Año VI
La Habana
2007

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De Aladino, Trompoloco y la lámpara maravillosa

Yohayna Hernández La Habana
Fotos: Kaloian (La Jiribilla)
 

Durante los meses de julio, agosto y el pasado septiembre el Circo Nacional de Cuba estrenó en la carpa Trompoloco el espectáculo La lámpara maravillosa con dirección artística del maestro Alberto Méndez, Premio Nacional de Danza 2004. Ante todo, debo reconocer, si de circo se trata, la significación que tiene para nuestras artes circenses la fundación de la carpa Trompoloco, espacio que condicionará un encuentro sistemático entre los creadores y su público, y contribuirá a elevar la madurez de nuestra escuela de circo a pasos agigantados.

El universo circense es un tejido de confluencias entre prácticas corporales, populares, carnavalescas, en el que el virtuosismo, la magia, el encantamiento, el entretenimiento, son principios inviolables que deben regir sus proyecciones, que a lo largo de los años, pues hablamos de un arte milenario, no solo han apresado a las multitudes de público, sino el interés de otros lenguajes artísticos (literario, cinematográfico, pictórico, musical, dramático). Basta repasar la filmografía de Fellini, por citar un ejemplo, La strada (1954) o I Clowns (1971). Películas que evidencian la obsesión del director italiano por la atmósfera circense, sus protagonistas, la efectividad en la apropiación de estos componentes y la maestría en el tratamiento orgánico del vínculo entre los dos lenguajes: circense y cinematográfico.

Y aunque lo anterior pudiera parecer una digresión, uno de los elementos que siento que debilita La lámpara maravillosa es precisamente la relación disonante entre los tres lenguajes que el espectáculo pretende fusionar: el del circo, el danzario y el dramático. Este parte de una serie de intervenciones circenses (contorsionismo, malabarismo, acrobacia, magia, equilibrismo, payaso, tragafuegos) insertadas en una supuesta historia: los viajes aleatorios de Aladino por países del Viejo y Nuevo Continentes y sazonadas/ambientadas por las coreografías del Cuerpo de Baile del Teatro América.    

De ello resulta una trama que se agota a sí misma y que se descubre como pretexto para introducir los diferentes números de forma ingenua, mecánica y con elementos reiterativos y poco elaborados desde las pautas dramáticas, musicales, coreográficas y de artesanía de la imagen. Cito en este último punto el tratamiento de la alfombra mágica en la que Aladino recorre el mundo. Los espectadores vemos una plataforma móvil que se desplaza con un ayudante de escena dentro, el cual muestra sus pies todo el tiempo.

Ante detalles como este, que impregnan el espectáculo, – recuerdo que mientras asistíamos al vuelo del genio y los diversos niveles que explora, constatábamos también cómo un grupo del personal técnico luchan, entre la carpa y Quinta Avenida, para sostener el peso del mismo– el encantamiento del circo se destruye, uno vivencia el entrenamiento del artista y cómo sus trabajos se construyen, cuando en el circo el factor sorpresa y lo inexplicable de los empeños físicos que se muestran, a sabiendas que es puro oficio y trucaje, la espectácularidad, deben guiar la emoción del espectador.     

Cuando Aladino termina su recorrido, llega a Cuba y el montaje tiene un tiempo en pista considerable, la historia aún no culmina, el genio le concede un pequeño circo y todo se inicia nuevamente, como anexo forzado de lo anterior, con la notable diferencia de desempeños circenses más virtuosos, como el trío de acrobacia en mimbre integrado por Reinier Pérez, Utnier Aquino y Daikel Castillo. La historia no da para más y todavía el presentador, interpretado en un tono invariable todo el tiempo por Yovany Pérez, anuncia una última sorpresa: un pionero, con una pañoleta de lentejuelas, hará gala de sus dotes acrobáticas.   

Si a lo anterior sumamos la participación del Cuerpo de Baile del Teatro América, jóvenes vitales pero con escaso dominio de la técnica danzaria, que vulgarizan en ocasiones el sentido coreográfico de la propuesta, se podría afirmar que en su totalidad, La lámpara de Aladino, es el esbozo perfectible de un maestro de la coreografía cubana que, en esta entrega, aún no ha encontrado la alquimia que entrecruce los lenguajes circense, danzario y dramático.

No obstante, el espectáculo presenta unidades muy acertadas como el desempeño del traguafuegos Rubén Dranguet, la cortosionista Yenly Fuigueredo y algunos números clownescos a cargo de Leonardo González, Raymed Cruz y Ernesto Perdomo, en particular el del caballo en forma de neumático, ingenioso, dinámico y de un despliegue de alta comicidad.

La carpa Trompoloco despide a Aladino y a su equipo de creación luego de meses de entrega y obstinación por mantener el circo presente en nuestra cartelera escénica. Y eso es un mérito indiscutible de sus hacedores más allá de las reflexiones en torno a la estructuración y los resultados de la misma. Concierto Habana es la nueva cita que aguarda a los amantes de esta manifestación escénica. Al menos yo, estaré del otro lado de la pista muy atenta a las notas de la orquesta.

 

LA JIRIBILLA NRO 327: EL CIRCO

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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