Año VI
La Habana
2007

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TE PONGA EL PLATO?

 
Los días mexicanos del Benny
Josefina Ortega • La Habana
 


“México, una segunda patria

                       musical para los cubanos”

                           Rosendo Ruiz Quevedo

                          

En México al burro se le llama Bartolo. Por eso la gente se burlaba allí del nombre de aquel mulato largo y flaco como una vara, que con un pañuelo rojo y un sombrero de guano, salía a la escena con el grupo de Miguel Matamoros. Pero después que el tal Bartolo comenzaba a cantar, los aplausos eran apoteósicos.
 

Los mexicanos no conocían a un intérprete como Benny Moré, único cuando cantaba son, rumba, bolero, guaracha, o guaguancó. Entonces no se llamaba Benny, sino Bartolo, aunque ya era el mismo Bárbaro del ritmo que luego conquistara a Cuba y al mundo.
 

Guapetón como era, a Bartolomé Maximiliano Moré —más conocido como Bartola—, no le hacía gracia alguna que se rieran de su nombre en México, y como quería probar fortuna en aquel escenario, no lo pensó dos veces cuando alguien le sugirió cambiar su nombre, pero ¿cuál escogería?

“Para eso nos reunimos en el restaurante Lido, donde cenábamos de manera habitual, y Benny, todavía Bartolo, metió en un sombrero 20 papelitos en los que escribió diferentes nombres.
 

“Cualquiera de ellos podría ser el que adoptara, pero él mismo sugirió que el del último papelito fuera su nombre artístico. Y, casualidades de la vida, resultó Benny.”
 

Quien contó esta historia al periodista y amigo Rafael Lam, fue Esther Lafayette, Karula, una de las legendarias Mulatas de fuego e integrante del conjunto que acompañó al Bárbaro del ritmo en su viaje triunfal a México, en 1945.
 

Las presentaciones del Benny con el grupo de Matamoros fueron muy aplaudidas en el país hermano, pero una vez cumplido el contrato, Matamoros decide regresar a Cuba, mientras el Benny hace gestiones para quedarse.
 

Con la ayuda del bongosero Clemente Piquero, Chicho, consigue el permiso para poder trabajar allí como cantante. Al poco tiempo integra un dúo con Lalo Montané, e incluso el gerente de la RCH Víctor mexicana, Rivera Conde, le facilita grabar discos con algunas orquestas, como la del cubano Mariano Mercerón, con la que logra uno de sus primeros triunfos: la guajira "Me voy pa'l pueblo", de Mercedes Valdés.
 

Sin embargo, el éxito mayor le llega al unirse con la orquesta del también cubano Dámaso Pérez Prado. Aquella conjunción —como reconoce el maestro Rosendo Ruiz Quevedo— fue consagratoria. "Bonito y sabroso", "Mucho corazón", "Pachito e che", "Ensalada de mambo", entre otros títulos, constituyeron grandes sucesos musicales.
 

Son también los días en el teatro Blanquita, de la capital azteca, cuando el público, lleno de frenesí, aplaude el maravilloso timbre de su voz: "¡pero que bonito y sabroso bailan el mambo las mexicanas, mueven la cintura y los hombros igualito que las cubanas!"
 

No es solo su voz lo que fascina, es también su baile, sus pasillos, su forma de improvisar. Más de 70 grabaciones y cerca de siete películas componen el impresionante quehacer artístico en México del Benny, quien, no obstante, en 1950 decide regresar a Cuba, y donde por derecho propio se convierte en uno de los grandes ídolos de su pueblo.
 

 Poseedor de una personalidad pintoresca y carismática, aquel guajirito humilde de Santa Isabel de las Lajas, en la actual provincia de Cienfuegos, fue un intérprete y compositor único, a pesar de carecer de instrucción musical. Se le considera el cantante más completo de la música bailable cubana de todos los tiempos.
 

Benny Moré fallece en La Habana el 19 de febrero de 1963.
 

Sus actuaciones en México fueron prácticamente el comienzo de la vida artística de ese mito de la música cubana y latinoamericana, el Bárbaro del ritmo.
 

Sobre los días del Benny en ese país hermano —al que él tanto quiso—, hay un detalle muy poco conocido, y que Karula, la legendaria Mulata de fuego, le contó a Rafael Lam:
 

En México, Benny Moré estuvo a punto de perder la vida en un accidente, y se asustó mucho pues antes había sufrido ciertos percances que para él, dadas sus creencias religiosas, fueron como un aviso de que algo malo le podía suceder.
 

Es entonces cuando el Benny decide ponerse un arete, una argollita en la oreja, con lo que se anticipa así a los hippies y a mucha gente que hoy día también lo usa.
 

Tiempo después, Benny depositó ese arete en el santuario de la Virgen de Guadalupe.

 

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La Habana, Cuba. 2007.
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