Año VI
La Habana
2007

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Arte entre las artes
Nelson Herrera Ysla • La Habana

Parece una tradición ya la unión de vocaciones y destinos diferentes en una persona, atraída casi siempre por la inquietud que provocan las artes, las letras y toda la cultura en general, que no es otra cosa que avidez y curiosidad por comprender y conocer el mundo que le rodea y le ha tocado vivir. Desde José Martí, en el ya lejano siglo XIX, pugnaban por su visibilidad la poesía, la crítica de arte, el ensayo, la oratoria y, como es bien sabido, la libertad de su país. Y es posible afirmar que una y otras emergían con fuerza impar, personalidad y fibra, escritura singular.

En el siglo XX, Alejo Carpentier compartió tribunas diversas para publicar, con incuestionable estilo, la crónica de la vida moderna hasta que la narrativa empezó a ocupar sus más caras ambiciones de cultura y disputarle, nunca del todo, la primacía en su destino de hombre de letras extraordinarias. Casi al mismo tiempo Nicolás Guillén transitaba igual camino, esta vez desde la poesía, no muy lejos de José Lezama Lima, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Gastón Baquero, miembros de una generación demasiado alerta y asombrada, como luego hicieron, desde nuevas perspectivas, Lisandro Otero, Jaime Sarusky, Guillermo Cabrera Infante, Antón Arrufat, Reynaldo González, y otros que público y lectores podrán recordar para no alargar mucho la lista.

Y los hubo que fueron más allá de la letra impresa capaz de fraternizar con gracia y maestría entre distintos géneros pues a todos los une la palabra, colóquese en renglones cortos, versos o párrafos largos e interminables. Me refiero a los que tomaron en sus manos otros instrumentos para la creación como suelen ser pinceles, óleo, tela gruesa o cartulina, madera, gubias, piedra, una cámara fotográfica. Pienso en Marcelo Pogolotti, Eduardo Abela, Carlos Enríquez, Samuel Feijóo, Fayad Jamís, Leonel López Nussa, Manuel López Oliva. Y pienso en Pedro de Oraá quien, en un libro que pronto advertiremos, entre otras cosas por su título provocador, nos convoca a reflexionar sobre demasiados asuntos y problemas como si no bastaran esos que la vida nos pone delante, desde que amanecemos, todos los días del mundo.

Trocar un instrumento de creación por otro es algo sumamente difícil, y de eso pueden hablar aquellos que lo han experimentado. Pero también lo es cambiar de género dentro de una misma expresión. Eso lo sabe muy bien Pedro de Oraá a la hora de decidirse por un texto crítico o un poema pues todos saben que hablo de alguien que ejerce ambos oficios desde muy temprano en su vida.

Cómo se las arregla, lo ignoro, por aquello de que no es bueno, casi imposible, pensar por cabeza ajena aunque imagino la gravedad de decidir entre las múltiples trampas y ardides que tienden las palabras cuando la emoción nos llena la cabeza de imágenes verbales luego de haber vivido, haber soñado, o simplemente especulado con el tiempo infinito en el mismo espacio del tiempo real.

Para quienes pernoctamos en el universo de la poesía, sabemos que rara vez logran entrar en él las poderosas razones del pensamiento lógico pues casi siempre experimentamos eso que Jorge Luis Borges nombró como "vivir en estado literario", que es sentirnos atrapados por palabras, desde que nos levantamos hasta que llega la noche, y por más ninguna otra cosa que palabras. Salirnos por un instante de ese reino conlleva desgarramientos intensos cuando no su poco de castigo y su mucho de sufrimiento. Cambiar, permutar, oscilar, es otra cosa, y se puede, y eso es lo que Pedro hace de vez en cuando.

A la inversa ocurre exactamente igual, ni más ni menos, pues cuando deseamos ensayar ideas en los territorios de la crítica, desesperamos en busca de un dato preciso, una cita ingeniosa, hurgamos en la historia, recordamos vivencias, tocamos a las puertas de todo el conocimiento. Y en esas escaramuzas no hay lugar para un verso, sea este sencillo, mínimo o colosal. Poesía y pensamiento parten del tronco común de las palabras pero ramas y frutos son diferentes aunque ha habido, y habrá, quienes los hagan parecer familiares, cercanos, por su esplendor verbal.

Pedro es un poeta recién descubierto hoy con asombro y respeto por numerosos escritores, algunos de ellos muy jóvenes, gracias a Cifra, su más reciente antología. Y un crítico que tal vez muchos de ellos mismos, y otros quizás mayores, re-descubran a través de Visible e invisible, el libro que nos convoca, donde reúne textos sobre arte y artistas publicados en revistas cubanas y catálogos de exposiciones desde el lejano 1969 hasta nuestros días.

