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Quisiera ser lo suficientemente inocente
y creer que fue totalmente casual que
Peter Nadin compró su agradable[1]
hacienda cerca del puente Rip Van Winkle
que cruza el río Hudson, al norte de las
montañas Catskill, que fue una decisión
libre de sus nociones de arte y su
reconocida filiación conceptualista. Me
gustaría volver a mi inocencia de
guajirito periqueño para confiar que
no hubo intención trascendentalista
alguna cuando el reconocido creador
contemporáneo nacido en Liverpool y
residente en Estados Unidos escogió ese
paisaje de Greene County, pleno de
connotaciones históricas y culturales
para la nación norteamericana, como
asentamiento para su proyecto Old Field
Farm, y se fue a vivir allí en la
década de los años 90 con el humanista
propósito de ejecutar una especie de
purgatorio de su conciencia artística y
social: “Un espacio sagrado que tiene
que ver con un sentido diferente de la
identidad y con un sentido diferente
del ego”…“criar abejas, cabras y cerdos,
entre otras labores agrícolas, entre
otros objetivos para desaprender”.
“Sorprendentemente, no fue hasta que
dejé a un lado la intención de crear
algo artístico que apareció el arte”.
Son estas algunas de las frases
recientes de Nadin[2]
sobre ese proceso llevado a cabo
durante unos 15 años de ausencia
expositiva y de búsqueda de nuevos modos
vivénciales de acción y pensamiento, más
naturalistas y tradicionales.
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Qué su filosofía existencial y
productiva de hoy apele más a las
utopías sociales y los simbolismos
discursivos del arte y que el artista
elabore ahora sus obras con materiales
producidos en su propia finca como la
miel de las abejas, el pelo de las
cabras y el tinte de la cochinilla y que
asevere que las formas responden a un
instinto cuasisalvaje de expresión y
composición que tiene mucha más relación
con el poético olor del pasto fresco o
el sabor de la carne de cerdo pueden
ser ideas y hechos perfectamente
verosímiles y válidos como experiencias
vitales a defender, pero no necesitan
para su convencimiento y fe irrefutable
el enunciar una renuncia excesivamente
puritana a otros recursos
contemporáneamente ineludibles.
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Que Peter Nadin ha cambiado como humano
y artista durante estos años de ser y
hacer diferente y que su contexto de
purificación le ha permitido encontrar
un nuevo camino para su imaginario es
fácilmente compresible, lo que no suena
muy sostenible es que haya podido borrar
sus habilidades para la praxis
abstracta, sus relaciones conceptuales
con la vanguardia neoyorquina, su visión
de viajero global donde se incluyen
hasta sus observaciones a la realidad
habanera. Por eso aunque lo jure y
perjure, sigo descreído de ver su obra
como un parto totalmente naif e
intuitivo apegado a su actual y
paradisíaco contexto; y sigo pensando
que detrás de cada acción creativa suya
se prolonga activa una conciencia mucho
más cosmopolita y un don artístico
instruido y sabido de cómo se opera
sobre la tela (ya sea lienzo o el lino)
y se construye el aura de una obra.
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El propio artista sabe bien cuan
manipulado y manipulador es el mundo
actual, cuan degradada están sus bases
de relación y por tanto, cuanto
significa su juiciosa apelación desde
Old Field Farm a lo ecológico y lo
antropológico, su llamado a una vida
menos egoísta de coexistencia y paz,
productora de bienes esencialmente
comunitarios. Así que una vez que sus
nuevas piezas sobrepasen los límites
privados de su finca y se expongan al
público se quebrará o mutará un buen
trozo del halo más congénito de sus
nuevas criaturas y se le adjuntaran
otras aureolas contaminadas de otras
preocupaciones y apreciaciones modernas,
las cuales activarán todas esas
connotaciones y significantes que
exhalan sus materiales y el espacio
mismo dónde fueron creadas, más las que
acompañan al nombre y personalidad del
autor comprometido. Para mantener la
inmunidad a estas incubaciones
receptivas deberían permanecer
eternamente resguardadas en su espacio
natal.
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Si Nadin escogió La Habana para esa
trasgresión de su silencio expositivo
argumentando su preferencia a la
singular, socializada y respetuosa
manera con que opera en Cuba el
sistema cultural y la institución arte,
fue otra demostración de que tras su
praxis sigue operando un razonamiento
coherente hacia el todo, tanto interior
como exterior del arte contemporáneo. De
igual manera, al hacer que esta
colección cruzara el cielo desde tierras
que pertenecen a los dominios
gubernamentales de los Estados Unidos
hasta la capital de esta Isla caribeña
declarada desde 1961 socialista, en
momentos de pleno y agudo conflicto
político entre ambas naciones, sabía que
se añadirían sobre el suceso creativo
otras dimensiones y esencias que lo
trascienden y podrían mediar entre la
idea de la pureza universal aspirada en
la obra y la postura conceptual
individual del artista pensante.
Ni siquiera haber escogido un antiguo y
sacro edificio como el Convento de San
Francisco de Asís y su Salón Blanco
salvan a la muestra de estas 18
pinturas, 4 esculturas y un libro de
arte de cualquiera de estas posibles
asociaciones intertextuales.
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No obstante, llamo la atención a quienes
lean esta mirada porque tal vez este
perteneciendo yo a ese extendido
conjunto de observadores y receptores
del arte y otras formas de expresión
visuales, quienes sobrecargados de
referentes, según considera el
conceptualista artista cubano Wilfredo
Prieto[3],
somos capaces de crearnos toda una otra
historia alrededor de cualquier objeto u
acto sencillos y comunes que se nos
muestre o emita como una obra y una
exposición. Porque entonces puede
resultar mejor, si le es posible, que
usted trate dejarse llevar ingenuamente
por el instinto, no vaya a ser que
termine descubriéndose en el grupo de
quienes estudiamos, reflexionamos y
opinamos sobre lo que vemos, víctimas y
culpables de esa especulación que
circunda al arte contemporáneo y que
favorece un mirar más lo hecho desde la
pose que se factura para desentrañar el
simulacro antes de quedarnos a solas con
el mero sujeto que al parecer se nos
(re)presenta.
[1]
“A mi llegada, me sorprende la
elegancia despreocupada de la
casa de campo colonial, situada
a 50 pies escasos de la
carretera. A un lado de la casa
hay un campo segado en el centro
del cual se extiende un soto de
pinos. En el campo hay un patio
y un corral para seis cabras de
Cachemira y una bandada de
gallinas frente a un área
vallada para albergar los dos
cerdos de 150 libras de Peter.
Al otro lado de la carretera,
del lado opuesto a la casa, un
prado en pendiente poblado de
flores silvestres se extiende
hacia un bosque en el que fluye
un arroyo”. Tomado de Visita
a Old Field Farm, apuntes
escritos por Andrew McCarron,
ensayista y amigo de Peter
Nadin. Publicados en
www.peternadin.com y el
tabloide impreso para la
exposición en La Habana.
[2]
Frases tomadas de la entrevista
Philip Larratt-Smith conversa
con Peter Nadin.
Publicada en
www.peternadin.com
y el tabloide impreso para la
exposición en La Habana.
[3]
En conversación con el artista
cubano Wilfedo Prieto durante su
Open Studio y luego de la
intervención Paseando al
perro y comiendo mierda en
el parque de 17 y 8, conocido
hoy como el parque Lennon
gracias a la escultura erigida
como monumento al mítico
integrante de los Beatles, cuya
imagen reproducida en bronce
permanece sentada en un banco de
ese espacio urbano del Vedado
habanero.
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