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La
fotografía
Cuando él se marcha deja su fotografía.
Ella la guarda en su cartera, en la mesa
de noche. Su rostro no puede envejecer.
Los días enemigos no lo alcanzan,
el azar y la duda.
Alguien por él pregunta y respondes:
-Es éste. Y es para siempre, contigo.
Apaga el velador. No faltan cuentas
que llenar. A tus pies solitarios
el collar de la muerte.
Si nada existe de su cuerpo en el tuyo,
si tus manos ansiosas no pudieron
guardarlo,
queda la fotografía con las partes
amadas.
Inventemos después la eternidad
para tener las cosas que perdimos.
Réquiem
Mi hermana y yo sabemos la noticia:
estás tendido en la estación del
ferrocarril,
para siempre tendido, mirándote los
pies.
Hacía cincuenta años que caminabas por
esas calles
hasta el final del día,
cincuenta años que veías el
crepúsculo,
que te afeitabas todas las mañanas,
cincuenta años viendo tu cara en el
espejo del baño,
cincuenta años que hacías el amor.
Yo nací de esos éxtasis
o de esos hastíos
qe dejan colgar las manos al borde de la
cama.
Cincuenta años que nadie podrá borrar,
y sin embargo
algo se aniquila en ellos,
algo está por perderse.
Ya estás tendido, para siempre tendido.
El viajante descansa en su ataúd gris
y sueña un mundo diferente.
La tierra te espera como una casa
inmóvil.
Tus uñas están creciendo.
Tendrás una gran barba que el viento no
podrá agitar.
Es inútil que ahora vayamos.
Es inútil, lo sabemos tú y yo, hermana
mía.
Ya no es posible acompañarle a ningún
sitio.
Su libro de cuentas ha quedado abierto
sobre la mesa
y la cita que tenía no la puede cumplir.
Han venido a soplar tu rostro,
juntan todas las muertes.
La cita que tenías no la puedes cumplir.
Te señalarán tus nietos en el álbum de
fotos.
La luz de los cirios crea el último sol.
En casa de Marcil
(Fragmentos)
ELLOS
Un día vendrán a buscarme,
lo aseguro.
Dos hombres vestidos de hombre
subirán la escalera, que la vecina
ha terminado de limpiar.
Los espero sentado en mi sillón
de siempre:donde escribo.
Me llamarán, saben mi nombre.
Después seré expulsado
de los cursos
y de la Historia.
LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES
A veces, no siempre, lo confieso,
uno descubre los escombros en su cama.
Larga ha sido la vida, ¿no es cierto?
Caramba, qué progreso incesante:
barrer los escombros cada mañana.
Al filo de la mañana
En una cama en penumbras,
hay dos cuerpos tendidos.
Respiran y libremente fluyen
como el agua muy pura.
Uno al otro se vuelven, y vagan remotos
por sus propias llanuras.
Sin relojes ni prisas, habitantes de
sueños
que no logran compartir,
y ambos sienten su lejanía, y al
sentirla
se palpan con la mirada.
Luego acuden las manos buscadoras,
dos manos que en la cama forman algo
distinto,
algo que no les pertenece, y abre
un espacio sin dueño, vivo organismo
latiendo desprendido en un enlace
efímero.
Diez dedos como diez ojos quieren trazar
un puente,
por el que nadie pasa ni pasar puede.
La luz del mundo duda todavía en
comenzar,
y sólo es cierto, y quizá real,
el calor inseguro de sus cuerpos
tendidos
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