Pedro de Oraá ejerce la crítica de arte, y polemiza como muchos, desde finales de los años 60. Conocido entonces por su rigor, hoy suma a estas cualidades una copiosa información, una sensible cultura y una natural inquietud intelectual por cuanto le rodea en el panorama de la visualidad contemporánea cubana sin dejarse atrapar, e indigestar, por las últimas tentaciones del arte, la teoría y la crítica especializada.

A este crítico no le preocupa tanto lo nuevo como lo permanente. Le preocupa lo que se ve pero más aún lo que no se ve —y que por fortuna dejó de ser, hace buen tiempo ya, coto exclusivo del famoso personaje de El pequeño príncipe.

Estamos acostumbrados a ver, por lo general de un primer golpe, formas como resultados lógicos de procesos creativos, pero en un segundo momento comprobamos cómo aparecen sus contenidos muchas veces ocultos ante tanta parafernalia de luz y color, de materiales, estructuras y técnicas. Pedro de Oraá trata de descubrirnos esos contenidos a través de numerosos artículos y ensayos porque de la correspondencia entre ambas nociones, de su interrelación, de su integración o posible coherencia depende en parte delimitar cuánto hay de auténtico o ficticio en el arte, cuánto de novedoso u original, cuánto de falso o verdadero. Y cuántos mitos han sido creados a lo largo del tiempo para favorecer unas u otras tendencias, y cuánta injusticia se ha vertido sobre ciertos fenómenos, movimientos y artistas.

Ojo: él no proclama verdades como brújulas que nos "guíen" hacia pensamiento seguro: tiene plena conciencia de que no existen en estos territorios tan movedizos. Son solo sus verdades, que bien miradas desde una representación literaria proveniente de Oscar Wilde y enriquecida por Mario Vargas Llosa, son sus mentiras, escritas en tiempos donde proliferan decenas, cientos de ellas a un lado y otro del planeta.

Más de 30 textos que abarcan 300 años de arte en Cuba, desfilan por las más de 300 páginas de este libro. Unos dedicados a hechos y momentos esenciales de la segunda mitad del siglo XX cubano, a manifestaciones concretas como el cartel, la pintura abstracta, la artesanía, dentro de los cuales llamo la atención sobre "Entrada a la pintura cubana", "La ajena aventura" y "El porvenir de la plástica: una acción de rescate". Otros indagan en la obra de creadores, desde Wifredo Lam, Servando Cabrera, Agustín Cárdenas, Fayad Jamís, Antonio Vidal hasta Tomás Sánchez, Aisar Jalil, Ángel Ramírez, sin dejar de reparar en algunos que hoy parecen estar en las "oscuras manos del olvido": Mario Gallardo, José Masiques, Tomás Álvarez Ríos, Díaz Peláez, José Luis Posada, Enrique Pérez Triana, José Mederos Sigler, Rogelio Cobas, protagonistas por igual de ese concepto seductor por su síntesis pero de enormes proporciones, complejidad y latentes dificultades como para hallarle exacta precisión: me refiero a "arte cubano".

Es cierto que carecemos de una Historia del Arte en Cuba —como carecemos, lamentablemente, de otras muchas historias— pero resulta interesante constatar esta otra manera en que se va tejiendo ante nuestros ojos en el libro que presentamos y en otros publicados durante los últimos años: Los 70: puente para las rupturas (Hortensia

Montero), Escultura Cubana siglo XX (José Veigas), El nuevo arte cubano y su estética (Magali Espinosa), Palabras al acecho (David Mateo), Ojo con el arte (Nelson Herrera Ysla), Experiencia de la crítica (Graziela Pogolotti), Escultura y escultores cubanos (María de los Ángeles Pereira), Abriendo ventanas (Adelaida de Juan), y esa obra monumental que no me cansaré de elogiar, Memoria: artes visuales cubanas del siglo XX (Colectivo de autores).

Parece ser el fragmento la piedra de toque de nuestra crítica y ensayística. Mirándolo bien, no hace más que confirmar la sospecha de que en realidad no solo carecemos de "historias" sino de algo más sustancial, proteico e imperecedero: tiempo. Nos pasa a muchos de quienes ejercemos la crítica de arte.

Con plena conciencia, hemos ido desarrollando una forma de pensar que le debe buena parte de sus fundamentos al aquí y ahora, encarnada en estos libros mencionados y que ha devenido arquetipo, símbolo de una época convulsa, precaria, inestable, cauce natural para la ansiedad y el desasosiego y donde cada vez se hace más difícil gozar del ocio creador (tiempo, por supuesto) que tanto escarnio suscita entre los menos creídos y cultos.

Una época fragmentada donde los elementos tornan a su imán, tal cual estos escritos que nos entrega Pedro de Oraá gracias al tesón de la Editorial Letras Cubanas, punta de lanza de muchas de nuestras inquietudes como autores.
 

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La Habana, Cuba. 2007.
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