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Parece una tradición ya la unión de
vocaciones y destinos diferentes en una
persona, atraída casi siempre por la
inquietud que provocan las artes, las
letras y toda la cultura en general, que
no es otra cosa que avidez y curiosidad
por comprender y conocer el mundo que le
rodea y le ha tocado vivir. Desde José
Martí, en el ya lejano siglo XIX,
pugnaban por su visibilidad la poesía,
la crítica de arte, el ensayo, la
oratoria y, como es bien sabido, la
libertad de su país. Y es posible
afirmar que una y otras emergían con
fuerza impar, personalidad y fibra,
escritura singular.
En el
siglo XX, Alejo Carpentier compartió
tribunas diversas para publicar, con
incuestionable estilo, la crónica de la
vida moderna hasta que la narrativa
empezó a ocupar sus más caras ambiciones
de cultura y disputarle, nunca del todo,
la primacía en su destino de hombre de
letras extraordinarias. Casi al mismo
tiempo Nicolás Guillén transitaba igual
camino, esta vez desde la poesía, no muy
lejos de José Lezama Lima, Cintio Vitier,
Fina García Marruz, Gastón Baquero,
miembros de una generación demasiado
alerta y asombrada, como luego hicieron,
desde nuevas perspectivas, Lisandro
Otero, Jaime Sarusky, Guillermo Cabrera
Infante, Antón Arrufat, Reynaldo
González, y otros que público y lectores
podrán recordar para no alargar mucho la
lista.
Y los
hubo que fueron más allá de la letra
impresa capaz de fraternizar con gracia
y maestría entre distintos géneros pues
a todos los une la palabra, colóquese en
renglones cortos, versos o párrafos
largos e interminables. Me refiero a los
que tomaron en sus manos otros
instrumentos para la creación como
suelen ser pinceles, óleo, tela gruesa o
cartulina, madera, gubias, piedra, una
cámara fotográfica. Pienso en Marcelo
Pogolotti, Eduardo Abela, Carlos
Enríquez, Samuel Feijóo, Fayad Jamís,
Leonel López Nussa, Manuel López Oliva.
Y pienso en Pedro de Oraá quien, en un
libro que pronto advertiremos, entre
otras cosas por su título provocador,
nos convoca a reflexionar sobre
demasiados asuntos y problemas como si
no bastaran esos que la vida nos pone
delante, desde que amanecemos, todos los
días del mundo.
Trocar un instrumento de creación por
otro es algo sumamente difícil, y de eso
pueden hablar aquellos que lo han
experimentado. Pero también lo es
cambiar de género dentro de una misma
expresión. Eso lo sabe muy bien Pedro de
Oraá a la hora de decidirse por un texto
crítico o un poema pues todos saben que
hablo de alguien que ejerce ambos
oficios desde muy temprano en su vida.
Cómo
se las arregla, lo ignoro, por aquello
de que no es bueno, casi imposible,
pensar por cabeza ajena aunque imagino
la gravedad de decidir entre las
múltiples trampas y ardides que tienden
las palabras cuando la emoción nos llena
la cabeza de imágenes verbales luego de
haber vivido, haber soñado, o
simplemente especulado con el tiempo
infinito en el mismo espacio del tiempo
real.
Para
quienes pernoctamos en el universo de la
poesía, sabemos que rara vez logran
entrar en él las poderosas razones del
pensamiento lógico pues casi siempre
experimentamos eso que Jorge Luis Borges
nombró como "vivir en estado literario",
que es sentirnos atrapados por palabras,
desde que nos levantamos hasta que llega
la noche, y por más ninguna otra cosa
que palabras. Salirnos por un instante
de ese reino conlleva desgarramientos
intensos cuando no su poco de castigo y
su mucho de sufrimiento. Cambiar,
permutar, oscilar, es otra cosa, y se
puede, y eso es lo que Pedro hace de vez
en cuando.
A la
inversa ocurre exactamente igual, ni más
ni menos, pues cuando deseamos ensayar
ideas en los territorios de la crítica,
desesperamos en busca de un dato
preciso, una cita ingeniosa, hurgamos en
la historia, recordamos vivencias,
tocamos a las puertas de todo el
conocimiento. Y en esas escaramuzas no
hay lugar para un verso, sea este
sencillo, mínimo o colosal. Poesía y
pensamiento parten del tronco común de
las palabras pero ramas y frutos son
diferentes aunque ha habido, y habrá,
quienes los hagan parecer familiares,
cercanos, por su esplendor verbal.
Pedro
es un poeta recién descubierto hoy con
asombro y respeto por numerosos
escritores, algunos de ellos muy
jóvenes, gracias a Cifra, su más
reciente antología. Y un crítico que tal
vez muchos de ellos mismos, y otros
quizás mayores, re-descubran a través de
Visible e invisible, el libro que
nos convoca, donde reúne textos sobre
arte y artistas publicados en revistas
cubanas y catálogos de exposiciones
desde el lejano 1969 hasta nuestros
días.
