de
alardes, de excesos, de regalos, que
preceden las partidas de soldados hacia
los campos de batalla. Había pasado el
tiempo de las guirnaldas, las coronas de
laurel, el vino en cada casa, la envidia
de los canijos, y el favor de las
mujeres. Ahora, serían las dianas, el
lodo, el pan llovido, la arrogancia de
los jefes, la sangre derramada por
error, la gangrena que huele a almíbares
infectos. No estaba tan seguro ya de que
mi valor acrecería la grandeza y la
dicha de los acaienos de largas
cabelleras. Un soldado viejo que iba a
la guerra por oficio, sin más entusiasmo
que el trasquilador de ovejas que camina
hacia el establo, andaba contando ya, a
quien quisiera escucharlo, que Elena de
Esparta vivía muy gustosa en Troya, y
que cuando se refocilaba en el lecho de
Paris sus estertores de gozo encendían
las mejillas de las vírgenes que moraban
en el palacio de Príamo. Se decía que
toda la historia del doloroso cautiverio
de la hija de Leda, ofendida y humillada
por los troyanos, era mera propaganda de
guerra, alentada por Agamemnón, con el
asentimiento de Menelao. En realidad,
detrás de la empresa que se escudaba con
tan elevados propósitos, había muchos
negocios que en nada beneficiarían a los
combatientes de poco más o menos. Se
trataba sobre todo -afirmaba el viejo
soldado- de vender más alfarería, más
telas, más vasos con escenas de carreras
de carros, y de abrirse nuevos caminos
hacia las gentes asiáticas, amantes de
trueques, acabándose de una vez con la
competencia troyana. La nave, demasiado
cargada de harina y de hombres, bogaba
despacio. Contemplé largamente las casas
de mi pueblo, a las que el sol daba de
frente. Tenía ganas de llorar. Me quité
el casco y oculté mis ojos tras de las
crines enhiestas de la cimera que tanto
trabajo me hubiera costado redondear -a
semejanza de las cimeras magníficas de
quienes podían encargar sus equipos de
guerra a los artesanos de gran estilo, y
que, por cierto, viajaban en la nave más
velera y de mayor eslora.
Alejo Carpentier (La
Habana, 1904 - 1980): novelista,
ensayista y musicólogo cubano, que
influyó notablemente en el desarrollo de
la literatura latinoamericana, en
particular a través de su estilo de
escritura, que incorpora todas las
dimensiones de la imaginación —sueños,
mitos, magia y religión— en su idea de
la realidad. Participó en el Segundo
Congreso Internacional de Escritores en
Defensa de la Cultura celebrado en
Valencia, Madrid, Barcelona y París en
1937. |