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A
partir del Caliban, de Fernández
Retamar, notoriamente la interpretación
tradicional del personaje shakesperiano
y la versión de Rodó hacia 1900, giran
180 grados. Y así fue como la valoración
canonizada del Ariel -la
figura angelizada antagónicamente en
relación con la negatividad portada por
Caliban-
entró en crisis.
Se
asistía (ante el libro de Retamar) a un
giro copernicano, a una inversión
significativa, a un proceso análogo
-hacia
1900-
a la “inversión de la dicotomía de
Sarmiento”. Esto es, al deslizamiento
desde la “negatividad” simbólica
adscripta a la llamada “barbarie” (con
toda la colección vinculada al campo y a
lo rural), en detrimento de la ciudad y
de la cultura urbana. Y a la inversa: lo
“ciudadano” exaltado por el romanticismo
hacia 1850, convertido en un espacio
siniestro. La “Atenas del Plata”, por
ejemplo, trocada en “la Babilonia
rioplatense” a contar del 1880 en
dirección al fin del siglo XIX.
El
arrabal, sobre el filo del 1900, se
empezó a poblar de figuras negativas.
Símbolos literarios, particularmente,
que fueron corroyendo los bordes de la
ciudad. Los procedimientos provenientes
del naturalismo coadyuvan en este
proceso.
Cambaceres (mediante, sobre todo, En
la sangre, 1885), y Francisco
Sicardi con su Libro extraño,
1900, subrayan semejante itinerario en
el escenario de Buenos Aires. Con
marginales, deformes, condenados,
sumergidos como protagonistas
principales. Y, más aún, con putas y
anarquistas.
Desde
ya que este neonaturalismo literario se
vincula tanto con el proceso
inmigratorio, como con las leyes
opresivas (“de residencia”, 1902 y “de
defensa social”, de 1910). De manera
correlativa -acotando
el espacio literario-,
es posible, ya en la década de los 20,
especialmente en la franja narrativa de
Boedo (Castelnuovo, Yunque, Barletta)
recuperar lo que podríamos llamar
“andarivel de los calibanes” a través de
la serie de “los de abajo” -marginales,
enfermos, grotescos y rufianes y
prostitutas-,
que no son más que las figuras cargadas
de negatividades urbanas que pueblan en
los años 20 tanto a Larvas, de
Castelnuovo o Los pobres, de
Leónidas Barletta. Rescatados, por
cierto, a través de cierto
filantropismo, de la negatividad que
“zolianamente” había caracterizado a
esos “barrios negativos”.
Y
para poner a foco nuestra hipótesis:
Abel Rodríguez, escritor vinculado a
Boedo y publicado en Claridad,
pone en circulación Los bestias,
colección de cuentos que pueden situarse
“en la izquierda” de Boedo. Los
bestias, cuentos boedianos (por su
revalorización positiva) puede ser
considerado -legítimamente-
como un antecedente del ademán
“procalibanesco” planteado por Fernández
Retamar.
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