Pedro
de Oraá ejerce la crítica de arte, y
polemiza como muchos, desde finales de
los años 60. Conocido entonces por su
rigor, hoy suma a estas cualidades una
copiosa información, una sensible
cultura y una natural inquietud
intelectual por cuanto le rodea en el
panorama de la visualidad contemporánea
cubana sin dejarse atrapar, e
indigestar, por las últimas tentaciones
del arte, la teoría y la crítica
especializada.
A
este crítico no le preocupa tanto lo
nuevo como lo permanente. Le preocupa lo
que se ve pero más aún lo que no se ve
—y que por fortuna dejó de ser, hace
buen tiempo ya, coto exclusivo del
famoso personaje de El pequeño
príncipe.
Estamos acostumbrados a ver, por lo
general de un primer golpe, formas como
resultados lógicos de procesos
creativos, pero en un segundo momento
comprobamos cómo aparecen sus contenidos
muchas veces ocultos ante tanta
parafernalia de luz y color, de
materiales, estructuras y técnicas.
Pedro de Oraá trata de descubrirnos esos
contenidos a través de numerosos
artículos y ensayos porque de la
correspondencia entre ambas nociones, de
su interrelación, de su integración o
posible coherencia depende en parte
delimitar cuánto hay de auténtico o
ficticio en el arte, cuánto de novedoso
u original, cuánto de falso o verdadero.
Y cuántos mitos han sido creados a lo
largo del tiempo para favorecer unas u
otras tendencias, y cuánta injusticia se
ha vertido sobre ciertos fenómenos,
movimientos y artistas.
Ojo:
él no proclama verdades como brújulas
que nos "guíen" hacia pensamiento
seguro: tiene plena conciencia de que no
existen en estos territorios tan
movedizos. Son solo sus verdades,
que bien miradas desde una
representación literaria proveniente de
Oscar Wilde y enriquecida por Mario
Vargas Llosa, son sus mentiras,
escritas en tiempos donde proliferan
decenas, cientos de ellas a un lado y
otro del planeta.
Más
de 30 textos que abarcan 300 años de
arte en Cuba, desfilan por las más de
300 páginas de este libro. Unos
dedicados a hechos y momentos esenciales
de la segunda mitad del siglo XX cubano,
a manifestaciones concretas como el
cartel, la pintura abstracta, la
artesanía, dentro de los cuales llamo la
atención sobre "Entrada a la pintura
cubana", "La ajena aventura" y "El
porvenir de la plástica: una acción de
rescate". Otros indagan en la obra de
creadores, desde Wifredo Lam, Servando
Cabrera, Agustín Cárdenas, Fayad Jamís,
Antonio Vidal hasta Tomás Sánchez, Aisar
Jalil, Ángel Ramírez, sin dejar de
reparar en algunos que hoy parecen estar
en las "oscuras manos del olvido": Mario
Gallardo, José Masiques, Tomás Álvarez
Ríos, Díaz Peláez, José Luis Posada,
Enrique Pérez Triana, José Mederos
Sigler, Rogelio Cobas, protagonistas por
igual de ese concepto seductor por su
síntesis pero de enormes proporciones,
complejidad y latentes dificultades como
para hallarle exacta precisión: me
refiero a "arte cubano".
Es
cierto que carecemos de una Historia del
Arte en Cuba —como carecemos,
lamentablemente, de otras muchas
historias— pero resulta interesante
constatar esta otra manera en que se va
tejiendo ante nuestros ojos en el libro
que presentamos y en otros publicados
durante los últimos años: Los 70:
puente para las rupturas (Hortensia
Montero), Escultura Cubana siglo XX
(José Veigas), El nuevo arte cubano y
su estética (Magali Espinosa),
Palabras al acecho (David Mateo),
Ojo con el arte (Nelson Herrera Ysla),
Experiencia de la crítica (Graziela
Pogolotti), Escultura y escultores
cubanos (María de los Ángeles
Pereira), Abriendo ventanas
(Adelaida de Juan), y esa obra
monumental que no me cansaré de elogiar,
Memoria: artes visuales cubanas del
siglo XX (Colectivo de autores).
Parece ser el fragmento la piedra de
toque de nuestra crítica y
ensayística. Mirándolo bien, no hace más
que confirmar la sospecha de que en
realidad no solo carecemos de
"historias" sino de algo más sustancial,
proteico e imperecedero: tiempo. Nos
pasa a muchos de quienes ejercemos la
crítica de arte.
Con
plena conciencia, hemos ido
desarrollando una forma de pensar que le
debe buena parte de sus fundamentos al
aquí y ahora, encarnada en estos
libros mencionados y que ha devenido
arquetipo, símbolo de una época
convulsa, precaria, inestable, cauce
natural para la ansiedad y el
desasosiego y donde cada vez se hace más
difícil gozar del ocio creador (tiempo,
por supuesto) que tanto escarnio suscita
entre los menos creídos y cultos.
Una época fragmentada donde los
elementos tornan a su imán, tal cual
estos escritos que nos entrega Pedro de
Oraá gracias al tesón de la Editorial
Letras Cubanas, punta de lanza de muchas
de nuestras inquietudes como autores.
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